15 ago. 2011

Los museos, entre la iglesia y Disneylandia

París. Louvre. La Gioconda
Con esta frase, Mijail Piotrovsky, director del Ermitage de San Petesburgo caracterizó el estado actual de los museos, que se han transformado en una pieza fundamental de la industria del entretenimiento a partir de la “democratización” de la cultura.
Durante los periodos propicios, los grandes museos internacionales aparecen abarrotados como estaciones de metro en hora punta, ocupados por una masa humana, que siente la “obligación” de transitar por sus salas, aunque sin el menor interés por sus contenidos.
Las fotos “inmortalizadoras” del momento, la compra compulsiva de merchandising y souvenirs, las concentraciones delante de los iconos mediáticos o incluso las largas colas que parecen formar parte de un rito ceremonial, son alguno de los rasgos que definen la situación.
Como dice José Riello, “uno puede pasar un día divertido en un museo y encima salir con un lustre cultural que lo cualificará a ojos de los conocidos como si fuera un santón laico”.

El museo siempre ha ofrecido el goce intelectual como compensación. Pero hay una buena parte de la sociedad que no está dispuesta a realizar el esfuerzo requerido para disfrutar de la celebración cultural. Ante este panorama, los museos, casi vacíos, reforzaron sus armas de seducción. Al igual que hacen las plantas, al disponer estrategias de atracción para que insectos u otros animales, trasladen su semilla, los museos utilizan, actualmente, nuevos argumentos para captar al visitante.
A la labor educativa le han ido sumando nuevos complementos, algunos cercanos  al mundo del espectáculo, que sitúan a los museos, como señala Piotrovsky, entre el templo y el parque temático.
Ahora bien, esta estrategia de seducción no está exenta de riesgos.
No es que los museos no puedan ser “entretenidos” pero su misión fundamental es plantar una semilla en el intelecto de cada individuo, de manera que la fecundación del pensamiento favorezca la continuidad de la cultura.
Zaragoza. Capilla del Pilar
Con la imagen de la iglesia se hace referencia al lugar sagrado al que se acercan los fieles con devoción y respeto, al lugar donde se va a celebrar un acto que puede ser tanto individual como colectivo, al lugar de culto donde se va a recibir el mensaje divino (intergeneracional en el caso del museo).
El museo, es la isla del tesoro cultural que hemos recibido en herencia, y como los templos, tiene algo de santuario, algo que fomenta, tanto el espíritu de recogimiento interior, como el efecto de comunión entre los fieles, en ocasiones cercano a la experiencia religiosa.
El museo es un lugar que, más allá del placer estético e intelectual, debe invitar a la íntima meditación. El museo, debe ayudar al individuo a entender el legado recibido; a comprender a nuestros antepasados, sus problemas, dudas y respuestas; a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre la forma de enfrentarnos al mundo que nos rodea; a sentirse parte de una comunidad que mantiene una línea de continuidad.
El museo nos informa de la cadena generacional de la que formamos parte, en la que lo colectivo prima sobre lo individual. En este sentido, el museo-templo también puede propiciar esa sensación  de disolución del individuo en la masa, aunque es el museo-parque temático el que más favorece este sentimiento de pertenencia a una comunidad (que suele conseguirse a partir de la asistencia, en perfecta comunión, a un gran evento, llámese celebración religiosa, partido de fútbol, o visita multitudinaria al museo).

California. Disneyland
La referencia al parque temático nos dirige hacia la más pura industria del entretenimiento. Es el cebo que el museo utiliza para cautivar a sus visitantes, aun con el riesgo de plantear dificultades a su verdadera misión o de discurrir hacia una banalización excesiva.
El museo, o el circuito museístico de una ciudad, diseñado por los tour-operadores y que traslada en autobús de un lugar a otro a un importante número de visitantes que, en muchos casos, se mueven tras el reclamo-bandera de un guía director del paseo, se acerca a velocidad de vértigo hacia el modelo de parque de atracciones de la cultura.
Como el parque de atracciones, los museos proponen complementos muy variados de actividad. Se pueden realizar compras de objetos diversos no exentos de glamour , se puede beber y comer (a veces incluso bien),  se puede pasear, ver y ser vistos (como por un zoológico humano que presenta ejemplares de todos los lugares de la tierra),  y … detenerse de vez en cuando para mirar alguna de esas obras conocidas por los libros estudiados años atrás en la enseñanza obligatoria e, incluso, asistir a conferencias o proyecciones.
El entretenimiento suele ser efervescente y se agota en su propio disfrute, no deja poso. Es un perfecto presente que evita uno de los grandes miedos de nuestro tiempo: quedarnos solos con nosotros mismos y pensar… (que es lo que se trata de evitar).

La generalización de la cultura es, a pesar de todo, deseable. Aunque sea por osmosis, algo del mensaje llega a su destino. Y además, las multitudes tienen la virtud de apoyar la supervivencia de las instituciones.
A pesar de los inconvenientes, el museo no pierde de vista su verdadera misión. Sabe que cumplirla no es fácil de compatibilizar con los espasmos multitudinarios. Sabe que el contacto íntimo con la obra original, su análisis, y la comunicación directa de su mensaje, es cada vez más complicado (o casi imposible).  Y por eso, el museo busca otras vías para cumplir su función.
Nuestra época comienza a tener dificultades en la distinción entre lo real, lo virtual o la ficción. La energía que contiene la obra original no es la misma que las copias, pero los museos, más allá de su labor de custodios del legado, comienzan a explorar las nuevas tecnologías para seguir en conexión con esa parte de la sociedad que los necesita como alimento imprescindible.

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