29 nov. 2014

La Ciudad Vieja de Jerusalén, el legendario centro del universo antiguo, entre la historia y el mito.

Jerusalén: en primer término la Cúpula de la Roca y tras ella la Ciudad Vieja. Al fondo la ciudad moderna.
De Jerusalén se dice que es la morada de un Dios, la capital de dos pueblos y el templo de tres religiones. Se proclama igualmente la existencia de dos ciudades, en un juego especular que ofrece una urbe terrenal y real frente a otra divina y perfecta. También aparece una Ciudad Vieja amurallada, dentro de la cual se encuentran la mayoría de los lugares sagrados para el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, cuestión que convierte a Jerusalén en triple Ciudad Santa. Esta Ciudad Vieja se delimitó en 1538 y contuvo a Jerusalén en el interior de sus murallas hasta la segunda mitad del siglo XIX, momento en el que comenzó la expansión moderna. Además, en la actualidad, la metrópoli jerosolimitana se encuentra dividida en dos partes (un Oeste judío y un Este teóricamente musulmán), separadas por una “línea verde”, nombre de la frontera que se trazó para separar Israel y Palestina.
Todo ello nos habla de la complejidad de una ciudad que fue el centro del universo antiguo, que ha padecido un turbulento pasado, y se enfrenta en el presente a una muy delicada situación política, ya que es disputada violentamente por judíos y musulmanes, que la reclaman como su capital única e irrenunciable. Jerusalén es una ciudad con una larga, densa y agitada historia, que trenza leyendas con realidades, difuminando tras un halo de misterio su evolución urbana.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
El solar de Jerusalén.
El territorio israelí/palestino está caracterizado por una geografía singular. Pueden identificarse con claridad tres franjas paralelas al borde costero del Mediterráneo oriental: una llanura junto al mar, a continuación una cordillera central y tras ésta, el Valle del Jordán, que es la depresión más profunda de la Tierra.
El Territorio palestino/israelí y sus tres franjas geográficas: la llanura costera, la cordillera central y el Valle del Jordán. El punto amarillo indica la ubicación de Jerusalén.
El Valle del Jordán es un sistema fluvial muy peculiar que recorre, de norte a sur, parte del encuentro entre las placas tectónicas africana y arábiga. Su nacimiento se produce en las montañas del Antilíbano al confluir tres rios (Snir, Dan y Banias). Su primer tramo desemboca en el Mar de Galilea para continuar su curso desde allí, recogiendo aguas de nuevos afluentes (como el Yarmuk o el Zarqa) y zigzagueando en numerosos meandros hasta llegar definitivamente al Mar Muerto, un lago salado cuya cota se sitúa a 392 metros por debajo del nivel del mar. El rasgo que singulariza al Jordán es el progresivo aumento de su salinidad, cuestión que lleva al Mar Muerto a ser ocho veces más salino que el resto de los océanos.
La Cordillera Central es un conjunto de cadenas montañosas que producen un relieve muy movido con picos de relativa elevación, como el Monte de los Olivos (835 metros) junto al cual se ubica Jerusalén. La región jerosolimitana agrupa numerosas colinas no muy productivas pero que en la antigüedad resultaban fáciles de defender de los ataques enemigos, gracias a los pronunciados cortes de los barrancos que las separaban.
El entorno de Jerusalén presenta un relieve muy movido, con numerosas colinas y valles.
Junto al Monte de los Olivos, se levanta el monte Moriá, en cuya cima se encontraba, según el relato bíblico, la roca que sirvió de altar para el sacrificio frustrado de Isaac. Este monte presentaba una prolongación por el sur, la colina denominada Ophel, un cerro longitudinal que formaba algo parecido a una península enmarcada por dos barrancos laterales que se reunían en su frente y que llevan agua intermitentemente. Junto a su ladera oriental, discurría el  valle de Kidron (o Cedrón), que separa la ciudad del Monte de los Olivos, mientras que por el oeste discurría el barranco conocido como Valle del Tiropeón. En la cumbrera del Ophel se ubicaba la fortaleza de Sión/Jebús, que daría origen a Jerusalén.
La vaguada del Tiropeón separaba el conjunto formado por el Ophel y el monte Moriá de otra elevación conocida en nuestros días como monte Sión, que emerge desde la ladera occidental de ese barranco. El monte Sión quedaba, a vez, limitado por el oeste por otra profunda hondonada, el valle de Hinón, límite occidental de la ciudad histórica.
Topografía del solar de Jerusalén. Arriba, esquema del relieve con los principales montes y barrancos. Debajo un esquema de curvas de nivel con indicación de la situación de la actual muralla de la Ciudad Vieja.

La Ciudad de David, Salomón y los reyes de Judea: Primer Templo y Primer Muro.
La antigua fortaleza cananea de Jebús (o Sión) fue la ubicación elegida por el rey David para instalar en ella la capital del primer Reino de Israel, que unificaba a las doce tribus históricas de los hebreos. El lugar era una pequeña aldea asentada en la cima del monte Ophel y bien protegida por sus murallas, aunque no resistió la conquista de David. La rebautizada como “Ciudad de David” (Jerusalén sería su nombre futuro) reforzó sus defensas y remodeló su interior de forma que el pequeño poblado fue asumiendo su nuevo papel de capital del reino.
Una de las actuaciones más asombrosas de la nueva ciudad fue la creación de su sistema para el abastecimiento de agua. El relieve tan accidentado del entorno, que le proporcionaba ventajas defensivas, no destacaba por proveer de recursos abundantes. Las colinas eran poco productivas y los valles solo llevaban agua intermitentemente, pero Jerusalén disponía de una fuente estable que le permitía no depender de los irregulares torrentes. Ese surtidor de agua era la fuente de Gihón, un manantial que surgía en una gruta situada al pie del monte Ophel, junto al valle de Cedrón. Aquel Jerusalén antiguo se dotó, con el paso de los años, de un sistema hidráulico subterráneo que permitía el acceso al agua desde el interior urbano (cuestión que proporcionaba muchas ventajas en tiempos de guerra). El sistema incluía varios túneles y pozos que se excavaron como accesos y conducciones (Canal de la Edad de Broce Medio, el Pozo Warren y el Túnel de Ezequías), así como varios depósitos (destacando la alberca-depósito conocida como Piscina de Siloé).
Jerusalén en los tiempos de David. La “Ciudad de David” en rojo sobre el monte Ophel (sobre un plano base en gris de la ciudad del siglo XIX)
La primera evolución urbana relevante surgió con la decisión de David de levantar un santuario permanente para Yahvé en el contiguo monte Moriá, sobre la roca sagrada en la que el patriarca Abraham estuvo a punto de inmolar a su hijo. Con esa decisión la “Ciudad de David” comenzó su crecimiento más allá de la fortaleza de los jebuseos.
Ese santuario sería magnificado por el hijo de David, el rey Salomón, quien levantaría allí el Primer Templo de Jerusalén. El templo se planteó de una forma sorprendente, creando una extensa plataforma horizontal a la altura de la cima del monte. Para ello fue necesario aportar rellenos de tierras muy importantes que serían sujetados por unos impresionantes muros de contención. El Templo fue el orgullo del pueblo judío y su máxima referencia religiosa. El complejo del Primer Templo extendía hacia el norte la ciudad (hay que recordar que por el este, discurre el valle de Cedrón imposibilitando el crecimiento urbano).
Esquema de los muros de la  explanada del templo original de Salomón y las ampliaciones asmoneas y sobre todo de Herodes.
Jerusalén en los tiempos de Salomón con la ampliación del Primer Templo.
La ciudad fue creciendo y pronto se vio la necesidad de superar el recinto jebuseo, para lo cual se levanto el denominado Primer Muro de Jerusalén (descontando las iniciales murallas de Jebús y las contenciones de la Explanada del Templo). Esta cerca era un tanto particular, ya  que recogía los crecimientos occidentales de la ciudad producidos sobre el vecino monte Sión (que gracias a su mayor altitud comenzarían a ser conocidos como la “ciudad alta” frente a la Ciudad de David que sería identificada como “ciudad baja”). El valle Tiropeón, que separaba ambos núcleos, fue, inicialmente, bordeado por dos muros y la conexión entre ambas “ciudades” se realizaba mediante un viaducto que unía los lienzos de las murallas por el sur. Aunque con el tiempo la vaguada sería muy rellenada, suavizando la hondonada. Este hecho haría innecesarios aquellos muros intermedios que desaparecerían facilitando la unión de los dos núcleos urbanos. No se tiene una constancia exacta sobre el momento de la construcción de esa “primera” muralla, pero parece que debió producirse en la época del reino de Judea, la época de los Reyes bíblicos (entre 930 y 587 a.C.) que sucedieron a Salomón.
El recinto de Jerusalén tras el Primer Muro que incorporó el Monté Sión a la ciudad (en rojo sobre un plano base en gris de la ciudad del siglo XIX)
No obstante, la falta de evidencias arqueológicas mantiene una discusión entre los investigadores urbanos sobre la ubicación exacta de la Ciudad de David. Algunos defienden que su situación ocupaba el monte Sión en lugar de la colina Ophel. De todas formas, hay un acuerdo generalizado sobre que la Jerusalén de la época de los Reyes de Judea se extendía sobre ambas colinas, dentro de los límites de las murallas referidas.

La Jerusalén persa: el Segundo Templo y el Segundo Muro.
El reino de Judea tendría un final dramático, cuando cayó ante el Imperio babilónico de Nabucodonosor II en el año 587 a.C. La conquista de Jerusalén conllevó la destrucción total del Primer Templo, un desastre para la ciudad y para el pueblo judío (que además, fue deportado). Judea pasó a ser una provincia sometida a Babilonia, pero el dominio babilónico de la región no sería duradero. Los aqueménidas extendieron su imperio y derrotaron a los babilonios. Jerusalén se convertía así, en el año 538 a.C., en una ciudad persa. Pero, al contrario que en el caso anterior, este nuevo sometimiento sería muy positivo para el pueblo judío y, desde luego, para su capital histórica.
Ciro el Grande autorizó a los judíos a regresar a la ciudad y a reconstruirla. La primera decisión fue el levantamiento de una ciudadela en la zona norte del Monte del Templo, cuya misión sería proteger a la ciudad de eventuales ataques. Este castillo podría ser la bíblica Torre Janael que se habría ubicado en el lugar en el que Flavio Josefo, el historiador judío del siglo I de nuestra era, situó el futuro Baris Ptolemaico y que Herodes transformará en la Fortaleza Antonia.
Pero, desde luego, la gran obra fue la reconstrucción del Templo de Jerusalén. El Segundo Templo sería levantado por Zorobabel, el líder de los judíos que habían regresado a su antiguo hogar tras el cautiverio babilónico. El año 535 a.C., comenzaron las obras del gran edificio que sería consagrado en 515 a.C.
Jerusalén en los tiempos de los reyes de Judea. Con el Primer Muro y el Segundo esquematizados en rojo (sobre un plano base en gris de la ciudad del siglo XIX).
Tampoco hay una certidumbre histórica sobre cuando fue levantado el Segundo Muro que ampliaba la ciudad, protegiendo los nuevos barrios que iban creciendo por el norte.  El Libro de Nehemías, en la Biblia, se refiere a su “reconstrucción” cuando el autor ejercía como gobernador de Jerusalén bajo el mandato persa (en torno al año 440 a.C.). El relato bíblico explica que esa segunda muralla iba desde la “Puerta de los Peces” (actual Puerta de Jaffa) hasta la “Puerta de las Ovejas”, la antigua Puerta Probática, abierta en el lienzo norte, junto a la Torre Janael. Esta muralla dejaba extramuros, aunque contiguo al lienzo, al monte Gólgota, el futuro el escenario de la crucifixión de Jesucristo.
Plano de los dos primeros recintos amurallados de Jerusalén.

La Jerusalén helenística y de los Macabeos.
Los persas serían derrotados por Alejandro Magno en el año 332 a.C. y bajo el control de los macedonios, Jerusalén entró en la órbita griega. Pero la repentina muerte del conquistador preparó otro destino para los territorios de su imperio. La pugna entre sus generales llevó a la división del imperio y, hasta que se estabilizaron las fronteras entre los nuevos reinos, hubo lugares limítrofes, como Jerusalén, que cambió varias veces de amo. Finalmente en el 301 a.C. el general Ptolomeo venció en la disputa y Jerusalén se vinculó al imperio egipcio. Fueron los tiempos de la construcción del Baris Ptolemaico, la ciudadela helenística referida anteriormente.
Pero la paz duraría relativamente poco tiempo. En el año 201 a.C. el rey seléucida Antíoco III el Grande, que se consideraba un heredero de Alejandro y había reconquistado la parte oriental del gran imperio macedonio, puso su objetivo en el antiguo territorio de Israel. Tras varios intentos logró tomar la ciudad y Jerusalén se integró en el imperio seléucida, que daría continuidad a su etapa helenística. El rey prometió la reparación del Templo y las murallas de la ciudad, permitiendo además el autogobierno de los judíos. Fue una época dorada para la ciudad y sus habitantes pero resultaría efímera, porque años después el rey Antíoco IV Epífanes adoptó una posición bien distinta frente a los hebreos.
Jerusalén se sublevó obteniendo como respuesta el saqueo de la ciudad en 168 a.C. y la construcción de la fortaleza de Acra, que además de proteger la ciudad controlaría a los “díscolos” judíos (esta fortaleza sería destruida durante las revueltas macabeas y su ubicación es objeto de discusión entre historiadores y arqueólogos). Pero la insurgencia fue imparable. La revolución liderada por los Macabeos, que constituyeron una especie de “movimiento judío de liberación”, acabaría definitivamente con el control helenístico de Jerusalén, proclamando la independencia de la Tierra de Israel, que pasaría a estar gobernada primero por los propios Macabeos y luego por la dinastía asmonea, heredera de los anteriores. Los asmoneos construyeron una nueva ciudadela en el flanco occidental de la ciudad, junto a la Puerta de Jaffa, que sería conocida como Torre de David. Durante un siglo, los judíos fueron dueños de su destino pero serían vencidos por la emergente República Romana  y Jerusalén emprendería un nuevo rumbo.

Jerusalén romana: Tercera Muralla, la destrucción del Templo y Aelia Capitolina.
En el año 63 a.C. Roma, que ya se había hecho con el control de Siria, envió a su ejército al mando del general Pompeyo y conquistó el territorio hebreo convirtiéndolo en la provincia romana de Palestina, nombre con el que será conocida la región desde entonces. Palestina es un término latino derivado de Filistea, que era el nombre con el que los comerciantes griegos se referían a los habitantes de la costa oriental del Mar Mediterráneo, pueblo rival de los judíos que ocupaban aproximadamente la actual Franja de Gaza. Los romanos otorgaban a Palestina un valor estratégico ya que les permitía establecer una “marca” de control sobre los vecinos y enemigos persas.
Roma otorgó un cierto grado de autonomía a Palestina, que permitió el establecimiento de un reino, subordinado a las directrices del imperio, pero gobernado desde Jerusalén. Herodes el Grande asentó la dinastía gobernando desde el año 40 hasta el 4 a.C. Su largo mandato le permitió transformar la ciudad de Jerusalén con un extenso programa de reformas y construcciones. Levantó la Fortaleza Antonia (homenajeando a Marco Antonio quien, como responsable de la parte oriental del imperio en los tiempos del triunvirato con Octavio y Lepido, lo nombró rey). Igualmente levantó su gran palacio (reformando la ciudadela conocida como Torre de David), un anfiteatro, un teatro y un hipódromo. En el año 20 a.C. mejoró el Templo de Jerusalén, ampliando de forma importante su explanada y construyendo los nuevos muros de contención, alguno de los cuales se mantienen en la actualidad (como el Muro de las Lamentaciones, sagrado para los judíos)
Años después, en el año 41, Herodes Agripa I puso en marcha la construcción de la Tercera Muralla de Jerusalén. Pero su muerte en el año 44 y la falta de apoyo del Imperio dejó los trabajos sin concluir. No obstante, durante la primera revuelta de los judíos del año 66 (Primera Guerra Judeo-Romana), éstos concluyeron las obras. La Tercera Muralla partía del Palacio de Herodes situado en el oeste de la ciudad e integraba el norte (el monte Gareb) para unirse al Templo en su esquina noreste (actual Puerta de San Esteban o de los Leones). No obstante, las dudas vuelven a producirse sobre el trazado concreto que siguió este tercer lienzo. Los investigadores suelen presentar dos opciones, una muy próxima a la muralla actual y, en algunos puntos, coincidente con ella; y otra, bastante más al norte que albergaría una expansión mucho mayor.
Tercer recinto de Jerusalén. Hipótesis primera, cercana a las actuales murallas.
Tercer recinto de Jerusalén. Hipótesis segunda, con una importante ampliación por el norte.
Las revueltas de los judíos contra los romanos tuvieron graves consecuencias, ya que en represalia, el año 70, comandadas por el futuro emperador Tito, las legiones romanas arrasaron la ciudad. El Templo de Jerusalén, así como la Fortaleza Antonia y el Palacio de Herodes, fueron reducidos prácticamente a escombros. Jerusalén quedó convertida en una ruina y una buena parte de la población fue masacrada, esclavizada o deportada. La Décima Legión X acampó en la suroeste de la ciudad (en lo que actualmente es el Barrio Armenio) y dado que la ciudad había perdido sus murallas se encargó de su control durante el resto del periodo romano (evitando además el regreso de los judíos).
Años después, en el año 131, el emperador Adriano impulsó la construcción de una nueva ciudad sobre la antigua Jerusalén que continuaba un estado ruinoso tras las guerras Judeo-Romanas. La nueva colonia recibiría el nombre de Aelia Capitolina y se construiría en la zona noroeste de la ciudad (donde aproximadamente se encuentra el actual Barrio Cristiano). La estructura urbana de la nueva ciudad se basó en el esquema típico de las colonias romanas, una retícula ortogonal pero que al superponerse sobre algunas preexistencias tuvo que adaptarse a ellas.
La ciudad de Adriano comenzaba en la espectacular Puerta de Neapolis (una triple entrada ubicada en el sitio de la actual Puerta de Damasco) desde la que se accedía a un gran espacio circular desde el que partían dos vías (los cardines) que se dirigían hacia dos foros diferentes. Hay investigadores que argumentan que el gran espacio asociado a la Puerta de Damasco era otro foro que quedaba en el centro de una ciudad que era mucho más extensa por el norte (y que estaría delimitada por la Tercera Muralla “ampliada” comentada anteriormente) Nuevamente, la falta de evidencias arqueológicas alimenta las especulaciones.
El primer eje que partía de la Puerta, lo hacia el foro situado cerca de la derruida Fortaleza Antonia, siguiendo la vaguada del barranco Tiropeón; mientras que el segundo, el cardo máximo, iba en dirección norte-sur hacia al foro occidental (situado en el actual barrio Muristan, dentro del Barrio Cristiano). Este foro, el principal, se situaba unto al monte Gólgota  el lugar sagrado para los cristianos por ser el escenario de la crucifixión y de la resurrección de Jesucristo. Sobre él,  el emperador construiría un gran Templo dedicado a Júpiter (aunque los cristianos mantuvieron viva la memoria del lugar y acabaría sustituido por el Santo Sepulcro). Junto al Templo de Júpiter se levantó un templete con una estatua de la diosa Venus. La ciudad era más reducida que la anterior (había muchas zonas que estaban en ruinas y abandonadas, particularmente en el sur, en los montes Sión y Ophel) y se fue dotando de diferentes equipamientos como un teatro, anfiteatro, baños termales, etc. A los ejes cardines se les cruzaban ortogonalmente los decumani, completando la retícula tradicional romana.
Esquema de la Aelia Capitolina de Adriano.
Los restos de la ciudad romana son muy escasos (a lo largo de la historia de Jerusalén es habitual encontrar la reutilización de materiales de edificios anteriores en los nuevos, eliminado así los rastros del pasado). En cualquier caso los vestigios encontrados se sitúan en el entorno de la actual Puerta de Damasco, alimentando las teorías de los investigadores que defienden que el Foro romano central se encontraba en esa ubicación.
El destino de Jerusalén (y del mundo) cambiaría cuando el emperador romano Constantino I el Grande autorizó el culto cristiano por medio del Edicto de Milán, promulgado en esa ciudad en el año 313. El mismo emperador, alentado por su madre (la emperatriz Santa Elena), ordenó levantar en 326, la Iglesia del Santo Sepulcro (sobre el antiguo Templo de Júpiter de Adriano), consolidando el papel sagrado de Jerusalén para los cristianos. El Santo Sepulcro ejerció de nodo referencial sobre el que nacería un nuevo barrio, el Barrio Cristiano en el cuadrante noroeste de la ciudad antigua.
Con el emperador Juliano, los judíos pudieron regresar a Jerusalén. Aunque pocos años después, con el Edicto de Tesalónica firmado en el 380, el emperador Teodosio convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio. Jerusalén se convertía en una ciudad cristiana, aunque ya lideraba una diócesis de la iglesia desde sus inicios.

La Jerusalén medieval: cristianos contra musulmanes.
El año 395 se produjo la división definitiva del orbe romano entre Oriente y Occidente. Esta segregación dio origen al Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino en el que se encontraba integrada Palestina y su capital Jerusalén. La relevancia de la ciudad como escenario de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, impulsaría su ascenso de rango y en el año 451 el concilio de Calcedonia le otorgó el Patriarcado (uno de los cinco obispados principales junto a Roma, Constantinopla, Alejandría y Antioquía).
Jerusalén Bizantina, vista desde el norte, con los cardines remarcados, la explanada del Templo vacía y con el Santo Sepulcro ya construido (maqueta del Museo de la Ciudad de Jerusalén).
Jerusalén disfrutó de una tranquilidad relativa bajo el Imperio Bizantino, pero ésta se terminó en el año 616, cuando la ciudad fue conquistada por el imperio sasánida. No obstante este dominio fue breve ya que en 638 toda la región cayó bajo el dominio árabe.
La dominación musulmana modificó la evolución de la ciudad, tanto por la implantación paulatina del modelo de ciudad islámica (sobre todo en el norte y al oeste de la Explanada de las mezquitas) como por la aparición de numerosos edificios vinculados a ese credo, y en particular, mezquitas y madrasas. Pero sobre todo, por ser considerada un lugar sagrado debido a que, desde la explanada donde estuvo el Templo de Jerusalén, el profeta Mahoma ascendió a los cielos en su viaje nocturno, cuestión que atrajo una importante inmigración musulmana. Por esta razón, en los primeros años, se construyeron en ese lugar dos de los edificios icónicos para la ciudad: la Cúpula de la Roca, identificable por su cubrición dorada (687-691) y la Mezquita de Al-Aqsa con su cúpula plateada (concluida en 710).
Al principio, los musulmanes no plantearon problemas a los cristianos ni a los judíos, pero la situación terminó cambiando y acabaría en conflicto. Jerusalén se convertiría en el disputado campo de batalla entre cristianos y musulmanes (y de los judíos desde la distancia). En 1095 el Papa Urbano II impulsó la Primera Cruzada con el objetivo de recuperar Jerusalén para el cristianismo. Cuatro años después, los ejércitos cruzados logran conquistar la ciudad y Palestina, estableciendo allí un reino cristiano. La ciudad sería la capital de este nuevo estado, pero la presión constante del entorno musulmán conseguiría que, en 1187, el Sultán de Egipto y Siria, Saladino, reconquistara la ciudad y buena parte del territorio. El reino quedó reducido a una pequeña franja costera con capital en Acre que se mantendría hasta 1291. Tras la turbulenta época de las cruzadas, Jerusalén encontró cierta calma bajo el gobierno del sultanato mameluco de Egipto que se había hecho con el control de la región en ese año (aunque hubo alteraciones esporádicas debido a las incursiones de los mongoles que se sucedieron entre 1260 y 1300). Los mamelucos controlarían la región hasta la llegada de los otomanos.
El antiguo foro de la Aelia Capitolina (actual Barrio Muristan) en tiempos de las Cruzadas (el verde del fondo corresponde al trazado actual).

Jerusalén Otomano: las últimas murallas y la consolidación de la Ciudad Vieja.
En 1517, Palestina es conquistada por el sultán Selim I e incorporada al Imperio Otomano. Esta situación se prolongaría durante cuatro siglos, hasta la Primera Guerra Mundial.
Los otomanos fueron tolerantes con los credos de Jerusalén y permitieron la estancia cristiana, particularmente de los ortodoxos griegos.
En 1538 el sultán Solimán el Magnífico ordenó la construcción de unas nuevas murallas para la ciudad. Los muros delimitaron un nuevo recinto, que era menor que los anteriores. Esa Jerusalén contraída es la que actualmente conocemos como Ciudad Vieja. Paradójicamente quedaron fuera del recinto alguno de los lugares históricos de la ciudad, especialmente la “Ciudad de David”, el embrión de Jerusalén, ya que el monte Ophel, al igual que el monte Sión quedó extramuros. Estas últimas murallas cuentan con ocho puertas: la Puerta de Damasco, Puerta de Herodes, Puerta de San Esteban o de los leones, Puerta Dorada, Puerta de las basuras, Puerta de Sión, Puerta de Jaffa y la Puerta Nueva, abierta en 1898, con el objetivo de que el Barrio Cristiano, tuviera un acceso propio desde el exterior.
Jerusalén se mantuvo en el interior de ese recinto otomano hasta la segunda mitad del siglo XIX, estructurado en los cuatro barrios históricos (el Barrio Cristiano, el Barrio Musulmán, el Barrio Judío y el Barrio Armenio) y la Explanada de las Mezquitas. La ciudad fue densificándose tanto por las viviendas de los residentes, como por la extraordinaria cantidad de iglesias, monasterios, mezquitas y sinagogas que se habían construido.
Esquemas urbanos de la Ciudad Vieja con indicación de barrios, puertas y calles principales.
En 1860, Jerusalén superaría el limitado núcleo de la Ciudad Vieja. La hacinada población no podía mantenerse dentro de las murallas y en ese año se comenzaron a construir los primeros crecimientos extramuros, concretados en dos barrios impulsados por ricos filántropos judíos que residían fuera de su tierra prometida. El primero fue el denominado “Complejo Ruso” que fue conocido también como Nueva Jerusalén, desarrollado a partir de un hospital de peregrinos ortodoxos de esa nacionalidad. El segundo fue el primer barrio judío exterior, Mishkenot Sha'anim, promovido por el banquero y filántropo británico Sir Moses Montefiore que, además, contó como complemento con la sustanciosa herencia de Judah Touro, un rico hombre de negocios judío norteamericano. Poco después, en 1874 se inició el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim.

Con el final de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano, que había sido aliado de los imperios centrales derrotados, se desplomó. En 1922, tras la creación del nuevo estado turco sería definitivamente abolido. Pero en Palestina y en Jerusalén, el dominio otomano había desaparecido antes del final de la guerra, cuando los británicos pasaron a controlar la región en 1917, estableciendo un Mandato que duraría hasta 1948. El Holocausto sufrido por los judíos en la Segunda Guerra Mundial animó a los países occidentales a apoyar la causa israelí y  en 1947, la ONU estableció un reparto de la región intentando conjugar los intereses y deseos de árabes y judíos. A los primeros les asignó unas tierras que seguirían llevando el nombre de Palestina. A los segundos, les atribuyó el territorio sobre el que se proclamaría en 1948 el nuevo estado de Israel.

Plano de Jerusalén en 1912.
A partir de entonces, el crecimiento de Jerusalén sería vertiginoso, surgiendo una extensa metrópoli moderna. Pero, en paralelo, comenzaría el sangriento conflicto territorial y vital entre palestinos e israelíes que está todavía muy lejos de resolverse. Jerusalén, la capital reclamada por ambos estados, es hoy una ciudad dividida que espera tiempos mejores.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

urban.networks.blog@gmail.com