4 abr. 2015

Miami, o cómo fabricar glamour urbano a través de la televisión.

Downtown de Miami.
Hay un selecto grupo de ciudades que pueden presumir de poseer “glamour”, esa etérea noción que refuerza considerablemente la identidad urbana. El glamour urbano nos lleva a identificar una ciudad (o parte de ella) con valores relacionados con la belleza, la elegancia, la exclusividad, el lujo, e incluso una cierta felicidad impostada. Pero ese glamour no reside tanto en las características físicas de la ciudad, sino en la interpretación de las mismas y en su fabulación a través de una narrativa particular, realizada por la historia, por la literatura, por las revistas de moda, por el cine o por la televisión, que se instala en nuestras mentes.
Una de esas ciudades privilegiadas es Miami, la capital de la Florida estadounidense. Cuando a principios de la década de 1980, la ciudad atravesaba uno de los peores momentos de su historia, estando catalogada como la zona más violenta de los Estados Unidos, se lanzó una serie de televisión (Miami Vice) que transmitía unos mensajes que ayudaron a rescatar el “glamour” perdido por esa ciudad, que había sido uno de los principales destinos turísticos de alto nivel de la primera mitad del siglo XX.
En un apéndice final nos acercaremos a dos parejas de arquitectos cuyas aportaciones fueron significativas en la definición de la nueva identidad de Miami y Florida. Aunque comenzaron juntas, pronto iniciarían sus propios caminos. La primera con la firma Arquitectonica y sus rascacielos (como el Atlantis, que se convirtió en un icono de la ciudad por su presencia en los títulos de crédito de la serie televisiva), y la segunda desde su empresa DPZ creando comunidades como Seaside, con la que iniciarían el movimiento del New Urbanism, de amplia repercusión internacional.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
El “glamour” urbano como identidad mediatizada.

 “Pocos ven lo que somos,
pero todos ven lo que aparentamos”.
Nicolás Maquiavelo

Dentro de la poliédrica complejidad de la noción de identidad, encontramos la idea de glamour como una de sus facetas más comprometidas. Este es un término de significado etéreo y esquivo, porque no se fundamenta en consideraciones objetivas. Es difícil definir el glamour más allá de vincularlo a una serie de valores relacionados con la belleza, la elegancia, la exclusividad, el lujo, e incluso una cierta felicidad impostada. Habitualmente lo atribuimos a personas, por lo general “famosos” pertenecientes a una imprecisa socialité internacional, siempre cosmopolitas y relacionados con el mundo de la moda, o del cine, o de la nobleza, o de la riqueza. Pero también suele asignarse a escenarios concretos que resultarían glamurosos. Ciertas ciudades (o barrios de las mismas) llevan asociados algunos de esos componentes (seguramente difuminados en la realidad) pero que se encuentran nítidamente fijados en nuestra cabeza. París, Milán, Mónaco, Londres, Los Angeles, Nueva York, o al menos partes de ellas, responderían a esas claves abstractas que sustentan el glamour.
El glamour es una impresión subjetiva pero no individual, aunque pueda resultar paradójico. Es subjetiva porque expresa aspectos interpretables y porque depende de nuestra relación particular con los mitos (sean personas o espacios). No es individual porque no procede de primera mano (los mitos solo se construyen desde la distancia) sino que son informaciones preestablecidas recibidas por el colectivo, que son aceptadas  y compartidas.
El hecho de que haya una elaboración indirecta indica que el glamour puede “fabricarse” (aunque esto no resulte ni sencillo ni rápido). Esto es así porque en realidad no emerge de las características físicas del espacio ni de la esencia de las personas, sino de una sutil conjunción interesada que suele aprovecharse de nuestros deseos y aspiraciones de personas comunes. En el caso de las ciudades, el glamour es el resultado de una “narración”, generalmente orientada, que fabula sobre el espacio y sus residentes y que se expande a través de los medios, hasta llegar a establecerse en nuestro cerebro. Ese relato generador de glamour tiene orígenes muy variados que suelen complementarse, desde la historia, la literatura o también desde las revistas de moda, el cine o la televisión. Es una construcción social de la realidad, o de una realidad particular que suele generar una identidad poderosa. Es en definitiva, una “identidad mediática” y una “identidad mediatizada”: no percibimos esa “aureola mágica” (o mítica) sin conocer previamente la información que la envuelve, las ficciones que la acompañan, la admiración que despierta. Es entonces cuando nuestra percepción condicionada es capaz de captar el mensaje del glamour.
Existe un proverbio que afirma que “lo importante no es ganar la batalla sino ser amigo del cronista”, lo que sugiere que lo trascendental es construir un discurso que, apoyado en ciertos ingredientes reales, incorpore una dimensión fantástica al espacio (o a acontecimientos, o a personas). Así se adquiere ese “halo mítico”. Pero también dice otro proverbio que “nadie es un gran hombre para su mayordomo”, lo cual indica la necesaria distancia entre el admirador y el admirado. No es fácil que una persona advierta en la ciudad en la que vive, embarcado en la poco fascinante cotidianeidad, los encantos que seducen sin remisión al visitante.
En definitiva, la identidad, en estos casos, no se crea a partir de una realidad sino a partir de la explicación de la misma. Da igual que sea parcial o que esté idealizada. Si está firmemente enraizada en nuestra cabeza, el contacto con ese escenario (o la mera posibilidad de coincidir con alguno de sus protagonistas) convierte la experiencia en algo maravilloso que habitará en nuestra memoria para siempre.

Hay un selecto grupo de ciudades que pueden presumir de glamour. Miami es una de esas ciudades que ha logrado construirse un discurso glamuroso protagonizado por el sol y las playas, por el ocio y la diversión, por el dinero, el lujo y la prosperidad, creando un imaginario que ha sido proyectado al mundo en los últimos años.
Pero a principios de la década de 1980, la situación era muy diferente. Miami atravesaba un mal momento, quizá uno de los peores de su historia. La ciudad, que era el nexo de unión esencial entre las dos Américas, era también el centro de operaciones de las mafias del narcotráfico. Miami era la puerta de entrada de la droga y el punto habitual para el blanqueo de dinero. El tráfico de cocaína y las tensiones raciales alimentaban una criminalidad que asolaba la ciudad. Se producían ajustes de cuentas en cualquier momento y lugar (como el ocurrido en 1979 en el centro comercial Dealand Mall) lo que llevó a escandalosas cifras de muertes violentas (sólo en 1984 se registraron 480). En consecuencia, aquel atractivo destino turístico de la primera mitad del siglo XX, se fue degradando hasta convertirse, según el FBI, en la zona metropolitana más violenta de los Estados Unidos.
Imagen promocional de la serie Miami Vice, con sus particulares detectives.
Fue en ese contexto cuando, en 1984, apareció en las pantallas de todo el mundo la serie de televisión Miami Vice (Corrupción en Miami, según la traducción española). En ella, una singular pareja de policías, que vestían de una forma particular (creando tendencia en la moda), viajaban en coches deportivos y nunca perdían la compostura,  irrumpió en los hogares portando el mensaje de la nueva Miami. Los títulos de crédito mostraban a un ritmo vertiginoso y con una música trepidante (compuesta por Jan Hammer, el primer teclista de la Mahavishnu Orchestra de John McLaughlin) una ciudad de colores pastel, soleada, vibrante, con edificios modernos (como el Atlantis de Arquitectonica que se convirtió en un icono de la ciudad), bandadas de pelícanos, palmeras, sol, agua, windsurfistas, bellas jóvenes en bikini, jugadores de cesta punta, coches y caballos de carreras, lujo, playas o lanchas motoras a toda velocidad. La serie que duró hasta 1989 proyectaba una ciudad alejada de la sordidez que amenazaba su imagen. Desde luego Miami Vice, a pesar del trasfondo violento de las acciones protagonizadas por los dos detectives, mostraba una Miami diferente a la que un año atrás había mostrado Brian de Palma en su película Scarface (El Precio del Poder, en español, protagonizada por un inmenso Al Pacino dando vida al mafioso Tony Montana).
Imágenes que acompañaban a los títulos de crédito de la serie Miami Vice.
Años más tarde, entre 2002 y 2012 se lanzó otra serie importante en la proyección de la imagen de la ciudad: CSI Miami.  Esta serie derivaba de otra anterior localizada en Las Vegas y cuyo éxito animó a los productores a crear secuelas en otras ciudades (habría una tercera en Nueva York). En ella se mostraba el trabajo de la policía científica y su avanzado laboratorio técnico. La minuciosidad de los análisis forenses y la implacable persecución del delito que llevaban a  cabo el protagonista (el inefable teniente Horatio Caine) y su equipo, transmitían un mensaje de protección sin descanso. Las tramas reflejaban parte de la complejidad de la ciudad, de su actividad frenética y de su sofisticación, con un tratamiento audiovisual impactante, con imágenes fuertemente saturadas en naranja y unos exteriores que gravitaban entre entornos paradisíacos y arquitecturas ultramodernas.
El edificio Atlantis, obra de Arquitectonica, se convirtió en un icono del nuevo Miami, gracias a su aparición en la cabecera de la serie Miami Vice.
 Ciertamente, Miami ha visto descender sus índices de criminalidad (según los datos de la policía local en 2013 las muerte violentas fueron ochenta, cifra muy alejada de las que llegó a tener) pero muchas de sus contradicciones subyacen todavía. Miami, con la ayuda de relatos de ficción ha logrado superar el bache y convencer a todo el mundo de que es el lugar ideal para hacer negocios (el puente entre las dos Américas), el lugar imprescindible para que los artistas (principalmente de la música) penetren en el mercado norteamericano y dirijan su actividad iberoamericana, un destino vacacional atractivo por el sol y la naturaleza, el lugar de retiro ideal para una tercera edad enriquecida, etc. Miami ha logrado convertirse en la Riviera de América, en la que lujosos hoteles de formas sorprendentes para un turismo de alto nivel conviven con una intensa actividad económica que ejerce de pivote caribeño entre las dos Américas. Con todo Miami ha logrado ocultar bajo la alfombra las tensiones étnicas, los problemas con el narcotráfico, que siguen existiendo, y también partes de la ciudad que no corresponden con esa idílica imagen transmitida.

Miami, de humilde asentamiento a ciudad global en cien años.
La península de la Florida perteneció al imperio español hasta 1821, fecha en la que Estados Unidos se anexionó ese territorio. Su punta meridional, dominada por los humedales de los Everglades, estaba poco explorada y la colonización fue costosa ya que los norteamericanos tuvieron que librar muchas batallas con los nativos indios seminolas, que defendieron sus posiciones hasta 1842. Para afianzar la zona se construyó la guarnición militar Fort Dallas, en la desembocadura del rio Miami. A partir de la toma de control sobre la región, se instalaron los primeros colonos y se comenzó la planificación de una típica ciudad norteamericana, siguiendo el proceso determinado por la Land Ordinance de 1785 (que ya se describió en un artículo anterior de este blog). En 1845, Florida se convertiría en el estado número 27 de los Estados Unidos de América.
La planificación de Miami siguiendo la trama dictada desde la Land Ordinance. Plano de 1888.
No obstante, la futura Miami sería una comunidad rural hasta que, a finales del siglo XIX, recibió el impulso de terratenientes como Julia Tuttle o William Brickell y de empresarios como Henry Flagler. Flager (cofundador de la Standard Oil junto a John D. Rockefeller entre otros), había intuido el potencial turístico de la costa atlántica de Florida, construyendo en el norte del estado, en St. Augustine, el Hotel Ponce de León en 1888. En paralelo, facilitó el transporte hacia allí trazando una línea ferroviaria. El éxito de la iniciativa le animó a continuar con nuevos hoteles (como el desaparecido Royal Poinciana Hotel en Palm Beach) y a prolongar el recorrido del tren, que se convertiría en la Florida East Coast Railway.
Fue entonces cuando dos grandes propietarios de aquel modesto asentamiento existente junto a la desembocadura del rio Miami (que mantenía la denominación de Fort Dallas), los mencionados Tuttle y Brickell, vieron las posibilidades de negocio y concertaron con Flager la continuación del ferrocarril hasta sus terrenos, consiguiendo que el tren llegara a Biscayne Bay en 1896.
Ese mismo año, la ciudad, que contaba solamente con 502 residentes, obtendría el rango de municipio adquiriendo el nombre de Miami (tomándolo del rio, que a su vez se había inspirado en un topónimo indio). Flager se implicó a fondo en el desarrollo de la ciudad, construyendo calles, dotándola de servicios (agua y electricidad) e impulsando su potencial turístico con la construcción de nuevos balnearios y hoteles (como el exclusivo Royal Palm Hotel, también desaparecido). La llegada del ferrocarril, el estatus municipal y las inversiones realizadas darían inicio a un periodo de una prosperidad extraordinaria. En 1900 Miami contaba con 1.681 habitantes, en 1910 alcanzaba las 5.471 personas, en 1920 llegaba a 29.549 y en 1930 la población ya era de 110.637 residentes (en treinta años se había multiplicado casi por diez).
Comparación entre el Miami de 1919 (arriba) y el actual (ortofoto de google)
La década de 1920 lanzó definitivamente a Miami, que se convertiría en un destino turístico y de ocio de primer orden (al buen clima se le sumaba el hecho de que las autoridades permitieran el juego y fueran muy laxas con la prohibición sobre las bebidas alcohólicas). En esa década se creó una impresionante burbuja inmobiliaria que, inicialmente, generó un crecimiento espectacular de la ciudad, pero que acabaría estallando tras los huracanes de 1926 y 1928 y sobre todo con la Gran Depresión de 1929. Miami quedó arruinada y no se recuperaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, durante los años treinta se construiría uno de los conjuntos icónicos de la zona, el distrito Art-Déco de Miami Beach (que es un municipio distinto a Miami).
El distrito Art-Déco de Miami Beach es otro de los iconos de Miami.
La desembocadura del rio Miami en 1925.
Miami mantuvo el tipo durante la Segunda Guerra Mundial por el establecimiento en ella de un fuerte contingente militar que aprovechó sus instalaciones abandonadas y porque, tras la contienda, muchos de aquellos militares escogieron la ciudad como residencia. Entonces comenzó a florecer de nuevo (249.276 habitantes en 1950). Tras la Revolución de Cuba de 1959, muchos cubanos se trasladaron a Miami en una primera oleada de inmigración que transformaría la ciudad. A finales de la década de 1960, los exiliados cubanos instalados en el condado de Miami-Dade eran más de 400.000 y muchos de ellos lo hicieron en Miami, en un barrio que sería conocido desde entonces como Little Havana (Pequeña Habana).
Imagen de Belle Isle en los años sesenta.
Este hecho incrementó considerablemente el componente hispano de Miami, que seguiría aumentando aceleradamente. Solamente el llamado “éxodo de Mariel” de 1980 llevó de Cuba a Miami cerca de 125.000 personas (en su mayoría gente de pocos recursos). El porcentaje de población de origen hispano llegaría en el año 2010 al 70% de la población (mientras que en 1960 suponía solamente el 17,6%).
La desembocadura del rio Miami en la actualidad.
Vista sobre algunas de las islas artificiales creadas entre Miami y Miami Beach que alojan y sus mansiones.
La década de los años ochenta, como ya se ha comentado, fue la del incremento de la delincuencia vinculada al narcotráfico. Esto significaba una paradójica doble realidad producida por la mezcla de criminalidad y prosperidad. En esos años, la gran cantidad de dinero circulante y el blanqueo del mismo, hizo proliferar el mercado de viviendas y coches de lujo, los grandes desarrollos comerciales y hoteleros, y el lanzamiento de Miami como un gran centro financiero internacional, que se iría consolidando en las siguientes décadas (con el descenso de las actividades delictivas). Miami en la primera década del siglo XXI ha fortalecido su presencia como ciudad global, un punto nodal económico y de la cultura. Y también ha transformado su aspecto (al menos el del Downtown) gracias al impresionante auge de la construcción de rascacielos (hasta el punto de hablarse de una “Miami manhatanization” debido a la construcción, durante esos años, de muchos de los edificios más altos de la ciudad).
Izquierda, el condado de Miami-Dade y sus numerosos municipios que se integran en el área metropolitana que se extiende hacia el norte (imagen derecha). Entre los municipios destacan los números 24 (Miami), 25 (Miami Beach), 17 (Hialeah) o 28 (Coral Gables).
Miami, en 2013 alcanzó los 419.777 habitantes, pero esta cifra es poco relevante teniendo en cuenta la urbanización continua con los municipios del entorno (como Miami Beach, Miami Gardens, Hialeah ó Coral Gables). El condado de Miami-Dade cuenta con 2,6 millones de personas, pero la aglomeración urbana se prolonga hacia el norte (por la costa de los condados de Broward y Palm Beach), siendo conocida como Área metropolitana del Sur de la Florida e integrando ciudades como Fort Lauderdale, Pompano Beach, Boca Ratón o West Palm Beach. La población censada en 2013 es de 6.350.000 habitantes.

Apéndice: Doble pareja en la nueva imagen urbana de Miami (y de Florida).
Florida conjuga fuertes contrastes. Lo hace entre la exuberante naturaleza y la artificialidad de los asentamientos humanos, también entre la suavidad de su clima y los violentos huracanes que padece periódicamente, y entre el hábitat denso de grandes rascacielos y el disperso de pequeñas comunidades inmersas en su paisaje.
Dos jóvenes parejas de arquitectos iban a realizar notables aportaciones dentro de esa última polarización comentada. Serían, por un lado Bernardo Fort-Brescia (1951) y Laurinda Spear (1950), y por otro Andrés Duany (1949) y Elizabeth Plater-Zyberk (1950), quienes se habían encontrado en la escuela de arquitectura de la Universidad de Miami. Bernardo (de origen peruano y formado en Princeton) había llegado a Florida en 1975 para dar clases y Andrés (neoyorquino criado en Cuba y formado en Princeton y Yale) era profesor de la misma escuela desde el año anterior. Las dos parejas estaban llamadas a ser, cada una por su lado, protagonistas en la definición de la identidad urbana de Miami y del estado de Florida. En 1977, los cuatro, junto a Hervin Rommey (1941) fundaron la compañía Arquitectonica, pero no tardaron en surgir diferencias sobre cómo enfocar el futuro, y Duany y Plater-Zyberk abandonarían la firma en 1980, mientras que Rommey lo haría en 1984.

La primera de las parejas, la formada por Bernardo y Laurinda aspiraban a convertir la empresa en una compañía multinacional, vinculada a la arquitectura de los grandes edificios. Bernardo Fort-Brescia lideró la extraordinaria expansión de la empresa y, actualmente, Arquitectonica cuenta con 800 profesionales, tres oficinas en EEUU (Miami, Nueva York y Los Angeles) y siete internacionales (en Europa, Asia e Iberoamérica) habiendo trabajado en 54 países. Laurinda Spear configuró la imagen de marca proyectando sofisticados edificios y ampliando los campos de acción de la firma incluyendo el diseño de interiores o las intervenciones en el paisaje.  
Los edificios de Arquitectonica, comenzando por el Atlantis Condominium de 1982, convertido por la serie de televisión Miami Vice en un icono de la ciudad, lograron transformar programas convencionales de viviendas, oficinas o centros comerciales, en una impactante arquitectura, en la que convivían el vidrio y acero de un refinado estilo high tech con atrevidos gestos posmodernos y guiños al pop. Los grandes edificios, y particularmente las torres que han construido por todo el mundo transmiten ese estilo particular, elegante pero con llamativos toques coloristas (latinos según algunos críticos) y con geometrías a veces sorprendentes.
Obras de Arquitectonica en Miami. Arriba izquierda, American Airlines Arena. Arriba derecha, Brickell City Centre. Abajo izquierda, SMDCAC. Abajo derecha, Brickell Condominium + Viceroy Resort.
Miami cuenta con ejemplos como el American Airlines Arena, de 1999 (sede de los Miami Heat de la NBA), el conjunto Icon Brickell Condominium + Viceroy Resort de 2009, el SMDCAC (South Miami-Dade Cultural Arts Center) de 2011 o el Brickell City Centre, que se encuentra en proceso. Entre sus realizaciones internacionales pueden citarse la sede de Microsoft Europe en Paris, el hotel Westin Times Square de New York, el Cyberport Technology Campus en Hong Kong, el International Finance Center en Seúl, el Mall of Asia en Manila, la sede del Banco Santander en Sao Paulo, la embajada de Estados Unidos en Lima, las Infinity Towers de San Francisco o el Philips Arena de Atlanta.

Por su parte, la segunda pareja, Andrés y Elizabeth, tenían otros objetivos. Primero porque su interés profesional se orientaba hacia el urbanismo y también porque deseaban trabajar en una estructura más reducida y controlable. Ambos dejaron la firma en 1980 y fundaron DPZ (Duany Plater-Zyberk & Company) con sede en Miami.
Desde su nuevo entorno profesional profundizaron en la investigación y en la propuesta de nuevos modelos de hábitat. Sus análisis sobre los poblados tradicionales norteamericanos y sobre como afectarían a su estructura y morfología las claves de la movilidad moderna, les llevaron a concebir un modelo urbano que evolucionaba las propuestas de ciudad jardín y sería la base del movimiento New Urbanism (al que próximamente dedicaremos un artículo en este blog).  La difusión del mismo fue amplia gracias a exitosas realizaciones, publicaciones, congresos y adhesiones recibidas de reconocidos arquitectos y urbanistas (Léon Krier fue uno de los más fervientes).

Imágenes de la comunidad de Seaside ubicada al norte de Florida, en la costa caribeña.
Desde DPZ se diseñarían numerosas comunidades urbanas siguiendo los postulados del New Urbanism, con ejemplos tan icónicos como la comunidad de Seaside en Florida, aunque también trabajarían en otros entornos y escalas, realizando planificación regional así como proyectos de revitalización de centros urbanos. Elizabeth estaría fuertemente vinculada a la Universidad de Miami desde 1979 proponiendo programas específicos de urbanismo y siendo nombrada Dean de la escuela de arquitectura en 1995, que dirigiría durante dieciocho años hasta 2013.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

urban.networks.blog@gmail.com