24 may. 2013

Sobre el “Fin de la Historia”, la Globalización y las Ciudades Globales.


El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y se inició el desmantelamiento de los regímenes comunistas. El 9 de agosto de 1995, el navegador de Internet, Netscape, comenzó a cotizar en bolsa. En esos seis años, la evolución política y tecnológica, se dieron la mano para inaugurar una nueva época.
Son dos fechas simbólicas y por lo tanto discutibles, pero delimitan un periodo muy breve en el que mundo cambió de rumbo de forma radical. Los rasgos del nuevo contexto iniciado entonces son diversos, pero uno de los más significativos es la globalización, un fenómeno inédito en la cultura humana que está determinando nuestra existencia (como se deduce del análisis de las causas de la crisis económica actual). La constatación de la globalización es principalmente económica, aunque se comienzan a advertir movimientos hacia la mundialización de otros ámbitos. En esta línea, surge la noción de Ciudad Global, concepto definido por Saskia Sassen (recientemente galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2013).
Aproximarnos al fenómeno de la globalización nos ofrece algunas claves fundamentales para entender el mundo que vivimos y, sobre todo, el que parece adivinarse para el futuro próximo.


A finales del siglo XX, la conjunción de la evolución político-económica y la irrupción de las nuevas tecnologías (fundamentalmente de la información y la comunicación, aunque también del transporte, por ejemplo) permitieron la aparición de un nuevo fenómeno, la globalización, que está determinando el devenir de nuestras sociedades.
Actualmente la globalización es principalmente económica, aunque se comienzan a constatar movimientos hacia la mundialización de otros ámbitos.

El fenómeno de la Globalización
Con la caída del sistema comunista y la desaparición de la Unión Soviética, se puso fin a la existencia de los dos bloques geopolíticos y económicos que caracterizaron el siglo XX y que lo tensionaron, especialmente durante su segunda mitad, en el periodo conocido como “Guerra Fría”. Estos dos “mundos” (a los que habría que sumar un tercero, que integraba a los países no alineados, que coincidían con los más pobres del planeta) tenían segmentado nuestro universo.
La intensa pugna política y económica que caracterizó la Guerra Fría se deshizo a favor de un sistema capitalista que se adueñaba completamente del planeta (con alguna anecdótica excepción). La ausencia del rival dejaba un horizonte despejado para un liberalismo económico que había acelerado sus prácticas habituales desde la década de 1980 (optando por la privatización, la desregulación, la apertura de los mercados nacionales a las empresas extranjeras o el favorecimiento de las entidades multinacionales, entre otras) dando origen a una mutación que se ha venido denominando tardocapitalismo o post capitalismo.
En la década de 1990 se fue desintegrando la Unión Soviética y sus satélites, pero también se produjo la  incorporación de China a la economía de mercado (aunque con sus particularidades) y se inició la liberalización de India, hechos que resultaron claves para fijar el nuevo sistema económico mundial.
Sobre esta base geopolítica, las nuevas tecnologías fueron el aliado perfecto para hacer efectiva esa visión unitaria y, en consecuencia, la mundialización de la economía.
 
Nueva York, ciudad global
Esta unificación de criterios políticos y económicos dio pié a algunos autores, como Francis Fukuyama, a teorizar sobre el “Fin de la Historia” (título del polémico libro que publicó en 1992). Fukuyama defendía la finalización de la historia entendida ésta como una evolución de la lucha entre ideologías (no, lógicamente como el fin de los hechos históricos, que seguirán acaeciendo). Según él, tras ese “final” se abría un nuevo mundo caracterizado por el pensamiento único, en el que las ideologías desaparecían para dar paso a la economía como único criterio rector.
Quedaba así definido un rumbo único, un destino aparentemente compartido por todos y tan poderoso que era capaz de poner contra las cuerdas a todas las utopías. Con ello se dio paso a un fenómeno inédito en la cultura humana, capaz de generar una sociedad distinta a sus precedentes. El término para definir esta nueva situación mundial es globalización.
La globalización es un fenómeno que puede definirse como la interdependencia económica entre los países del mundo y también como la ubicuidad en la que se puede estar presente en el mismo tiempo en todas partes.
Esto ha modificado las relaciones económicas (transformando los mecanismos de producción, con nuevas prácticas como la deslocalización o la compleja coordinación e integración de procesos o también, favoreciendo ingentes flujos de capital especulativo, entre otras cuestiones). También se han visto afectadas las relaciones políticas (alterando el sistema de poder que ve declinar instituciones como el estado-nación o los partidos políticos tradicionales y emerger otras dinámicas más mediáticas y participativas) y las relaciones culturales (fundamentadas en las nuevas experiencias producidas por la hipermovilidad, la hibridación cultural o el pensamiento único).
Este profundo cambio en nuestras sociedades no hubiera tenido el mismo impacto sin la aportación sinérgica de las nuevas tecnologías.
La fecha de salida a bolsa de Netscape, el navegador más exitoso en los inicios de Internet (y hoy prácticamente olvidado) no es más que un hito simbólico, pero Netscape fue el estandarte de una nueva época que emergía de la combinación de una cascada de innovaciones tecnológicas como fueron los ordenadores personales, los sistemas operativos (Windows por ejemplo) o los cables de fibra óptica entre otras. Internet ha construido un nuevo mundo interconectado superando las barreras físicas.
Además, el progreso tecnológico ha reducido los costes de transporte y comunicaciones incrementando el comercio mundial y los flujos de capitales, así como los movimientos migratorios. En este contexto y en un escenario de gran competencia, se han abierto economías, reducido aranceles y favorecido el movimiento de capitales. Solo hay que pensar en que  lo que está suponiendo que las transacciones económicas sean electrónicas y puedan dirigirse desde cualquier origen a cualquier destino. Las tecnologías (de la información, de la comunicación, del transporte, etc.) están propiciando intercambios entre lugares y personas muy distantes y este tráfico crece exponencialmente, tanto en lo referente a mercancías como a la movilidad de personas o difusión de las ideas.

Los detractores de la globalización la culpan de la pérdida de soberanía de los estados, del sometimiento de la política al dictado de los mercados y las empresas multinacionales, de perjudicar a los trabajadores de los países desarrollados que sufren la deslocalización (incapaces de competir con los salarios más bajos de los países emergentes, quienes, debido a ello, encuentran muchas dificultades para mejorar su condición social). Se le acusa también de poner en peligro el estado del bienestar occidental, de dañar el medio ambiente, de provocar movimientos migratorios descontrolados, o de propiciar inseguridad al alimentar el terrorismo global (escenificado por primera vez el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York).
Pero también hay muchos defensores de las ventajas que ocasiona gracias a esos intercambios de información, al surgimiento de oportunidades imposibles anteriormente o al propiciar la generación de conocimiento gracias a la interconexión entre personas e instituciones que antes no lo estaban. También argumentan los beneficios de la existencia de una sociedad civil internacional (ONGs) o de la libertad que garantizan unos medios de comunicación de alcance global.
El fenómeno de la globalización, aunque se está produciendo con diferentes velocidades en las diversas partes del mundo, es imparable. Una prueba de ello es la respuesta dada por los países afectados ante la crisis iniciada en 2008: en lugar de cerrarse, proponiendo medidas proteccionistas, se han abierto todavía más, buscando respuestas globales a los problemas surgidos.
Tokyo, ciudad global

Las Ciudades Globales
La globalización está teniendo importantes consecuencias urbanas ya que se están redefiniendo los territorios del nuevo sistema produciendo una “geografía cambiante”.
Nos hemos referido a que uno de los rasgos de la globalización es el debilitamiento del “estado-nación”, cuestión que está abriendo paso a otras entidades y escalas que irrumpen para protagonizar la nueva época. Este hecho se detecta en la emergencia de las ciudades y sus regiones (desde un punto de vista infranacional), así como, en la aparición de los mercados electrónicos globales o en las zonas de libre comercio (desde una óptica supranacional).
En este contexto, la globalización muestra algunas paradojas, porque frente a la fuerte dispersión (territorial) también muestra un reforzamiento de la centralización (urbana). Así, mientras se disemina la “cadena de montaje global” produciendo bienes en fábricas distribuidas por todo el mundo, se concentra intensamente la toma de decisiones ubicándose en áreas muy determinadas.
Con estos antecedentes, la socióloga Saskia Sassen (1949) identificó y describió unas nuevas relaciones urbanas en su libro “The Global City. New York, London, Tokyo” editado en 1991 por Princeton University Press. En él, a partir del análisis de las tres ciudades citadas en el título, diagnosticó la conversión de determinadas áreas urbanas en nodos vitales de la economía global. Áreas que, por otra parte, comenzaban a constituir redes transnacionales, transformando las dinámicas de nuestro mundo.
Estamos asistiendo a un proceso de concentración del poder económico en unas determinadas áreas urbanas desde la que se controla y dirige la economía mundial. En ellas se sitúan los nodos principales de las redes de telecomunicación, las sedes de las principales empresas multinacionales o los más importantes centros de generación de información y de decisión que conducen el devenir mundial. Estas áreas están interconectadas e interactúan formando redes que están estableciendo unas nuevas relaciones entre los territorios, la autoridad y los derechos, diluyendo el papel de las fronteras y neutralizando las nociones de lugar y distancia. Estas áreas son las Ciudades Globales, que se están convirtiendo en la médula espinal de la economía actual.
Para Sassen, las Ciudades Globales constituyen una categoría de entornos urbanos privilegiados que configuran un sistema jerarquizado, ampliable a nuevos miembros y con gran facilidad de cambio. En el escalón más alto se sitúan las ciudades que han logrado adaptarse a la economía globalizada y se han convertido en protagonistas de su estructuración y evolución. Esta afirmación es muy discutida porque, en cierto modo contradice el propio concepto de globalización. Puede argumentarse que existen diferentes grados de globalización en función del nivel de inserción que las ciudades dispongan en las diversas redes que están formándose. Podemos observar casos muy notables de ciudades, que antes eran, por ejemplo, importantes centros manufactureros o portuarios, que se encuentran en decadencia por su falta de adaptación a los nuevos tiempos.
Londres, ciudad global
Las nuevas redes urbanas globales están configurando dinámicas inéditas de intercambio en muchos ámbitos. Más allá de los flujos transnacionales de mercancías, capital e información, se aprecian nuevas conexiones en el sistema, como por ejemplo entre las comunidades inmigrantes y sus lugares de origen, o la proliferación de redes con vocación cultural, (como en el mercado del arte), redes de reivindicación política (desde medioambientales hasta sociales como la “primavera árabe”), incluso redes internacionales de crimen organizado (desde mafiosas hasta terroristas)
Como se ha dicho, las Ciudades Globales aglutinan las sedes de las grandes corporaciones multinacionales, de las entidades financieras transnacionales, las empresas de servicios avanzados y los generadores de contenidos que marcan las tendencias socioculturales al conjunto de la sociedad. Las ciudades, aparecen así como los nodos fundamentales de estas redes mundiales, convirtiéndose en los lugares estratégicos, tanto para la actividad como para la decisión.
Las Ciudades Globales funcionan como “atractores”, no solo de la economía transnacional sino de un gran flujo de emigración (cualificada y no cualificada) de consecuencias inciertas (desde conflictos nativo-emigrante, tanto culturales como económicos, hasta la aparición de una nueva forma de entender la noción de ciudadanía y la identidad de los diversos grupos sociales). La complejidad de las funciones centrales de las grandes empresas está produciendo una fuerte externalización de procesos, impulsando la aparición de empresas altamente especializadas que se vinculan de diferentes maneras a las principales. Estas empresas especializadas  se ubican en el entorno de la matriz, atrayendo el talento internacional y concentrando, por lo tanto, a expertos que acumulan información y pueden ser capaces de generar innovación y conocimiento de forma imprevisible. Todo esto conduce a que el sector clave de las Ciudades Globales sea el de los servicios altamente especializados y conectados en redes (aunque no debemos olvidar su gran dependencia de trabajos menos cualificados, que se ocultan tras la economía “avanzada”). De esta realidad surge el anverso de las Ciudades Globales en el que se manifiestan grandes desigualdades y segregación social. Entre otras causas, por las diferencias de acceso a las tecnologías de la información, o por la creciente brecha que separa las élites vinculadas al capital de la amplia masa de desfavorecidos (que asumen los “otros” trabajos o que incluso carecen de ellos).
Las Ciudades Globales están señalando tendencias que todavía no se aprecian con nitidez. Una ellas es la aparición de nuevas formas de centralidad. La noción de centro urbano se está adaptando a la nueva situación produciendo una nueva geografía de la centralidad (y de la periferia). Los centros de negocios tradicionales se mantienen, aunque con importantes transformaciones; surgen nuevas áreas sustentadas en zonas metropolitanas con una intensa actividad que se acercan a la noción de región; aparecen nuevos centros, difusos y transterritoriales, e incluso se aprecian “centros digitales”. La recomposición urbana que acompaña a esta definición de localizaciones privilegiadas está impulsada por las dinámicas económicas, desplazando actividades por su incapacidad de pujar por ellas o la sustitución de comercios tradicionales por grandes cadenas y franquicias que operan en la red globalizada. Otra de las dinámicas todavía imprevisibles se corresponde con  la aparición de nuevas concepciones de identidad, en el que las que el sentimiento de pertenencia a una comunidad se encuentran menos condicionadas por el territorio (nación, pueblo, etc.) y más por los aspectos sociales que comparten (desde cuestiones étnicas hasta reivindicativas).

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