22 nov. 2014

¿Por qué Jerusalén es una ciudad santa para los cristianos, para los judíos y para los musulmanes?

Jerusalén, la triple ciudad santa. A la izquierda, judíos orando ante el Muro de las Lamentaciones. En el centro, cristianos en el interior del Santo Sepulcro durante el Viernes santo. A la derecha, musulmanes orando en la explanada de las Mezquitas.
¿Cómo es posible que un lugar poco estratégico, alejado del mar y de las rutas comerciales, con pocos recursos, con un relieve abrupto, escasez de agua y un clima bastante extremo, pudiera erigirse como el centro del mundo antiguo? ¿Qué sucedió allí para recibir tal consideración?
Hace más de tres mil años, en el Oriente Próximo, un pequeño poblado fortificado llamado Sión ó Jebús, se transformó en Jerusalén, la capital del primer reino de Israel, y se convirtió en escenario de acontecimientos trascendentales (fueran históricos o legendarios) para tres credos relacionados: el judío, el cristiano y el musulmán. Con el tiempo, Jerusalén perdería la influencia política pero ganaría la divina. La Ciudad Santa por excelencia, triplemente venerada, es un punto de referencia que atrae a millones de peregrinos de las tres religiones monoteístas.
Pero su carácter sagrado no debe ocultar una historia violenta, de incomprensiones, intolerancias y enfrentamientos que han hecho correr rios de sangre por las calles de la ciudad. Los deseos de posesión exclusiva han originado destrucciones y muerte, creando un palimpsesto en el que es muy difícil separar la ficción de la realidad.
Hoy, la fascinante Jerusalén sigue en el ojo del huracán, incluso más que en periodos anteriores, por ser un “campo de batalla estratégico entre civilizaciones en conflicto” como la definió Simon Sebag Montefiore.

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Aproximación al contexto histórico del nacimiento de Jerusalén.
El nacimiento de Jerusalén hunde sus raíces profundas en la historia del pueblo judío, una historia con unas bases legendarias relatadas en la Biblia, el gran libro sagrado.
Los hebreos eran un pueblo nómada, cuya conciencia de grupo se asentaba principalmente en la creencia en un dios único, Yahvé. Su origen se sitúa en Mesopotamia pero, según los investigadores, en torno al año 1220 a.C. iniciaron un movimiento migratorio hacia Canaán, una franja territorial situada entre el mar Mediterráneo oriental y el valle del río Jordán. No obstante, según la tradición bíblica, la llegada fue anterior, produciéndose como resultado de la promesa que Yahvé había hecho al patriarca Abraham de entregarle unas tierras exclusivas para su pueblo.
Abraham, el gran patriarca hebreo (que lo será de las tres religiones a las que nos vamos a referir), abandonó Ur, en su Mesopotamia natal, y se dirigió hacia esa tierra prometida dando origen a una estirpe que tendría una influencia decisiva en la evolución de la historia universal.  Abraham es el inicio tanto del futuro Pueblo Judío (que sigue la línea genealógica de su hijo Isaac, alumbrado por su esposa Sara) como del Pueblo Ismaelita (procedente de Ismael, su hijo mayor, aunque fue concebido por su esclava Agar). Entre los ismaelitas (o agarenos) surgirá, siglos después, el Islam.
Isaac sucedió a su padre como patriarca del clan hebreo y, tras él lo haría, Jacob, su hijo y nieto de Abraham. Jacob sería rebautizado por Yahvé con el nuevo nombre de Israel (príncipe de Dios) y, por ello, sus doce hijos serían conocidos como los hijos de Israel, los israelitas, y encabezarían las doce tribus históricas. Estas tribus independientes acabarían siendo reunidas bajo el gobierno de Saúl, pero la unificación sería consolidada por su sucesor, el rey David quien asentó el primer reino de Israel. Hacia el año 1000 a.C., David escogió como capital de su territorio una antigua aldea-fortaleza llamada Sión (o Jebús) que habitaban los jebuseos (uno de los grupos cananeos). La conquistada Sión sería el embrión de Jerusalén, como veremos más adelante.
Los doce hijos de Jacob (Israel): Rubén, Simeon, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín fueron el origen de las doce tribus de Israel. En la distribución de territorios, Leví no recibió tierras ya que se dedicó al sacerdocio por mandamiento divino. Y los derechos de José fueron repartidos sus hijos Efraín y Manasés. Tras la unificación lograda por el rey David y mantenida por su hijo el rey Salomón, el territorio se dividió en dos reinos: al sur, Judea y al norte, Israel.
El hijo y heredero de David, el rey Salomón, conservó y acrecentó el nuevo reino, pero tras su muerte (fechada hacia el año 930 a.C.), la unidad desapareció emergiendo dos grupos enfrentados: las diez tribus del norte, que formaron un nuevo reino que adoptaría el nombre de Israel, y las dos del sur, que constituyeron otro que pasaría a llamarse Judea. Jerusalén permaneció como capital de Judea, mientras que Israel acabaría siendo liderado desde Samaria.
Pero la tierra cananea era un territorio de paso en el camino de las grandes potencias del antiguo Oriente Próximo. Los pequeños reinos hebreos se esforzaron por sobrevivir realizando delicados equilibrios entre los imperios (egipcio, asirio o babilónico) que luchaban entre sí e iban relevándose en la primacía de la región. En ese difícil contexto, ambos reinos acabarían sucumbiendo, convirtiéndose en provincias de otros estados mayores.
El segundo reino de Israel tendría una vida corta, abarcando poco más de dos siglos (aproximadamente entre los años 930 y 720 a.C.), cayendo finalmente ante los ejércitos asirios del rey Sargón II (Sharrukim II). Israel se convirtió entonces en una provincia asiria y sus clases dominantes fueron deportadas, mientras que a su territorio fueron enviadas (también por imposición) gentes de otros lugares. Esto ocasionó que la marcada identidad del reino se fuera diluyendo, tanto étnicamente como desde el punto de vista religioso. La nueva provincia sería conocida desde entonces como Samaria.
El otro reino, el de Judea, tendría una vida un poco más larga, de unos trescientos cincuenta años, pero también perdería su independencia en el año 587 a.C., cuando fue conquistado por el imperio babilónico de Nabucodonosor II. Este monarca ordenó arrasar Jerusalén y destruir su templo y Judea se convirtió entonces en una provincia de Babilonia.
Los dos pueblos ocupados mantendrían inicialmente sus diferencias, siendo conocidos los del norte como los samaritanos mientras que los del sur serían los judíos, aunque, finalmente, este último término sería ampliado para abarcar a todos los “hijos de Israel”.
Tras los asirios y babilónicos, vendrían los persas. A éstos les sucederían las cortes helenísticas herederas de Alejandro Magno (primero de los Ptolemaicos y después de los Seléucidas), también llegarían los romanos, los bizantinos, los musulmanes, los cruzados o los otomanos, y todos dejarían su huella, positiva o negativa, en el territorio y por supuesto en Jerusalén.
La azarosa y atribulada historia del Pueblo Judío, tanto la de los que permanecieron en aquella “tierra prometida” como la de los que partieron hacia el exilio dispersándose por el mundo (la diáspora) excede del propósito de este artículo, por eso, retornamos a Jerusalén. No obstante, la aproximación a la ciudad será planteada desde su aureola mítica (sagrada) y dejaremos para un próximo artículo el análisis concreto de su evolución urbana.

La Ciudad de David (de Sión a Jerusalén).
Como se ha comentado, el rey David consolidó la unidad de las diferentes tribus del pueblo de Israel y entonces se enfrentó al dilema de elegir una capital para el nuevo reino. Algunas de sus ciudades eran notables y la predilección sobre una u otra podría ser una fuente de problemas con el resto. Entonces el monarca fijó su atención en un modesto poblado que, sin disponer de grandes atractivos, podría ser objeto de consenso entre las diferentes tribus unificadas. El lugar no ofrecía unas condiciones demasiado favorables, pero contaba con una posición geocéntrica respecto al territorio común. Esta humilde aldea era una ciudadela fortificada conocida como Sión (o Jebús) y se asentaba en el monte Ophel, junto al monte Moriá, lugar en cuya cima se encontraba, según la tradición bíblica, la roca que sirvió de altar para el sacrificio frustrado de Isaac.
Esta “coincidencia” podría haber sido una señal, pero también cabe la posibilidad de que la sacralización de la roca fuera una justificación posterior. Verdaderamente, en Jerusalén es muy difícil discernir la realidad de la ficción, la historia de las leyendas, la magia de la ciencia. Hay que tener muy presente que los hechos, e incluso muchos de los personajes de aquel antiguo Jerusalén, navegan por los ambientes brumosos de los misterios ancestrales al no estar refrendados por evidencias. Por ejemplo, el rey David, que para algunos fue un personaje de indudable autenticidad, para otros es una figura legendaria, similar a la del rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. Algo parecido ocurre con el primer templo de Salomón, que es cuestionado por algunos historiadores ya que no se dispone de pruebas arqueológicas que lo confirmen, con el agravante de que no pueden ser obtenidas (suponiendo que existieran) por la prohibición de excavar en la Explanada de las Mezquitas.
La Ciudad de David sobre el monte Ophel. A la izquierda, recreación de la misma en la maqueta de la ciudad antigua que se conserva en el Museo de Israel. A la derecha, imagen aérea del estado actual.
Así pues, cuando Sión fue tomada por David, instaló allí su residencia real y pasó a ser conocida como la “Ciudad de David”, hasta que recibió el nombre definitivo de Jerusalén, que significa “fundada en paz”.
La sacralización de Jerusalén comenzó cuando David decidió construir un santuario sobre la cercana piedra que había servido de altar para el sacrificio de Isaac. Ese acto comenzaría a expandir la ciudad más allá de los antiguos muros de Sión-Jebús. Entonces comenzó una nueva historia para Jerusalén.

El mito de la Roca Fundacional: del Templo de Salomón a la Explanada de las Mezquitas.
Las tres religiones monoteístas son también llamadas religiones abrahámicas por compartir sus raíces en el ancestral patriarca. Como ya se ha ido anticipando, la vinculación de Abraham con Jerusalén es indirecta, correspondiendo al viaje que el patriarca realizó hacia el monte Moriá para celebrar el sacrificio de su hijo. Según el relato bíblico, Yahvé le había indicado específicamente ese lugar, en cuya cima Abraham encontró una roca que ejercería el papel de altar para la inmolación de Isaac (aunque los musulmanes difieren, creyendo que era Ismael el hijo ofrendado). Finalmente el ritual fue anulado por el propio Yahvé, pero el sitio quedó marcado por la trascendencia y, además, aún le aguardaban grandes acontecimientos. Allí habría visto Jacob en su sueño la escalera al cielo y desde ese mismo sitio ascendería a los cielos Mahoma.
La roca fundacional es venerada como el lugar que sirvió de altar para el sacrificio de Isaac y desde el que Mahoma ascendió a los cielos en su viaje nocturno. Hoy se encuentra protegida en el interior del edificio conocido como la Cúpula de la Roca.
Esa roca-altar, también denominado Roca Fundacional, por expresar el pacto de sumisión absoluta a Yahvé correspondido por éste con la categoría de “Pueblo Elegido”, fue designada por el rey David para levantar sobre ella un santuario que honrara a Dios. El edificio proporcionaría carácter permanente al Tabernáculo, el santuario móvil que acompañaba al pueblo hebreo en sus itinerarios desde que fue construido según las instrucciones dadas por Yahvé a Moisés para albergar el Arca de la Alianza que cobijaba las Tablas de la Ley, en las que se habían escrito los Diez Mandamientos.  Aunque esta roca fundacional podría ser únicamente un mito construido por personas interesadas en otorgar singularidades a la capital del reino, esto ya no importa demasiado, porque lleva muchos siglos siendo venerada.
Ese mismo lugar sería el punto de partida para la construcción del Primer Templo de Jerusalén por orden del rey Salomón. Para ello se preparó una base muy especial: una gran plataforma horizontal, a nivel de la cima del monte Moriá, que exigió ingentes trabajos de rellenado y nivelado de tierras así como la construcción de unos impresionantes muros de contención. El Templo fue considerado como el edificio ideal, la obra arquitectónica perfecta, debido a que habría sido concebido directamente por Yahvé. Su desaparición lo elevó a la categoría mítica y, al no quedar resto alguno, han sido muchas las elucubraciones sobre su trazado a lo largo de la historia, inspirando grandes obras arquitectónicas (como el Monasterio del Escorial) e incluso suscitando planteamientos urbanos.
El impresionante Templo de Jerusalén en una imagen de la maqueta de la ciudad antigua que se encuentra en el Museo de Israel. 
El legendario templo fue arrasado en dos ocasiones. La primera vez, por orden del rey babilónico Nabucodonosor II. Pero Jerusalén se repuso de ese desastre y logró reconstruir su templo consagrándolo de nuevo hacia el año 515 a.C. Este Segundo Templo, que fue remodelado varias veces (la última en tiempo de Herodes El Grande quien mandó ampliar la dimensión de la plataforma sobre la que se asentaba hasta las dimensiones que hoy apreciamos), tampoco pudo escapar a una nueva destrucción. El arrasador derribo fue realizado por los romanos hacia el año 70 a.C. como castigo frente a los levantiscos judíos. El templo ya no sería reconstruido quedando el lugar como una explanada contenida por los muros de contención. El muro occidental, conocido como Muro de las Lamentaciones  por los lamentos que ocasionó la pérdida del Templo de Yahvé, es uno de los restos conservados del complejo del gran santuario desaparecido, y se ha convertido en el lugar de oración principal para los judíos. La destrucción romana afectó también a otros edificios importantes de la ciudad, como la Fortaleza Antonia erigida por Herodes.
Hoy el lugar es una gran explanada, un inmenso rectángulo que cuenta con unas dimensiones aproximadas de 475 metros en dirección norte-sur y 300 metros en la perpendicular este-oeste. En ella, como veremos más adelante, se construirían dos edificaciones muy significativas para los musulmanes, la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al Aqsa. Por eso recibe el nombre de Explanada de las Mezquitas, aunque para los judíos y cristianos siga siendo el Monte del Templo.
La Ciudad Vieja de Jerusalén con sus cuatro barrios y la Explanada de las Mezquitas.

Jerusalén, ciudad santa del judaísmo.
Jerusalén albergaba el altar del sacrificio de Isaac y el Templo de Yahvé, lo cual le otorgaba un estatuto sagrado para los judíos. Pero su liderazgo tuvo algún momento bajo, particularmente con la separación entre los reinos de Israel y Judea, que puso en peligro la preeminencia de la ciudad entre los hebreos.
El reino del norte buscaba establecer su propia identidad reforzando su autonomía respecto al reino del sur y su capital, que albergaba tan sagrados lugares. Los diferentes reyes de Israel fueron construyendo otros templos en las ciudades del reino con el objetivo de reducir (y con el deseo último de eliminar) la influencia de Jerusalén. Su recelo era que si los israelitas peregrinaban a la capital de Judea se establecería una “dependencia” nefasta para la dignidad del reino septentrional. Para evitar ser subordinados, se llegó a plantear alguna advocación (idólatra) a nuevos dioses, que al ser exclusivos del Pueblo de Israel permitirían reforzar su soberanía y su identidad frente al Pueblo de Judea.
Arriba, Muro de las Lamentaciones y explanada previa. Debajo imagen hacia 1900 del mismo lugar pero con la presencia del Barrio Marroquí que fue demolido en 1967. En ambos casos emerge la Cúpula de la Roca sobre la Explanada de las Mezquitas-Monte del Templo.
Esta situación anómala dio un giro radical durante el reinado de Josías de Judá, quien gobernó desde el año 639 al 608 a.C. (periodo en el que el reino del norte era ya la provincia samaritana de Asiria). Durante su largo reinado introdujo importantes reformas, alguna de las cuales resultaría trascendental para Jerusalén. Josías aceptó la palabra de los sacerdotes cuando le presentaron un nuevo libro que habían descubierto y que, según ellos, contenía la revelación divina. Esta obra era el Deuteronomio, la Segunda Ley, y en ella se designaba a Jerusalén como lugar para la representación exclusiva de Yahvé. Creyendo en el hecho (o participando interesadamente en él), Josías prohibió todo los templos construidos en otros lugares y centralizó el culto en la capital, monopolizando la práctica religiosa del pueblo hebreo. Los samaritanos y cualquier devoto de Yahvé, estuviera donde estuviera,  deberían acudir a la capital de Judá para adorar a Yahvé. Esta decisión convirtió definitivamente a Jerusalén como la capital religiosa del judaísmo, referencia absoluta y universal de un pueblo que ya comenzaba a estar repartido por otros muchos territorios (por la diáspora que había dispersado al pueblo judío por el mundo).
La ciudad, entonces con una unidad de credo, se iría ampliando ocupando la parte meridional y occidental del Templo de Salomón. Ese primer crecimiento urbano fue consolidando el actualmente conocido como Barrio Judío de Jerusalén, que ocupa la parte sureste de la ciudad. Allí se encuentra la gran referencia de la religión hebrea, el Muro de las Lamentaciones, al cual ya hemos hecho referencia anteriormente.
Barrio Judío de Jerusalén.
El desarrollo de la historia llevó a Jerusalén a perder su primacía política. La ciudad seguiría siendo residencia de los gobernadores delegados de los diferentes imperios, pero su papel se limitaría al de una mera capital provincial. Pero, en contraste, su importancia religiosa no dejó de crecer, sobre todo porque, además de ser un lugar sagrado para el judaísmo, acabaría siéndolo también para sus grandes “herejías”: el cristianismo y el islamismo, que alcanzarían una relevancia inusitada, con una cantidad de fieles que superaría ampliamente a la del credo hebreo.

Jerusalén, ciudad santa del cristianismo.
El cristianismo, coincidiendo en esto con su matriz hebrea, venera la ciudad como escenario de muchos de los acontecimientos del Antiguo Testamento. Pero, sobre todo, el credo cristiano identifica a Jerusalén con Jesucristo y muy especialmente con su Pasión, Muerte y Resurrección.
Jesucristo recorrió las calles de Jerusalén desde niño, tal como relatan los Evangelios, desde su bautizo hasta su reunión con los doctores o la expulsión de los mercaderes del Templo, además de su participación en algunas de las celebraciones judías. Pero el carácter sagrado de la presencia de Jesucristo en Jerusalén alcanza su clímax con el final de su estancia física en la Tierra. Esta intensa vivencia comienza con la última cena (en el Cenáculo), sigue con la oración y las escenas en el Huerto de los Olivos (Getsemaní), con su detención y su periplo judicial hasta que es condenado a muerte, y de manera muy especial, con el Via Crucis, el camino, cargado con la cruz por la actual Via Dolorosa hasta llegar al monte Calvario (Gólgota) donde sería crucificado. Ese lugar, donde Jesucristo sería además sepultado y desde el que resucitaría para subir a los cielos es el punto más sagrado para la religión cristiana.
Por esa razón, el emperador romano Constantino I El Grande, impulsado por su madre (la emperatriz Santa Elena), ordenó levantar allí, en el año 326, la Iglesia del Santo Sepulcro, que alberga las últimas cinco estaciones del Vía Crucis. El nuevo templo se convirtió en el centro sacrosanto para el cristianismo atrayendo inmediatamente las peregrinaciones de los devotos. La iglesia es una referencia común para todas las confesiones de raíz cristiana. De hecho, es custodiada tanto por católicos romanos, como por ortodoxos, armenios, coptos o sirianos.
Planta de la Iglesia del Santo Sepulcro.
La construcción de la Iglesia del Santo Sepulcro modificó las dinámicas internas de Jerusalén. El templo ejerció de nodo referencial para un nuevo barrio, el Barrio Cristiano, que iría naciendo en sus proximidades, en el cuadrante noroeste de la ciudad antigua. El barrio cuenta con un buen número de edificios religiosos y no solamente del credo cristiano (por ejemplo, junto al Santo Sepulcro se levanta la Mezquita de Omar).
Barrio Cristiano de Jerusalén.
El cristianismo ha tenido varias escisiones a lo largo de su historia, como la iglesia ortodoxa, la iglesia armenia o la reforma protestante. Entre ellas, por su vinculación con Jerusalén, destacan los armenios, hasta el punto de contar con un barrio propio situado en el cuadrante suroeste de la ciudad antigua, el llamado Barrio Armenio.
Barrio Armenio de Jerusalén.
Resulta curioso que, siendo los armenios cristianos, al igual que el barrio vecino, hayan mantenido su identidad propia, como uno de los cuatro barrios históricos de la vieja Jerusalén (algo que no llegaron a conseguir los griegos ortodoxos que tuvieron una cierta identidad dentro del barrio cristiano pero quedaron finalmente diluidos en el marco general). El barrio cuenta con edificios singulares como la Iglesia de Santiago o la Torre de David, la antigua ciudadela occidental de Herodes reconvertida en museo.
Entrada al Barrio Armenio (a la derecha la Torre de David)

Jerusalén, ciudad santa del islamismo.
Los musulmanes discrepan de la tradición judeocristiana ya desde el acto del sacrificio que se le ordenó a Abraham. Según estos no habría sido Isaac el hijo designado sino Ismael, el primogénito y de quien procede la estirpe de los ismaelitas, dentro de la cual nacería Mahoma, el profeta fundador del Islam. La religión musulmana es también monoteísta, con un único dios conocido como Alá, que reveló a Mahoma el Corán, su gran libro sagrado (aunque aceptan partes de la Biblia como libro de revelación divina). Por otra parte, consideran a Jesucristo como un profeta, pero niegan su carácter divino.
Según la tradición musulmana, en el año 621, Mahoma realizó el viaje nocturno (Isrâ) que le llevó de La Meca a Jerusalén en cuerpo y alma y desde allí ascendería a los cielos (Mi‘râŷ) acompañado por el arcángel Gabriel. El profeta se elevó desde la roca-altar de Abraham, por lo que ese lugar adquirió la categoría de lugar sagrado para los musulmanes, con una importancia tal que lo sitúa únicamente por detrás de La Meca y Medina.
La expansión árabe llevó a la conquista de los territorios de Oriente Medio y los musulmanes ocuparon Jerusalén en el año 638, incorporándola al Califato Omeya de Damasco. Entre los años 687 y 691, Abd al-Malik, el noveno califa (quinto Omeya, tras los cuatro ortodoxos iniciales), ordenó la construcción de un edificio para proteger la roca sagrada, la roca fundacional: la Cúpula de la Roca, identificable por su cubrición dorada. Años después, sería levantada en la explanada la Mezquita de Al-Aqsa por orden del siguiente califa musulmán, Al-Walid I, hijo de Abd al-Malik. Esta sería concluida en el año 710 (con su cúpula plateada).
Imagen de la Explanada de las Mezquitas. En primer término la Mezquita de Al Aqsa con su cúpula plateada, después la dorada Cúpula de la Roca y al fondo el Barrio Musulmán.
Tras la conquista, y atraídos por ser un lugar sagrado para su religión, los musulmanes, también comenzaron a poblar la ciudad. Aunque la ciudad sufriría mucho durante el periodo de las Cruzadas y numerosos residentes tuvieron que huir, la permanencia de los Califatos primero y del Imperio Otomano después intensificaría la presencia de ciudadanos de este credo, que consolidaron el conocido como Barrio Musulmán que ocupa el noreste de la ciudad.
Barrio Musulmán de Jerusalén y Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo)
Jerusalén también tuvo un Barrio Marroquí, que fue construido en 1193 por el hijo de Saladino, como una donación a este pueblo magrebí. Estaba situado entre los actuales Barrio Musulmán y Barrio Judío ocultando casi totalmente el Muro de las Lamentaciones. Tras la Guerra de los Seis Días de 1967, los israelíes demolieron el barrio para realizar una ampliación muy importante del espacio frente al Muro, hasta conseguir la gran explanada actual. Tras los derribos no queda prácticamente ninguna huella del aquel antiguo barrio.

Aunque la actual Ciudad Vieja es una contracción de la esplendorosa Jerusalén antigua, sus actuales cuatro barrios, el Barrio Cristiano, el Barrio Musulmán, el Barrio Judío y el Barrio Armenio junto con la Explanada de las Mezquitas siguen atesorando la esencia sagrada del lugar. Jesucristo y Mahoma, como antes David o Salomón, fijaron ese lugar en el inconsciente colectivo de millones de personas que miran hacia la Ciudad Santa por excelencia.
El Mapa Bünting representó en 1581 a Jerusalén como el centro del mundo.
Pero la Jerusalén sagrada es algo más que un escenario de hechos memorables o una gran concentración de iglesias, monasterios, sinagogas y mezquitas. Como escribe Simon Sebag Montefiore en su biografía de Jerusalén “la expresión “Ciudad Santa” se utiliza constantemente para describir la veneración de sus santuarios, pero lo que realmente significa es que Jerusalén se ha convertido en el lugar esencial en la tierra donde se establece la comunicación entre Dios y el hombre”. (SEBAG MONTEFIORE, Simon. Jerusalén. La Biografía; Traducción: Rosa María Salleras Puig.  Editorial Crítica, Barcelona, 2011 (2ª imp, 2014). Pag. 13)
Pero su carácter sagrado no debe ocultar una historia violenta, de incomprensiones, intolerancias y enfrentamientos que han hecho correr rios de sangre por las calles de la ciudad. Los deseos de posesión exclusiva han originado destrucciones y muerte, creando un palimpsesto en el que es muy difícil identificar nítidamente sus partes, entre otras cosas porque es imposible conocer qué hay de real o de ficción en una historia densa como pocas.


En un próximo artículo nos acercaremos a la realidad urbana de Jerusalén, haciendo una primera parada en la Ciudad Vieja.

1 comentario:

  1. ¡felicidades! Me ha ayudado mucho en mi tarea .Lo leí todo y esta muy informativo y bien redactado , me ha encantado .

    ¡Muchas Gracias!

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