13 dic. 2014

Nuevas referencias para Madrid y Barcelona de la mano de los Borbones (durante el siglo XVIII) (Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona, 10)

El Palacio Real de Madrid y la Ciudadela de Barcelona representan la primera etapa borbónica en las dos ciudades.
En el año 1700 comenzó la dinastía borbónica en la monarquía española. Pero sus inicios fueron muy turbulentos ya que tuvieron que superar la Guerra de Sucesión que se originó tras la muerte sin descendencia de Carlos II, el último rey de los Austrias hispanos. El conflicto posicionó en bandos contrapuestos a Madrid y Barcelona. Mientras que la capital apoyó al rey Felipe V de Borbón, Barcelona respaldó al pretendiente, el Archiduque Carlos de Austria.
Con el Tratado de Utrecht de 1713, se daría fin a la guerra y se reafirmaría a Felipe V como rey de España (aunque Barcelona continuó su lucha hasta 1714). La dinastía, de origen francés, establecería nuevas referencias mirando a Europa como modelo, y particularmente a Francia y a Italia, que irían marcando la evolución de gustos y costumbres.
El siglo XVIII presenta dos mitades diferenciables, tanto política como artísticamente. Durante la primera, se asentaría una nueva forma de monarquía, absoluta, centralista y uniformadora, en la que las ciudades asistieron a la culminación del barroco (pasando de un estilo autóctono a otro internacional); mientras que en la segunda  se daría paso a un periodo ilustrado, caracterizado por un despotismo reformista del que derivó un intenso proceso de recualificación y embellecimiento urbano siguiendo los cánones neoclásicos de corte académico.
Vamos a aproximarnos a ese primer periodo de la centuria para descubrir como Madrid fue distinguido por su apoyo a la causa felipista, recibiendo actuaciones para mejorar su representatividad como ciudad principal del país (destacando la construcción del nuevo Palacio Real); mientras que Barcelona tuvo que afrontar las consecuencias de su deslealtad al rey Borbón y fue convertida en una “plaza fuerte” sometida a la autoridad militar (identificada con la traumática creación de la Ciudadela).

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Los inicios de la transformación borbónica (mirando hacia las grandes capitales centroeuropeas).
En 1700, el rey de España Carlos II murió sin descendencia, testando a favor de su sobrino-nieto (y también nieto de Luis XIV de Francia) Felipe de Anjou, quien se coronó como Felipe V. Pero varias potencias europeas, con Austria a la cabeza, no estuvieron de acuerdo con esa transición (por el temor a que se creara un imperio hispano-francés) y reclamaron los derechos dinásticos del entonces Archiduque Carlos de Austria. Con ello se inició la Guerra de Sucesión española que se prolongaría durante más de un década.
En realidad, la guerra fue una confrontación que ocultaba dobles fondos. En primer lugar se disputaba la primacía en el escenario político internacional. Con una España en franca decadencia pero que mantenía importantes posesiones en Europa, Francia y el Sacro Imperio Romano-Germánico pugnaban por la hegemonía continental y ambos querían evitar que se convirtiera en un apoyo trascendental para el rival. En este enfrentamiento, Inglaterra y los Países Bajos, con importantes intereses coloniales que competían con el imperio español, ejercieron una decisiva influencia en el desarrollo del conflicto.
La guerra, que había comenzado en tierras italianas y flamencas, acabó llegando a la península, sacando a la luz conflictos larvados desde tiempo atrás que transformaron la lucha dinástica en una guerra civil, en la que las banderas de la lucha por las libertades políticas ocultaban un complejo entramado de resentimientos históricos, rivalidades locales, enfrentamientos sociales, incomprensiones religiosas o tensiones económicas entre el centro y las ciudades periféricas. Tras unos inicios con muchas alternativas, España quedó dividida entre la antigua Corona de Castilla que se mantuvo fiel al rey Felipe V y los territorios que habían conformado la Corona de Aragón (Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares) que se alinearon con el Archiduque Carlos (al que llegaron a coronar como nuevo rey Carlos III).
El caso catalán es paradigmático del enrevesado conflicto. John Lynch, el hispanista británico, apunta en su “Historia de España” que “la rebelión catalana de 1705 no fue espontánea ni popular en su origen, sino que expresaba los objetivos políticos de la clase dirigente” que buscaba “una reorientación del comercio catalán, que tenía que apartarse de los mercados tradicionales del Mediterráneo para dirigirse hacia América”. Los dos bandos en lucha realizaron propuestas a los catalanes. En concreto, Felipe V firmó la constitución catalana en las Cortes de 1701, prometiendo “la confirmación de los privilegios, un puerto libre, la reforma de los impuestos, una compañía marítima y el acceso directo al comercio de las Indias”. Pero los catalanes desconfiaban de los franceses (tenían malas experiencias como la todavía reciente Guerra dels Segadors) y prefirieron las garantías ofrecidas por el ejército austriaco y la flota inglesa. Con los británicos firmaron un acuerdo que permitiría a los catalanes la exportación directa a América y a los ingleses la ruptura del monopolio hispano-francés del comercio indiano. Por eso, la posición catalana “no fue la mera defensa de los fueros, sino que estaba dirigida a servir a los intereses de la élite comerciante catalana, deseosa de promover Barcelona como la capital de los negocios de España, un centro de comercio libre, una nueva metrópoli de comercio colonial y de iniciativas económicas. No trataban de conseguir la secesión de Cataluña ni el desmembramiento de España; al contrario, luchaban por incorporar el modelo catalán en una España unida y liberada del dominio de Francia”. Complementariamente, conforme la posición catalana basculaba hacia la candidatura del Archiduque Carlos, la represión ejercida contra las personas que apoyaban al pretendiente, ayudó a la declaración definitiva de la oposición a los borbones.
La Guerra de Sucesión, desarrollo en Europa y España.
Con una Castilla fiel y una Cataluña hostil al rey Borbón, Madrid y Barcelona apoyaron candidatos diferentes y el resultado de la contienda tendría consecuencias muy distintas para cada ciudad.
En 1711 el Archiduque Carlos que dirigía desde Barcelona a sus ejércitos, se convirtió en Carlos VI, el nuevo emperador del Imperio Sacro Romano Germánico. Y aunque su partida hacia Viena no significó su renuncia a la corona española (de hecho la emperatriz permaneció en Barcelona como regente), la causa austracista sufrió un duro revés. Entonces, como prevención ante una unión que reconstituyera el antiguo imperio hispano-germánico de Carlos I, británicos y holandeses bascularon su apoyo hacia la causa francesa, inclinando la balanza definitivamente en favor de Felipe V. Desde ese momento, británicos y franceses negociaron los acuerdos de paz que compondrían el Tratado de Utrecht que se firmó en 1713 asignando la corona para la nueva dinastía borbónica (que hubo de renunciar expresamente a cualquier posible unión con Francia). Pero el conflicto no terminaría hasta 1714 debido al desacuerdo con los términos del Tratado que mantuvo Cataluña (Barcelona principalmente). La ciudad de Barcelona fue el último reducto de la causa de los Austrias o mejor dicho, de la causa antiborbónica.
Conforme iba conquistando territorios, el rey dictaba los Decretos de Nueva Planta que abolían las cortes y leyes particulares de los territorios históricos que se le habían enfrentado (Valencia y Aragón en 1707, Mallorca en 1715 y para terminar, Cataluña en 1716). España se transformaba así en un estado centralizado en la línea del absolutismo francés, aunque resulta llamativo que algunos territorios, como el antiguo reino de Navarra o el País Vasco, gracias a su apoyo a Felipe V fueran recompensados con el mantenimiento de sus fueros y privilegios (también llamados derechos históricos).
Así pues, el 11 de septiembre de 1714 se produjo el asalto final a Barcelona y la ciudad capituló ante el ejército borbónico. Sorprendentemente, Barcelona (y Cataluña) celebran su fiesta principal en esa fecha, recordando esa derrota (cuando lo habitual en el resto del mundo es conmemorar gestas victoriosas). Pero esa rendición ha sido mitificada como el símbolo de una libertad arrebatada.
El afianzamiento de la monarquía borbónica dio inicio a una importante transformación de España. Por eso, para muchos historiadores el verdadero comienzo del siglo XVIII se produce tras el final de la Guerra de Sucesión. A los trascendentales cambios políticos, como el absolutismo centralista, la reestructuración territorial del país o la reforma de la Administración general, se sumaría la evolución cultural y artística que comenzó a mirar hacia Europa por influencia de los nuevos reyes y particularmente a Francia (el origen del Felipe V) y hacia Italia (patria de la reina Isabel de Farnesio, segunda esposa del rey). Las formas europeas se convertirían en el modelo referencial para la los gustos y costumbres que se manifestaron tanto en la artes (desde el barroco internacional, al rococó y posteriormente la neoclasicismo) como en la aparición de una élite intelectual que bebía de las fuentes de la incipiente Ilustración europea.

En ese contexto de los primeros borbones, Madrid y Barcelona afrontaron su futuro desde claves bien diferentes, consecuencia del distinto posicionamiento de las dos ciudades en el conflicto sucesorio.
Madrid gracias a su apoyo a la causa borbónica saldrá reforzado. La capital, que había decepcionado a los nuevos reyes, acostumbrados al esplendor de las grandes cortes europeas, sería distinguida con una serie de intervenciones dirigidas a mejorar su representatividad como ciudad principal del país. Entre ellas destacó la construcción del nuevo Palacio Real que, además, ofrecía un mensaje subliminal acerca del cambio de rumbo que se iniciaba con la dinastía borbónica.
En cambio, Barcelona sería sancionada por su enemistad ante el nuevo rey y las condiciones de la rendición fueron duras. La ciudad perdió sus instituciones de gobierno autónomo y fue transformada en una “plaza fuerte” gobernada por una autoridad militar con el objetivo de servir de base para las campañas italianas, aunque la presencia constante del ejército también evitaba la posibilidad de disturbios en una población insatisfecha. La Ciudadela, cuya construcción obligó al derribo de una parte importante del populoso Barrio de la Ribera, se convirtió en un símbolo ominoso.

Madrid según el plano de 1705 realizado por Nicolas de Fer.
Madrid, estrategias para la representación.
La nueva casa real, educada en Versalles y admiradora de la magnificencia de los grandes palacios centroeuropeos, encontró en Madrid una ciudad que no estaba a la altura de aquellas esplendorosas construcciones. Por eso, la estrategia para Madrid pretendía mejorar su representación como capital. Pero la inestabilidad política del primer quincenio del siglo no permitió la realización de proyectos de importancia.
Los reyes se sentían muy ajenos al gusto hispano y por eso buscaron introducir aires renovadores que, de paso, hicieran olvidar la imagen de los Austrias. No obstante esta transición no será inmediata ya que durante las primeras décadas todavía brillaría el barroco castizo español, aunque iría declinando paulatinamente ante el barroco más internacional, afrancesado e italiano, traído por los artistas que eran llamados a Madrid.
Felipe V añoraba Versalles y, por eso, entre sus primeras actuaciones se encuentra la creación de una residencia real sintonizada con sus recuerdos. Los Austrias disponían de varias residencias temporales (como el Palacio del Buen Retiro o el Palacio de Aranjuez) pero éstos no se adecuaban a los deseos del nuevo rey.  Por eso se iniciaría la construcción del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, en Segovia, siguiendo la línea francesa de palacios cortesanos, algo apartados de la capital, que respondían a intervenciones escenográficas de arquitectura y paisaje (influidos por Versalles y las Residenzstadt  alemanas). Las obras comenzaron en 1721 transformando una antigua hospedería como palacio de verano. El proyecto inicial correspondió a Teodoro  de Ardemans aunque irían incorporándose posteriormente arquitectos europeos como el italiano Filipo Juvara que diseñaría la fachada del jardín principal o el francés René Carlier que trazó los jardines siguiendo el estilo versallesco.
Palacio Real de la Granja de San Ildefonso (Teodoro de Ardemans, Filipo Juvara, Juan Bautista Sachetti, 1721-1741)
En esa línea, su sucesor Fernando VI impulsaría en 1750 la remodelación y ampliación del Palacio Real de Aranjuez (que había sido proyectado por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera para Felipe II). La transformación sería proyectada por Giacomo (Santiago) Bonavía, otro de los arquitectos italianos llegados a Madrid, que construiría también la iglesia de los Santos Justo y Pastor (Basílica Pontificia de San Miguel) entre 1739 y 1745.
Pero en aquel Madrid de principios del siglo XVIII, la delicada situación económica que prosiguió al cierre de las hostilidades sucesorias redujo el impulso renovador. Pero, aún con todo, Madrid vio levantar nuevas edificaciones que pretendían suplir las carencias institucionales detectadas. No obstante las intervenciones fueron discretas, la mayoría de renovación arquitectónica. Las que no se emprendieron fueron las muy necesarias reformas urbanas, que quedarían pendientes para el futuro.
Los primeros años de la posguerra, concretamente entre 1715 y 1729, coincidieron con la presencia del primer Marqués de Vadillo como corregidor de la Villa (el nombre que recibía entonces el alcalde del municipio) y durante ese periodo se mantendrían las esencias del barroco casticista español.  El gran arquitecto del momento, apoyado por el Marqués a pesar de la predilección del monarca por las corrientes europeas, fue Pedro de Ribera (1681-1742) quien proyectó alguno de los edificios más representativos de la capital.  Ribera había sido discípulo de José Benito de Churriguera y de Teodoro de Ardemans, a quien sucedió tras su fallecimiento en 1726 como Maestro Mayor de Obras de Madrid.
Madrid. Real Hospicio de San Fernando, hoy Museo de Historia de Madrid (Pedro de Ribera, 1721-1726)
De la mano de Ribera salieron obras tan significativas como la ermita de la Virgen del Puerto (1716-1718), el Cuartel del Conde Duque para la Guardia de Corps (1717-1736), el  Puente de Toledo (1718-1732), el Real Hospicio de Madrid (1721-1726, actual Museo de Historia de la ciudad), el desaparecido Real Seminario de Nobles (finalizado en 1725), la primera Puerta de San Vicente (1726-27, aunque luego sería replanteada por Sabatini) o la popular Fuente de la Fama (1738-1742, hoy ubicada en los Jardines del Arquitecto Ribera). Ribera construyó igualmente diversos palacios para la nobleza como los de Torrecilla (1716-1731), de Santoña (1730-1734), del Marqués de Miraflores (1731-1732) o el Palacio del Marqués de Perales (1732).
Pero un hecho trascendental para la ciudad permitiría la evolución hacia el barroco internacional deseado por el monarca: el edifico principal de Madrid, el Alcázar de los Austrias quedaría destruido por un incendio en 1734 y en su lugar se construiría el nuevo Palacio Real. Así pues, la desaparición del vetusto castillo de los Austrias, mil veces reformado pero siempre incómodo, frío y poco representativo, abrió una oportunidad para la monarquía borbónica. El viejo símbolo de la realeza anterior podría ser sustituido por un nuevo edificio, magnífico y representativo, en la línea de los grandes palacios reales europeos y, al mismo tiempo, trasladaría a la población el mensaje del cambio: la época de los Austrias quedaba definitivamente atrás.
Madrid. Palacio Real (Filipo Juvara y Juan Bautista Sachetti, 1738–1764)
Además, la construcción del nuevo Palacio Real propiciaría una segunda etapa barroca dominada por las tendencias europeizantes y la introducción del clasicismo. Para abordar tan magna obra, se llamó al gran arquitecto Filipo Juvara (1678-1736) que había destacado en Turín, iniciando con ello la influencia italiana en la ciudad. Juvara concibió un edificio colosal sugiriendo una ubicación diferente, cuestión que no convenció a los reyes. La decisión final de construir la nueva residencia real sobre el mismo solar del desaparecido alcázar fue muy importante para Madrid ya que no modificó sus complejas dinámicas urbanas. La prematura muerte de Juvara hizo que su discípulo Giovanni Battista (o Juan Bautista) Sacchetti (1690-1764) proyectara el edificio definitivo en la ubicación del alcázar desaparecido y dirigiera las obras que comenzaron en 1738. La construcción se concluyó en 1764, siendo Carlos III el primer rey en habitarlo (Fernando VI, cuando estaba en Madrid, tuvo que residir en el Palacio del Buen Retiro).
Desde entonces, los primeros reyes borbones, tanto Felipe V como luego Fernando VI,  atrajeron a España (a Madrid principalmente) a numerosos artistas extranjeros que, como se ha comentado, procederán fundamentalmente de Francia e Italia. Pero también, con el apoyo de la recién creada Academia de Bellas Artes, arquitectos españoles viajarán a estos países para completar su periodo formativo.
Entre los españoles destacó Ventura Rodríguez (1717-1785), otra de las figuras señeras de la arquitectura española del siglo XVIII.  Se le considera, junto a Diego de Villanueva, el arquitecto que realizó la transición entre el barroco y el neoclasicismo que se consolidará en la segunda mitad del siglo. Ventura Rodriguez había sido discípulo de Juvara y de Sacchetti, alcanzando renombre con la iglesia parroquial de San Marcos (1749-1753). Pero la llegada del rey Carlos III supondría su apartamiento de la primera línea, ya que el nuevo monarca nombró Maestro Mayor de las Obras Reales al italiano Francesco Sabatini. Ventura Rodríguez continuaría su actuación en Madrid con ejemplos no institucionales como el Palacio de Liria (1770) o el Palacio de Altamira (1773-1775) y sobre todo en el resto de España con obras como la Capilla de la Virgen en la Basílica del Pilar de Zaragoza (1750-1765) o la fachada de la Catedral de Pamplona (1783).
Madrid. Iglesia de San Marcos (Ventura Rodriguez, 1749-1753)
Durante este segundo periodo internacionalizado de la arquitectura madrileña se construyeron edificios como el Teatro de los Caños del Peral del italiano Virgilio Rabaglio (en el solar del actual Teatro Real), el Teatro del Príncipe, de Juan Bautista Sacchetti y Ventura Rodríguez (1735-1745, que muy reformado en el siglo XIX se convertiría en el actual Teatro Español) o el Convento de las Salesas de François Carlier y Francisco Moradillo (1750–1758),
Madrid. Iglesia del Convento de las Salesas (François Carlier y Francisco Moradillo, 1750–1758)
Como hemos adelantado, un hecho trascendente fue la fundación en 1752 por parte de Fernando VI de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde esta institución se promovería el academicismo y el arte neoclásico y, además, se convertiría en la primera institución docente que regularía los estudios artísticos, superando el modelo anterior de aprendizaje en los talleres de los artistas. En esta línea, sería la primera institución dedicada a la formación de arquitectos en España desde 1757. La Academia impartió los estudios y expidió títulos de arquitecto hasta 1847 cuando se creó el Estudio Especial de Arquitectura, que evolucionaría hasta convertirse en la actual Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM). La primera ubicación de la academia fue la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor, manteniéndose en los bajos de este edificio hasta 1774 cuando se trasladaría a su ubicación actual (el Palacio de Goyeneche que sería profundamente transformado). La Academia sería responsable del nuevo rumbo, hacia el neoclasicismo, que tomaría la arquitectura española en el periodo ilustrado.
Madrid según el Plano de 1761 realizado por Nicolas Chalmandrier.

Barcelona hacia 1715.
Barcelona con los primeros Borbones: “plaza fuerte” militar.
El Tratado de Utrecht no había satisfecho las pretensiones del rey Felipe V, particularmente la reasignación de los territorios italianos. Su reivindicación acabaría en una nueva guerra contra la denominada “cuádruple alianza” (1717-1721). Barcelona, “conquistada” en 1714, reunía las condiciones ideales como base de partida para la defensa de los intereses mediterráneos de la corona, y el rey Felipe V la convirtió en una “plaza fuerte” militar (seguramente en la decisión también influyó el hecho de que la presencia del ejército permitiría controlar a una población que se había mostrado muy hostil a la causa borbónica).
Así pues, desde entonces Barcelona estaría gobernada por un Capital General que tendría las principales atribuciones y, entre ellas, se encontraban las urbanísticas. No obstante, se mantuvo una administración civil municipal, aunque su papel de gestores quedaba totalmente subordinado a las decisiones de la autoridad militar.
Por estas razones, las intervenciones en la ciudad durante la primera parte del siglo XVIII serían fundamentalmente obras de carácter castrense, comenzando por la Ciudadela y siguiendo por la reconversión de algunos edificios en cuarteles. La propia construcción del barrio de la Barceloneta fue promovida por instancias militares y ejecutada por ingenieros del ejército. No obstante, debe reconocerse que, en aquella época, el Cuerpo de Ingenieros Militares era quizá el colectivo técnico mejor capacitado para dar respuesta tanto a las políticas de obras públicas como a las urbanísticas. Pero los ingenieros militares, aunque influidos por los estilos imperantes, se mostraban más interesados en la eficacia funcional y por eso, durante esas primeras décadas del siglo, Barcelona quedó un tanto al margen del debate sobre las corrientes artísticas del momento.
La tutela militar de Barcelona condicionaría su desarrollo al limitar su crecimiento al interior de las murallas dado que no se podía ocupar el llano perimetral por cuestiones de seguridad. Pero esa reserva exterior, que causó una densidad extraordinaria en la ciudad, tendría su efecto positivo al facilitar mucho el desarrollo del Eixample decimonónico. Las restricciones asociadas a la “plaza fuerte” se prolongarían hasta que en 1858 el gobierno español trasladó la responsabilidad urbanística al Ministerio de Fomento.
No obstante, si la situación política suponía un retroceso frente al panorama anterior, el contexto económico evolucionó muy favorablemente, superando rápidamente la crisis. Las grandes obras que se realizaron en la ciudad (comenzando por la propia Ciudadela) o el hecho de ser el punto de partida de las campañas militares italianas fueron un elemento de atracción para la inmigración y Barcelona asistió a un crecimiento vertiginoso durante el siglo, pasando de los aproximadamente 40.000 a principios de siglo a los 112.000 de 1790. Paradójicamente, la anulación de la autonomía impuesta por Felipe V colaboró para la desaparición de los corporativismos ancestrales y favoreció una transformación social que propiciaría la reestructuración económica de la ciudad. Barcelona asistiría a una reactivación que modernizaría su sistema productivo. Con ello, pasó casi inadvertidamente de un sistema más o menos feudal a una economía industrial. La posterior incorporación al comercio colonial atlántico especializó a la ciudad en una serie de productos como por ejemplo el textil, el papel o el aguardiente que la impulsarían hacia un periodo de gran prosperidad.
En las primeras décadas del siglo XVIII, la ciudad todavía presentaba un fuerte desequilibrio respecto a la ocupación de su espacio: el casco antiguo estaba muy colmatado mientras que el Raval continuaba muy despoblado. Dada la prohibición de desarrollos extramuros (con la única excepción de la Barceloneta), el Raval sería el soporte del crecimiento de Barcelona durante muchos años.
La construcción de la Ciudadela.
El primer hecho que confirmaba la conversión en “plaza fuerte” de la ciudad fue el refuerzo de su sistema defensivo y la pieza más relevante del mismo fue la gran Ciudadela, que sería complementada por otras actuaciones como la remodelación del castillo de Montjuïc o fuertes periféricos como el Fort Pius y el Fort de Sant Carles. 
La construcción de la Ciudadela y sus zonas de seguridad supusieron el derribo de una buena parte del barrio de la Ribera.
El proyecto fue encomendado a Joris Prosper Verboom (españolizado como Próspero de Verboom), ingeniero militar de origen flamenco que había sido discípulo de Vauban, el gran maestro francés en el diseño de fortificaciones. Las obras de la Ciudadela comenzaron inmediatamente, en 1715. La ubicación escogida requirió el derribo de gran parte del Barrio de la Ribera, la zona más densamente poblada de la ciudad por su cercanía al puerto. El trauma fue enorme, se derribaron más de 1.200 casas y sus propietarios no recibieron indemnización alguna alegando “derechos de conquista”. También fueron demolidos los conventos de San Agustín y Santa Clara, y fue necesario el desvío del Rec Comtal, uno de los canales que suministraba agua a la ciudad.
La Ciudadela era una construcción pentagonal compuesta por cinco baluartes  en forma de punta de lanza (de la Reina, del Rey, del Príncipe, de Don Felipe y de Don Fernando) que ocupaba algo más de 60 hectáreas y alojaba a unos 8.000 soldados. La fortificación se rodeó de un foso que se acompañaba además de un talud de protección. Asimismo, el uso militar exigía la eliminación de cualquier obstáculo que pudiera perjudicar la cobertura visual en su entorno próximo, por lo que se habilitó una gran explanada vacía perimetral. En su interior se levantaron diferentes edificaciones como el Palacio del Gobernador, un hospital, una cárcel, una capilla, el arsenal y diversos almacenes. Estos edificios fueron los primeros en renovar el lenguaje arquitectónico de la ciudad, el barroco académico y el clasicismo francés entraron por primera vez en la ciudad de la mano del también ingeniero militar Alexandre de Retz. Las obras fueron concluidas en 1725.
Barcelona hacia 1740. Detalle de la zona del Puerto con la Ciudadela ya construida.
La Ciudadela existiría hasta la revolución de 1868, fecha en la que se inició el derribo del odiado símbolo (hubo un primer intento en 1841 pero no logró su objetivo). Sobre su solar se celebró la Exposición Universal de 1888 y, gracias a esta elección, aquel espacio baldío fue recuperado como parque para Barcelona (el Parque de la Ciudadela).
Solamente se mantienen en su interior tres edificios originales aunque remodelados: la capilla, que es la actual parroquia castrense;  el Palacio del Gobernador, reconvertido en el instituto de enseñanza  IES Verdaguer; y el arsenal, que tras varios destinos se reformó como Parlamento de Cataluña en 1977.
La Barceloneta, una experiencia ilustrada.
La destrucción de una parte muy considerable del populoso Barrio de la Ribera para la construcción de la Ciudadela creó un grave problema residencial y social. La expulsión forzada de la población del barrio dejó en la calle a numerosas familias, puesto que no pudieron acceder a viviendas dentro de la ciudad (no habían recibido ninguna compensación). Por eso se acabaron instalando en barracas provisionales en el terreno triangular extramuros que formaba el puerto y que había ido surgiendo con la sedimentación, apoyada en la antigua isla de Maians (que quedó unida a tierra firme) y al espigón (que iba siendo prolongado sucesivamente). Allí se formó ese espacio tan característico triangular sobre el que los habitantes expulsados de la Ribera fueron colocando sus chabolas. Con el tiempo surgió un auténtico barrio de infravivienda con unas condiciones pésimas y que se convirtió en una de las zonas más conflictivas de la ciudad.  
El riesgo de incendio de las humildes edificaciones, que solían ser de madera, sumado a los continuos alborotos, llevó a las autoridades a plantear su sustitución. Próspero de Verboom planificó en 1719 un nuevo barrio en ese mismo lugar para dar solución al problema, pero la guerra de la “cuádruple alianza” aplazó su comienzo y el proyecto acabaría siendo olvidado durante varias décadas.
La situación del barrio iría agravándose hasta que una generación después, en 1752, el II Marqués de la Mina, Miguel de Guzmán-Dávalos, entonces Capitán General de Cataluña, decidió derribar ese barrio de chabolas, caótico y conflictivo, para edificar uno nuevo que reuniera las condiciones de habitabilidad suficientes y permitiera a la vez racionalizar el puerto y la edificación de varias instalaciones militares. El Marqués era un experto  en organización de campamentos militares y puso al frente del proyecto al ingeniero militar Juan Martín Cermeño. Se construyó entre 1753 y 1775, proporcionando realojo a los habitantes de la Ribera y vivienda a una clase media-baja formada principalmente por trabajadores del puerto, marineros y pescadores a la que también se incorporó la “mano de obra” llegada a Barcelona con la primera industrialización.
Barcelona en 1767, detalle del Puerto y del barrio de la Barceloneta.
El nuevo barrio sería conocido como la Barceloneta (la pequeña Barcelona) y aunque su realización efectiva coincidió con el periodo ilustrado, su razón de ser se encontraba en aquellos primeros años de la ciudad borbónica. La Barceloneta, como muchas de las nuevas poblaciones fundadas durante la Ilustración (particularmente las desarrolladas en Andalucía y Sierra Morena, como La Carolina, Guarromán o La Carlota entre otras), presenta un trazado inspirado en el de los castros o campamentos militares y se convertiría en una de las experiencias urbanísticas más interesantes del siglo XVIII.
El nuevo barrio se conformó siguiendo el modelo descrito en los tratados de castramentación, que ofrecían ejemplos de campamentos militares, disponiendo hileras paralelas de casas que se adosaban formando manzanas largas y estrechas (en proporción 1 a 10) que se complementaban con otras que giraban noventa grados para dar fachadas  continuas a las plazas interiores.
Ortofoto del estado actual del barrio de la Barceloneta.
El plan original plantea unas manzanas con una anchura de 10 varas (8,4 metros) y 100 de largo (casi noventa metros) que se situaban paralelas al puerto. La sucesión de estas manzanas daba lugar a 15 calles de 8 varas de anchura (6,7 metros). Transversalmente se proyectaron 3 calles de 9 varas de anchura (7,5 metros). Se ubicaron dos plazas públicas una abierta al puerto delante de la iglesia de San Miguel del Puerto (la actual Plaza de la Barceloneta, aunque ya no esté abierta al mar) y otra detrás del templo (la antigua Plaza de los Boteros que acabó acogiendo el mercado municipal, edificio renovado radicalmente en 2007 por MiAS Arquitectes). Igualmente se proyectaron dos cuarteles (hoy desaparecidos): uno de infantería (que ocupaba el solar del actual grupo de viviendas para pescadores Almirante Cervera diseñado por José Antonio Coderch en 1951) y otro de caballería (en la actual plaza del Poeta Boscà). Parece que el conjunto original debía formar un cuadrado, aunque no se puede confirmar por haberse perdido el plano original. No obstante sus límites podrían ser el Paseo de Joan de Borbó, calle Ginebra, calle Giner y Partagás y calle Sant Carles. En cualquier caso, la delimitación inicial fue superada prolongándose hasta ocupar la totalidad del terreno triangular disponible.
Casa del Porrón, testimonio de las viviendas originales de la Barceloneta (en la calle Sant Carles, con vuelta a las calles Sant Elm y San Miguel)  y evolución genérica de las viviendas del barrio que acabó densificado.
Las manzanas se dividían interiormente en solares iguales: cuadrados de 10 varas (8,4 metros) de lado que ofrecían una superficie de 70,5 metros cuadrados. Sobre cada solar se edificaba una casa unifamiliar entre medianeras y sin patio interior ya que las viviendas, dada su anchura, presentaban doble orientación. Las casas eran de planta baja y primer piso y sus fachadas ofrecían una gran uniformidad. La realidad actual es otra bien diferente ya que el incremento de alturas y la agregación de solares han desfigurado totalmente las intenciones originales.
La Barceloneta, aunque con importantes modificaciones respecto a los planteamientos iniciales, se convirtió en una zona con una fuerte personalidad urbana (es uno de los cuatro barrios históricos en los que se divide administrativamente la Ciutat Vella). El estado del barrio fue degradándose con el tiempo hasta que las actuaciones de finales del siglo XX lo fueron rehabilitando.
Barcelona, 1787.


Hacia mediados del siglo XVIII, España inició un ciclo de expansión económica que se vio reflejado en sus dos ciudades principales. En ese contexto favorable y bajo las directrices del Despotismo Ilustrado de Carlos III, se desarrollarán en Madrid y Barcelona estrategias de “embellecimiento” urbano concretadas en intervenciones en el espacio público y en la construcción de nuevos y representativos edificios públicos. 

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