15 feb. 2014

Mutaciones Urbanas: Sevilla y sus tres revoluciones urbanas.

Las ciudades cambian permanentemente. Habitualmente lo hacen de manera paulatina pero en otras ocasiones lo hacen espasmódicamente, concentrando en el tiempo transformaciones espectaculares, radicales, de las que surge una nueva ciudad. Las mutaciones urbanas son cambios “repentinos”, generalmente provocados por algún acontecimiento, y tienen como resultado una modificación trascendental de la ciudad, tanto en su imagen como en sus dinámicas de funcionamiento.
En Sevilla, las transformaciones urbanas más relevantes se han ido produciendo de esta manera, a impulsos, apoyados en acontecimientos que supusieron revoluciones para la ciudad. Su primera “revolución” urbana derivó del hecho de que Sevilla fuera designada en 1503 como capital del comercio con las Indias y gracias a ello se transformó en una esplendorosa ciudad barroca. La segunda se produjo a raíz de la Exposición iberoamericana de 1929, abriendo el crecimiento de la ciudad hacia el sur y proyectando una imagen cosmopolita. La tercera nació con la Exposición Universal de 1992, gracias a la cual, Sevilla se convirtió en una ciudad contemporánea que recuperaba la categoría perdida décadas atrás.

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Mutaciones urbanas
Si algo define a las ciudades en su estado de cambio permanente.
Habitualmente lo hacen de manera paulatina, poco a poco, y solamente con la perspectiva del tiempo, se pueden apreciar dichas variaciones. Las ciudades, como si fueran un organismo vivo, van reconfigurando su fisonomía a través de cambios puntuales que afectan a su arquitectura, a su espacio urbano o a sus infraestructuras. Son transformaciones necesarias para adaptarlas a la evolución de la sociedad que las habita y a las necesidades concretas de sus ciudadanos. Suelen buscar la mejorar de la calidad de vida de los mismos o ser más eficiente en sus procesos. Pero estos cambios, por lo general se realizan despacio, de forma gradual, porque la velocidad de ajuste urbano está intrínsecamente relacionada con los presupuestos económicos de la ciudad y su capacidad financiera, cuestión que suele moderar los ritmos deseados.
Pero en otras ocasiones las ciudades cambian de forma espasmódica, concentrando en el tiempo transformaciones espectaculares, radicales, de las que surge una nueva ciudad. En estos casos, las ciudades mutan como esos organismos vivos que evolucionan en seres diferentes, con características distintas a las anteriores. Las mutaciones urbanas son cambios “repentinos”, generalmente provocados por algún acontecimiento, y tienen como resultado una modificación trascendental de la ciudad, tanto en su imagen como en sus dinámicas de funcionamiento. Esos hechos relevantes, capaces de actuar como catalizadores de la transformación urbana suelen vincularse, en algunos casos, a circunstancias históricas muy favorables que proporcionan la energía necesaria (económica fundamentalmente). Pero el caso más frecuente es el que aprovecha la celebración de algún evento especial de gran repercusión. Entre los más conocidos se encuentran los Juegos Olímpicos o la celebración de Exposiciones Internacionales. La celebración de estos grandes eventos trasciende el interés municipal para implicar a las administraciones regionales y nacionales, que se vuelcan con el evento para garantizar el éxito del mismo aportando presupuestos extraordinarios que pueden, bien utilizados, modificar las dinámicas de la ciudad seleccionada.
No todas las ciudades que gozan de estas oportunidades las orientan adecuadamente. Es necesario disponer de un rumbo, de un modelo, de una visión que dirija las intervenciones. En estos casos, las ciudades aprovechan la oportunidad que se les brinda para el desarrollo de zonas pendientes, para la reordenación de infraestructuras, para la incorporación de equipamientos necesarios o para realizar una mezcla de todo lo anterior. El resultado, además de la mejora del espacio, proporciona a estas ciudades una proyección internacional que repercute directamente en su competitividad.

Sevilla ha disfrutado de tres momentos singulares, marcados por tres acontecimientos que fueron capaces de poner en marcha sendas revoluciones urbanas que modificaron radicalmente su rumbo.
El primero fue un conjunto de circunstancias históricas (el Descubrimiento de América y la concesión a Sevilla del monopolio del comercio con el nuevo continente) que convirtió a la ciudad en un esplendoroso espacio barroco superpuesto a los trazados existentes.
Las otras dos fueron eventos celebrados en el siglo XX: la Exposición Iberoamericana de 1929 y la Exposición Universal de 1992. En las dos exposiciones (29/92) la ciudad aprovechó la oportunidad para superar estancamientos y recuperar el paso respecto a las ciudades de su categoría. Ambas muestras fueron catalizadores de una transformación radical (aunque también, a las dos les siguió un periodo de dificultades económicas).
(En todas las mutaciones sevillanas, el Guadalquivir ha tenido un papel protagonista. La estrecha vinculación de la ciudad con su rio será tratada en un próximo artículo).

Sevilla en 1771 según el plano conocido por el nombre de su promotor Pablo de Olavide (aunque fue realizado por Francisco Coelho). El plano original tiene el norte a la izquierda (algo muy frecuente en los planos sevillanos). En este caso se ha girado para comprender adecuadamente la ciudad (con el norte hacia arriba según la convención habitual). Al margen de las murallas, el territorio queda enmarcado por el rio Guadalquivir y por el arroyo Tagarete en su parte oriental y sur.
La primera mutación: La revolución urbana del Descubrimiento (Sevilla Barroca)
Antes del Descubrimiento de América, Sevilla era ya una ciudad importante, con una larga e intensa historia pero, como consecuencia de ese revolucionario acontecimiento, mutaría y emergería la Sevilla Barroca que se convertiría en una de las principales urbes europeas.
Sevilla se convirtió en 1503 en sede de la Real Casa de Contratación de Indias. Desde esta institución se planificaban todos los viajes a América y se controlaban todas las mercancías que llegaban del Nuevo Mundo. Sevilla se impuso ante las opciones de Huelva (peor comunicada con el resto de la península) o de Cádiz (mucho más vulnerable por su situación litoral). El gran valedor de Sevilla fue su rio, el Guadalquivir, que permitía la navegación de grandes buques hasta la propia ciudad que, al encontrase en el interior, podía ser protegida fácilmente.
Sevilla pudo aprovechar los beneficios de contar con esa posición monopolística durante 214 años, a lo largo de los cuales se perfeccionó la ciudad histórica, medieval y musulmana. Sevilla se convirtió en la capital económica de España (y su imperio). El monopolio del comercio con América le permitió incluso desbancar en 1540 a Amberes como centro financiero de Europa.
En 1543 se creó la Lonja de Mercaderes, la agrupación profesional privada que tendría un gran peso en la regulación del comercio con América. Esta institución requirió un edificio propio que sería construido entre 1584 y 1598, por Juan de Mijares, sobre planos de Juan de Herrera. Este edificio se acabaría convirtiendo en el  Archivo General de Indias, tras quedar desocupado por el traslado a Cádiz en 1717 de la cabecera de la flota.
El estatus adquirido por Sevilla significó un crecimiento importante, lo que transformó su fisonomía ciudadana al construirse numerosos edificios institucionales con el estilo imperante en la época, el Barroco. La nueva Sevilla Barroca se superpuso a la ciudad existente. Por ejemplo, las viviendas volcadas hacia sus patios interiores (una seña de identidad de su pasado musulmán) dieron paso a grandes casas y palacios que miraban hacia el exterior ofreciendo el esplendor de sus fachadas. Además de los edificios institucionales que se levantaron, la entonces mayor ciudad de España, atrajo también a numerosas instituciones religiosas que construyeron iglesias y conventos siguiendo los postulados barrocos. Este considerable presencia religiosa se convirtió en un rasgo característico de la ciudad (hay que tener en cuenta que entre el siglo XII y XV se levantaron 21 conventos y en el XVI fueron 21 y 20 en el XVII, además de numerosas parroquias, ermitas y capillas).
Iglesia de San Luis de los Franceses (Leonardo de Figueroa, 1699-1730). La ciudad barroca se sobrepuso sobre la existente.
En Sevilla dejaron su huella muchos arquitectos barrocos, destacando entre ellos el omnipresente Leonardo de Figueroa (1650-1730), autor de edificios como la Iglesia del Divino Salvador, la de la Magdalena, o la de San Luis, el Hospital de Venerables sacerdotes, y  el Colegio de San Telmo para formar marinos (futuro Palacio de San Telmo).
Aquel periodo de gloria para Sevilla, también alcanzó a la cultura y la ciudad, durante el Siglo de Oro, acogió a los mejores artistas del momento. Pero esa animación contrastaba, con los evidentes signos de decadencia del Imperio Español.
Sevilla mantuvo su privilegio monopolístico hasta 1680, fecha en la que comenzó a compartirlo con Cádiz, debido a las dificultades de navegación que comenzaba a ofrecer el rio Guadalquivir. Cádiz se quedaría finalmente con la exclusiva comercial en 1717 (sumiendo a Sevilla en una profunda depresión, que por otra parte corría paralela a la del propio país, que había perdido su predominio internacional). No obstante, en 1790 la Casa de Contratación sería suprimida y con ella, los privilegios que acarreaba.
Iglesia del Divino Salvador (Esteban García/Leonardo de Figueroa, 1674-1712)
Durante el siglo XVI, la evolución demográfica fue muy notable. En 1500 la población de Sevilla rondaba las 60.00 personas y a finales del siglo se situaría en torno a las 140.000 habitantes (llegando a ser la cuarta población de Europa, tras Londres, París y Nápoles). Este gran crecimiento se vería frenado durante el siglo XVII en el que la ciudad sufrió diversas adversidades, particularmente la devastadora peste bubónica de 1649. Pero, sobre todo, el freno sería causado por la grave crisis económica que siguió al traslado a Cádiz de las instalaciones comerciales. La población sevillana descendería a finales del siglo XVIII hasta las 80.000 personas. Habría que esperar a mediados del siglo XIX para volver a recuperar los 100.000 habitantes, iniciando entonces un crecimiento moderado que le llevaría a alcanzar los 148.000 habitantes en 1900. Sevilla recuperaba su techo poblacional trescientos años después. Este largo periodo de decadencia no finalizaría hasta principios del siglo XX, con el impulso de un gran evento internacional: la Exposición Iberoamericana de 1929.

Sevilla en 1910 según el plano de Antonio Poley. La ciudad ocupa todavía su recinto tradicional y sus arrabales históricos (Triana, San Roque) apreciándose solamente alguna modesta extensión radial.
La segunda mutación: La revolución urbana de la Exposición Iberoamericana de 1929.
Las Exposiciones Universales, que habían comenzado su andadura en 1851 con la célebre muestra londinense realizada en el extraordinario Crystal Palace, estaban demostrando su capacidad para impulsar la ciudad que las acogía. Algunas de las grandes capitales, que habían tenido su exposición, confirmaron que el hecho de alojar el evento no solo las había proyectado hacia los puestos de liderazgo urbano sino que además, les  había permitido acometer transformaciones muy importantes para afrontar con garantías el futuro próximo.
Pero Sevilla se encontraba entonces al margen. Aunque a mediados del siglo XIX, la llegada del ferrocarril y el derribo de las murallas supusieron una cierta revitalización de la ciudad, a principios del siglo XX, Sevilla sufría un importante retraso frente a las principales ciudades europeas. Las infraestructuras urbanas eran escasas y deficientes y la población se apiñaba dentro de un densísimo casco histórico. Sevilla necesitaba urgentemente la planificación de su futuro.
En ese contexto se comenzó a barajar la posibilidad de que la ciudad alojara una gran exposición internacional. La exposición podría modernizar la envejecida ciudad, animando una profunda reforma urbanística, y podría ayudarle a recuperar ese puesto privilegiado del que había disfrutado durante el periodo aurisecular. La exposición retornaría a Sevilla al mapa internacional y presentaría la ciudad “en sociedad”, atrayendo turismo e industrias que crearían empleo y mejorarían la precariedad del momento.
En 1909 comenzó a tomar forma una idea que fue muy bien recibida: celebrar un reencuentro entre España y los países americanos a través de una gran Exposición Iberoamericana que mostraría al mundo los logros de cada país. Pero a pesar de la buena acogida, el evento tardaría vente años en celebrarse. La primera fecha, 1911, hubo de ser retrasada por falta de tiempo. La siguiente fecha propuesta, 1914, quedó en suspenso por haberse declarado la Primera Guerra Mundial. Tras el final de la contienda, los problemas con Marruecos fueron añadiendo nuevas dilaciones hasta que finalmente pudo celebrarse en 1929 (el mismo año en el que Barcelona celebraba su Exposición Internacional, que fue analizada en este blog en el artículo “1929,Barcelona empresarial, Madrid institucional”).
El largo periodo de gestación de la Exposición Iberoamericana propició que la repercusión del evento para la ciudad fuera mayor. Desde el punto de vista urbano, la Sevilla que emergió de las transformaciones impulsadas por la Exposición Iberoamericana era una ciudad nueva.
La primera gran transformación modificó la relación con el rio Guadalquivir: la Corta de Tablada. Aunque su proyecto no está estrictamente vinculado al de la Exposición, la coincidencia en el tiempo (y en el espacio) relaciona esta gran obra infraestructural con las intervenciones realizadas para la muestra. La Corta de Tablada era un canal que evitaba las curvas de los meandros del Guadalquivir, que dificultaban la navegación y complicaban la evacuación de las riadas. Fue propuesta en 1906 y aprobada en el año 1909, año en el que comenzaron unas obras. Las dificultades internacionales conllevaron problemas financieros y continuos retrasos pero, finalmente, pudo inaugurarse en 1926, junto con el nuevo Puente Alfonso XIII, el puente levadizo de hierro que fue el segundo en atravesar el Guadalquivir (y que setenta años después, en 1998, sería desmontado tras la puesta en servicio del Puente de las Delicias).
La intervención más significativa fue, lógicamente, el recinto de la Exposición que permitió la salida definitiva de la ciudad extramuros, hacia el sur, configurando un crecimiento urbano que determinaría el futuro de la ciudad.
Plano de la Exposición Iberoamericana de 1929 (el norte se encuentra a la izquierda)
Su extensión abarcaba los actuales Parque de Maria Luisa, Prado de San Sebastián, Jardines del Palacio de San Telmo, Paseo de las Delicias y barrio de Heliópolis. Todas estas zonas se fueron estructurando apoyadas en el gran eje de la Avenida de la Reina Victoria (actualmente Avenida de la Palmera).
El diseño de la Exposición contó con un amplio elenco de profesionales. El arquitecto Aníbal González (1876-1929) fue nombrado Director de la Exposición y diseñó el planteamiento urbano de la misma (aunque en 1927 dimitió y fue sustituido por Vicente Traver). Aníbal Gonzalez también diseñaría alguno de los grandes hitos de la Exposición como los pabellones de la Plaza de América (el Pabellón Mudéjar, actual Museo de Artes y Costumbres Populares, el Pabellón de las Bellas Artes, actual Museo Arqueológico y el Pabellón Real que se finalizaron en 1913) o el conjunto de la Plaza de España (la plaza y el Gran Palacio) que fue el gran emblema de la muestra. Vicente Traver diseñaría edificios como el Teatro-Casino (actual Teatro Lope de Vega).
El gran emblema de la Exposición Iberoamericana de 1929 fue la Plaza de España del arquitecto Aníbal González.
Otro profesional reconocido que intervino en la actuación fue el ingeniero y paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, quien diseñó el Parque de María Luisa (reformando los jardines que había donado la infanta María Luisa de Borbón en 1893 y se habían abierto al público en 1914). Forestier se inspiró en los jardines hispano-musulmanes, influido por ejemplos tan relevantes como los Reales Alcázares de Sevilla o los jardines del Generalife y la Alhambra de Granada.
Junto al cauce del rio Guadaíra se construyó el barrio de Heliópolis para alojar a los visitantes de la Exposición Iberoamericana de 1929. A su lado se levantó el Stadium. En primer término la Avenida de la Palmera (entonces Avenida reina Victoria) y en la esquina superior derecha el rio Guadalquivir tras recibir las aguas del Guadaíra.
El denominado “Sector Sur”, cercano entonces al cauce del rio Guadaíra, recibió la urbanización de un complejo residencial denominado los Hoteles del Guadalquivir (el actual barrio Heliópolis) en el que se construyeron 390 chalets para acoger a los visitantes de la Exposición. Junto a este nuevo barrio se levantó el Stadium, que con el tiempo se reconvertiría en el Estadio Benito Villamarín del Real Betis Balompié.
El estilo regionalista y cosmopolita imperó en la arquitectura de cada uno de los pabellones y edificios complementarios. No todos los edificios de la exposición fueron desmontados o demolidos, quedando muestras muy representativas de esa arquitectura que modificó la fisonomía de la nueva Sevilla.
Aparte de las actuaciones en el recinto de la Exposición, la ciudad fue objeto de importantes intervenciones. Sevilla tenía ideas para reformar el casco histórico y adaptarlo a los nuevos tiempos, pero le faltaba la energía para impulsarlas. La Exposición Iberoamericana sería el revulsivo para algunas de ellas. La inspiración procedía del Plan General de Reformas redactado por José Sáez y López en 1895, en el que se recogían las inquietudes higienistas de la época y la necesidad de mejorar el tráfico interno de la ciudad. Algunas de las intervenciones sugeridas en ese Plan se realizarían a lo largo del siglo XX, como el ensanchamiento de las calles Martín Villa, Laraña, Imagen o San Pablo, y sobre todo la apertura de la actual Avenida de la Constitución. Esta última es una de las intervenciones más relevantes impulsadas en el contexto de la Exposición. La Avenida de la Constitución, fue urbanizándose en la década de 1910 entre la Puerta de Jerez y la Plaza Nueva, llegando a convertirse en el principal eje bancario y de negocios de la ciudad. Con el tiempo, en ella se fueron construyendo muchos edificios significativos. Destacan el neomudéjar edificio de La Adriática (José Espiau y Muñoz, 1914-1922), el clasicista Banco de España (Antonio Illanes, 1925-1928), el edificio de Correos y Telégrafos (Joaquín Otamendi y Luis Lozano 1927-1930), el edificio de la Aurora (Antonio Illanes, 1933-1936), el antiguo Banco Central (hoy Banco de Santander, Vicente Traver, 1952) o los cuatro edificios de Aníbal González en los números 6 (1921), 10 (1913-1914), 12 (1912-1914) y 14 (1915-1917).
Avenida de la Constitución, con los edificios de La Aurora y Correos.
Complementariamente, también se acometieron obras de infraestructura (como el Puente de San Bernardo, que salvaba el ferrocarril en la zona de la Puerta de la Carne o el puente sobre el antiguo cauce del arroyo Tamarguillo). Dentro del casco urbano se mejoró el ornato urbano (terminando el Monumento a San Fernando o levantando la Fuente de Puerta de Jerez o la Fuente de la Plaza Virgen de los Reyes). Se realinearon y ensancharon algunas calles (lo que conllevó algún derribo en el barrio de Santa Cruz) y se reformaron algunas plazas (Plaza de Santa Cruz, Plaza de Doña Elvira, Plaza del Museo y Plaza Nueva). Igualmente se remodelaron varios espacios ajardinados (Jardines del Cristina, Jardines de Murillo y Paseo Catalina de Ribera)
Sevilla se dotó de otros equipamientos fundamentales para una ciudad moderna: los hoteles, levantando numerosos ejemplos como el Gran Hotel Alfonso XIII, el Hotel Colón (Majestic inicialmente), el Hotel Cristina, el Gran Garage Hotel, el Palace Hotel Eritaña, el Hotel Triana y el América Palace.

Una nueva Sevilla surgió tras la Exposición de 1929, una ciudad mucho más preparada para acometer los retos del siglo XX (aunque la muestra provocó un desastre económico para el Ayuntamiento de la ciudad, que se vio agravado por la Guerra Civil). No obstante, tras la penosa posguerra, Sevilla se convirtió en un polo del desarrollismo, atrayendo durante las siguientes décadas una gran cantidad de inmigración, de forma que los 228.000 habitantes de 1930 se convertirían en 705.000 en 1991 (triplicando su población en sesenta años). La ciudad creció considerablemente pero no logró mantener las esencias que la habían identificado hasta entonces.

La tercera mutación: La revolución urbana de la Exposición Universal de 1992.
El impulso de 1929 no fue suficiente para mantenerse a flote, y Sevilla volvió a perder el paso respecto a otras ciudades españolas y europeas. Al final del periodo dictatorial, Sevilla presentaba nuevamente un desfase muy apreciable y se hacía evidente la necesidad de un nuevo empuje para superarlo.
La idea de celebrar el quinto centenario del Descubrimiento de América fue madurando desde los primeros años de la democracia española. Sevilla, que se había convertido en capital de Andalucía en 1982, se vislumbraba como la sede más adecuada. Finalmente, en 1983 se lanzó la propuesta de una Exposición Universal doble, apoyada en ambos lados del Atlántico, con un pie en Sevilla y otro en Chicago. Pero en 1985, la candidatura de Chicago declinó su participación dejando el evento en Sevilla como sede única.
La Exposición Universal de 1992 (conocida como Expo’92) se ubicó en una gran extensión de 250 hectáreas, al noroeste de Sevilla, en el entorno del antiguo Monasterio de la Cartuja. Esos terrenos, conocidos como la Isla de la Cartuja (aunque verdaderamente no es una isla), se situaban contiguos a la ciudad por el noroeste pero habían permanecido al margen de su desarrollo urbanístico.
Plano de la Exposición Universal de 1992 (el norte se encuentra a la izquierda)
El monasterio cartujo de Santa María de Las Cuevas, que había sido fundado en 1400 y donde estuvo enterrado Cristóbal Colón, fue desamortizado en 1836 y convertido en una fábrica de porcelana y loza, “La Cartuja Pickman”. El traslado de estas instalaciones en 1982 dejó el edifico en un estado de abandono hasta su reutilización por la Exposición, que lo convirtió en su emblema (como Pabellón Real y lugar de recepción de los mandatarios internacionales).
Como había sucedido en la anterior Exposición, Sevilla aprovechó la Expo’92 para reivindicarse. La ciudad mutó, comenzando el crecimiento por el noroeste, reequipándose y sobre todo con una serie de transformaciones estructurantes que la modernizaron extraordinariamente.
Las intervenciones en las redes de infraestructuras de transporte fueron quizá las más influyentes para Sevilla, ya que crearon una nueva estructura urbana que renovó la dinámica de los flujos de tráfico. En primer lugar, por la modificación de los trazados ferroviarios, concretada en el cierre de las Estaciones de Plaza de Armas y de San Bernardo (Estación de Cádiz) y la centralización del tráfico en la nueva Estación de Santa Justa (de los arquitectos Antonio Cruz y Antonio Ortiz), que además recibiría el nuevo tren AVE de alta velocidad que uniría Sevilla con Madrid. La eliminación del ramal ferroviario que llegaba a la Estación de Plaza de Armas (que acabaría convertida en un centro comercial en 1999) propició una importante intervención en la calle Torneo iniciando una nueva relación entre esa parte de la ciudad y el rio. También se renovó el tráfico aéreo, con la ampliación del aeropuerto de San Pablo que contó con una nueva terminal diseñada por Rafael Moneo. Las intervenciones en la red de tráfico rodado serían trascendentales para Sevilla, gracias a la construcción de nuevas vías de acceso y rondas interiores. La Expo’92 impulsó el desdoblamiento de la Nacional 4 para convertirla en Autovía A4, la creación de la circunvalación SE-30, la Ronda Supranorte, la Autovía A-92 que dirige hacia la Andalucía occidental, o el empuje definitivo a la A-49 que une la capital con Huelva y Portugal, cuyo primer tramo estaba activo desde 1973. Importante, sobre todo desde un punto de vista simbólico fue la actuación en el rio, restaurando el cauce fluvial histórico (aunque seguiría como dársena) al eliminar el Tapón de Chapina y con la construcción de nuevos puentes (del Quinto Centenario, de las Delicias, de la Barqueta, de San Lázaro y de la Cartuja)
La Expo’92 promovio nuevos puentes sobre el Guadalquivir (sobre la dársena). En la imagen en primer término el de la Barqueta y detrás el del Alamillo, que forma parte de la ronda de circunvalación SE-30.
La Expo’92 aportó nuevos equipamientos de gran escala para la ciudad como el Parque del Alamillo (que se inauguraría en 1993), el Auditorio de Sevilla, (hoy Auditorio Municipal Rocío Jurado, que fue proyectado por Eleuterio Población) o la Torre Triana, un gran edificio administrativo de la Junta de Andalucía, diseñado por el arquitecto Sáenz de Oiza y que entró en funcionamiento en 1993.
Una de las preocupaciones de la organización y los responsables políticos era el aprovechamiento posterior de las extraordinarias instalaciones creadas. En esa línea, el recinto fue reutilizado para diferentes iniciativas. La primera fue el proyecto Cartuja 93, que apoyado en el impulso y las instalaciones de la Expo, pretendía transformar la ciudad en una especie de Silicon Valley europeo, pero fue una quimera que no llegó a cuajar. El Parque Científico y Tecnológico Cartuja 93, reutilizó buena parte de las infraestructuras de la exposición pero no logró asentarse como ese gran polo económico que se pretendía formar. Se incorporaron varios edificios de la Universidad de Sevilla (Facultad de Ciencias de la Comunicación y Escuela Técnica Superior de Ingeniería). También sobre los terrenos de la exposición, tras la demolición de varios pabellones, se construyó el parque temático Isla Mágica, dedicado a la era de los descubrimientos, que fue inaugurado en 1997. El Monasterio de la Cartuja se convirtió en 1998 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Otro de los equipamientos recibidos por la zona, aunque no vinculados a la Expo, fue el Estadio Olímpico de la Cartuja, construido para la candidatura olímpica que se presentó sin éxito de cara a los Juegos del 2004 (de los arquitectos Antonio Cruz y Antonio Ortiz) y que fue inaugurado en 1999. En la actualidad, dentro del entorno administrativo  de la Torre Triana, se está construyendo la muy polémica Torre Cajasol, que diseñada por Cesar Pelli será el edifico más alto de Andalucía con sus 180 metros.
Esquema de la reordenación de tráficos impulsada por la Expo’92


Independientemente de las dificultades, principalmente económicas, que llegarían después de la celebración de la muestra, la Sevilla que surgió de la Expo’92 era una ciudad contemporánea que recuperaba su categoría como gran capital del sur de Europa.

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