12 abr. 2014

Articulación y Yuxtaposición urbanas: Los ejemplos de Nancy y de Nueva York (1. Las plazas de Nancy).

Imagen aérea de Nancy en la que se remarcan los ejes directores de la extraordinaria articulación que se diseñó Emmanuel Héré para integrar la “ciudad doble”.
El crecimiento discontinuo de la ciudad genera espacios intersticiales vacios entre los diferentes núcleos autónomos. Con su desarrollo, estos núcleos van colmatando esos terrenos desocupados hasta que se produce el “choque” de tejidos urbanos distintos. Este encuentro plantea un problema de diseño sobre cómo relacionar cuerpos heterogéneos que necesitan integrarse para lograr que la ciudad funcione como un organismo único.
El diseño urbano nos ofrece dos respuestas contrapuestas: Articular o Yuxtaponer. Articular es introducir entre esos conjuntos urbanos un nuevo elemento que de respuesta a todos garantizando la continuidad de los mismos. Por el contrario, cuando no se produce ninguna articulación y las tramas se encuentran sin más, resolviendo puntualmente cada enlace, en la medida de lo posible, asistimos a una yuxtaposición. Podríamos decir que la articulación es un diseño “causal”, mientras que la yuxtaposición es un diseño “casual”.
Para ilustrar estas estrategias del diseño vamos a acercarnos a dos ejemplos paradigmáticos. A mediados del siglo XVIII, la ciudad francesa de Nancy se encontraba dividida entre una “ciudad vieja” y una “ciudad nueva” separadas físicamente, y para reunirlas se ideó una articulación por medio de un sistema espacial que es uno de los conjuntos urbanos más maravillosos del mundo. Por otra parte, (en un artículo posterior) analizaremos la yuxtaposición que acabó generando GreenwichVillage, en Manhattan.

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Articulación y Yuxtaposición como respuestas a la ciudad discontinua.
La didáctica urbanística utiliza diversas analogías para expresar el crecimiento de las ciudades. Así se habla de “mancha de aceite” cuando un núcleo urbano crece continuando a partir de lo existente y se refiere a “salpicaduras” cuando lo hace de forma discontinua, generando desarrollos desconectados que dejan espacios vacios entre ellos.
Con la progresión de esas tramas urbanas, esos intersticios vacíos entre los núcleos se van colmatando poco a poco hasta llegar el momento en que los trazados de aquellos asentamientos, que fueron planteados de forma autónoma “chocan”. Las ciudades que han sufrido estas circunstancias conocen los inconvenientes generados por la discontinuidad, y buscan su funcionamiento como un organismo único. Se enfrentan entonces a los problemas surgidos por la confluencia de dos tejidos que nunca habían pensado el uno en el otro.
Así pues, ¿qué pasa cuando esas tramas crecen y se encuentran?, y ¿cómo solucionar la reunión de dos tejidos que se rigen por dinámicas distintas?
Articular y yuxtaponer son dos estrategias contrapuestas del diseño urbano cuanto se enfrenta al problema de relacionar tramas diferentes que se encuentran. Mientras que en la primera se realiza una propuesta general para solucionar la continuidad, muchas veces con la introducción de espacios singulares que dialogan con ambos trazados, en la segunda, se deja simplemente que los trazados “choquen” y vayan resolviendo puntualmente cada encuentro, principalmente de viarios.
La Articulación es una estrategia “causal” dentro del diseño ya que incorpora a la creación urbana una intención dirigida. Supone introducir entre esos conjuntos urbanos distintos un nuevo elemento que de respuesta a los anteriores, garantizando la continuidad de los mismos.  Nancy es uno de los ejemplos más sobresalientes de articulación al lograr relacionar adecuadamente lo que hasta entonces eran dos ciudades separadas y muy diferentes.
La Yuxtaposición es la respuesta “casual”, que surge de forma no premeditada. Supone la reunión espontánea de fragmentos autónomos, sin una interrelación planificada, enlazando los diversos tejidos (sus calles) en la medida de lo posible, apareciendo el resultado como un conjunto de colisiones sin solución de continuidad, mostrando geometrías desarticuladas, que recuerdan a las fracturas fortuitas producidas por el golpe entre placas de hielo de la banquisa ártica. La formación de Greenwich Village en Nueva York es un ejemplo de ello, que será analizado en artículo posterior.

A mediados del siglo XVIII, Nancy era una pequeña ciudad que no alcanzaba los 30.000 habitantes (incluso hoy, sigue siéndolo, pues es una capital de departamento que ronda los cien mil habitantes). El asombroso sistema espacial diseñado entonces incita a formularse la pregunta de  ¿cómo es posible que Nancy, una modesta ciudad de provincia, pueda albergar un tesoro urbano de tal valor? Aunque Nancy fue la capital del histórico Ducado de Lorena, la respuesta requiere conocer algunos antecedentes:
  • Primero, la singularidad geográfica e histórica del territorio de Lorena, una región centroeuropea estratégica, situada “a caballo” entre las dos áreas de influencia francesa y germánica, que fue objeto de permanentes disputas y conflictos entre ambas potencias.
  • En segundo lugar, las peculiares circunstancias políticas de la Europa del siglo XVIII, personalizadas en la figura de Stanislas Leszczynski, antiguo monarca desposeído de su corona (de Polonia) y reconvertido en Duque (de Lorena) que quiso recuperar el esplendor de una Corte que había perdido.
  • Y por último, las particularidades urbanas de Nancy, que necesitaba solucionar la discontinuidad de su doble realidad, con un asentamiento antiguo (ville vielle) y un desarrollo nuevo (ville neuve) que se había planteado separado del anterior. 
Lorena: un territorio fronterizo entre franceses y germanos.
La historia de Lorena ha sido determinada por su posición geográfica. Lorena es territorio centroeuropeo situado estratégicamente entre los dos grandes ámbitos europeos de influencia francesa y germánica. Por esta razón, Lorena se vio envuelta en continuos conflictos hasta hace relativamente poco tiempo.
El Ducado de Lorena tuvo una gestación larga, compleja y con grandes tensiones. Su origen nos obliga a remontarnos varios siglos atrás, cuando el Imperio Carolingio, unificado y gobernado por Carlomagno, se desintegró tras la muerte de su hijo Luis el Piadoso. Entonces, el extenso territorio imperial se repartió entre sus tres hijos, tal como certificó el Tratado de Verdún en el año 843. Carlos el Calvo, gobernaría en occidente (aproximadamente la Francia actual), Luis el Germánico, en oriente (el área germánica), mientras que Lotario I lo haría en las tierras centrales y las zonas alpinas.
Pero la estabilidad que acompañó a los dos primeros no lo hizo con la región de Lotario que fue desmembrada de nuevo. Nacieron tres territorios asignados a sus tres hijos: Lotaringia (en el norte), Burgundia (en el suroeste) e Italia (en el sureste, la región “más allá” de los Alpes, que coincide básicamente con la actual Italia septentrional). Esta fragmentada área del centro de Europa sería objeto de disputas entre los dos “estados” principales, que se disputaron su anexión.
Europa Central tras el Tratado de Verdún que dividió en Imperio Carolingio y tras el Tratado de Mersen que reconfiguró los límites entre los ámbitos francés y germánico. La línea amarilla indica la posición de Lorena, apreciándose su condición de territorio fronterizo.
Las divisiones continuaron. En 959, Lotaringia volvió a segregarse como consecuencia de los conflictos surgidos ente los partidarios del área de influencia franca y los de fidelidad germánica. Así, la Baja Lotaringia sería francófila mientras que la Alta Lotaringia, germanófila. La Alta Lotaringia abarcaba un territorio que incluía, aproximadamente,  la cuenca del rio Moselle (Mosela), desde las cumbres de los Vosgos hasta su desembocadura en el Rhin, y la parte alta de la cuenca del rio Meuse (Mosa). La Baja Lotaringia sería la región que acompañaba a la parte baja del rio Meuse hasta su desembocadura atlántica y cuya mayor parte se transformaría, con el tiempo, en Bélgica.
Volviendo a la Alta Lotaringia, esta región sería la base del Ducado de Lorena, aunque en su delimitación se independizaron algunas zonas de la misma (como Luxemburgo o el Sarre (Saarland) en la parte final del rio Moselle), quedando Lorena como las tierras que albergaban las cuencas altas de los ríos Moselle y Meuse.
Mientras tanto, en el año 962 se había constituido el Sacro Imperio Romano Germánico a partir de aquel “imperio oriental” recibido por Carlos el Calvo y de la absorción de buena parte de los territorios centrales. El nuevo Imperio (el primer reich) nunca funcionó como un estado en el sentido moderno, sino como un conjunto de pequeños estados (algo parecido a una federación aunque sin llegar a serlo realmente) reunidos bajo la autoridad (relativa) de un emperador elegido por los príncipes electores (que gobernaban los principales territorios del imperio). A pesar de las dificultades internas, sobreviviría hasta 1806.
Así pues, Lorena se encontró entre las dos grandes potencias emergentes en el centro de Europa, el Reino de Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico. Su carácter fronterizo le hacía recibir las influencias de los dos ámbitos, por lo que los sucesivos duques procuraron mantener un delicado equilibrio entre ellos para garantizar la independencia del pequeño Ducado. Finalmente sería absorbido por Francia en 1766. De todas formas los problemas continuarían, ya que, desde entonces,  Lorena ha sido francesa o alemana en periodos sucesivos. Los vaivenes comenzaron cuando, tras la guerra franco-prusiana de 1870 fue anexionada (junto con la vecina Alsacia) al incipiente Imperio Alemán. Luego sería recuperada para Francia tras la Primera Guerra Mundial. Posteriormente, con el régimen nazi, sería administrada desde Berlín (entre 1940y 1945) para convertirse definitivamente en territorio francés al concluir la Segunda Guerra Mundial.
Mapa de la Lorena actual, una de las regiones francesas.
Esta agitada historia explica por qué muchas de las ciudades del entorno contaron con importantes fortificaciones. Este es el caso, por ejemplo, de Nancy, la capital del Ducado que estuvo rodeada de un notable sistema de murallas y bastiones que sería muy determinante para la intervención urbana que nos ocupa, ya que el planteamiento discontinuo de la “ciudad nueva” fue obligado por las extensas fortificaciones de la antigua que no se podían alterar.

Stanislas I Leszczynski: de Rey de Polonia a Duque de Lorena.
A principios del siglo XVIII, Polonia ocupaba una extensión mucho mayor que ahora, ya que incorporaba buena parte de los actuales Bielorrusia, Ucrania o Lituania. En 1700, junto a su aliada Rusia, emprendieron una guerra (la Gran Guerra del Norte) contra la vecina Suecia. El conflicto fue largo (hasta 1721) y tuvo diferentes etapas.
En las fases iniciales, Suecia tomó ventaja y, en consecuencia, el rey polaco Augusto II fue derrocado. Entonces, Carlos XII de Suecia eligió como sucesor a Stanislas Leszczynski (1677-1766), un joven aristócrata perteneciente a una de las familias más poderosas de Polonia que apoyaba al rey sueco. Así en 1704, Leszczynski se convirtió en Stanislas I, rey de Polonia. Aunque, duró poco tiempo en el trono, ya que en 1709, tras la derrota de los suecos en la batalla de Poltava contra los rusos, el anterior rey, Augusto II, logró recuperar su corona y Stanislas marchó al exilio.
Stanislas sería finalmente acogido por el Duque Leopoldo I de Lorena. Allí, el depuesto rey, cultivaría las artes, las ciencias y la filosofía a la vez que intentaba mantener con dificultad una cierta representación de su categoría aristocrática. Pero su situación mejoraría radicalmente cuando, tras una cadena de avatares e intrigas políticas, su hija se convertiría en esposa del rey francés Luis XV. En consecuencia, en 1725, el padre de la reina de Francia recuperó la influencia que había perdido y que tanto añoraba.
En 1733, la muerte de Augusto II volvió a poner la corona de Polonia en el candelero, iniciándose la Guerra de Sucesión polaca. La complicada política europea del momento generó dos bandos enfrentados. Uno de ellos (apoyado por austriacos y rusos) defendía como sucesor al hijo del rey fallecido, Augusto III. El otro (amparado por franceses y españoles) respaldaba la restauración en el trono del anterior rey, Stanislas I. En el fondo, la Guerra de Sucesión polaca fue un nuevo acto en el enfrentamiento característico entre los Borbones franceses y los Habsburgo austriacos (como ya lo había sido la Guerra de Sucesión española). El Tratado de Viena de 1738 puso fin a la contienda. Francia y el Imperio negociaron los términos de la paz. Stanislas renunciaba definitivamente a la corona polaca y reconocía a Augusto III como rey, pero Francia obtenía el Ducado de Lorena, que sería gobernado por Leszczynski hasta su muerte, momento en el que el Ducado pasaría a integrase en Francia.
Lorena siempre había sido un territorio ambicionado por Francia, y en ese contexto, el rey francés vio la posibilidad de conseguirlo. En una jugada a varias bandas, típica de la política del siglo XVIII, exigió el Ducado como resarcimiento a Francia y a su suegro. Para ello hubo que apartar al entonces Duque de Lorena, Francisco Esteban de Lorena. Éste, que aspiraba al trono del emperador por estar prometido con su hija, aceptó abandonar Lorena y convertirse en el nuevo Archiduque de Toscana, ya que el último Medici había muerto sin descendencia. Allí, hasta 1745, esperó su destino el futuro emperador Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico. Años después, en 1766, fallecería el Duque de Lorena, Stanislas Leszczynski, y el Ducado perdería su independencia pasando a ser una provincia francesa.
Imágenes del sistema espacial de Nancy en unos grabados realizados en la década de 1750. En la superior, la Plaza Stanislas (entonces Place Royale) y en la inferior la Place de la Carrière.
Estos avatares políticos son relevantes para acercarse a la personalidad de Stanislas Leszczynski, hombre ilustrado con antecedentes reales, que se instalará en Nancy como Duque de Lorena, y emprenderá una serie de reformas trascendentales para la ciudad. Parece que el carácter de Leszczynski estuvo muy condicionado por su breve etapa como monarca y siempre tuvo un cierto resentimiento por haber perdido esa alcurnia. La concesión del Ducado le permitió recuperar una cierta representatividad como gobernante (aunque más nominal que real puesto que Francia colocó un canciller que administraba el día a día).
Inicialmente fue recibido con frialdad por el pueblo de Lorena, pero el sexagenario Duque se entregó a la tarea de reconstruir su corte intentando aportar a Nancy el esplendor que deseaba. Poco a poco fue “afrancesando” el Ducado, que se convirtió en un lugar de florecimiento cultural y de tolerancia religiosa, al que el Duque, haciendo gala de su espíritu ilustrado, fue dotando de instituciones como la Biblioteca Real de Nancy o de la Sociedad Real de Ciencias y Letras.
Pero en su mente estaban Versalles y también Dresde y Varsovia, embellecidas por el “otro” rey de Polonia. Stanislas tenía aires de grandeza y llevado por ellos construyó un conjunto monumental extraordinario, aunque muy sobredimensionado para las necesidades reales de una pequeña corte ducal. Pero eso no importaba, Nancy sería el escenario para representar la realeza que creía merecer.
Todas estas circunstancias son fundamentales para entender como una pequeña capital de provincias cuenta con unos espacios tan excepcionales.
Para llevar a cabo sus planes, el Duque no recurrió a famosos arquitectos de París, sino que encargó la materialización de sus propósitos a un arquitecto local, Emmanuel Héré de Corny (1705-1763). Heré se había formado en París y fue discípulo de Germain Boffrand (1667-1754) en los muchos trabajos éste arquitecto realizó en Nancy para el Duque Leopoldo I. Boffrand era uno de los arquitectos más reputados del momento que había sido colaborador del gran Jules Hardouin-Mansart  (1646-1708). El joven Heré, elevado en 1738 al cargo de primer arquitecto ducal, se entregó a su trabajo con pasión, ya que iba a transformar su propia ciudad. Trazó vías y perspectivas, diseñó espacios públicos, construyó edificios y logró crear uno de los sistemas espaciales más admirados de toda la historia urbana y como tal fue reconocido en 1983 por la UNESCO que lo declaró Patrimonio de la Humanidad.
La “ciudad doble de Nancy” orientada de la forma clásica, con el norte a la derecha. La ciudad antigua y la ciudad nueva eran núcleos autónomos con sus propias fortificaciones.
El conjunto monumental de las plazas de Nancy: la articulación de la ciudad doble.
El primer asentamiento de Nancy se ubicó a poca distancia de la confluencia de los ríos Moselle y Meurthe, que desagua en el anterior (el Moselle es uno de los ríos importantes del centro de Europa que desemboca en el Rhin). El emplazamiento era estratégico, ya que se situaba en la encrucijada entre las dos potencias centroeuropeas principales (Francia y el Imperio germánico) lo que convirtió a la capital del Ducado de Lorena, en un importante mercado y centro financiero, que llegó a acuñar su propia moneda.
El rápido crecimiento de la pequeña ciudadela medieval, que en menos de un siglo pasó de los 1.300 habitantes a los 7.000, forzó a que, entre 1591 y 1620, el Duque Carlos III (1543-1608) decidiera levantar una nueva ciudad al lado de la antigua, pero separada de ella para no alterar las costosas fortificaciones existentes. Para ello llamó a arquitectos italianos que plantearon una ciudad siguiendo los criterios “modernos” (del Renacimiento), es decir una ordenada retícula ortogonal que también sería envuelta por unas poderosas fortificaciones. El Duque no llegó a ver finalizado su gran proyecto (lo hizo su hijo Enrique II). Nancy se convirtió así en una ciudad doble. En el norte estaba la ciudad antigua, medieval y orgánica, y en el sur la ciudad nueva, renacentista y racional, existiendo una discontinuidad entre ambas.
Hacia 1750, el Duque Stanislas decidió integrar ambos núcleos en un organismo único y Emmanuel Héré se responsabilizó de la intervención que se desarrolló, mayoritariamente, entre 1751 y 1755. Aquella época fue bastante ecléctica, ya que convivían estilos barrocos italianizantes con los de su versión clasicista francesa, y también las derivas hacia un exuberante rococó con la incipiente austeridad neoclásica. Heré asimiló todas las influencias y las fue combinando sobre la rígida estructura que proporcionaban dos ejes perpendiculares de muy diferente carácter: uno sería una calle y el otro organizaría una sucesión de plazas.
Esquema general de la articulación de la ciudad doble (en el norte la ciudad vieja y en el sur la nueva). Ejes, plazas y edificaciones conformaron el sistema espacial que integró los dos núcleos.
La articulación entre las dos ciudades se produciría a partir del moldeado de los espacios asociados a estos ejes, por ejemplo siguiendo las sugerencias de la ortogonalidad de la ciudad nueva o también aprovechando espacios libres anteriores como la Place de la Carrière de la ciudad antigua. El complejo sistema espacial fue un elemento incardinado entre los dos núcleos que, aunque cuenta con una gran personalidad propia, ofrece continuos guiños a las preexistencias, creando una perfecta transición entre los tejidos tan diferentes de la “ciudad doble” que encajaron y enlazaron a la perfección.
El primero de los ejes se situaba en dirección este-oeste y recorría el espacio dejado por las fortificaciones que separaban los dos núcleos. Este eje se concretaba en una calle rectilínea (actual rue Stanislas-rue Sainte Catherine) que establecía la conexión de la ciudad con el campo circundante y constituyó la nueva vía principal de la ciudad. La transición entre el interior urbano y el exterior está marcada simbólicamente por dos arcos de triunfo ubicados en cada extremo (las puertas de Stanislas y de Sainte-Catherine, que se levantaron en 1761).
Este primer eje fue flanqueado por edificaciones residenciales privadas, cuyas fachadas siguieron, en líneas generales, el espíritu de la intervención, aunque sin la monumentalidad de los edificios públicos. La calle fue complementada con dos plazas, una a cada lado de la gran Place Royale que se levantaría en el cruce de los dos ejes principales. Destaca por el Este, la Place d’Alliance (que también se incluyó en la declaración patrimonial de la UNESCO), algo más modesta de dimensiones que las principales (es un rectángulo de 80 x 60 metros) pero distinguida por la uniformidad de su arquitectura, el espectacular anillo que forman los tilos unidos y podados “a la française” o la fuente-escultura de Paul-Louis Cyfflé.
El segundo eje, en dirección norte-sur, vincularía la ciudad nueva y la antigua, y se conformaría a través de una magnífica sucesión de plazas que unirían los dos núcleos preexistentes. El sistema espacial creado por Emmanuel Héré religó las dos ciudades y ofreció una escenografía esplendorosa para la capital del Ducado.
Esquema del conjunto espacial formado por las plazas de Nancy que unieron los dos núcleos de la “ciudad doble”.
En el cruce de ambos ejes, se levantó la Place Royale (actual Place Stanislas) en la que se colocaría una estatua del rey Luis XV como homenaje al yerno del Duque (desde 1831, la estatua central es la del propio Duque Stanislas). En la plaza, convertida en centro representativo y corazón de la ciudad, se situaría el nuevo edificio del Ayuntamiento presidiendo el espacio. Las esquinas quedaron libres de edificación y fueron cerradas por las famosas verjas doradas fuentes rococó del escultor Jean Larmour. El espacio, acotado por estos sutiles y transparentes cerramientos se convertía en un “interior” que se apartaba del mundo circundante.
Plaza Stanislas. Arriba hacia el Ayuntamiento y debajo la vista contraria, hacia los pabellones bajos y la rue Heré. En esta se aprecia también una de las grandes verjas de Lamour. La estatua del Duque Stanislas sirve de referencia.En la imagen inferior emerge la torre de la basílica neogótica de Saint-Epvre.
Una de las extraordinarias verjas rococó diseñadas por el escultor Jean Larmour, autor también de la fuente, que en este caso está dedicada a la diosa griega Anfítitre, esposa de Neptuno.
La plaza es casi cuadrada (106 x 124 metros) y acoge, además del imponente Ayuntamiento (Hôtel de Ville) otros edificios: los cuatro laterales (el Gran Hotel de la Reina, un establecimiento de cuatro estrellas; el Pavillon Jacquet, que alberga oficinas y servicios municipales;  el Teatro de la Ópera y el Museo de Bellas Artes) y los dos edificios de menor altura (dos plantas) y uso comercial enfrentados al Ayuntamiento y que acompañan el inicio del recorrido del eje formando la breve calle (actual rue Heré) que inicialmente no iba ser más que un paseo jalonado por columnas, dejando sin construir ese cuarto lado de la plaza.
La calle se remata por el espléndido Arco de Triunfo (Arc Heré) que al ser levantado estuvo unido a las fortificaciones (se levantó sobre la antigua Porte Royale de la muralla), hasta que éstas fueron derribadas y quedó como una construcción exenta. Actúa como una nueva puerta que habilita el paso entre la ciudad “nueva” y la “vieja”.
Desde allí se abre la extraordinaria Place de la Carrière, un gran espacio longitudinal (de 53 metros de anchura por 260 metros de largo sin contar el hemiciclo final) que aprovechaba el espacio libre del antiguo lugar donde se celebraban torneos medievales. Heré tuvo que integrar un edificio preexistente, el Hôtel de Beauvau Craon que había construido en 1715 su maestro, Germain Boffrand. Este edificio quedaba en una de las esquinas de la plaza proyectada, y Heré creó tres edificios inspirados en el mismo que se levantaron en las restantes tres esquinas de la plaza efectuando un efecto de contención. Entre ellos se plantearon una serie de residencias privadas cuyas fachadas fueron unificadas para resaltar el valor del conjunto.
La plaza es continuo espacial dividió en tres ámbitos, separados por verjas de Lamour. El primero es un espacio pavimentado protagonizado por la fachada trasera del arco, la del  Hôtel de Beauvau Craon (hoy Tribunal de Apelación) y la del edificio “gemelo” que Héré situó en su frente para la Bolsa de Mercaderes.
Las verjas, dan paso a un bulevar central longitudinal flanqueado por dos alineaciones arboladas (actualmente tilos aunque originalmente fueron naranjos), con los recortes topiarios característicos del paisajismo clásico francés.
Fotografía histórica de la Place de la Carriére desde el Palacio del Gobernador, enfocando el Arc Heré y el Ayuntamiento y en primer plano las espectaculares alineaciones de tilos recortados. Al fondo emergen las torres de la Catedral de Nancy.
La Place de la Carriére actualmente, desde un punto de vista peatonal mirando hacia el Arc Heré. En primer plano, una de las verjas de Lamour.
La secuencia de espacios se completa con el tercer ámbito, el Hemiciclo (Hémicycle), un espacio circoagonal que se disponía trasversalmente al eje, ejerciendo una cierta réplica a la Place Royale (sus ejes miden 90 x 37 metros). Esta plaza ovalada, por la disposición de las columnatas en exedras, se convertía en la antesala del nuevo Palacio de Gobierno, levantado en la ciudad antigua (y situado al lado del edificio renacentista del Palacio Ducal, que albergó la corte del Ducado y hoy acoge el Museo de Historia de Lorena). Por un lado, las columnatas permiten el paso hacia el centro de la ciudad antigua, por el otro hacia el parque contiguo de la Pepinière.
Fotografía histórica del Hemiciclo que remata el espacio de la Place de la Carrière y ejerce de antesala del Palacio del Gobernador. Al fondo aparece el extenso parque urbano de la Pepiniére.

El sistema espacial formado por la sucesión de plazas es un lugar de geometría variable, que juega con los recursos escenográficos para proporcionar una experiencia urbana singular.
El aparentemente sereno espacio planteado en la Plaza Stanislas se desequilibra levemente para incitar al comienzo del recorrido. Las diferencias volumétricas que rompen la simetría característica de plazas reales y plazas mayores barrocas origina esa tendencia al movimiento. La horizontalidad rotunda del Ayuntamiento actúa como telón de fondo y punto de partida del camino, que es sugerido por los edificios laterales (separados por el gran eje este-oeste) y, sobre todo, por la menor altura de los pabellones bajos que animan a continuar la senda hacia el interior.
La rue Héré, en cualquiera de sus dos sentidos efectúa una compresión espacial diferenciando con rotundidad las dos plazas principales, reforzando la transición marcada por la poderosa presencia del Arco de Triunfo. Éste actúa como la puerta simbólica que facilita el paso entre la ciudad “vieja” y la “nueva”, entre el ámbito ciudadano y el nobiliario, entre el espacio estático y el direccional y entre la guerra y la paz (que son los motivos que inspiran su decoración y que han estado tan presentes en la historia de Lorena). Además de este carácter liminar, el Arco Héré es una especie de gran Jano bifronte que también expresa esa dualidad tradicional del propio Ducado, entre el área de influencia francesa y la germánica.
A través del Arco, se pasa del ámbito ciudadano al noble, llegando a un espacio muy diferente, ya que frente al equilibrio de la plaza anterior, encontramos un espacio longitudinal, de carácter procesional, en el que el fondo de perspectiva del Palacio de Gobierno es omnipresente, recordando quien tenía realmente la máxima autoridad. La Plaza de la Carriére está matizada por la dinámica de sus tres zonas: la más mundana junto al Arco de Triunfo, la Bolsa y el Tribunal de Justicia; la más procesional, acompañada por el arbolado esculpido y por la edificación residencial privada (cuyas fachadas uniformes resaltan la singularidad del edificio que se encuentra en la meta); y finalmente, el colofón espacial del Hemiciclo, que magnifica al Palacio de Gobierno, e insinúa el giro de carrozas y personas sobre el mismo para volver sobre sus pasos (aunque la columnata proporciona un acceso a la ciudad y al parque contiguos). Los tres espacios son lugares de diferente “velocidad”: mientras los dos extremos son espacios ralentizados, la pieza central plantea una percepción acelerada, por la focalidad y linealidad de su diseño.
El Palacio de Gobierno se convierte en el extremo de la larga perspectiva que se había iniciado en el edificio del Ayuntamiento situado en la Place Stanislas. El carácter simbólico de este enfrentamiento no debe pasar desapercibido. La ciudad antigua acoge la autoridad del señor, mientras que la ciudad nueva alberga la jurisdicción de los ciudadanos. En su enfrentamiento lejano, el poder ciudadano y el poder político se observaban a una prudente distancia pero sin “perderse de vista”.
Perspectiva de las plazas de Nancy donde se aprecia el sutil juego de compresiones y descompresiones, perspectivas y puntos focales, juegos de escala, etc. que hacen de este conjunto una de las maravillas del urbanismo histórico.


El conjunto de plazas de Nancy, recibió desde su inauguración un gran reconocimiento por la delicadeza, la sensibilidad y la riqueza de su propuesta espacial. El esplendor mostrado deslumbró a nobles y reyes (y también al pueblo llano) que llegaban a Nancy. Stanislas había logrado crear su pequeña “corte” representativa. En 1983, la UNESCO admitió la excelencia del diseño de Héré al incluir a la Plaza Stanislas, la Plaza de la Carriére y la Plaza d’Alliance en el catálogo del Patrimonio de la Humanidad. Muchos años antes el gobierno francés ya había designado al conjunto de plazas, edificios y elementos complementarios (verjas, fuentes, etc.) como monumentos histórico-artísticos del país galo, en un gesto hacia el mérito del que es uno de los más sobresalientes ejemplos de composición urbana del mundo.

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