20 dic. 2014

El “embellecimiento” de Madrid y Barcelona durante la Ilustración. (Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona, 11)

La escultura de Neptuno (izquierda) y la de Hércules (derecha) fueron muestras del embellecimiento ilustrado de Madrid y Barcelona respectivamente.
En la segunda mitad del siglo XVIII las reformas auspiciadas por el despotismo ilustrado en España se extenderán por todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo a las ciudades, que serían “embellecidas”. El embellecimiento ilustrado es una noción amplia, que va más allá del ornato para asumir también cuestiones de mejora infraestructural y dotacional, creando espacios urbanos escenográficos, levantando edificios monumentales y atendiendo también a cuestiones de salubridad (como por ejemplo, el saneamiento, la pavimentación o la iluminación). El objetivo final era transformar las vetustas ciudades heredadas en urbes modernas, representativas e higiénicas.
Pero las intervenciones no afectaron a todas las ciudades por igual. Madrid, como sede de la Corona fue la mayor beneficiada. La capital se convirtió en una verdadera ciudad cortesana que, por fin, podía escenificar la representación del poder con orgullo. En Barcelona, las circunstancias eran otras y su atención priorizó la incipiente industrialización e intentó resolver el problema del alojamiento de las clases populares (teniendo en la Barceloneta la actuación más emblemática).
Como resultado de las intervenciones ilustradas, las dos ciudades se modernizaron, pero mientras que en Madrid se fue manifestando una impronta institucional y burocrática en la que las formas dominaban al fondo, en Barcelona se comenzó a consolidar una identidad mercantil (con sus vertientes empresarial y obrera) en la que el fondo se sobreponía a los aspectos formales.


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El despotismo ilustrado y el “embellecimiento” urbano.
Carlos III era hijo de Felipe V y de su segunda esposa Isabel de Farnesio. Nació en Madrid, pero con solamente quince años marchó a Italia, país en el que estaría casi treinta años, veinte de los cuales lo hizo como Rey de Nápoles y Sicilia. En 1759 el fallecimiento sin descendencia de su hermano Fernando VI lo reclamó para el trono español. Para Carlos III, el hecho de convertirse en el rey de España era un ascenso de categoría respecto a la corona de Nápoles y Sicilia. Pasaría a gobernar un imperio y por eso aceptó abandonar su amado Nápoles, dejando sin terminar proyectos tan deseados como el Palacio Real de Caserta. Cuando regresó a España para ser coronado nuevo rey encontró un país (y una capital) que distaban mucho del ambiente en el que se había formado y estaban muy alejados de la representatividad exigible a uno de los grandes estados imperiales europeos. Imbuido en el espíritu dieciochesco de la Ilustración, Carlos III se aplicó a la tarea de impulsar la mejora del país y de convertir su capital en una corte admirada.
En su ensayo “El Madrid de la Ilustración”, Beatriz López González apunta sintéticamente algunas claves de la época, explicando que “lo que llamamos Ilustración es una propuesta ideológica, política y social que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII invade Europa desde Francia y consigue acabar con el Antiguo Régimen absolutista, sentando las bases de la sociedad burguesa contemporánea. En el aspecto político, la Ilustración ofrece un programa denominado despotismo ilustrado, cuyo lema es: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”; es decir, por una parte el gobierno se preocupa por el progreso y la industrialización de su país, pero en la organización de los planes de reformas no participan los ciudadanos, sino tan solo el rey y sus ministros. Carlos III fue un monarca ilustrado y su gobierno, formado en su mayoría por colaboradores italianos, practicó a lo largo de su reinado una política de reformismo paternalista”.
La reforma ilustrada de la ciudad se concretó en la idea de “embellecimiento” urbano. Pero debe tenerse en cuenta que el embellecimiento ilustrado era una noción amplia, que iba más allá del ornato para asumir también cuestiones de mejora infraestructural y dotacional. Por eso se plantearon nuevos espacios urbanos, muy escenográficos, arbolados, dotados de fuentes y esculturas, a la vez que se levantaron edificios monumentales y se atendió a cuestiones de salubridad (como por ejemplo, el saneamiento, la pavimentación o la iluminación). El objetivo final era transformar las vetustas ciudades heredadas en urbes modernas, representativas e higiénicas. Afortunadamente, los planes se desarrollaron en un contexto de expansión económica que permitieron financiar muchas de las propuestas que remodelarían parte de los tejidos urbanos.
Pero las intervenciones no afectaron a todas las ciudades por igual. Madrid, como sede de la Corona fue la mayor beneficiada. La capital renovó asombrosamente su aspecto a través de un proceso sistemático de construcción de edificios institucionales imponentes, soberbios palacios para la nobleza y paseos y jardines espectaculares, además de dotarse de unas iniciales infraestructuras básicas (porque habría que esperar al siglo XIX para que fueran realmente efectivas). En consecuencia, Madrid se convirtió en una verdadera ciudad cortesana que, por fin, podía escenificar la representación del poder con orgullo y en la que comenzó a manifestarse una impronta institucional y burocrática en la que las formas dominaban al fondo.
En Barcelona, las circunstancias eran otras. Su condición de “plaza fuerte” dirigida por autoridades militares sumada a la existencia de una naciente burguesía empresarial priorizó otros objetivos logrando aumentar su potencial naval, productivo y comercial. Esto condujo a un periodo de prosperidad económica que atrajo a una inmigración muy importante. Por eso, aunque la capital catalana también construyó palacios y edificios singulares y habilitó espacios urbanos, lo hizo con un menor alcance que en la Villa y Corte. La atención de Barcelona priorizó la incipiente industrialización e intentó resolver el problema del alojamiento de las clases populares (teniendo en la Barceloneta, la actuación más emblemática), empezando a asentar una identidad mercantil (con sus vertientes empresarial y obrera) en la que el fondo se sobreponía a los aspectos formales.
Por otra parte, en Madrid las actuaciones fueron más metódicas mientras que en Barcelona fueron menos programadas y buscaron resolver problemas puntuales muy localizados (algo que se convertirá en una seña de identidad para el futuro). Por ejemplo, mientras que en Madrid se planteaba una estrategia general de mejora de accesos y de paseos de ronda que le llevaba a actuar en puntos diversos de la ciudad, Barcelona se concentraba en solucionar un problema específico, como la muralla de la Rambla.

El Madrid de la Ilustración.
Carlos III quedó muy decepcionado con Madrid. En aquel 1759, el estado de la capital de España era lamentable, impropio de una corte de primer nivel. Sus antecesores borbones habían centrado sus esfuerzos en la arquitectura singular pero habían dejado pendientes las cuestiones urbanísticas más básicas. Madrid era una ciudad sucia, descuidada, pestilente. No disponía prácticamente de alcantarillado, pocas calles estaban pavimentadas y además eran estrechas y tortuosas, carecía de espacios nobles y en general, estaba muy alejada de la sofisticación que el rey había disfrutado en Nápoles.
El ímpetu renovador, tan propio del despotismo ilustrado, modificó la faz de Madrid aunque los problemas interiores del casco urbano se volvieron a dejar de lado (se actuó sobre algunas de las infraestructuras elementales pero no se intervino en cuestiones de trazado estructural). El embellecimiento se apreció de forma especial en las periferias, que se enriquecieron considerablemente. Nuevos espacios para la representación de la vida cortesana y nuevos edificios, templos del saber y de la cultura acercaron a Madrid a esa posición que por su importancia histórica debería ostentar.
Para ello, Carlos III se había acompañado de sus principales colaboradores italianos. Entre ellos estaba Francesco Sabatini (1722-1797), gran arquitecto, discípulo de Ferdinando Fuga y Luigi Vanvitelli y que es considerado una de las personalidades claves en la transición del barroco al neoclasicismo. Sabatini fue nombrado Maestro Mayor de las Obras Reales relegando de esa responsabilidad al mismísimo Ventura Rodríguez. Desde entonces dirigió la política de intervención urbana hasta la muerte del monarca en 1788. Sabatini se aplicó rápidamente a la reforma de los Reales Sitios, que también fueron potenciados por los borbones ilustrados. Sabatini empezó incorporándose a las obras del Palacio Real, sustituyendo a Sacchetti, y siguió por La Granja, Aranjuez o El Pardo. Pero también intervino en la ciudad redactando normativas para su saneamiento y proyectando obras tan singulares como el edificio de la Real Casa de la Aduana (1761-1769), la Puerta de Alcalá (1774-1778), la de San Vicente (1775), o la Real Basílica de San Francisco el Grande (1776-1784, colaborando con Francisco Cabezas y donde su aportación se centró en la fachada ).
Madrid. Puerta de Alcalá obra de Francesco Sabatini.
El otro gran arquitecto de la segunda mitad del siglo, ya plenamente neoclásico, será Juan de Villanueva (1739-1811). Nombrado arquitecto del Príncipe y de los Infantes, diseñó sus residencias en los Sitios Reales: Casa de Infantes en el Real Sitio de Aranjuez, 1771; Casita del Príncipe en El Pardo, 1772; y la Casita de Arriba y la Casita de Abajo (o del Príncipe), ambas de 1773 en el Real Sitio de El Escorial. Ya en Madrid, Villanueva construyó alguno de los edificios más representativos del momento, como el Real Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias (hoy Museo del Prado, iniciado en 1785), el Oratorio del Caballero de Gracia (1789) o el Observatorio Astronómico (1790). También trabajó en espacios urbanos como el Real Jardín Botánico (1774-1781) o la reconstrucción de la Plaza Mayor (1791).
Madrid. Arriba, Museo del Prado y debajo el Observatorio astronómico, ambas obras de Juan de Villanueva.

Las primeras actuaciones de urgencia.
Madrid tenía problemas variados de habitabilidad. La limpieza de la ciudad era uno de ellos. Sin alcantarillado, la suciedad y los residuos acababan en las calles generando pestilencia y riesgo de enfermedades. La recogida de basuras era poco efectiva y se acumulaban en las vías más de lo razonable. Otro problema partía de la falta de pavimentación, lo que convertía a las calles en impracticables durante los momentos de lluvia.
Ambas tareas fueron acometidas con urgencia, recayendo la responsabilidad en Francesco Sabatini, quien ya tenía experiencia en la organización del acondicionamiento urbano de Nápoles. En 1761, salió de su mano la Instrucción para el nuevo empedrado y limpieza de las calles de Madrid que recogía reglas que debían incorporarse a las nuevas edificaciones y obligaba a instalar, por ejemplo, pozos negros en las viviendas existentes. Desde ese año hasta 1765 se realizaron las pavimentaciones en las principales calles de la ciudad como la calle Mayor, Barquillo, Alcalá, San Bernardo, etc.
También se acometió la iluminación básica de las calles que resultaban oscuras y muy inseguras. Hasta ese momento, solamente unas pocas vías y en algunos puntos concretos de las mismas (vinculados a la presencia de imágenes religiosas dispuestas en hornacinas de fachada), contaban con unas pequeñas lámparas de aceite. La nueva iluminación consistía en la implantación de una serie de faroles, también de aceite, que los vecinos de cada zona debían obligatoriamente conservar (y costear).
No obstante, el planteamiento de los servicios urbanos no adquiriría la prestancia necesaria hasta el siglo XIX.

El embellecimiento periurbano (nuevos paseos y espacios públicos).
Los desplazamientos del monarca entre la capital y los Reales Sitios focalizaron la atención urbanística sobre los accesos y el perímetro exterior de la ciudad. Y como hemos comentado, los problemas estructurales del interior de Madrid (problemas de fondo como la estrechez viaria, el hacinamiento de viviendas o la congestión del tráfico), mucho más complejos de solucionar, volverían a quedar pendientes. Por otra parte, uno de los temas que estaba adquiriendo resonancia a partir de las obras de los filósofos y urbanistas ilustrados franceses era la consideración de la naturaleza y su integración en la ciudad. Y en Madrid nunca se había tenido en cuenta.
La confluencia de ambas cuestiones (naturaleza y ciudad) llevó a establecer un programa de remodelación periurbana, que se concretó en la remodelación de los accesos, incluyendo las puertas principales de la ciudad; en el trazado de nuevos paseos arbolados de ronda que conectarían las entradas; y en la rectificación de tramos de la muralla que se había levantado en 1625, en tiempos del rey Felipe IV (porque sus muros originales eran de baja calidad y su trazado era muy irregular debido a que nunca tuvo una misión defensiva sino de control fiscal y ciudadano).
El nuevo cinturón de paseos arbolados transformó los aledaños de la ciudad que perderían su condición marginal y peligrosa para convertirse en lugares apreciados, preparando una escenografía periférica que ofrecería un nuevo rostro para la ciudad. Por el norte, estos paseos (conocidos como los “bulevares”) exigieron, en algunas zonas, una nueva alineación de la muralla, habilitando espacios interiores que pondrían en marcha procesos de reurbanización (sobre todo durante la primera mitad del siglo XIX) en los barrios de Conde Duque, Maravillas o el entorno de Santa Bárbara. En el sur sucedió algo similar. Los nuevos paseos (aquí denominados “rondas”) marcaron una nueva disposición de la muralla que originaría la remodelación de los bordes de los barrios de San Francisco, el Rastro y Lavapiés.
Algunos accesos, particularmente los del sur, se formalizaron utilizando uno de los recursos más característicos de los trazados barrocos: los tridentes. La convergencia viaria que había sido experimentada en la "Roma de los Papas" y que fue una seña de identidad de la jardinería francesa de Le Nôtre y de Versalles, no podía faltar en la capital de España.
El más importante partía desde la Puerta de Atocha, proyectada por Ventura Rodríguez en 1769 y demolida en 1850 por la obras de la estación ferroviaria. Esta puerta era el principal acceso meridional a Madrid. Desde ella se trazó un “tridente” con grandes paseos arbolados, que serían embriones de los actuales Paseo de las Delicias, Paseo de Santa María de la Cabeza y Ronda de Atocha. Años después, en 1827, se organizó otro tridente, también en el sur, desde la Puerta de Toledo (proyectada por Antonio López Aguado). Con la misma filosofía, pero con menor calado, reunía las futuras calles Paseo de los Pontones, calle de Toledo y Paseo de los Olmos. La fuerza de estos tridentes (que además de su representatividad habían ido definiendo propiedades) era tal que ni el poderoso Ensanche de Castro fue capaz de eliminarlos (cosa que intentó para imponer su cuadrícula).
Las Puertas eran muy importantes en la estrategia de embellecimiento de la ciudad. Eran los elementos por los que pasaba todo el mundo y debían ser representativas. Por eso se renovaron unas cuantas con gran monumentalidad. A la mencionada Puerta de Atocha (la de Toledo como hemos visto sería posterior) se le sumó la Puerta de San Vicente en 1775 con proyecto de Francesco Sabatini para sustituir a la anterior de Pedro de Ribera (aunque la actual es una réplica de la proyectada por el italiano) y, sobre todo, la Puerta de Alcalá, uno de los iconos madrileños. La Puerta de Alcalá fue el lugar por donde entró el rey Carlos III sufriendo la primera decepción y quiso dotarla de la máxima monumentalidad, encargando su diseño también a Sabatini. Se concluyó en 1778.
Madrid. Salón del Prado en una pintura de Luis Paret.
El ajardinamiento urbano no se limitó a los paseos de ronda y a los tridentes de acceso sino que penetró en la ciudad, aunque muy parcialmente. Lo hizo con el Salón del Prado, con el Real Jardín Botánico y con la apertura al público de los Jardines del Retiro (restringida porque solo se abría en “temporada” y con un horario). La creación del nuevo Paseo del Prado de Madrid supuso la aparición de un patrón urbanístico netamente español: el salón urbano, a medio camino entre la plaza y la calle y cercano a la configuración de parque. Los “salones urbanos” serían espacios diseñados escenográficamente con arboledas, fuentes o esculturas, donde las clases altas podrían pasear, ver y ser vistas. La urbanización del Prado Viejo y del de los Jerónimos supuso un hito para Madrid y para otras muchas ciudades que lo tomaron como modelo. Comenzado en 1763 según el trazado propuesto por José de Hermosilla, sería Ventura Rodriguez el encargado de diseñar la escenografía en la que destacaban tres grandes grupos escultóricos: el dedicado a la diosa de la Tierra, Cibeles (personificando a España); el que  homenajearía al dios del Mar, Neptuno (representando el poder marítimo del país); y el ofrecido al dios del Fuego y protector de las Artes, Apolo (simbolizando a la dinastía borbónica).
Madrid. Plaza Mayor reconstruida por Juan de Villanueva.
El espacio público de la ciudad salió reforzado, aunque no en el casco interior, salvo una excepción, la que afectó a la Plaza Mayor, el centro vital del Madrid de entonces. Si en la primera mitad del siglo sucedió un hecho que simbolizó el cambio de dinastía (la desaparición del antiguo Alcázar de los Austrias y la construcción del nuevo Palacio Real), también en la segunda mitad se produjo un acontecimiento que reforzaría esa misma idea: el principal espacio público de la capital, la Plaza Mayor, quedaría destruido por un incendio en 1790 y se reconstruiría con una nueva imagen según las directrices neoclásicas de Juan de Villanueva.

La programación sistemática de edificios públicos monumentales.
Aunque desde los primeros Borbones se había comenzado la construcción de edificios públicos que solventaban carencias de la ciudad, es Carlos III quien sistematiza la edificación institucional. Además, la Corona sustituyó a la iglesia en su papel benefactor y planteó programas estatales de beneficencia que se concretaron en la construcción de diversos edificios asistenciales (desde hospitales hasta asilos o cárceles).
Durante la segunda mitad del siglo XVIII se construirán grandes equipamientos como el Hospital General de  la calle Atocha, iniciado por José de Hermosilla en 1756 y continuado por Francesco Sabatini, aunque no se llegó a completar (su primera fase se incluye actualmente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía).
Madrid. Edificio de Correos hoy reconvertido como Presidencia de la Comunidad de Madrid, obra de Jaime Marquet.
En este periodo se construyeron edificios administrativos como la Real Casa de la Aduana (Francesco Sabatini, 1761-1769, actual Ministerio de Economía y Hacienda de España); la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol (del francés Jaime Marquet, 1760-68, hoy presidencia de la Comunidad de Madrid); la  Casa de los Cinco Gremios (José de la Ballina, 1788); la Real Casa de Postas (Pedro Arnal, 1795-1800); o la nueva sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que fue una transformación radical del Palacio de Goyeneche (que había proyectado José Benito de Churriguera en 1724), dirigida en 1773 por Diego de Villanueva, hermano de Juan.
También se levantaron edificios religiosos como la Real Basílica de San Francisco el Grande (1776-1784, Francisco Cabezas y Francesco Sabatini) o el Oratorio del Caballero de Gracia (1789, Juan de Villanueva).
Madrid. Fachada de la Basílica de san Francisco el Grande, obra de Francesco Sabatini.
Pero la realización más destacada sería la desarrollada a la vera del Salón del Prado, donde se ubicó un espectacular conjunto de edificios y espacios vinculados al conocimiento científico, entre los que destaca el mayor exponente arquitectónico de la Ilustración española: el Real Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias, hoy Museo del Prado, obra de Juan de Villanueva e iniciado en 1785. A esta “cumbre” de la arquitectura española se le sumarían nuevos edificios como el Observatorio Astronómico (Villanueva), o espacios como el Real Jardín Botánico (1781), que convirtieron la zona  en un conjunto urbanístico espectacular, que sería conocida como la “colina de las ciencias”.
Complementariamente la aristocracia fue levantando grandes palacios que confirmaban la imagen del Madrid ilustrado. Por ejemplo, el Palacio de Buenavista (Pedro Arnal, 1777) construido para la Duquesa de Alba en la plaza de Cibeles y actual Cuartel General del Ejército; el Palacio de Liria proyectado en 1777 por Ventura Rodriguez para el Duque de Berwick y Liria; y el Palacio de Villahermosa, que era una reforma profunda realizada por Antonio López Aguado en 1805 sobre una edificación anterior y en el que hoy se encuentra el Museo Thyssen-Bornemisza.
Plano de Madrid de 1800 realizado por Martínez de la Torre. Se aprecian los paseos de ronda y el proyecto de los tridentes del sur.

La Barcelona de la Ilustración.
Tras el perturbador comienzo del siglo XVIII y una vez superado el shock de la posguerra, Barcelona se levantó de nuevo. La actividad económica que se generó en la ciudad con las grandes obras (como las de la Ciudadela o la Barceloneta), con el movimiento derivado de ser el punto de partida de las campañas italianas y, sobre todo, con la apertura de relaciones comerciales con América, produjo un periodo de prosperidad.  Aunque Barcelona había comenzado sus tratos con las colonias españolas en América esporádicamente en 1741 y a partir de 1758 se había institucionalizado la relación (aunque con ciertas restricciones), la promulgación por parte de Carlos III en 1778 del Reglamento de Libre Comercio con América resultaría vital para ciudad. La finalización oficial del monopolio de las Indias supuso un fuerte impulso para su puerto y la industria naviera que conllevó un incremento muy considerable de la actividad económica. La industria textil sería uno de los negocios más desarrollados y comenzaría a sentar las bases de la revolución industrial del siglo siguiente. Estas circunstancias fueron un reclamo que atrajo durante la segunda mitad de la centuria a una gran masa de inmigrantes.
Por todo ello, el siglo XVIII significaría la ruptura con el orden medieval. Esto fue así en el orden político (ya que de la relativa autonomía se pasó a su pérdida bajo el absolutismo), y también desde  punto de vista social (con la primera aparición de una clase empresarial y otra proletaria) y por supuesto económico (evolucionando desde una base agrícola y artesanal hacia otra industrial). Todos estos cambios tuvieron su repercusión en la ciudad.
Una nueva Barcelona emergería en ese contexto de bonanza económica. Barcelona también se embelleció con nuevos espacios públicos (como la Rambla o la Explanada de San Juan) y se dotó de edificios representativos (tanto institucionales como palacios privados o edificios singulares como la Basílica de la Merced  de Josep Mas i Dordal entre 1765 y 1775) siguiendo la tónica dominante de la ilustración borbónica, pero la principal característica fue el crecimiento y el progresivo cambio de las dinámicas interiores de la ciudad. La población de la ciudad creció vertiginosamente pero, al no poder traspasar las murallas, se instaló en el interior del recinto con el inicio de la urbanización del Raval, la colmatación de la Ciutat Vella (elevando la altura de sus edificios)y con la excepcional Barceloneta (por encontrarse extramuros y por ser uno de los grandes proyectos de la Barcelona ilustrada, que ya fue comentado en un artículo anterior). La consecuencia fue una densificación extraordinaria del casco urbano. Pero aunque el “baricentro” de la ciudad se iría desplazando paulatinamente hacia la Rambla y el Raval, el proceso fue largo ya que las dinámicas urbanas estaban muy asentadas en la “ciudad de levante” (que seguiría contando con el centro neurálgico que se estaba consolidando alrededor del Pla del Palau).

La conversión definitiva de la Rambla en espacio urbano.
La Rambla era el cauce que limitó la ciudad histórica por el suroeste cuando Jaime I planteó la segunda muralla de Barcelona. Con la ampliación del recinto realizada en 1348 por Pedro III el Ceremonioso, la Rambla quedó dentro del mismo pero los antiguos muros de 1268 no se derribaron, permaneciendo y dividiendo internamente la ciudad en dos partes: la “ciudad antigua” oriental (Ciutat Vella) y la “ciudad nueva” occidental (el Arrabal o Raval).
La Rambla seguía actuando como canal evacuador de aguas pero también se había convertido en un lugar para el paseo y para el ocio además de actuar como espacio para ferias y mercados temporales. En su margen derecha, la parte del Raval, se fueron instalando conventos y edificios religiosos como la Iglesia de Belén (Betlem) que había sido comenzada en el lejano 1680 y se concluyó en 1729.
Barcelona. Evolución del trazado de la Rambla.
En el último cuarto del siglo XVIII se aborda finalmente la regularización de la Rambla y la demolición de esos tramos de muralla. En 1772, siendo Capitán General el Conde de Ricla, se comenzó la intervención con la dirección técnica del ingeniero Juan Martín Cermeño. Los trabajos no se terminarían hasta 1807. La transformación de la Rambla en una vía urbana será una de las operaciones relevantes del siglo XVIII. Con ello se habilitaba un paseo adecuado para la ciudadanía que pronto comenzó a incorporar edificaciones notables que proporcionaron representatividad urbana, con ejemplos como el Palau Moja de 1772 obra de Josep Mas i Dordal; el Palau March de Reus de 1776, proyectado por Joan Soler i Faneca; o el Palau de la Virreina, levantado entre 1772 y 1778 para el virrey del Perú, Manuel Amat, por José Ausich y Carlos Grau.
Barcelona. Arriba, el Palau de la Virreina y debajo el Palacio Moja.

La consolidación del Raval.
Hasta entonces, Barcelona presentaba una estructura urbana muy particular. La ciudad se identificaba con la Ciutat Vella ya que el Raval no era más que un extenso sector  de terrenos agrícolas en los que se habían ido instalando algunos conventos religiosos e instituciones asistenciales. Allí estaban, por ejemplo, el convento de San José de los Carmelitas (los josepetes) desde 1586, o el nuevo de San Agustín, construido entre 1728 y 1750 tras ser demolido el Convent Vell que tenían en el Barrio de la Ribera a causa de la Ciudadela. 
Se daba así la paradoja de que el Raval, aunque estaba incorporado a la ciudad, permanecía bastante al margen de la vida ciudadana. Pero también, gracias a la presencia de la barrera muraría se mantuvo como una reserva de suelo para el crecimiento de la ciudad, ya que Barcelona no podía crecer fuera de sus murallas, dada su condición de “plaza fuerte” (la Barceloneta era la excepción como hemos comentado). El estancamiento del Raval cambió en el último tercio del siglo cuando la desaparición de la muralla interior y la remodelación de la Rambla permitieron su rápida urbanización con la instalación de diversas fábricas y viviendas de obreros.
Una de las intervenciones más relevantes se produjo cuando en 1783 el entonces Capitán General de Cataluña, Francisco González de Bassecourt, Conde del Asalto, ordenó la apertura de una nueva calle de trazado rectilíneo en su parte sur. La nueva calle debería tener una anchura suficiente y encontrarse bien pavimentada con el objetivo de que se convirtiera en el eje comercial de la zona. A partir de este vía se irían abriendo otras nuevas paralelas y traveseras que estructurarían esa parte del Raval. Pero las aspiraciones no se cumplieron y la calle y el barrio no adquirieron el deseado carácter comercial y señorial sino que recibieron mucha población obrera y acabaría siendo una zona muy conocida en el ocio nocturno barcelonés. El Raval, y especialmente esa zona baja, recibirían el apelativo de Barrio Chino, identificándose como un  lugar de mala nota (con numerosos garitos y prostitución). De hecho, en 1979 el nombre de esta calle, Conde del Asalto, que homenajeaba a su impulsor, fue cambiado por el actual de Carrer Nou de la Rambla para mejorar su imagen intentando hacer olvidar su turbio pasado.

El nuevo Salón Urbano de Barcelona: La Explanada de San Juan.
Barcelona también construyó su “salón urbano”: la Explanada de San Juan. Se localizó entre el casco urbano y la Ciudadela, en los terrenos de protección militar, ejerciendo en cierto modo de contrapunto para el otro gran paseo, la Rambla, que se acababa de integrar en la trama de la ciudad.
La Explanada fue urbanizada entre 1795 y 1802, formada por alienaciones de árboles que marcaban siete calles. Las centrales eran peatonales y las laterales permitían el paso de vehículos (carruajes). El eje principal estaba jalonado por cuatro nodos en los que los árboles se abrían para formar grandes círculos (dos en los extremos y otros dos centrales) en los que se instalaron cuatro fuentes escultóricas: la fuente de la ninfa Aretusa, la fuente del Tritón, la fuente de la Nereida y la fuente de Hércules (ésta última, obra de Josep Moret y Salvador Gurri, se reinstaló en el actual Paseo de San Juan). Desde 1815, en su extremo sur se implantaron los conocidos como “Jardines del General”.
Barcelona. Imagen de la Explanada de San Juan. En primer término la fuente-escultura de la Nereida que cabalgaba sobre un delfín y al fondo la escultura de Hercules.
Con el derribo de la Ciudadela, la Explanada perdería buena parte de su uso y fue degradándose hasta que debido a las obras de la Exposición Universal de 1888 fue eliminada. No obstante, la reurbanización de la zona planteó un nuevo paseo importante vinculado a la trama del Eixample, el Paseo de San Juan (Passeig de Sant Joan) cuyo nombre recuerda al “salón urbano “desaparecido.

Los primeros pasos del nuevo centro neurálgico de la ciudad (el Pla del Palau)
En el último tercio del siglo XVIII se comenzó a conformar un espacio urbano que acabaría convirtiéndose en el centro neurálgico de Barcelona hasta la aparición del Eixample. La zona situada junto al Portal del Mar (el acceso desde el puerto a la ciudad) era un lugar que había servido de mercado portuario y donde se encontraba la antigua lonja medieval. Allí se levantó en el Medievo un edificio conocido como Alle dels Draps (nave de los paños) que iría acogiendo usos variados (comercio, depósito, arsenal, etc.) hasta ser reconvertido como palacio para el representante de la Corona española en Cataluña, el “lugarteniente” (que también sería conocido como “virrey”). Esta remodelación fue dirigida por Josep de la Concepció entre 1663 y 1668. El palacio albergaría, durante la Guerra de Sucesión, la residencia del Archiduque Carlos (a quien se llegó a designar como rey Carlos III). De ahí vendría su denominación como Palacio Real (Palau Reial) y la del espacio adjunto como Pla del Palau (el Llano del Palacio). El edificio llegaría a ser la residencia del Capitán General de Cataluña convirtiéndose en sede del poder político y militar de Barcelona. Este palacio, que recibió en 1771 unas nuevas  fachadas neoclásicas, quedaría destruido por un incendio en 1875.
Barcelona. Nuevo edificio de la Lonja, obra de Joan Soler i Faneca, actualmente ocupado por la Cámara de Comercio de Barcelona y la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge.
Junto a este palacio se construyeron dos edificios que potenciarían la zona y simbolizarían la prosperidad comercial de esos tiempos: la nueva Lonja y la Aduana. El primero era una renovación y ampliación del edificio medieval  de la Lonja de Barcelona (Llotja de Mar), que había sufrido desperfectos con los sucesos de 1714 y posteriormente había sido reconvertido en cuartel.  En 1772 fue recuperado para su uso original según proyecto de Joan Soler i Faneca (las obras durarían hasta 1802 siendo finalizadas por el arquitecto Tomás Soler i Ferrer, hijo del anterior). Actualmente es la sede de la Cámara de Comercio de Barcelona y de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge. El segundo edificio fue la nueva Aduana construida entre 1790 y 1792 siguiendo el diseño neoclásico del conde Miguel de Roncalí (arquitecto y ministro de Hacienda de Carlos IV) y que hoy se encuentra ocupado por dependencias de la Delegación del Gobierno.
Barcelona. Edificio de la Aduana, obra de Miguel de Roncali, hoy ocupado por dependencias de la Delegación del Gobierno.
El Pla del Palau adquiriría su formalización definitiva a principios del siglo XIX emergiendo entonces como el emblemático nuevo centro de negocios de la ciudad.
Barcelona hacia 1800.

Carlos III había reinado casi treinta años, entre 1759 y 1788 y tras él, su hijo Carlos IV, aunque menos dotado que el padre, había continuado la labor “ilustrada”. Con la nueva dinastía borbónica, el siglo XVIII había supuesto una transformación extraordinaria para las dos ciudades. A finales de la centuria, Madrid había adquirido, por fin, la deseada imagen de ciudad cortesana y la capital se mostraba como el escenario fastuoso del poder. Por su parte, Barcelona había dado los primeros pasos para convertirse en la ciudad industrial del siglo siguiente.

Pero la luminosidad (aparente) del Siglo de las Luces cesaría con la crisis de sus últimos años y especialmente cuando Napoleón Bonaparte apareció en escena. En 1808 los ejércitos franceses bajo su mando invadieron España dando comienzo a una nueva guerra, la Guerra de la Independencia que se prolongaría hasta 1814. 

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