2 nov. 2013

Los Elefantes Blancos en las ciudades y el caso del Cuartel del Conde Duque en Madrid (1).

La expresión “elefante blanco” surge a partir de una costumbre de los antiguos reyes de Siam, que regalaban esos animales albinos a súbditos de los que estaban descontentos. Al ser un animal sagrado, las responsabilidades de mantenimiento que conllevaba el “obsequio” suponían una carga tan pesada que podía llegar a arruinar al receptor.
Desde esa práctica, la expresión saltó a la cultura occidental, para referirse a posesiones cuyo mantenimiento supera con creces a los beneficios que proporcionan. En 2005, dos profesores universitarios le dieron categoría de teoría político-económica, y desde entonces fue aplicada en las ciudades. Particularmente, sobre muchos de los “proyectos estrella” de los últimos años, que promovidos desde los poderes públicos han acabado mostrando su verdadero rostro de “elefantes blancos”. Son edificios o infraestructuras que exigieron grandiosas inversiones y siguen requiriendo recursos muy elevados para su mantenimiento sin encontrar una justificación para su existencia.
Esta semana ha comenzado el periodo madrileño del Master in Urban Interior Design [MUID] (el siguiente periodo se desarrollará en Milán, cuya Escuela Politécnica comparte el título con la de la Universidad San Pablo-CEU) y durante sus dos meses de duración, los alumnos analizarán, diagnosticarán y realizarán propuestas para el entorno del Cuartel del Conde Duque, uno de esos “elefantes blancos” al que le está costando perder la etiqueta.
Este primer artículo se aproxima al concepto y al protagonista para, en próximas entregas, profundizar en las características urbanas y arquitectónicas de su entorno.


Elefantes Blancos.
La expresión procede de la antigua Siam. En esa zona del sudeste asiático, los elefantes albinos eran una especie sagrada y un símbolo de poder. Los reyes incrementaban su estatus y prestigio en función del número de estos animales que poseían.
En ese contexto, cuando algún noble mostraba una ambición de poder excesiva, tal que parecía querer competir con el propio rey, los monarcas, descontentos con ese súbdito, acostumbraban a regalarle alguno de esos animales. Esta aparente paradoja tenía su explicación, puesto que el  honor concedido escondía una grave contrapartida. La propiedad de un elefante blanco conllevaba innumerables obligaciones que iban desde sus delicados mantenimiento y nutrición, hasta su protección o la obligación de facilitar las visitas de los vasallos para venerar al animal sagrado. El elefante blanco se convertía en una carga extraordinaria para su propietario, hasta el punto de que, en algún caso, fue capaz de producir la ruina del mismo. El obsequio escondía, por lo tanto, un regalo “envenenado”.
En el antiguo Siam, los elefantes blancos eran animales sagrados y símbolos de poder.
La expresión “elefante blanco” se apoya en esa idea: se aplica a bienes cuyo mantenimiento supera con creces los beneficios que aportan.
Desde esa noción general, la expresión saltó al mundo político-económico en 2003, cuando los profesores universitarios James A. Robinson (entonces en Berkeley y hoy en Harvard) y Ragnar Torvik (de la Norwegian University ) enunciaron una tesis que presentaron con esa denominación. La teoría de los “elefantes blancos” fue publicada finalmente en 2005, en el prestigioso “Journal of Public Economics” de Elsevier, alcanzando mucha repercusión.
La tesis sostiene que la falta de desarrollo de algunos países no es causada por la ausencia de inversión, dado que se comprueba que esa inversión existe, sino que se origina por la aplicación de esos recursos de una forma muy ineficiente. Robinson y Torvik se apoyaron en numerosos ejemplos, fundamentalmente extraídos de África, donde analizaron grandes operaciones, desde industriales a infraestructurales, que compartían tanto sus dudosos resultados como la existencia de otras compensaciones para sus promotores. Muchos de esos proyectos gigantescos, impulsados desde los poderes públicos, no perseguían (aunque lo pareciera) el objetivo de activar la economía o de favorecer el bien común sino que respondían a otros propósitos ocultos, fundamentalmente vinculados a réditos políticos (por no mencionar la corrupción). En esta línea, los investigadores advertían del gran atractivo que, para los políticos, ofrecen ese tipo de operaciones, ineficientes social y económicamente, pero capaces de proporcionar importantes beneficios para sus carreras. Los elefantes blancos se definen como esos proyectos que producen un excedente social negativo, consumiendo ingentes cantidades de dinero público, y a pesar de ello, son apoyados. El contrasentido de su existencia se resuelve por la presencia de  motivos poco confesables.
La noción de “elefantes blancos” no tardaría en saltar al mundo de las ciudades, ya que sus atributos encajan con algunos de los proyectos megalómanos e incomprensibles promovidos desde las administraciones públicas.
El aeropuerto de Castellón, un espacio sin aviones (salvo los incluidos en la inefable escultura de Ripollés)
En España tenemos experiencia sobrada de ello. Hemos visto a políticos y pseudo-políticos destrozar buena parte del sistema financiero de nuestro país por culpa de inversiones descabelladas. Nuestra manada de “elefantes blancos” es numerosa. Tenemos múltiples ejemplos de autopistas carísimas que se encuentran vacías, nuevos aeropuertos sin tráfico aéreo, grandes auditorios sin espectadores, o centros culturales que languidecen sin programación, e incluso eventos costosísimos a los que los ciudadanos no encontraron justificación. Muchos de los proyectos estrella de los últimos años (infraestructuras, edificios de nueva planta o rehabilitaciones) han pasado a convertirse en “elefantes blancos”, no solo por la extraordinaria inversión que exigieron en su momento sino también por los elevadísimos costes de mantenimiento que requieren a pesar de su reducida o nula utilidad.
Los “elefantes blancos” sirvieron para potenciar un desarrollo desmedido y sin control, que alimentaba egos políticos afanosos por inaugurar y lanzados en estrategias electorales más que discutibles. Una de las consecuencias de todo ello es un déficit económico alarmante que, además, está provocando reducciones presupuestarias en cuestiones socialmente importantes que resultan muy difíciles de asumir por parte de la población.

Elefantes Blancos en las ciudades.
La ciudad es un sistema y, como tal, cuenta con nodos que son capaces de aglutinar muchas funciones. En esos lugares focales se asientan los Elementos Urbanos Primarios que pueden, por ejemplo, desde ordenar, estructurar y otorgar legibilidad al espacio hasta liderar, social, cultural o económicamente, la zona (o incluso la ciudad) en la que se ubica.
Estos grandes “artefactos urbanos” muestran una extraordinaria capacidad de activación y renovación de áreas completas de la ciudad. Es muy conocida la repercusión que un equipamiento como el Museo Guggenheim tuvo para la ciudad de Bilbao o, en otra escala, como el MACBA de Barcelona fue capaz de abanderar la rehabilitación del barrio del Rabal. Nadie cuestiona el gran esfuerzo que supusieron debido a los numerosos servicios que prestan a la ciudad.
El famoso “efecto Guggenheim” lanzó a muchos políticos a una carrera enloquecida por disponer de “proyectos estrella” que justificaran su gestión y potenciaran su imagen personal. En los tiempos de bonanza económica no se tenían en cuenta ni los extraordinarios presupuestos (que se incrementaban continuamente) ni mucho menos la carga de mantenimiento que dejaban para el futuro. La megalomanía pobló nuestras ciudades de grandiosos equipamientos innecesarios en muchos casos.
Esta política también ha tendido a producir una sobreabundancia de dotaciones (con ejemplos tan notables como la excesiva oferta de aeropuertos o centros culturales). Esta saturación de equipamientos genera problemas para cumplir la misión de cada uno de ellos, ya que además de repartir oferta y demanda se encuentran con la falta de recursos de las administraciones.
La Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela, que recientemente ha visto suspender sine die sus obras pendientes.
En otro orden de causas, en un terreno más urbanístico, esos grandes elementos públicos pueden encontrar sus dificultades para el cumplimiento de su misión en una inadecuada inserción urbana o un incorrecto diseño del programa. En cualquier caso, las disfunciones de esos equipamientos suele afectar negativamente a sus áreas de influencia y perjudicar  la estructura urbana general.
Estos edificios son los “elefantes blancos” que habitan nuestras ciudades: grandiosos equipamientos públicos, muchos de ellos realizados en épocas de bonanza económica, tanto de nueva planta como por transformación de antiguos edificios de la ciudad (a veces en contra de su propia esencia), con dificultades para demostrar su viabilidad.
El antiguo Cuartel del Conde Duque en Madrid es uno de esos “elefantes blancos”. El inmenso edificio, convertido en un gran Centro Cultural no acaba de cuajar en el panorama madrileño, lo cual pone en tela de juicio tanto la estrategia seguida como las grandes inversiones realizadas.
Foto aérea del Centro Cultural Conde Duque y su entorno. Por la derecha aparece el tejido residencial, mientras que por la izquierda se aprecia el Palacio de Liria y parte de las instalaciones militares.
 El “Conde Duque” de cuartel a centro cultural.
En 1704 Felipe V creó la “Guardia de Corps” para la protección personal de los reyes. Se trataba de una fuerza militar especial que, inicialmente, fue alojada en una instalación provisional que se construyó al lado de la plazuela de los Afligidos, próximo al Palacio Real y cercano a la salida noroeste de la Villa.
En 1717 se decidió la construcción de un nuevo cuartel adecuado para las necesidades de ese cuerpo de élite. El proyecto fue encargado al arquitecto Pedro de Ribera (1681-1742), quien años después se convertiría en Maestro Mayor de Obras de la Villa.
La inmensa fachada principal del Centro Cultural Conde Duque con sus más de 200 metros de longitud. Al fondo emerge la Torre de Madrid, ubicada en la Plaza de España.
El solar necesario para levantar el cuartel de la “Guardia de corps” requería una ubicación próxima al Palacio y, además, contar con una gran extensión, dada la necesidad de superficie que requieren las prácticas militares. Se escogió un conjunto de parcelas que albergaban algunas viviendas y fincas de recreo de la nobleza en las afueras de la ciudad, cerca de dos de las puertas de la muralla de 1625 (la Puerta de San Joaquín que finalmente sería rebautizada como de San Bernardino y la Puerta del Conde, que pasaría también a llamarse del Conde-Duque). Así pues, el cuartel se levantó en una situación de borde urbano, en un lugar topográficamente elevado respecto al resto del casco, cerrando una trama residencial que llegaba hasta él en una sucesión bastante ordenada de callejuelas estrechas.
En 1736 se dieron por finalizadas las obras (aunque la capilla lo hizo en 1751). La construcción fue muy austera y barata, ya que no se utilizaron materiales nobles sino un humilde ladrillo para ser enfoscado. El inmenso edificio cuenta con unas dimensiones en planta aproximadas de 230 x 85 metros y se articula en torno a tres grandes patios sin prácticamente concesiones a la decoración, salvo la gran portada monumental que Pedro de Ribera creó para su acceso principal.
El patio principal del Cuartel del Conde Duque sirviendo de escenario para su misión militar inicial.
La Guardia de Corps fue disuelta en 1841. Desde entonces el edificio se convirtió en Escuela General Militar y a Cuartel de Caballería (aunque, tras cinco años, el Cuartel de Caballería ocuparía todo el espacio). La vida del edificio fue muy sufrida. Padeció graves incendios en 1869 y 1870 tras los cuales, los ingenieros militares acometieron una importante remodelación que desfiguró buena parte del edificio original. Por ejemplo, se rebajó una planta (la tercera) en todo el edificio excepto en el bloque de acceso, se redujeron las ventanas y se rehicieron las fachadas con ladrillo visto, eliminando el enfoscado que tuvo en origen.
En la década de 1950, su estado estaba más próximo a la ruina que a un edificio en condiciones para dar servicio. Por eso dejaría de ser utilizado, perdiendo su condición militar. Entonces surgió el debate sobre su futuro. Por una parte se proponía su derribo, justificándolo en su limitado interés artístico y en el pobre estado en el que se encontraba;  mientras que por otra se defendía su valor histórico, su rehabilitación y su transformación en un equipamiento municipal.
La portada principal de acceso al Centro, excelencia barroca de Pedro de Ribera y la fachada en su aspecto de 1983 (enfoscada y con las ventanas menores) y en el de 2011 (recuperado el ladrillo visto y el tamaño de sus ventanas)
Finalmente, en 1962 se decidió mantenerlo para albergar usos municipales, formalizándose la cesión al patrimonio de la ciudad en 1969, siendo, además, declarado Monumento Histórico en 1976.
El destino para el antiguo cuartel fue convertirse en un nuevo centro cultural para Madrid, que acogería complementariamente diferentes usos administrativos municipales. Para ello se procedió a una primera rehabilitación parcial ya que se dejó parte del edificio sin renovar. Esta primera intervención se realizó conforme al proyecto redactado en 1981 por el arquitecto Julio Cano Lasso (1920-1996). El edificio, que recuperó en parte la tercera planta, pasó a tener nuevamente el revoco de sus fachadas (aunque con un enfoque “posmoderno” que, además, se evidenciaba en el tratamiento de la portada interior del patio principal, que se dejó con un aspecto inacabado). En 1983, renacería como nuevo Centro Cultural Conde Duque.
Imagen del patio principal del Conde Duque en 1983 mostrando la convivencia de la parte rehabilitada y la que quedó pendiente.
El cuartel, que nunca tuvo vocación de ser un nodo urbano (más bien al contrario) dificultó enormemente su nuevo papel de polo de atracción para la ciudad. El escaso éxito del nuevo equipamiento hizo que en 2004 se redactara un informe muy crítico con el funcionamiento del mismo, haciendo hincapié en la exigua participación de los ciudadanos en las actividades propuestas. Al margen de diferentes razones que afectaban a la compleja organización interna y a la difícil adaptación de su arquitectura para el uso previsto, se advertía del problema de la “invisibilidad” del edificio, oculto tras la trama residencial.
Partiendo de esas críticas, en 2005 se redactó un Plan Director para el futuro. Sobre esa base se realizó una nueva intervención dirigida por el arquitecto Carlos de Riaño que finalizaría en 2011. Esta renovación reorganizó el funcionamiento interno del edificio y realizó varias actuaciones que modificaron radicalmente su imagen: se retiró el enfoscado volviendo a sacar el ladrillo visto de la reforma de finales del siglo XIX, se recuperó definitivamente la planta tercera y el tamaño de las ventanas, y se sustituyó la cubierta de teja por otra de zinc, hecho que provocó una cierta polémica. Actualmente acoge en su interior usos diversos, destacando entre ellos la Biblioteca Histórica de la ciudad, la Biblioteca Musical, el Archivo de la Villa, la Hemeroteca municipal, dos salas de exposiciones y una biblioteca pública.
Imagen del patio principal del Conde Duque. Arriba su estado actual tras la reforma de 2011 y debajo la rehabilitación anterior realizada en 1983 (con la portada interior inacabada siguiendo el espíritu posmoderno de la época).
No obstante, el Conde Duque  sigue manteniendo su condición de “elefante blanco”. La costosísima rehabilitación y su elevado mantenimiento no parecen haber encontrado una respuesta ciudadana que justifique esas inversiones.
La compleja inserción urbana del Centro Cultural ha supuesto históricamente un hándicap para su proyección y desarrollo. A las dificultades topográficas se deben sumar problemas de accesibilidad, representatividad, visibilidad, equilibrios de escala o su relación con el espacio público circundante, entre otros problemas relacionados con lo urbano. Como consecuencia de todo ello, el Cuartel del Conde Duque no ha alcanzado la plenitud de sus posibilidades como Centro Cultural, y reclama una estrategia urbana que favorezca el cumplimiento de su misión.

Para reflexionar sobre estas circunstancias, el Master in Urban Interior Design [MUID], en su primera edición, lo ha seleccionado como lugar de intervención para los alumnos, delimitando un entorno que presenta interesantes conflictos y retos urbanos: el “triángulo” formado por las calles Princesa (y parte de la Gran Vía), Alberto Aguilera y San Bernardo.

En próximas entregas profundizaremos en las claves urbanas de este entorno, así como en las principales piezas arquitectónicas que lo caracterizan.

1 comentario:

  1. El pasado agosto´13 visité el Conde Duque junto a unos arquitectos tailandeses que quedaron sorprendidos con la rehabilitación tan exquisita de este edificio aunque no parecía tener el dinamismo cultural propio de este tipo de contenedores de arte.

    http://2worldtree.blogspot.sg/2013/06/el-sudeste-el-infinito-o-el-mas-alla.html

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