3 may. 2013

Geometrías desaforadas en las nuevas ciudades de La Plata y Canberra (entre la hiperracionalidad y la hipersensibilidad).

La Plata, a la izquierda, explora los límites geométricos desde la racionalidad. Canberra, a la derecha, lo hace desde la sensibilidad.

La geometría es un recurso para los trazados urbanos desde que la racionalidad se incorporó a la planificación de las ciudades. Ejes, cuadrículas, círculos, triángulos, etc. pasaron a ser la base de los espacios urbanos.
En el entorno del cambio del siglo XIX al XX encontramos dos ejemplos de nuevas ciudades que experimentarán con esta base subyacente, explorando los límites de la geometría como fundamento del trazado de una ciudad. Además de compartir esta circunstancia, las dos ciudades también se asemejan en el hecho de haber nacido como capitales (aunque una de provincia y otra de estado) y ser  “ciudades de autor”. Pero a pesar de esas similitudes, sus diferencias son radicales, porque aparte de encontrarse muy alejadas geográficamente, sus propuestas sondean universos geométricos distintos. Estas dos ciudades son La Plata en Argentina y Canberra en Australia.
La Plata, capital de la provincia argentina de Buenos Aires, es la nueva ciudad finisecular que enfatiza su geometría para mostrar los límites de la racionalidad. El orden de La Plata es la abstracción de la geometría más cartesiana, es la hiperracionalidad que se impone en un casco urbano. El trazado es compacto y cerrado, rotundo, en el que a pesar de la importancia otorgada a la naturaleza, la arquitectura domina completamente la escena.
Canberra, la capital australiana, es el exceso. Allí se formuló a principios del siglo XX la mayor locura geométrica, cuyo virtuosismo, personal e irrepetible surgía como un caligrama poético. Canberra es el juego, con acuerdos y articulaciones geométricas llevadas al límite de la hipersensibilidad adaptada al entorno. El trazado es abierto y supeditado ante el impresionante despliegue de una naturaleza protagonista.


Las ciudades planificadas con una cuadrícula rigurosa han sido objeto, a lo largo de la historia, de severas críticas que les achacaban su monotonía espacial. Por eso, en muchas ocasiones, esta trama abstracta intentaba integrar “irregularidades” que ofrecían riqueza y variedad en sus espacios y mejoraban la conectividad entre las diferentes zonas.
Así lo hicieron los maestros barrocos, y también L’Enfant en su maravillosa síntesis para Washington ó Cerdá para Barcelona. Las grandes perspectivas y la monumentalidad de las edificaciones se convirtieron en rasgos formales del movimiento que a finales del siglo XIX se denominó Ciudad Bella (City Beautiful). La Ciudad Bella se planificaba con trazados racionales, geométricos, pero incluyendo esos gramitos de locura que aportaban complejidad, diversidad espacial y singularidad.
La Plata en Argentina y Canberra en Australia fueron dos nuevas ciudades que exploraron los límites de la geometría como fundamento del trazado de una ciudad. La primera desde la racionalidad y la segunda desde la sensibilidad.

Vista aérea de La Plata donde se aprecia la rotundidad de su formalización geométrica.
La Plata
Argentina tuvo una gestación turbulenta. Tras la revolución de 1810 y la declaración de independencia de España en 1816, los territorios del antiguo Virreinato de la Plata se agruparon como Provincias Unidas de Sudamérica. La delimitación de ese nuevo estado y la forma de gobierno de los territorios que se unían (federal ó central), causaron fuertes luchas tanto internas como externas. Por un lado se fueron desgajando territorios (por ejemplo, el Alto Perú fue anexionado a Bolivia en 1826, Uruguay se independizó en 1828 e incluso Buenos Aires se proclamó independiente entre 1852 y 1862). Por otro lado se produjeron grandes tensiones entre los partidarios del federalismo y los que propugnaban un estado unitario, cuyas facciones se vieron envueltas en varias guerras civiles.
En 1862 se logró la unificación con la victoria de las tropas porteñas al mando de Bartolomé Mitre, quien asumiría ese mismo año la presidencia de la nación. Buenos Aires se convertía en capital del país, pero los acuerdos, demasiado beneficiosos para la capital se cerraron en falso y no tardarían en surgir nuevas hostilidades. El reparto de los beneficios económicos procedentes del puerto y la aduana entre los diferentes territorios de la nación se encontraba en el centro del conflicto.
Esta tensión explotó en 1880 y tras finalizar los enfrentamientos se tomó la decisión de federalizar la ciudad de Buenos Aires. Con su nuevo estatus continuaría siendo la capital de Argentina, pero no podía serlo de la provincia que quedaba fuera de su territorio municipal. Había que crear una nueva capital para la Provincia de Buenos Aires.
El gobernador Dardo Rocha escogió el lugar en las lomas interiores del municipio costero de Ensenada. Allí nacería La Plata, cuyo nombre remarcaba la relevancia de su misión.
En 1882 se encomendó a Pedro Benoit (1836-1897) el diseño de la nueva capital. El padre de Benoit, arquitecto e ingeniero, había emigrado desde Francia años atrás e influyó en la dirección profesional de su hijo. Cuando recibió el encargo para diseñar La Plata, Pedro Benoit contaba con una amplia experiencia planificadora a la que sumaba su graduación militar que le dotaba de una gran capacidad de organización. Benoit trazó y dirigió el proceso de creación de la nueva ciudad de La Plata y proyectó alguno de sus edificios más característicos, como la Catedral (junto a Ernesto Meyer) que se levantó desde 1884 con un estilo neogótico.
Trazado inicial de la Plata en 1882
La Plata representa la geometría desbocada desde la racionalidad más abstracta. Sobre una base cuadriculada, Benoit, desplegó todos los recursos disponibles. La que sería capital de la provincia de Buenos Aires nacía con la aspiración de demostrar que la mera cuadrícula (como sucedía en Buenos Aires, la ciudad rival) no era suficiente para crear la Ciudad Bella. También los criterios higienistas tan en boga en la época influyeron en la forma del trazado urbano como se aprecia en la anchura del viario o en la profusión de espacios verdes.
Esquema geométrico del trazado de La Plata.
La Plata es un cuadrado de 5 kilómetros de lado que se encuentra delimitado por una gran vía de circunvalación de 100 metros de anchura cuyas esquinas son dobles (angulada y circular). Sobre esta base se inscriben las dos diagonales principales (una de las cuales marca la dirección norte-sur) y el gran eje doble que siguiendo la dirección NE-SO, alberga los edificios públicos más importantes de la ciudad. Estas dos diagonales y el doble eje confluyen, lógicamente, en el centro del cuadrado, donde se ubica la plaza principal de la ciudad. Este gran espacio (Plaza Moreno) de aproximadamente 300x300 metros está presidido por la Catedral y el Palacio de la Municipalidad. La Plaza Moreno no es el único espacio urbano (como se planteaba en los modelos coloniales antiguos) sino que se acompaña de otras 22 plazas de diferentes tamaños y formalizaciones.
La Plata: Plaza Moreno, el centro geométrico, monumental e institucional de la ciudad.
La naturaleza tiene mucho protagonismo en la ciudad, el arbolado de plazas y avenidas se ve complementado con el gran espacio verde, situado en el lado noreste de la ciudad (el Paseo del Bosque que incorpora dotaciones importantes como el Museo de Ciencias Naturales el Observatorio astronómico, los jardines zoológico y botánico y el cercano Hipódromo).
La Plata. Plaza Dardo Rocha
La retícula está jerarquizada a partir de los cruces de las diagonales principales y secundarias que ubican las diferentes plazas del trazado y determinan las avenidas principales. Además las manzanas/cuadras de La Plata no parten de un modelo único ya que en el planteamiento inicial se proponía una gradación de forma que las manzanas centrales eran menores que las exteriores.
La retícula muestra su abstracción también en la nomenclatura de las vías. Así como en Nueva York las calles y las avenidas tienen direcciones perpendiculares, en La Plata se suceden en función de la tipología urbana (las avenidas son más anchas y arboladas) y llevan una numeración sucesiva que comienza en la avenida 1 (lado noreste del cuadrado) siguiendo sus paralelas hasta el lado opuesto (avenida 31). Desde ese número comienza en el lado noroeste la avenida 32 para finalizar en el lado contrario con la avenida 72). Cada seis vías se encuentra una avenida.
La Plata. Una de las avenidas con jacarandas en el bulevar central
La ciudad ha crecido más allá de los límites proyectados por Pedro Benoit (actualmente su población se acerca a las 900.000 personas) pero lo ha hecho fundamentalmente siguiendo las trazas marcadas por la retícula inicial.

Canberra es una ciudad con gran protagonismo de la naturaleza. En el centro el Lake Burley Griffin y a la derecha, el Parlamento actual (con su forma de boomerang).
Canberra
En 1901, nace Australia como federación territorial dentro de la Commonwealth al integrar seis colonias británicas: Nueva Gales del Sur (con capital en Sydney, ciudad fundada en 1788), Queensland (Brisbane, 1824), Australia del Sur (Adelaide, 1837), Tasmania (Hobart, 1804), Victoria (Melbourne, 1835) y Australia Occidental (Perth, 1865). Una de las primeras decisiones fue buscar un emplazamiento para la capital del nuevo estado, dada la rivalidad existente entre las dos grandes ciudades de la isla continental (Sydney y Melbourne). Se aceptaron los compromisos tanto de buscar un territorio donde construir la nueva capital, como de que, hasta entonces, Melbourne ejercería provisionalmente esas funciones.
La exploración fue larga ya que hasta 1908 no se seleccionó su localización en unos terrenos interiores de la región de Nueva Gales del Sur. La nueva capital se denominaría Canberra (lugar de encuentro, en lenguaje aborigen). A partir de ese momento comenzaron los preparativos convocando un concurso internacional en 1911 para su diseño. En 1912 se anunció como propuesta vencedora la presentada por Walter Burley Griffin (1876-1937) junto a su esposa, la también arquitecto, Marion Mahoney (1871-1961). Eliel Saarinen quedó en segundo lugar.
Canberra. Propuesta de Griffin para el concurso sobre la capital federal australiana. 
Walter Burley Griffin era un joven arquitecto de Chicago que había comenzado su carrera profesional a las órdenes de Frank Lloyd Wright con quien trabajó hasta que en 1905 abrió su propio despacho. Griffin, que también ejercía de paisajista, era un entusiasta de las ideas  de Ciudad Jardín, que desarrolló en Canberra sobre una espectacular base geométrica que se convertiría en la más excelsa creación del movimiento de la Ciudad Bella. Su propuesta, que unía naturaleza y ciudad, deslumbró al jurado.
No obstante, Canberra tuvo una gestación larga y polémica porque nada más fallarse el concurso llegaron las primeras críticas tanto de prestigiosos arquitectos (por ejemplo del urbanista británico Patrick Abercrombie) como del propio gobierno quien nombró una comisión para evaluarla y ésta, al considerar inviable el proyecto de Griffin comenzó a preparar una alternativa que no cuajó.
Canberra. Plano preliminar de 1913 con la propuesta finalmente aceptada.
Finalmente en 1913 se tomó la decisión volver a la idea inicial y se nombró a Griffin director de planificación y construcción de la nueva capital federal. Desde ese puesto intentó vencer los múltiples obstáculos que iban apareciendo hasta que finalmente en 1920 tomó la decisión de dimitir.
Aunque el Parlamento fue transferido a Canberra en 1927, la depresión económica de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial causaron una gran ralentización en el desarrollo de la ciudad. Esta situación de impass cambió en 1958 cuando se dio el impulso definitivo con el nombramiento del arquitecto John Overall (1913-2001) como nuevo responsable.  Overall se encargó de implementar adecuadamente las ideas de Griffin y por eso en ocasiones es aludido como el “padre de Canberra”.
En lo esencial, las ideas de Griffin fueron respetadas, pero por ejemplo cuando en 1963 se formalizó el lago central de Canberra (aprovechando artificialmente el curso del río Molonglo) no se siguió la propuesta geométrica original ya que se le dio un carácter más natural (aunque se denominó Lake Burley Griffin como homenaje a su autor)
A mediados de la década de 1980, tras más de setenta años, se podía considerar que la nueva capital australiana era una realidad. En la actualidad cuenta con una población en torno a los 345.000 habitantes.
La topografía de Canberra es peculiar ya que las montañas del noreste forman una especie de anfiteatro que se convirtió en la inspiración del diseño de Griffin. Desde esas elevaciones el terreno cae suavemente hasta la parte baja del valle (que sería inundada por lagos). A partir de allí el terreno vuelve a ascender, como si fuera un escenario teatral y Griffin ubicó allí los edificios más representativos del nuevo gobierno (Parlamento, Capitolio, Palacio de Justicia)
Canberra, el “triángulo” en el plano y en la maqueta de la ciudad (el norte hacia abajo) con la referencia de los tres vértices y los grandes ejes urbanos.
Una de las ideas fuertes del diseño de Griffin, es el triángulo que organiza el corazón de la ciudad. En sus vértices se encuentran el Parlamento (sede del gobierno), el Cuartel General de la Defensa y la City Hill, la colina que alberga equipamientos cívicos, como los comerciales. Este triángulo es la directriz de los dos grandes ejes de la ciudad, que convergen en el centro del mismo. El primero, conocido como Eje de la Tierra, es la bisectriz desde el vértice del Parlamento y conecta Mount Ainslie, Capital Hill y Red Hill extendiéndose hacia Mount Bimber, la mayor elevación del entorno. Este eje se manifiesta con una gran avenida ceremonial a ambos lados del lago. Perpendicular a éste, surge el Eje del Agua que une las diferentes partes del lago. La lámina de agua delimita por el sur un triángulo menor que acoge la zona parlamentaria con los principales edificios institucionales.
Canberra. El gran “Eje de la Tierra” que parte del Parlamento y dos de los lados del “triángulo” que define el centro de la ciudad.
Griffin proyectó los barrios residenciales siguiendo el modelo de la Ciudad Jardín, creando unidades vecinales que contaban con todos los servicios necesarios. Los módulos se unían a través de vías para configurar un entorno urbano policéntrico.
Sobre estas directrices, Griffin desarrolló toda una serie de juegos geométricos que iban adaptándose al terreno a la vez que expresaban toda la fuerza de un trazado muy complejo. La articulación de cada familia geométrica está resuelta con brillantez, apareciendo el plano como un brocado magnífico. Canberra testimonia las posibilidades de una geometría llevada al límite desde la sensibilidad poética de su autor, heredero de las genialidades ornamentales de Louis Sullivan y del espíritu paisajístico de la arquitectura que aprendió en Chicago.
Canberra. El eje “ceremonial” que proporciona un acceso monumental al Australian War Memorial, visto desde este edificio. Al fondo surgen el viejo Parlamento (hoy Museo de la Democracia) y tras él, el actual Parlamento australiano. Es el denominado “Eje de la Tierra” que se ve interrumpido por el lago.

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