14 jun. 2014

Rio de Janeiro: La bossa nova y las playas del sur (música y ciudades)

 Playa de Ipanema al atardecer.
El poder evocador de la música es bien conocido. Solamente con escuchar unas cuantas notas podemos recordar a una persona, rememorar alguna historia o “trasladarnos” a otro lugar. Aunque estas transferencias mentales suelen responder a experiencias individuales, existen casos que tienen un carácter colectivo, ya que forman parte de la cultura en la que nos hemos educado.
Dentro de estas asociaciones comunes, hay unas muy particulares, ya que identifican determinadas ciudades con una música específica. Encontramos esa correspondencia, con la máxima naturalidad, en casos como el de Viena y el vals, Lisboa y el fado, Chicago y el jazz o Detroit y el soul, por citar algunos ejemplos. Uno de esos ejemplos de imbricación entre espacio y música se produce también con Rio de Janeiro y la bossa nova.
Rio de Janeiro es una ciudad extensa e intensa, con una gran capacidad expresiva. Más allá de sus conocidísimas imágenes icónicas, Rio muestra otras identidades a veces contradictorias como las que asocian a la ciudad con la alegría de vivir, la fiesta y el carnaval frente a las de las favelas, pobres y violentas, que se encaraman en las laderas de las colinas cariocas. También sucede algo parecido en términos musicales, con el contraste entre la ruidosa y animada samba frente a la sosegada y melancólica bossa nova.
La década de 1960 fue el momento de máximo esplendor de la bossa nova, que pasó a ser apreciada en todo el mundo. Pero, más allá de la moda de la época, esta música tranquila siempre “acompañará” a los idílicos atardeceres en las playas del sur de Rio de Janeiro (Ipanema, Copacabana,…) donde el tiempo parece transcurrir lentamente.

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Verano de 1962. Rio de Janeiro. Playa de Ipanema. Bar Veloso.
Sentados en la terraza del bar, un músico y un poeta están dándole vueltas a una nueva canción sin encontrar la letra que les satisfaga. Y ambos se fijan, como solían hacerlo con todas las muchachas que paseaban sugerentes por la acera y se dejaban acariciar por el sol, en una joven de caminar lento y voluptuoso. Entonces, les llega la inspiración y escriben el tema que se convertiría en un himno, en el estandarte de una nueva música que ya estaba en la calle y que ellos habían creado pocos años atrás, la bossa nova.
El músico era Antonio Carlos Jobim, Tom para los amigos (1927-1994), el poeta era Vinicius de Moraes (1913-1980) y la chica, Heloisa Pinheiro (1943) que llegaría a ser una célebre presentadora de la televisión brasileña. La canción se tituló Garota de Ipanema (la chica de Ipanema). El éxito fue de tal magnitud que significó el despegue definitivo del nuevo estilo musical. Incluso el bar acabó cambiando su nombre comercial por el de Garota de Ipanema.
Rio de Janeiro se identificaría como cuna de la bossa nova y se convertiría en destino turístico de primer orden proyectando la imagen de sol, playa, diversión y cuerpos esculturales. La bossa nova sería una nueva tarjeta de visita que atraería otro tipo de turismo, algo más intelectual y de mayor poder adquisitivo (sobre todo de Estados Unidos).

Panorámica sobre Rio de Janeiro.
Cuando en 1502 los portugueses, en sus exploraciones sobre la costa atlántica sudamericana, arribaron a la Bahía de Guanabara, descubrieron un lugar magnífico para atracar y guarecer sus barcos. Pensaron, erróneamente, que se encontraban ante el estuario de un gran rio al que denominaron Rio de Janeiro (Rio de Enero)
Ortofoto de la Bahía de Guanabara. El punto rojo indica la ubicación del núcleo original de Rio de Janeiro.
No obstante, la primera colonización de la zona no llegaría hasta años más tarde y no sería portuguesa. Fueron los franceses, que también utilizaban la bahía como punto de carga del contrabando, quienes crearon, en 1555, un primer asentamiento que se poblaría con hugonotes galos y se conocería como France Antarctique (Francia Antártica). Pero los portugueses también se implantarían en la bahía, fundando en 1565 una nueva ciudad a la que llamaron São Sebastião do Rio de Janeiro (San Sebastián del Río de Enero). El conflicto de intereses con los franceses no tardaría en surgir. Finalmente, éstos fueron expulsados por los lusos en 1567 (acabando con la efímera vida de la France Antarctique).
Consolidado el dominio portugués sobre la zona, la posición estratégica del asentamiento lo convirtió en un puerto clave para el tráfico comercial entre América, África y Europa. La ciudad fue prosperando, a pesar de las dificultades causadas por los persistentes ataques piratas.
Rio de Janeiro en los planos de 1713 y 1769 (el norte según indica la flecha)
En 1763 la administración de todas las posesiones coloniales portuguesas se trasladó a Rio de Janeiro, convirtiéndose así en la urbe principal de los territorios lusos de ultramar. Un hecho trascendental para la evolución de la ciudad carioca sucedió cuando, en 1808, la familia real huyó de la península escapando de Napoleón Bonaparte y se refugió en Brasil, precisamente en Rio, pasando, de facto, a ser la capital del Reino de Portugal. Esta paradójica situación, en la que la capital de un estado europeo se encontraba en América, se prolongaría hasta 1815 fecha en la que, una vez conjurada la amenaza bonapartista, los reyes regresaron a Portugal.
Pocos años después, en 1822, se proclamó la independencia de Brasil y Rio de Janeiro fue designada como capital de la nueva nación (que primero fue un Imperio y desde 1889 una República).
En las últimas décadas del siglo XIX, la ciudad comenzó a recibir una inmigración europea muy importante y se convirtió también en el destino de antiguos esclavos negros que encontraban en ella oportunidades para salir adelante. Las cifras son elocuentes: de los 272.000 habitantes de 1872 se pasaría a los 522.000 de 1890, recién inaugurada la República.
El crecimiento demográfico acelerado se convirtió en algo habitual para Rio de Janeiro. El constante aumento de población originó importantes problemas urbanos, ya que la ciudad se veía obligada a desarrollarse en un entorno físico muy accidentado que ofrecía serias dificultades para ello. El paisaje y el relieve de la bahía son muy particulares. Allí emergen varios “morros”, peñascos rocosos, que se han convertido en otra de las señas de identidad de la ciudad. Destacan el cerro del Corcovado (con la gran estatua del Cristo Redentor en su cima) y el Pan de Azúcar, situado en la entrada de la bahía. Estas dos alturas proyectan la imagen más reconocible de Rio de Janeiro.
Rio de Janeiro en los planos de 1895 y 1929. En el plano superior se indica la extensión inicial de la ciudad hacia el norte (situado a la izquierda) y hacia las playas del sur (Flamengo y Botafogo). El plano inferior muestra el estado de consolidación en 1929, con la colonización de las nuevas playas meridionales (Copacabana, Ipanema y Leblon)
La población fue aumentando de forma explosiva. La ciudad crecía de forma espontánea, sin dar tiempo a su planificación. Los nuevos ciudadanos se instalaban donde podían, sobreponiéndose a los inconvenientes topográficos. Las cifras vuelven a ser reveladoras: en 1900 Rio de Janeiro contaba con 811.000 habitantes, cifra que pasó a 2.377.000 en 1950, llegando a 5.852.000 en el año 2000.
Semejante crecimiento obligó colonizar con urgencia el entorno del pequeño núcleo costero inicial. La urbanización fue extendiéndose en una doble dirección: hacia el noroeste, ocupando el interior de la bahía e invadiendo las laderas de los montes,  y hacia el sur, ocupando la costa y dando origen a los barrios cuyas playas se convertirían en nuevos iconos de la ciudad.
La pérdida de la capitalidad brasileña, que fue transferida a Brasilia en 1960, no restó ímpetu al desarrollo de la ciudad. Actualmente (censo del 2010) se calcula que la población de Rio de Janeiro alcanza los 6.320.000 habitantes y, si se suma todo el área metropolitana, se llega a los 11.835.000 (es la segunda aglomeración brasileña, por detrás de São Paulo, que cuenta con 11.821.876 habitantes en la ciudad y 20.893.053 en el área metropolitana).
Rio de Janeiro. Plano de 2010.
Rio, durante el siglo XX, iría forjando esa colección de sugerentes imágenes que la convierten en una de las ciudades con mayor atractivo turístico del planeta. Rio se proyectaría como un paraíso tropical con espectaculares playas, como la tierra de la samba, del carnaval y de la bossa nova, como una ciudad de gente alegre y despreocupada, vitalmente apasionada y loca por el fútbol  y por la fiesta. Un lugar teóricamente idílico, pero que, en su realidad, esconde importantes problemas de muy diverso tipo.

La colonización del sur carioca.
La descontrolada urbanización del entorno carioca tomo dos direcciones desde aquel asentamiento inicial. Una, la principal, se dirigió hacia el noroeste, colonizando el interior de la bahía, y la otra, hacia el sur, bordeando las estribaciones costeras.
Perspectiva turística del centro y sur de Rio de Janeiro con indicación de los principales barrios e hitos urbanos.

Flamengo y Botafogo, las primeras playas.
El sur de la ciudad queda separado del núcleo fundacional de la misma por las elevaciones de la Serra da Carioca (integrada en el parque nacional de Tijuaca y donde emerge el cerro Corcovado).
El primer paso colonizador hacia esos terrenos meridionales se había dado durante el siglo XIX, ocupando la zona conocida como Flamengo, en la que se fueron construyendo lujosas mansiones para los ricos hacendados cafeteros y los aristócratas brasileños.  A partir de 1905, con la apertura de la avenida Beira-Mar, el barrio fue tomando forma con la aparición de grandes edificios residenciales. El trazado de la avenida Rui Barbosa en los años veinte y la extensión de la avenida Beira-Mar en los cincuenta acabarían por consolidar la estructura del sector. En la década de 1960 se ganaron terrenos al mar, que fueron utilizados para crear el Aterro do Flamengo, una nueva superficie que posibilitó, entre otras cosas, el gran parque público Brigadeiro Eduardo Gomes (Parque de Flamengo), obra de Roberto Burle-Marx (el gran paisajista brasileño, que también diseñaría el Paseo marítimo de Copacabana, una de sus obras urbanas más reconocidas).
La favela Dona Marta, encaramada al morro del mismo nombre. Al fondo la playa de Botafogo.
En paralelo a la creación de Flamengo, se comenzó la urbanización de la ensenada contigua de Botafogo, que se había mantenido como un entorno rural hasta la llegada de la Corona portuguesa y su corte. En Botafogo se levantaron palacetes para algunos de los aristócratas que acompañaban al rey João VI. En general, los miembros de la Corte se habían dirigido hacia el norte, pero el cuerpo diplomático y los numerosos empresarios ingleses que hacían negocios en la región, lo hicieron hacia el sur. A partir de mediados del siglo XIX se irán urbanizando también las zonas interiores de Botafogo, aprovechando todas las opciones que permitía la accidentada topografía, con calles como Rua São Clemente, Rua General Polidoro o la Rua Voluntários da Pátria. Allí se instaló en 1852 el gran cementerio de São João Batista (donde, por cierto, descansa Tom Jobim). El barrio fue completándose a lo largo del siglo XX conjugando las nuevas edificaciones con las mansiones preexistentes.

Las playas del sur: Copacabana e Ipanema.
Uno de los hitos que influyó notablemente en la urbanización de la zona fue la creación del extraordinario Jardín Botánico en 1808. Fundado como Real Horto en las proximidades del lago Rodrigo de Freitas, fue promovido por la recién llegada familia real portuguesa, y sería fuertemente impulsado a partir de la independencia del país. Su acceso desde el centro de la ciudad ayudó a la urbanización de Botafogo (y del contiguo barrio de Humaitá)
Pero la verdadera e intensa colonización del sur llegaría a partir de la construcción del túnel Velho (antiguo), que en 1892 permitió la conexión entre Botafogo y Copacabana. El túnel y la apertura de la línea de ferrocarril abrieron de par en par las puertas de una zona que, hasta entonces, era un lugar remoto para los ciudadanos cariocas, un arenal desierto de muy difícil acceso.
Así pues, la urbanización comenzó por Copacabana, parcelando los terrenos contiguos a la Avenida Atlántica, que fue inaugurada en 1906, y que daba acceso a la playa. El barrio se consolidó durante las dos primeras décadas del siglo XX.
El paseo de la playa de Copacabana según el diseño de Roberto Burle-Marx. Plano original y dos detalles de la pavimentación.
El territorio sur está condicionado por la presencia del lago Rodrigo de Freitas, la gran laguna natural de agua salada que determina la geografía meridional carioca. A su vera se levantó el Jardín Botánico que propició la urbanización de la zona, tanto en sus accesos como hemos comentado, como con la creación de barrios residenciales en su entorno. Entre estos, destaca el barrio Lagoa, un sector para la clase alta construido sobre terrenos ganados a la laguna. No obstante, esta estrategia de ganancia de suelos fue frenada y actualmente, el espacio acuático cuenta con una protección urbanística y medioambiental muy elevada.
Los terrenos existentes entre el lago y la costa pertenecieron a un empresario francés, Charles Le Blond, que explotaba los recursos pesqueros de la zona hasta que decidió vender parte de la misma. Una de las zonas transferidas daría paso al barrio de Ipanema, que comenzó a ser urbanizado a partir de 1894, cuando su nuevo propietario, el Conde Ipanema fundó la Villa del mismo nombre. A pesar de este inicio, la zona no se desarrollaría completamente hasta la década de 1960, empujada por la presión inmobiliaria que recibió esa parte de la ciudad. Entonces las pequeñas casas iniciales fueron dando paso a grandes edificios y los precios subieron rápidamente hasta convertirla en una de las zonas más caras de la ciudad. A todo ello contribuyó también el halo que estaba adquiriendo como lugar y símbolo de la vanguardia artística brasileña de esos años. La música y el teatro proyectaron una imagen del barrio que se vería reforzada internacionalmente por la belleza de sus playas (y, cómo no, también de los tanga y del topless).
El canal Jardim de Alah es el cauce que conecta el lago con el océano y marca el límite entre Ipanema y, Leblon, el barrio que comenzó a planificarse a continuación, a partir de 1919.
Rio de Janeiro seguiría urbanizando el litoral costero meridional yuxtaponiendo barrios para la clase alta, que ocupaba las playas, con favelas que se encaramaban en las pendientes de los montes. Así surgirán barrios como São Conrado y sobre todo, la Barra de Tijuca (o simplemente la Barra), una extensa superficie que queda separada del continente por un complejo sistema de lagunas naturales a los pies de los morros. Pero también fueron surgiendo favelas como Rocinha que se extiende a lo largo de casi un millón de metros cuadrados con una densidad extraordinaria.
Los contrastes de Rio de Janeiro. Arriba, la Barra de Tijuca y su complejo lagunar al pie de los “morros”. Debajo la favela Rocinha.

La Bossa Nova, evocando los atardeceres soleados de Rio con plácida melancolía.
La época del gobierno liberal de Juscelino Kubitschek, entre 1956 y 1961 fue un periodo fecundo para las artes brasileñas: surgió el Cinema Novo, la arquitectura moderna de Oscar Niemeyer o la bossa nova. En ese corto periodo de tiempo también se puso en marcha la nueva capital en Brasilia, asombrando al mundo por la modernidad de sus planteamientos y de su arquitectura. Brasil se puso de moda.
La samba (o el samba como dicen los brasileños) era una de las músicas más populares del país. Su carácter alegre y festivo presentaba una doble versión, basculando entre las batucadas carnavalescas y la samba-cançao, mucho más comedida. Durante la década de 1940 esta samba cantada fue desvirtuándose por las influencias recibidas del jazz que estaba entrando en Brasil. Rio de Janeiro se convirtió, a mediados de los cincuenta, en el lugar de cita de los jazzmen brasileños, quienes organizaban encuentros a los que asistieron algunos de los grandes del momento. Uno de estos visitantes fue el trompetista Dizzy Gillespie, quien quedó impresionado por esa música de “ritmo y baile, sin instrumentos melódicos”. Gillespie y su banda serán de los primeros en tocar música brasileña en los Estados Unidos, ayudando a propagar esos sorprendentes ritmos.
La bossa nova nació como hija de la samba y del jazz. Supuso una reformulación en toda orden de las bases de la samba, creando temas de gran fuerza melódica, con un intenso lirismo e instrumentaciones sencillas (la más habitual era una simple guitarra acústica acompañando a la voz). Eran temas sosegados, que invitaban al reposo y a la melancolía. La samba-cançao declinaría definitivamente dando paso a esta nueva forma musical, más vinculada a músicos blancos y las armonías del jazz cool. Los elegantes clubs de Copacabana e Ipanema serían los lugares donde se iría fraguando el nuevo estilo.
Vinicius De Moraes y Tom Jobim.
En su origen se encuentra Antonio Carlos Jobim, Tom Jobim (1927-1994). Jobim era un pianista y guitarrista refinado, esencialista, casi minimalista, con una voz emotiva, que estaba sometiendo a la samba-cançao a alteraciones rítmicas y armónicas, probando cromatismos e inversiones de acordes que recordaban las investigaciones de Bill Evans.
Su reunión, en 1956, con el poeta Vinicius de Moraes (1913-1980) para escribir canciones para la obra teatral Orfeu da Conceiçao (la obra era del propio De Moraes y contó con decorados de Oscar Niemeyer) sería el punto de arranque del nuevo estilo. Pocos años después, en 1959, se realizaría una exitosa película basada en el drama: Orfeu Negro, dirigida por Marcel Camus y cuya banda sonora incluiría canciones de Jobim y de Luiz Bonfá. El film, se alzaría con la Palma de Oro de Cannes y el Oscar de Hollywood, difundiendo la nueva música por todo el mundo.
El saxofonista norteamericano Stan Getz junto a Joao Gilberto.
Joao Gilberto (1931), fue el tercer miembro de la “santísima trinidad” de la bossa nova junto con Jobim y De Moraes. En 1959, lanzó Chega de Saudade, un álbum con temas propios y otros compuestos por Jobim y Vinicius, en el que destacó la canción que daba título al LP compuesta por estos dos. Era un tema suave e intimista, más murmurado que cantado por Gilberto y en el que se acompañó únicamente de una guitarra, marcando el inicio de una serie de hits que apuntalarían el nuevo estilo. Las obras maestras se fueron sucediendo. A Chega de Saudade le siguieron Desafinado, Corcovado, Samba de uma nota so, Tristeza, Fotografía, Agua de beber, entre otros muchos éxitos.
Pero la explosión definitiva se produjo en 1962 con la mencionada Garota de Ipanema, y sobre todo cuando la canción fue llevada al inglés (The Girl from Ipanema) por el saxofonista Stan Getz y cantada por Astrud Gilberto, alcanzando un fabuloso éxito internacional. Grandes intérpretes del momento como Frank Sinatra, Ella Fitzgerald o el guitarrista Charlie Byrd incorporaron temas de bossa nova a su repertorio dando el espaldarazo definitivo al nuevo estilo.
Astrud Gilberto, icono de la bossa nova.
A los ya citados se irán sumando artistas brasileños, como los guitarrista Baden Powell y Edu Lobo, las cantantes Elis Regina y Lenny Andrade, el pianista Sergio Mendes o conjuntos como el Tamba Trio y el Zimbo Trio entre otros, que irán ampliando la leyenda de la bossa nova.

La década de 1970 verá el declive paulatino de la bossa nova en Brasil, cediendo ante el ímpetu de nuevas tendencias como  la samba-soul, seguidora del funk y del soul de gente como The Crusaders o Herbie Hanckock, o el tropicalismo, más cercano al rock y al pop.

Pero la bossa nova nunca dejará de sonar. Las viejas grabaciones de aquella época mantienen su vigencia y cuentan con multitud de adeptos que las escuchan incesantemente. Y cuando surgen las primeras notas, siempre evocan aquel fulgurante Rio de Janeiro de soleadas playas al atardecer, que exportó al mundo una nueva forma de ver la vida, melancólica y lúdica a la vez. 

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