26 abr. 2014

Aproximación a la Ciudad Barroca.

Perspectiva monumental, línea recta y uniformidad barroca, en la via Po de Turín.
“Ciudad Barroca” es una etiqueta controvertida. Mientras que en las artes plásticas, en la música o en la arquitectura, hay un acuerdo generalizado sobre las características estilísticas que definen sus obras como barrocas, en el urbanismo, esas claves no parecen tan claras ni tienen un reconocimiento unánime.
No cabe duda de que hay ciudades, con una presencia tan notable de arquitectura de ese estilo, que han generado una “atmósfera” particular y son consideradas barrocas, aunque sus trazados no lo sean. En esta cuestión radica precisamente la polémica acerca de la “ciudad barroca”. El debate se centra en la existencia de ciudades diseñadas con criterios que puedan considerarse originales de ese periodo.
Vamos a aproximarnos a la planificación de la “ciudad barroca”, a su contexto, a los conceptos que la animaron, a sus mecanismos de construcción y también a las dificultades que tuvo para convertirse en realidad. Desde Roma a Turín, de Karlsruhe a Versalles, y gracias a perspectivas monumentales, escenografías espectaculares, o grandes trazados rectilíneos y uniformes, se fue prefigurando la ciudad moderna.

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La idea de Ciudad Barroca, una noción controvertida.
La idea de Ciudad Barroca es una noción controvertida, que ha sido puesta en duda por muchos historiadores urbanos. Mientras que en las artes plásticas, en la música, o en la arquitectura, hay un acuerdo generalizado sobre las características estilísticas que definen sus obras como barrocas, en el urbanismo, esas claves no parecen tan claras ni tienen un reconocimiento unánime.
Ciertamente existen ciudades que en esa época (el siglo XVII y la primera mitad del XVIII) cambiaron de fisonomía gracias a la arquitectura que se construyó en ellas, aunque no hubiera modificación de los trazados antiguos. Por eso, la etiqueta “ciudad barroca” suele asociarse a las que ofrecen un significativo número de obras arquitectónicas encuadradas en ese estilo, y así hablamos de Sevilla Barroca, Praga Barroca, Madrid Barroco, Lima Barroca, etc. como ciudades que atesoran una buena colección de edificios que, con su presencia, han sido capaces de crear una atmósfera particular, un ambiente “barroco”, aunque se hayan levantado sobre las tramas anteriores (medievales, musulmanas, etc.).
Praga Barroca. La arquitectura logra crear el ambiente barroco sobre un trazado que no lo es.
El problema surge al intentar identificar ciudades planificadas con criterios barrocos. Algunos historiadores urbanos dudan de la existencia de unos mecanismos originales de producción urbana dentro del periodo barroco. Argumentan que, durante ese periodo, se limitaron a repetir prácticas anteriores, como las procedentes, por ejemplo, de la Roma del siglo XVI, cuando la Seconda Roma y sus Papas constructores marcaron el camino que recorrería el Barroco. Por eso, estos críticos prefieren referirse a “ciudades del barroco” en lugar de a “ciudades barrocas”.
Desde luego, el barroco es una época compleja y con grandes contradicciones internas. Para constatarlo solamente tenemos que pensar en cómo convivían la diversidad y libertad que dominaba las mentes de los artistas, con la política unitaria y autoritaria de los gobiernos absolutistas. Es difícil caracterizar al barroco, sobre todo en cuestiones urbanas. Por ejemplo, no deja de ser paradójico que, en un estilo cuyas esculturas se retuercen, la música ofrece arabescos sonoros o la arquitectura magnifica las curvas y las deformaciones espaciales, los procedimientos de planificación urbana (como veremos más adelante) sean definidos por la racionalidad, la geometría más pura y la gestión más estricta.
Pero independientemente de la adjudicación o denegación de la originalidad de los mecanismos de planificación barrocos, debe reconocerse que la ciudad, durante ese periodo, es repensada desde una nueva óptica.  La “ciudad barroca”, supeditada al poder y a los deseos de los monarcas absolutos, busca convertirse en una escenografía, un verdadero telón de fondo para el teatro de la vida, donde viarios, plazas o mobiliario urbano (esculturas, fuentes, obeliscos, etc.) transformarían la ciudad heredada en un espacio ilusionista pero lógico (una muestra más de la dinámica contradictoria de la cultura de esta época). Porque como escribió Lewis Mumford, el espíritu barroco pretende “organizar el espacio, hacerlo continuo, reducirlo a orden y medida, ampliar sus límites incluyendo lo extremadamente lejano y lo extremadamente pequeño, y finalmente asociarlo al tiempo y al movimiento”.
Con Bernini, Roma sería el centro de gravedad del primer barroco. 

Conceptos y mecanismos de planificación de la Ciudad Barroca.
Las transformaciones políticas acontecidas en Europa durante el siglo XVII llevaron a la consolidación definitiva de los grandes estados nacionales y, dentro de ellos, a la centralización del poder en torno a la figura del monarca absoluto.
En consecuencia, las libertades ciudadanas logradas en los siglos anteriores y que habían caracterizado el renacimiento urbano europeo, se vieron mermadas o incluso desaparecidas. Por eso, la cuestión más básica que define a la ciudad barroca es el cambio de relación entre el espacio y la sociedad que lo habita, que se verán disociados, ya que desde el poder se dictaría el rumbo urbano que casi siempre tenía poco que ver con las necesidades ciudadanas.
La centralización del poder va a manifestarse de forma muy precisa en la ciudad elegida en cada estado como principal, que ejercería como capital y residencia del poder. La capital de la nación va a ser el campo de experimentación, el lugar representativo, el espacio donde va acontecer todo lo reseñable, a costa de relegar al resto de las ciudades del país. Frente al esplendor adquirido por las capitales, las demás, aunque irían recibiendo las innovaciones paulatinamente, quedarían en un papel secundario.
Así pues, las ciudades capitales absorberán recursos, atención y dedicación frente al resto de ciudades.  En ellas se formalizaron los nuevos modos de planificación urbana en los que los ciudadanos dejaron de serlo para convertirse en una masa social que, simplemente, las poblaba.
La ciudad privilegiada será sede de la Corte y del poder. Y, a su amparo, se reunirán en ella la nobleza, el poder económico, las élites culturales y la mayor concentración humana. La capital se convierte en el centro de decisión, en el lugar de la innovación y desde el cual se propagarán las modas (el “gusto oficial”, que se impone a las demás ciudades, observadas como provincianas y desfasadas). El barroco se convertirá así en una cultura dirigida, formalizada desde arriba hacia abajo.
También surgirá un poderoso aparato administrativo capaz de organizar y controlar con eficacia a la sociedad. Gracias a ello, la capital verá reducido notablemente (y a veces completamente) su poder municipal para convertirse en un espacio dirigido por el rey y su Corte. Los gobernantes municipales quedarán como meros gestores del día a día, como procuradores de las decisiones reales, y carecerán de iniciativa para el desarrollo urbano (que residirá en los altos estamentos políticos).
En definitiva, la ciudad barroca (planificada como barroca, insistimos), deja de ser el reflejo de sus habitantes, para convertirse en un representación del poder y prestigio del monarca absoluto. Es más, la ciudad debía ser el gran vehículo de transmisión por medio del cual se extenderían los valores y las formas de las clases dominantes al resto de la sociedad.
El historiador de la ciudad Pierre Lavedan identificó los que, a su juicio, eran los tres instrumentos esenciales del urbanismo barroco para conseguir estos fines:
  • La perspectiva monumental,
  • la línea recta y
  • la uniformidad. 

La perspectiva monumental conlleva dos nociones complementarias: el punto de vista único y la contemplación del monumento.
El monumento, cuya raíz etimológica lo refiere como un medio para recordar hechos o personas, trasciende este acto memorable para convertirse en la representación simbólica de unos determinados valores que “educarán” a la ciudadanía pasiva. El monumento, generalmente escultórico y figurativo, se insertará en la ciudad para transmitir con su presencia los criterios establecidos desde el poder. Esta idea se trasladará también a la arquitectura, que producirá edificaciones “monumentales” caracterizadas por su singularidad, por su considerable tamaño, y por su posición como foco de atención. Estas esplendorosas construcciones debían asombrar a los ciudadanos y subyugarlos, en otro de esos mecanismos psicológicos subliminales tan utilizados por el barroco.
Complementariamente, la perspectiva se convierte en la expresión más perfeccionada del punto de vista único (y del pensamiento unificado). Se traslada, con ello, la idea de que hay un punto específico desde el que se observa el escenario en toda su plenitud, mientras que todos los demás muestran deformaciones o parcialidades. Esto contrastaba radicalmente con la multiplicidad óptica de la ciudad antigua, sobre todo medieval, en la que la sorpresa y las continuas variaciones visuales proporcionaban una riqueza expresiva, plural y heterogénea. El urbanismo barroco apostará por la visión unitaria, en una metáfora muy directa del poder absoluto.

El segundo mecanismo, en estrecha relación con lo anterior, es la utilización de la línea recta como instrumento básico de trazado. Paradójicamente, la línea recta muestra también las contradicciones del Barroco. Como hemos apuntado anteriormente, frente a “lo curvo” tan presente en el resto de prácticas barrocas, el planeamiento de la ciudad se simplificaba, adoptando la línea recta como gran elemento estructurante. Ciertamente, la recta no era nueva en la planificación urbana. Los trazados griegos y romanos ya la habían puesto en práctica y los tratadistas del Renacimiento la habían recuperado como paradigma racional frente a de las trazas medievales. Pero lo que hasta entonces era una cuestión de eficacia en la distribución espacial, con el barroco se transforma en un instrumento con objetivos adicionales, porque la línea recta contaba con unas virtudes muy útiles para los gobernantes absolutos.
Primero porque se apartaba de las ciudades anteriores (medievales), en su mayoría orgánicas, sinuosas y complejas, para ofrecer un orden nuevo racional, directo y claro (que rompía con el pasado oscurantista que se pretendía superar). De hecho, incluso las antiguas experiencias reticulares que se fundamentaron en líneas rectas (como las ciudades romanas) habían sufrido, en su paso por el Medievo, importantes deformaciones que, en algunos casos, las habían dejado irreconocibles. En segundo lugar, la línea recta era la mejor aliada de la perspectiva monumental ya que ordenaba los tránsitos de manera muy adecuada para establecer esos puntos de vista únicos y por lo tanto compartidos por todos. También la línea recta favorecía los flujos urbanos lo cual beneficiaba tanto a la eficiencia del tráfico de vehículos como a los aspectos procesionales que tanta importancia adquirieron durante ese periodo. Finalmente, en cuarto lugar, la línea recta contribuía a otra cuestión menos confesable: el control ciudadano por parte del poder (como veremos más adelante).
El Corso Francia de Turín. Arriba la perspectiva que apunta a la Basílica de Superga. Debajo, una imagen identificando la posición (puntos rojos) del castillo de Rivoli (inferior) y Superga (superior).
Una de las más espectaculares construcciones barrocas que aúnan la idea de perspectiva, monumento y línea recta, es el Corso Francia de Turín. Este camino era la antigua ruta hacia Francia y en 1721 se convirtió en una calzada recta que unía la capital, Turín, con el municipio próximo de Rivoli (donde se construyó un Castillo para la familia real, aunque no llegó a completarse). Esa vía recta alcanzó los diez kilómetros, pero la alineación se iba a continuar de una forma magnífica. Por medio de una prolongación (virtual) más allá de la ciudad, se apuntó como fondo de perspectiva a la cumbre del monte donde se ubicó la extraordinaria y monumental  Basílica de Superga de Filippo Juvara. El resultado son unos 19,5 kilómetros de línea recta (física y virtual).

El tercer mecanismo de planificación barroca sería la uniformidad de proyecto y realización que se convertirá en uno de los rasgos que permitirán, entre otras cosas, potenciar a los anteriores. Aparecerán las nociones de tipo y se generaran modelos para las edificaciones residenciales e incluso para los palacios de la baja aristocracia. Todo queda organizado y premeditado, lo cual puso de manifiesto, entre otras cosas, la importancia del proyecto como paso previo a la realización (hasta entonces muchos crecimientos surgían espontáneamente) y permitió una racionalidad en el diseño de infraestructuras (que hasta el momento, eran inexistentes o resultaban ineficaces).
La ciudad se proyecta en todos sus detalles con un espíritu uniforme que permite poner de manifiesto la existencia de excepciones (es decir, de los monumentos). Los mensajes lanzados eran claros: por una parte, que los intereses particulares estaban supeditados al conjunto (el pueblo como masa y no como suma de individuos) y por otra, la valoración de la excepción monumental (el rey y su alta nobleza) frente al fondo homogéneo y monótono (el pueblo).
En la imagen superior, Piazza San Carlo de Turín (Carlo di Castellamonte, 1637). En la inferior, Plaza Mayor de Salamanca (Alberto Churriguera, 1729-1756). Ambos ejemplos muestran la potencia de la uniformidad barroca de fachadas.  
No obstante, la propia uniformidad de las edificaciones también participa de lo monumental, ya que la repetición tipológica genera un plano envolvente que resulta asombroso y subyugador. La visión de largas fachadas repetitivas, con cornisas continuas, colores unificados, y con líneas horizontales y ritmos modulados de huecos que reforzaban la perspectiva hacia puntos lejanos, era algo insólito en la ciudad e informaba de la capacidad del gestión y de la autoridad de los gobernantes para imponer a sus súbditos un determinado modelo (o una determinada idea). Los modelos y tipologías fueron obligados por numerosas normativas y regulaciones que dictaban todos los rasgos de las piezas que debían componer la ciudad. Esto era así cuando la iniciativa partía desde el poder, pero sobre todo resultaba imprescindible en el caso de que fuera la iniciativa privada la que desarrollara las parcelaciones (cosa que sucedió a menudo dadas las carencias económicas de muchas Cortes).

Los usos de la ciudad barroca.
En la ciudad barroca aparecieron nuevos usos urbanos o se sublimaron algunos de los ya habituales, que alcanzarían otras cotas de significación.
Urbanismo escenográfico.
En primer lugar, el espacio público se convirtió en escenario  de múltiples eventos, anticipando nociones cercanas a la ciudad-espectáculo que aparecerá siglos después. Estos eventos estaban promovidos por la vida cortesana, de la que el rey y sus nobles hacían una descarada ostentación. Se celebraron numerosos actos como fiestas, desfiles o conmemoraciones, que engalanaban la ciudad y estaban encaminados a mostrar el poderío y esplendor de la clase gobernante, y particularmente del rey.  Simultáneamente propiciaban en los ciudadanos-espectadores una sensación de maravilla (que los apartaba de la crudeza de la vida diaria) provocando una cierta “suspensión” de los comportamientos racionales de la conducta que se veían sustituidos por un estado de adhesión emocional.
Sevilla engalanada para la visita del Felipe V a la ciudad en 1729 según el grabado de Pedro Tortolero.
En relación con lo anterior y como consecuencia de las dificultades de implantación de los programas barrocos en las ciudades consolidadas (cuestión sobre la que profundizaremos en el siguiente apartado) proliferaría un tipo de intervención urbana típica del Barroco: la decoración efímera de la ciudad para dichos eventos, principalmente vinculados a los desplazamientos reales, a la recepción de mandatarios extranjeros o a la celebración de bodas o funerales de estado. Los principales artistas del momento eran implicados en la reconversión de la ciudad en un escenario magnífico. Costosos arcos de triunfo eventuales y elementos decorativos de gran porte disfrazaban las ciudades temporalmente para acercarlas a ese espacio deseado por los reyes y que la realidad se empeñaba en impedir.
Urbanismo de plazas.
Por otra parte, y aunque la “línea recta” favorecía este tipo de acontecimientos, particularmente a los desfiles, las celebraciones también requerían otro tipo de escenario más “estancial”. Esto centró la mirada en las plazas. Además la creación de plazas resultaba menos traumática para la población que los grandes ejes rectilíneos que exigían numerosas demoliciones. Hasta entonces estos espacios habían cumplido misiones variadas. Las plazas eran comercios, eran antesalas para las ceremonias religiosas celebradas en las iglesias, o eran el lugar de reunión para cuestiones ciudadanas a modo de ágora. La plaza del mercado, la plaza de la iglesia o la plaza del ayuntamiento habían surgido como especialización de esos usos (aunque en muchos lugares pequeños se encontraban integrados). Esos espacios también habían acogido ferias, fiestas y otro tipo de eventos significativos pero sin llegar a marcar su impronta. El Barroco va a darle la vuelta a su uso, hasta el punto que puede decirse que en este periodo se realizó un urbanismo de plazas.
Son muchos los casos que permiten descubrir esos matices diferenciales orientados hacia el esplendor urbano y la exaltación del monarca. Por ejemplo, la construcción de las Plazas Reales parisinas en tiempos del rey Enrique IV (la Place Dauphine iniciada en 1607, la Place Royale, luego conocida como Place des Vosgues levantada entre 1605 y 1612, o la Place de France que no llegaría a construirse). También la Plaza Mayor de Madrid inaugurada en 1620 según el diseño de Juan Gómez de Mora, auqneu ésta presenta un carácter cívico muy superior a las anteriores. Algo parecido encontramos en Londres, aunque sin las connotaciones representativas, y más vinculada al hecho residencial, en la plaza del Covent Garden que diseñó Iñigo Jones en 1630 (aunque con el tiempo acabaría ocupándose mayoritariamente por el mercado y las edificaciones originales serían modificadas).
Urbanismo militar.
Volvamos a una idea que solamente ha quedado apuntada anteriormente: el deseo de control por parte de los gobernantes sobre sus súbditos y, como consecuencia de ello, la importancia de lo militar en la ciudad barroca. Efectivamente, el riesgo de levantamiento de una masa social descontenta y fácilmente manipulable fue una de las preocupaciones de aquellos monarcas absolutos (y se confirmó en muchas ocasiones, para desgracia de los gobernantes). Las grandes avenidas rectas supusieron una gran ayuda para contener a los sublevados. Primero por la dificultad de cortarlas con barricadas, pero sobre todo porque dejaban un paso expedito, directo y rápido para los ejércitos responsables del control ciudadano. Además, la ciudad barroca se poblaría de acuartelamientos militares, generalmente dentro de grandes edificios ubicados en los puntos estratégicos de la movilidad urbana.
Neuf-Brisach, la ciudad fortificada creada en 1697 por Vauban en la Alsacia francesa.
Por otra parte, debido a la evolución armamentística, destaca en el Barroco la conversión de muchas ciudades en “plazas fuertes” con la aparición de espectaculares fortificaciones y ciudadelas para el acuartelamiento de tropas y defensa de la ciudad. En esta época se escribieron numerosos tratados sobre la forma de protección de una ciudad en los que se definían baluartes, bastiones, fosos, disposiciones, etc. No obstante, en muchas ocasiones estas ciudadelas no se construían para conjurar el peligro de enemigos exteriores sino para evitar los ataques interiores, los levantamientos ciudadanos. Porque estas edificaciones militares, aparte de su efectividad real en caso necesario, también tenían una fuerte componente intimidatoria que sería remarcada con los numerosos desfiles y paradas militares (que también formaron parte de los eventos urbanos comentados). Estas demostraciones de fuerza militar se realizaban en las grandes avenidas de nueva creación y en unos espacios específicos que surgieron para ellos, los “Campos de Marte”.
Urbanismo de arquitectura civil y religiosa.
Aunque este artículo no profundiza en la arquitectura barroca, es necesario reseñar como los programas arquitectónicos reestructuraron partes de la ciudad. Palacios, iglesias y conventos principalmente, se convertirían en referencias para fijar ejes, fondos de perspectiva  y sobre todo protagonizarían plazas, otorgándoles la representatividad buscada (aunque en ocasiones se conseguía un efecto mayor gracias a la uniformidad de las fachadas residenciales). El espacio comenzará a poblarse de elementos como fuentes, obeliscos, esculturas, etc. dotándolo de una “imaginería” que potenciaría los objetivos barrocos.

La realidad de las ciudades barrocas.
Más allá de la discusión sobre si los mecanismos de planificación y diseño urbano son propiamente barrocos, lo que sí es cierto es que su aplicación a la realidad fue muy difícil.
Esto fue así porque la ciudad barroca se enfrentó a una importante contradicción operativa (otra más): la monarquía absoluta, contaba con la autoridad incontestable pero no dispuso de los medios económicos ni de los mecanismos de gestión adecuados para llevar a cabo sus programas hasta el final. La ambición de las propuestas excedía habitualmente las posibilidades con que contaban las Cortes  del siglo XVII y principios del XVIII.
Además, las divergencias entre los intereses del poder y los de la burguesía ciudadana fueron causa de múltiples conflictos (a veces violentos), particularmente en lo que se refiere a las intervenciones en el casco urbano consolidado (porque obligaban a expropiaciones, derribos y traslado de residentes). Esta falta de sintonía entre gobierno y ciudadanos se sumó a las dificultades económicas y causaron que muchas de las grandes operaciones previstas quedaran únicamente en el papel. Es muy sintomático el caso de Londres, que tras el incendio de 1666 que devastó el centro de la ciudad, tuvo la oportunidad de reconfigurarse con los nuevos criterios barrocos del plan de Christopher Wren sin llegar a conseguirlo.
Por todo lo anterior resultó muy complicada la planificación global de la ciudad. Las propuestas barrocas suponían intervenciones de gran calado, costosísimas y muy traumáticas para la población. En consecuencia, el urbanismo barroco fue más aplicable en las emergentes ciudades de los pequeños estados centroeuropeos que en las grandes capitales consolidadas. En estos casos, las actuaciones barrocas preferirían las periferias, mucho más libres de ataduras que la ciudad existente.
Karlsruhe. En la imagen superior la planificación de la ciudad con las características vías radiales que partían del palacio. En la inferior, la ciudad actualmente (el punto de vista es el contrario al de la imagen del grabado)
Esa mayor libertad de las pequeñas ciudades o de las nuevas creaciones, puede apreciarse en ejemplos como el de Karlsruhe, la ciudad “irradiada” que se creó en 1715 y que sería capital del Gran Ducado de Baden. También en otras capitales, entonces modestas, se pudieron desarrollar con cierta ejemplaridad los programas barrocos, como en las ampliaciones de Turín, la nueva capital del Ducado de Saboya.
Por el contrario, las grandes ciudades, como París o Londres, vieron reducida la intervención barroca a una serie de casos puntuales. Es muy indicativo el caso de París, donde las dificultades encontradas para acometer grandes reformas trascendentes condujeron a la realización de unas pocas intervenciones incapaces de producir una transformación significativas y  global de la ciudad. Estos inconvenientes para convertir París en la capital deseada por los monarcas absolutos, llevarán a Luis XIV a desplazar el centro de poder a Versalles, donde sí pudo construir el espacio de representación que anhelaba (y que tanta fascinación produciría).
Quizá el jardín, y particularmente el “jardín francés”, sea el lugar donde se proyectaron las aspiraciones de los monarcas absolutos barrocos con mayor facilidad y fidelidad.
Versalles. Detalle del plano de 1925 realizado por Leconte y Guilmin.
De hecho los extraordinarios jardines reales del barroco ejercerán una influencia muy notable en las grandes transformaciones que recibirá la ciudad durante el siglo XIX. Porque, en gran medida, habría que esperar hasta mediados del siglo XIX, para asistir a una transformación radical de las ciudades heredadas, cuando los gobiernos autoritarios de esa época, sí contaron con la fortaleza económica que había producido la Revolución Industrial y dispusieron de los instrumentos legislativos de control adecuados, como es el caso emblemático del París de Haussmann.

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