24 ago. 2013

Contrastes urbanos: El Salón del Prado y la Puerta del Sol de Madrid (la “plaza” que acabó como calle y la calle que se convirtió en plaza)

Ortofoto de Madrid con la Puerta del Sol a la izquierda y el Eje Prado-Recoletos a la derecha. En éste se remarca el inicial “Salón del Prado” o Prado de los Jerónimos con su característica forma circoagonal.
En Madrid, muy cercanos entre sí (a una distancia de seiscientos metros), encontramos el Paseo del Prado y la Puerta del Sol, dos de los lugares más simbólicos y representativos de la ciudad, cuyas contradicciones internas y carácter híbrido son una buena base para reflexionar sobre algunos atributos de los espacios urbanos.
El Paseo del Prado nació con vocación de estancia, pero acabó engullido por la red de comunicaciones. En cambio, la Puerta del Sol, que surgió en el encuentro de once calles, se convirtió con el tiempo en plaza.
La transformación de la Puerta del Sol fue muy diferente a la abordada para el Salón del Prado. Éste debía ser un lugar para el uso y disfrute de la alta sociedad madrileña, que acudía a él para ver y ser vistos, y fue un “regalo” de la Corona. Su misión urbana determinó que su diseño fuera escenográfico y con gran ornato, participando en él reputados arquitectos y artistas. Por el contrario la Puerta del Sol, fuertemente integrada en la red viaria de la ciudad, afectada de congestión y de escasez de espacio, tuvo que ser reformada por una imperiosa necesidad pública, siendo llevada adelante por ingenieros, que aplicaron principalmente criterios de eficacia y utilidad (aunque finalmente apareció un ligero “toque” simbólico).
Actualmente, el Eje Prado-Recoletos se encuentra en proceso de transformación siguiendo la propuesta ganadora de la competición que se celebró en 2002 y sobre la Puerta del Sol se va a convocar un concurso internacional para reflexionar sobre su futuro.


La Puerta del Sol se acabó conformando desde la conjunción de once calles que acometían a ese espacio. Las calles eran las siguientes (en sentido horario partiendo desde la esquina de la calle Mayor): Mayor, Arenal, de los Peregrinos, Preciados, del Carmen, Montera, Alcalá, Carrera de San Jerónimo, de las Carretas, de la Paz y Correo. La calle de la Paz sería interrumpida por la construcción de la Casa de Correos y la de los Peregrinos, por la reforma del siglo XIX, quedando nueve calles; a las que se sumaría como décima, la calle Espoz y Mina, nueva apertura del siglo XIX, que desemboca en la esquina de la Carrera de San Jerónimo.
Estas diez calles, de tan distinto carácter (algunas se encuentran entre las más importantes de la ciudad, como la calle Mayor, Preciados, calle de Alcalá o Carrera de San Jerónimo) confluyen para crear un espacio complejo cuya formalización actual responde en lo esencial a la gran reforma del siglo XIX (fue concluida en 1862). La reforma (ampliación y remodelación) se planteó desde necesidades funcionales como la mejora de la movilidad, la representatividad y la seguridad, principalmente.
La profusión de vías de circulación la convirtió en el espacio más vital de la ciudad, pero también en uno de los más problemáticos, y desde luego, con grandes dificultades para convertirse en una plaza “estancia”. Con el tiempo, y conforme desciende la presión de la circulación rodada, lo va consiguiendo.

El Paseo del Prado, nació como Salón Urbano, un tipo de espacio que se sitúa a medio camino entre la calle y la plaza, y que pretende conjugar los flujos circulatorios con las estancias más estáticas, generando una forma muy particular.
La palabra “salón” nos remite al mundo interior de la arquitectura, concretamente al ámbito residencial para sugerirnos la pieza de la casa de carácter más público. Si pensamos en los salones de los palacios de la nobleza (una analogía más aproximada que la de la intimidad familiar), aparecen los grandes espacios para la relación interpersonal con la comunidad. En esos salones se daban recepciones, se bailaba, se tomaban cócteles o se organizaban grandes reuniones temáticas. Ese carácter de lugar de encuentro y relacional, tan propio de la plaza, es completado en los salones urbanos por el recorrido que le proporcionan sus habituales proporciones longitudinales. A los salones urbanos se acudía a ver y conocer lo que sucedía en la ciudad, (al menos dentro de la sociedad que lo frecuentaba, que solía ser la más alta). También se acudía para ser visto, para “expresarse” y que el resto de los miembros de la comunidad se dieran por enterados de las “novedades” que cada individuo quisiera “presentar”. Al igual que sucede en los parques, otra forma urbana que conjuga también esa doble noción topológica de “estar” e “ir”, eran espacios con una alta componente paisajística, muchas veces ajardinados, poblados por elementos de ornato monumental (esculturas, fuentes, kioscos, etc.) y con un diseño general escenográfico, artístico y simbólico.
Ese Salón se acabaría convirtiendo en el Eje Prado-Recoletos siendo fagocitado por la red de circulación rodada, continuando el gran eje viario norte-sur del Paseo de la Castellana, y vio como se transformaron en rotondas de tráfico las plazas de Cibeles o Neptuno, reduciendo al mínimo sus posibilidades estanciales.

Acercamiento al Paseo del Prado.
El Madrid antiguo se encontraba dividido en dos por el Arroyo de la Castellana. Al oeste quedaba el casco de la ciudad y en la parte oriental, los terrenos reales del Buen Retiro. Ese pequeño arroyo que nacía de la Fuente Castellana (que se encontraba a la altura de la actual Plaza de Emilio Castelar) desembocaba en el rio Manzanares y dificultaba la conexión entre ambas zonas. La denominación “prado” se utilizaba entonces habitualmente para referirse era a las márgenes del arroyo, ya que la presencia de agua imprimía verdor a las orillas. Allí se habían levantado antiguamente varios edificios religiosos importantes para la ciudad, que caracterizaban cada uno de los tres los tramos del recorrido urbano del arroyo. Comenzando por el norte, estaba el Prado de Recoletos (por el convento de los Agustinos Recoletos), siguiendo hacia el sur, el Prado de los Jerónimos (denominado así por la presencia del Monasterio de San Jerónimo el Real) y terminando con el Prado de Atocha (que finalizaba en la Basílica de Atocha).
Los prados que acompañaban al arroyo de la Castellana antes de la intervención de Carlos III, en el plano de 1761 realizado por Nicolás Chalmandrier. Se aprecian las arboledas que acompañaban al arroyo y animaban al paseo.
La construcción del Palacio y Jardines del Buen Retiro había incrementado el interés y la presión sobre ese eje longitudinal que comenzó su uso urbano con la plantación de alineaciones de árboles, siguiendo el arroyo, para que acompañaran el paseo de los ciudadanos. No obstante,  durante el reinado de Carlos III se decidió acometer la remodelación definitiva que lo convertiría en uno de los espacios sociales más importantes de Madrid, mejorando además de forma notable la transición entre las dos partes de la ciudad.
En 1763 comenzarían las obras según el trazado propuesto por José de Hermosilla (1715-1776). La ordenación urbanística de Hermosilla canalizaba el arroyo de la Castellana entre las dos puertas de la muralla de 1625 (Puertas de Recoletos y Atocha) que limitaban el recorrido urbano del curso fluvial, desviándolo hacia un lateral, y proponía una intervención que unía los tres “prados”. El principal, el que sería denominado “Salón del Prado” destacaba sobre los otros dos por su particular concepción, ya que el arquitecto proyectó un espacio con una directriz longitudinal dominante pero con una anchura mucho mayor que en los otros dos tramos y lo dotó de remates semicirculares para darle su inicial forma circoagonal.
Ordenación Urbanística del Salón del Prado (Prado de los Jerónimos) y de los complementarios Prado de recoletos y de Atocha, según el proyecto de José de Hermosilla.
El interior sería tratado como una escenografía con una importante componente paisajística. Así, el Salón se convertiría en una sucesión de jardines y elementos escultóricos que acompañarían los paseos ciudadanos.
Dado que el cometido principal del “salón” era el esparcimiento de la alta sociedad madrileña, fue diseñado con gran intencionalidad estética. Sobre el trazado de Hermosilla, intervino Ventura Rodriguez (1717-1785) quién se encargo de la escenografía y del paisaje. Proyectó tres grandes grupos escultóricos, que posteriormente serían ejecutados por un buen número de escultores de la época. El primero de los conjuntos estaría dedicado a la diosa de la Tierra, Cibeles y se situaría en el norte del Salón. El segundo, ubicado en el sur, homenajearía al dios del Mar, Neptuno. Y el último, se colocó en el centro del recorrido y estaría dedicado al dios del Fuego y protector de las Artes, Apolo.
La conjunto de la diosa Cibeles fue realizado por varios escultores: Francisco Gutiérrez Arribas (figura de la diosa y carro), Roberto de Michel (leones) y Miguel Ximénez (adornos). El grupo de Neptuno fue ejecutado por Juan Pascual Mena, pero este escultor murió sin haber concluido el trabajo (había finalizado solamente la figura del dios) y la obra fue rematada por varios de sus discípulos (José Arias, José Rodríguez, Pablo de la Cerda y José Guerra). La escultura de Apolo (también llamada de las Cuatro Estaciones) fue también una trabajo conjunta ya que mientras la estatua de Apolo fue obra de Alfonso Giraldo Bergaz, las figuras de las estaciones fueron ejecutadas por Manuel Álvarez de la Peña.
Los tres grandes conjuntos escultóricos del Salón del Prado: Cibeles, Apolo y Neptuno.
El Prado de Recoletos (el Paseo de Recoletos actual) siempre tuvo un carácter distinto, más cercano al modelo bulevar que, finalmente, sería en lo que acabó convirtiéndose. Pero los otros dos tramos, el Salón del Prado ó Prado de los Jerónimos y el Prado de Atocha (hoy fusionados en el Paseo del Prado) fueron determinando su futuro a partir de la construcción de algunos de los grandes equipamientos madrileños, como es el caso del actual Museo del Prado o del Jardín Botánico, que situados en el recorrido del Prado de Atocha ampliarían de forma notable su anchura sobre lo previsto por Hermosilla, aproximándolo al Prado de los Jerónimos.
No obstante la extraordinaria presión de la circulación rodada que sufriría la ciudad, supuso la pérdida de esas esencias estanciales que pretendían los “salones”. Los espacios para el paseo fueron reducidos y las plazas convertidas en rotondas para el tráfico rodado. Hoy Cibeles y Neptuno nos miran desde lejos y solo son “pobladas” por los ciudadanos en ocasiones especiales (particularmente deportivas ya que los aficionados del Real Madrid celebran sus triunfos en Cibeles, mientras que los del Atlético de Madrid lo hacen en Neptuno), con la obligación de cortar y desviar el tráfico del gran eje norte-sur de Madrid.
El Eje Prado-Recoletos tras la construcción del actual Museo del Prado y del Jardín Botánico, según el plano de Ibáñez Ibero de 1872.
El Ayuntamiento de Madrid convocó en 2002 un concurso internacional para rehabilitar el Eje Prado-Recoletos. La propuesta ganadora fue la presentada por Alvaro Siza y Juan Miguel Hernández de León.  La idea del proyecto busca recuperar el protagonismo perdido por este lugar tan emblemático de la ciudad y para ello, se propone la recuperación parcial de la personalidad del “salón” incrementando las áreas peatonales, rescatando valores culturales y paisajísticos y conjugando todo con el extraordinario patrimonio arquitectónico y cultural que existe en su entorno. No obstante el desarrollo de la propuesta está siendo conflictivo y todavía está pendiente de ejecución.

Acercamiento a la Puerta del Sol y su reforma del XIX.
A mediados del siglo XIX, la Puerta del Sol se había convertido en un absoluto caos. El pequeño espacio que había surgido alrededor de la antigua puerta medieval y que había acabado conformándose a partir de la confluencia de once calles (aunque entonces eran diez porque la Casa de Correos cerró, con su construcción, la calle de La Paz), era el centro neurálgico de una intensa vida ciudadana. Además, el viejo edificio de Correos había sido reconvertido en Ministerio de Gobernación, y este nuevo uso requería un espacio de mayor envergadura, que le proporcionara cierta representatividad y también que mejorara la seguridad que no podía garantizarse debido a la proximidad de casas y lo angosto de las calles del entorno.
La Puerta del Sol antes de la reforma y ampliación del siglo XIX, según el plano de Espinosa de los Monteros (1769)
La Desamortización de Mendizábal de 1836 puso en manos públicas los tres grandes edificios religiosos del lugar (el Convento de San Felipe el Real, la iglesia del Buen Suceso y el Convento de Nuestra Señora de las Victorias) y, con su derribo se abrieron las expectativas urbanas sobre la reforma del lugar (y también inmobiliarias), poniendo en marcha una largo y azaroso proceso para la ampliación de la plaza y la remodelación de la zona.
En 1846, el arquitecto e ingeniero militar Mariano de Albo, lanzó las primeras ideas en el periódico El Clamor Público. En ellas, abogaba por un gran espacio rectangular que conllevaba el derribo masivo de las edificaciones que se encontraban enfrente de la casa de Correos hasta llegar a la Iglesia del Carmen. A partir de esa fecha se fueron sucediendo concursos públicos e iniciativas privadas en un proceso envuelto en permanente polémica.
Desde entonces, hubo muchas propuestas (que serán analizadas en otro artículo de este blog). La importancia del reto, llevó a diferentes  profesionales (arquitectos e ingenieros), así como a empresarios privados a proponer su solución. La participación pública fue relevante ya que en el proceso se implicaron, la Academia de Bellas Artes de San Fernando,  el Ayuntamiento a través de la Junta Consultiva de Policía Urbana o los Ministerios de Gobernación y de Fomento, aunque la mayoría de las veces enfrentándose entre sí.
Las propuestas formales sobre de la nueva plaza también fueron muy variadas. Hubo algunas que lanzaban intervenciones tímidas y otras más radicales, las hubo con trazados rectangulares, circulares o intermedios dibujando segmentos circulares. En algunas se proponían nuevos equipamientos, como la Bolsa o una nueva Catedral para Madrid.
Los propietarios de las viviendas sentenciadas también se organizaron y apoyándose en la Ley de expropiación de 1836, que exigía justificar la utilidad pública e indemnizar con un justiprecio, lograron paralizar el proceso durante un tiempo, aunque finalmente no pudieron detener el imparable ritmo de la historia. Incluso hubo demandas judiciales en las que algunos participantes, que se consideraban injustamente descalificados, citaron en los juzgados al Ayuntamiento de la ciudad.
Durante más de una década la Puerta del Sol fue un proyecto de ida y vuelta entre despachos profesionales, academias, juzgados, ministerios, etc. hasta que finalmente, el Ministerio de Fomento fijó por ley la propuesta que debía realizarse.
Proyecto final para la reforma de la Puerta del Sol, presentado por la Dirección Facultativa y aprobado definitivamente en 1859.
El proyecto seleccionado había sido realizado por los ingenieros Lucio del Valle, Juan Rivera y José Morer y fue aceptado en 1857 con algunas modificaciones que fueron realizándose desde la Dirección facultativa, trabajo encomendado a Lucio del Valle. La solución final (la aprobación definitiva se realizó en 1859) fue la que configuró el trazado de la plaza que hoy conocemos, con su lado norte curvado. La imagen de la fachada curva que se asocia con el astro rey y en la que  las calles que llegan a ella representa sus rayos, no fue premeditada desde el principio, sino que fue madurándose gracias a que proporcionaba una mejor articulación entre el esapcio central y las calles que iban a ser “mutiladas”. Ahora bien, una vez descubierta la idoneidad funcional de la curva, no se rechazó la analogía solar, sino que incluso, algunas propuestas, la potenciaban jugando con simetrías más evidentes. A pesar de que el criterio de diseño fue inicialmente “utilitarista” y pragmático, la simbología se hizo un pequeño hueco para dotar de nuevos significados al espacio.
También fueron polémicos los concursos que se convocaron a partir de ese momento para determinar el “ornato” de la plaza (farolas, fuentes, mobiliario, etc.)
Los derribos necesarios para la nueva plaza finalizaron en 1858 y, finalmente en 1862, la nueva Puerta del Sol estaba concluida.
La Puerta del Sol poco después de concluida su gran reforma decimonónica (Foto de Jean Laurent hacia 1870)
Tras los derribos y realineaciones de la plaza, fueron edificándose los inmuebles resultantes. Por ejemplo, en 1861 se inauguró el Hotel de los Príncipes (números 11 y 12 de la plaza) y en 1864, el Gran Hotel de París, entre la calle de Alcalá y la Carrera de san Jerónimo. Este hotel sería el más prestigioso de Madrid hasta el siglo XX, comenzando entonces una decadencia que se agravaría después de la guerra civil, cerrando definitivamente en 2006. Este edificio contaría desde 1935 con el popular cartel luminoso de Gonzalez Byass (Tío Pepe), que parece va a cambiar de ubicación. Hoy, en 2013, se está rehabilitando para albergar una Apple Store.
La Puerta del Sol se enfrenta en la actualidad a un nuevo futuro, ya que va a ser convocado, en otoño de este año, un concurso internacional para reflexionar sobre su ordenación interior.
La Puerta del Sol tras la reforma tal como aparece en el plano de Ibáñez Ibero de 1872.

Consideraciones generales sobre las nociones topológicas básicas del espacio urbano: el “estar” y el “ir”.
El ser humano “utiliza” el espacio por imperativo de su propia realidad física. Dentro del concepto “espacio” pueden identificarse dos nociones topológicas básicas:
En primer lugar, “estamos” en el espacio. Nuestra presencia física nos obliga a ocupar un espacio. En él realizamos las actividades necesarias que nos definen como individuos y como comunidad. Pero independientemente de la caracterización de esas actividades, la noción topológica esencial del espacio, desde este punto de vista presencial, es el ESTAR. Relacionado con el “estar” aparece el esquema topológico del CENTRO y la componente conceptual que determina el espacio como ESTANCIA (la meta de nuestro movimiento y donde realizamos las actividades). La imagen canónica en la ciudad es la PLAZA.
En segundo lugar, obligados por nuestras necesidades (una muy elemental por ejemplo, es buscar alimento) y condicionados por nuestra realidad física, utilizamos el espacio para desplazarnos, nos movemos por él hasta alcanzar nuevos lugares de estancia. Esta circunstancia nos define una segunda noción topológica del espacio, el IR. Relacionado con el “ir” surge el esquema topológico de DIRECCION y la componente conceptual que determina el espacio como TRÁNSITO / FLUJO. La imagen canónica en la ciudad es la CALLE.
Esta concepción estructuralista, en la que el espacio aparece como un sistema abstracto de nodos (estancias) y enlaces (vías) permite una aproximación elemental, pero muy interesante, a los diferentes espacios de la ciudad.
Ciertamente, la ciudad es un ente complejo y resulta difícil encontrar lugares que respondan nítidamente a las categorías anteriores. De hecho, sin profundizar en espacios híbridos complejos, también las calles son soporte para determinadas actividades no circulatorias, y las plazas suelen incorporar recorridos que se integran en la red general de comunicaciones de la ciudad.

No obstante, plantear los espacios urbanos a partir de estas claves iniciales (Espacios-Estancia, para las actividades más específicas y Espacios-Flujo, que conectan  los anteriores) permite orientar adecuadamente sus misiones, como la motivación del movimiento que albergan, los requisitos fundamentales de cada modelo (delimitación, proporciones, etc.) o algunas claves para su diseño concreto. Por supuesto, la complejidad habitual aumenta en determinados tipos urbanos que nacen con disposiciones híbridas y deben satisfacer tanto las funciones estanciales y estáticas como las dinámicas y circulatorias. 

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