25 jun. 2011

¿Puede masticarse el espacio urbano?

Barcelona. Parque Diagonal Mar. Enric Miralles


Hace ya algunos años, me encontraba escribiendo estas líneas, cuando se acercó una de mis hijas y me preguntó acerca de lo que estaba haciendo. “Estoy preparando un artículo sobre las plazas duras y las plazas blandas”, le contesté. Entonces, esbozando una sonrisa sorprendida y aplicando la lógica de sus ocho años me volvió a preguntar: ¿Las plazas pueden masticarse?. Touché. Es cierto que algunas etiquetas tienen algo de absurdo, pero son las exigencias de la simplificación mediática.
Creo que lo que sigue todavía mantiene su vigencia.
Lo anecdótico no debe ocultar que la polémica sobre la dureza o blandura del espacio urbano es la manifestación de un debate, que hunde sus raíces en tiempos lejanos y que queda lejos todavía de estar cerrado: La discusión sobre el carácter de los espacios públicos de la ciudad en su relación con la naturaleza. ¿Debe la configuración de estos espacios ser esencialmente arquitectónica o principalmente natural?
En el origen se encuentran los dos referentes clásicos del espacio urbano estancial: la Plaza y el Parque.
La Plaza es una parte esencial de la ciudad. Inseparable del mismo concepto que lleva al ser humano a crear ciudades. Identificada como la quintaesencia del espacio donde reside el espíritu colectivo.
El Parque, en cambio, es un elemento urbano relativamente reciente. Porque mientras que los jardines acompañan al ser humano desde el inicio de su vida urbana, el Parque fue una innovación en el desarrollo de las ciudades. Los jardines se encontraban vinculados a la arquitectura como un espacio privado dentro de la órbita señorial y aristocrática. Y fueron las revoluciones sociales que arrancaron en el siglo XVIII las que conseguirían, por una parte, abrir muchos de esos espacios privados a todos los ciudadanos y por otra provocarían la aparición de un nuevo espacio para la ciudad: el parque urbano.
Inicialmente la Plaza y el Parque eran espacios claramente diferenciados. Su papel dentro de la estructura urbana era muy distinto, pues mientras la Plaza estaba perfectamente insertada en la trama y vinculada muy directamente con la arquitectura, el Parque surge como isla, bastante ajeno al funcionamiento de la ciudad y muy desvinculado de la arquitectura. De ahí que la ciudad histórica otorgara a la Plaza altas responsabilidades como soporte físico de las principales actividades urbanas (comerciales, simbólicas, políticas, etc.) mientras que el Parque nació para usos casi exclusivamente lúdicos y recreativos.
También había diferencias de tamaño: las Plazas tenían una superficie moderada en comparación a la de los Parques que abarcaban extensiones mayores. Pero la mayor diferencia se deducía del carácter de su espacio. En la Plaza lo artificial, lo configurado por medio de materiales constructivos dominaba sobre la presencia de lo natural que en muchas ocasiones era inexistente. En cambio, el Parque era el reino de lo natural, en el que los elementos artificiales eran meras anécdotas.
La ciudad moderna va a desvanecer esta separación radical con consecuencias negativas para el espacio urbano. Durante el siglo XX, con el impulso del Movimiento Moderno y su singular proyecto urbano, el espacio público fue desfigurándose para acabar desapareciendo en un continuo difuso de carácter utópicamente verde. Pero además la tendencia de las sociedades modernas a trasladar las actividades urbanas al interior de la arquitectura (mucho más adecuada) fue rebajando la responsabilidad cívica de la Plaza que acabó como un espacio esencialmente destinado a actividades de ocio o de transporte. La consecuencia fue la pérdida del espacio urbano, desdibujado como fondo residual.
La renovación urbana de la década de los ochenta en el siglo XX, buscó la recuperación del espacio perdido y, con la investigación sobre nuevos modelos, llevó el debate a su punto de mayor impacto mediático: la controversia entre espacios “duros” y espacios “blandos”.
La polémica, en la que todos los ciudadanos se sentían implicados, desbordó los cauces urbanísticos para plantearse como tema general. Y mientras el colectivo técnico abogaba por la “plaza dura”, los ciudadanos no especializados comenzaron a criticar fuertemente estos espacios para reclamar “plazas blandas”.
La palabra “duro” se convirtió en el eslogan de espacios que aparecían completamente pavimentados, con mobiliarios de diseño abstracto acorde con los tiempos, donde la arquitectura, la escultura y el arte en general eran los protagonistas. La palabra “blando” fue el lema de quienes defendían espacios con suelos de tierra o verdes, con mobiliarios figurativos y utilizables y sobre todo con una vegetación abundante.
Hay un tema que debe tenerse en cuenta. La mayoría de las “plazas duras” diseñadas en las últimas décadas son, más bien, cubiertas arquitectónicas (mayoritariamente de aparcamientos subterráneos), lo cual dificulta la presencia de “lo verde”. Estas plazas fueron el estandarte de un deseo de recuperación del prestigio del espacio urbano que había sido vapuleado en los últimos tiempos.
El espacio “metafísico” de los cuadros de Giorgio de Chirico emergió como referencia para el planteamiento de espacios puros. La geometría y la artificializacion de los elementos que lo configuraban, contribuían a rescatar la “representatividad” del espacio desembocando en una cierta “sacralización” espacial que hacía rechazar cualquier programa. La ciudad buscaba recuperar sus esencias “minerales” por medio de la abstracción del espacio.
Frente a esta postura se situaron los ciudadanos que reclamaban el espacio “útil”, que albergara un programa específico que permitiera el juego de los niños o de los adultos, o posibilitara otras actividades recreativas. Se perseguían referencias figurativas, reconocibles dentro de una tradición asumida (más o menos historicista). Y donde la naturaleza, concretada en las plantas, tuviera un protagonismo incuestionable.
El debate se fue serenando con el tiempo. Y esto sucedió a partir del planteamiento de un nuevo punto de vista. Entender el Espacio como un Paisaje, argumento que lleva a trascender la polémica buscando la incorporación tanto del factor humano como del natural sin menoscabar los valores propios del espacio.
La “Arquitectura del Paisaje” ha marcado un nuevo camino. Pero el recorrido no es fácil, más aún cuando, en sus inicios, una buena parte de la crítica procede del propio colectivo arquitectónico.
Existen algunas razones que deben convertirse en temas de reflexión:
· Conocimientos desconocidos. El espacio construido requiere unos conocimientos poseídos por los técnicos. Los arquitectos dominan las materias que les llevan a plantear espacios de carácter “duro”. Por el contrario, proyectar espacios “blandos” requiere disponer de unos conocimientos que no se encuentran en la mayoría de los casos en el bagaje de los arquitectos. Proyectar paisajes es mucho más que “diseñar con plantas”.
· El tiempo como factor de construcción. La Arquitectura teme al tiempo, por eso persigue la eternidad. Lo construido tiene voluntad de permanencia y no presenta cambios que no sean forzados. Solamente se enfrenta al desgaste provocado por el uso y el paso del tiempo. La actuación paisajística, por el contrario, no es permanente, en primer lugar por los cambios vitales de las especies vivas y en segundo lugar por la dificultad de dirigir un desarrollo que, salvo topiarias radicales, se hace prácticamente imposible. Por otra parte, la permanencia de lo construido elimina la arbitrariedad. Los cambios surgen por que hay una voluntad detrás. Renovaciones o modificaciones responden a criterios preestablecidos. En cambio, la configuración de un Paisaje tiene una importante dependencia del mantenimiento. Además, el espacio arquitectónico es inmediato, se nos presenta finalizado tan pronto como se remata la ejecución de las obras. Por el contrario la actuación paisajística no es inmediata, es diferida y requiere bastante tiempo para aparecer en su esplendor. Esta no es una cuestión menor y que incluso afecta a cierta vanidad de los arquitectos. Habrá que esperar unos cuantos años para poder hacer la “foto” al espacio proyectado.
· Proyectar con incertidumbre. El proyecto arquitectónico permite anticipar la realidad de manera que el resultado se ajuste perfectamente a los designios de su creador. Los valores del espacio son previsibles. Por el contrario, los elementos naturales tienen su propia forma de ser y el proyecto se convierte en una declaración de intenciones cuya realidad puede ser deseable pero que no se encuentra garantizada. Proyectar paisajes es aceptar un grado de incertidumbre sobre el resultado final. Además la dificultad de control del desarrollo incrementa todavía más estas imprecisiones.
· La tutela permanente. Una de las razones por las que parte del estamento político apoya el espacio fuertemente formalizado es por la reducción considerable del mantenimiento (y por tanto del coste económico futuro). Las obras paisajísticas requieren por lo general un mantenimiento muy superior y esto conlleva importantes repercusiones. Por último, un espacio arquitectónico puede descuidarse y a pesar de ello será recuperable. Espacios muy deteriorados son reversibles y pueden volver a aparecer tal como fueron en sus orígenes. En cambio un espacio paisajístico, no puede descuidarse, porque ya nunca será recuperable con la forma proyectada inicialmente. Podrá ser renovado pero con otra imagen diferente.
La asunción de los temas anteriores se convierte en una cuestión sustancial para avanzar en la nueva configuración de nuestros espacios públicos. Se van dando pasos, que se aprecian en:
· La mejora de la preparación profesional (Escuelas de Paisaje, Másters, etc.)
· Frente a la consideración del espacio como algo acabado están surgiendo con fuerza las tendencias que presentan los espacios como lugares en permanente evolución, adaptables, cambiantes, en los que el tiempo es un nuevo factor de construcción de gran importancia. Esto está eliminando las trabas, que una profesión que buscaba eternidad, ponía ante el Paisaje.
· Y cambios sociales que ven en la idea de Paisaje una nueva forma de relacionarnos con el espacio y con la naturaleza.

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