9 may. 2015

Barcelona Romana, Madrid Musulmana.

  Tramos conservados de la muralla romana de Barcino (arriba) y de la muralla árabe de Mayrit (abajo).
Las fundaciones de Barcelona y Madrid estuvieron muy distantes en el tiempo (Barcelona “nació” en el  año 15 a.C. mientras que Madrid lo hizo hacia el 850 de nuestra era) y, además, fueron muy distintas por sus bases de partida: una ciudad romana (Barcino) y otra musulmana (Mayrit). La comparación entre esos momentos, tan lejanos y con coyunturas históricas diferentes, es posible porque, en las sociedades antiguas, los problemas abordados en los inicios urbanos eran similares, a pesar del tiempo transcurrido.  
Durante el largo periodo que abarcó desde la fundación de Barcelona hasta finales del siglo X, la ciudad pasaría de colonia romana a asentamiento visigótico e incluso, durante un breve periodo, estaría bajo control musulmán. La estabilidad llegaría a partir del año 801 cuando fue conquistada por los francos y elevada a capital de la Marca-Condado de Cataluña. Durante su primer milenio de existencia, el recinto romano fue el límite infranqueable de la ciudad.
Madrid, fundada muchos años después del arranque barcelonés, evolucionaría desde el puesto militar inicial hacia un pequeño poblado musulmán, que mantenía su cometido de dar servicio a las fuerzas que luchaban por mantener la frontera de Al-Ándalus frente al empuje cristiano (la conquista se produjo finalmente en el año 1083).
Las claves de la fundación de ambas ciudades fueron analizadas en un artículo anterior, por eso, en esta entrega, repasaremos la evolución desde sus inicios hasta el siglo X, época en la que comenzaron a superar su primer recinto.

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El origen de ambas ciudades fue analizado en el artículo “Madrid y Barcelona, criterios fundacionales contrapuestos”. Cuando “nació” Madrid en el año 850, Barcelona se acercaba a su primer milenio de existencia. No obstante, a pesar de su edad, Barcino (que había sido romana, visigoda, e incluso, musulmana)  se mantenía prácticamente igual que en su origen, ya que seguía contenida dentro de las doce hectáreas del recinto amurallado romano. No sería hasta el siglo X, con la pacificación del entorno barcelonés, cuando comenzaría a sobrepasar ese limitado espacio. En esa misma época, también Mayrit, que había creado un primer recinto de unas nueve hectáreas, iniciaría su extensión con crecimientos extramuros todavía dentro de la órbita musulmana.
La península ibérica en los momentos fundacionales de Barcelona y Madrid. A la izquierda la Hispania romana del siglo I a.C. A la derecha la situación aproximada entre los reinos cristianos y la Al-Andalus musulmana hacia el siglo X.

Imágenes sobre la transformación territorial del entorno de las dos ciudades (arriba situación previa su existencia y debajo reestructuración de vías y caminos tras las fundaciones de ambas).

Origen de Barcelona: la Barcino romana (15 a.C.- 476)
Aunque el auténtico punto de partida urbano fue la fundación de la ciudad romana, el llano barcelonés se encontraba habitado desde mucho tiempo atrás. El grupo indígena (íbero) que cedería el paso a los romanos sería el pueblo layetano. Estos, aunque dedicados a la agricultura y ganadería, basaban su economía, fundamentalmente, en el comercio con griegos, púnicos y romanos, porque la inmejorable ubicación geográfica de la zona, la convertía en uno de los puntos comerciales principales de las rutas mediterráneas.
Se han encontrado vestigios de los asentamientos layetanos, aunque son restos de poblados con más interés arqueológico que urbano. Su ubicación no está focalizada en un punto sino distribuida en diversos asentamientos. Se han encontrado rastros en Puig Castelar (Santa Coloma de Gramanet), Penya del Moro (Sant Just Desvern), Turó de la Rovira, o Turó del Castell del Port (Montjuïc). Su ubicación habitual eran las laderas de los montes, dada la mayor facilidad de defensa para un pueblo sin carácter guerrero. Los romanos, en cambio, con una importante organización militar, se implantarían en el llano.
Ubicación de los principales yacimientos arqueológicos de las tribus íberas previas a la colonización romana del llano barcelonés.

La colonización romana de la región.
Como consecuencia de la segunda guerra púnica entre romanos y cartagineses (218-205 a.C.), el litoral catalán va a experimentar una lenta transformación que supondrá la liquidación paulatina del modo de vida ibérico y la introducción del romano. Este conflicto supuso el comienzo de la presencia romana en la región, concretada en dos enclaves militares de importancia, Emporiae (Ampurias) y Tarraco Nova (Tarragona), desde los que extenderían su influencia, romanizando el territorio.
El descubrimiento de la llanura barcelonesa y la constatación de sus extraordinarias posibilidades estratégicas y comerciales, llevaron a los romanos a someter finalmente a las tribus indígenas que la habitaban. Parece probable que la primera instalación romana fuera en las laderas de Montjuïc, aunque no se cuenta con restos arqueológicos que lo confirmen. No obstante, una vez asentado el dominio romano en la zona, se inició la construcción de la colonia que resultaría definitiva, escogiendo para su ubicación un montículo poco elevado (denominado Taber) que se alzaba junto al mar. El lugar era privilegiado porque además de  permitir controlar el entorno desde allí, era contiguo a un pequeño puerto natural.

Fundación de la ciudad romana (Primer recinto, 15 a.C.)
Barcelona responde con bastante exactitud al modelo urbano de ciudad romana de colonización. Tuvo como nombre inicial el de Colonia Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino. La primera muralla de Barcino abarcaba el solar ocupado por el monte Taber, que se elevaba quince metros sobre el nivel del mar. El recinto tenía una planta rectangular de unos 425 metros de longitud por 280 de anchura aproximadamente (más adelante profundizaremos en estas cuestiones dimensionales). En cada uno de sus cuatro lados, en los extremos de sus dos vías principales, se abría una puerta. Los lienzos de la muralla estaban reforzados con torres de planta rectangular, con excepción de las de esquina y de las que flanqueaban los accesos a la ciudad, que eran de planta poligonal o circular. Quedan apreciables restos de estas torres, e incluso tramos de aquellas murallas romanas que dan testimonio de su trazado. La estructura interior de la ciudad era la siguiente:
·       Una vía larga central, el decumanus maximus, de aproximadamente 425 metros de longitud, que atravesaba la ciudad desde la Porta Praetoria (ahora denominada Portal del Bisbe), pasando por las actuales calles del Bisbe, Ciutat y Regomir hasta la Porta Decumana.
·       La otra vía principal, perpendicular a la anterior,  era el cardus maximus, de poco mas de 280 metros de longitud, que unía la Porta Principalis Sinistra (situada en la actual Plaça de l'Àngel ) y la Porta Principalis Dextra (que estaba entre las calles Ferran y del Call), pasando por las calles Llibreteria y del Call.
·       Había una primera serie de vías secundarias que eran paralelas al decumanus maximus , las denominadas decumani minores, (algunas de las cuales quedan testimoniadas por calles como el carrer dels Gegants, Passatge de l'Ensenyança, Sant Domènech del Call ó el carrer de la Dagueria).
·       La otra serie de vías secundarias, que completaban el esquema, eran los cardines minores, paralelos al cardus maximus (recordadas en las actuales calles de Baixada de Santa Clara, de la Pietat, Bisbe Caçador, Font de Sant Miquel ó Baixada de Sant Miquel).
Los decumani se han conservado relativamente identificables, pero no así los cardines, de los que solamente el principal es perceptible hoy con cierta claridad. 
El Foro romano ocupaba el cruce entre cardo y decumano principales. En este espacio, núcleo político, comercial y religioso de Barcino se encuentra hoy (aproximadamente) la Plaça de Sant Jaume, cumpliendo también funciones centrales desde el punto de vista político por la ubicación del Palau de la Generalitat  y del Ayuntamiento. Todavía se percibe la elevación de este lugar respecto del entorno: si nos situamos en la Plaça de Sant Jaume,  puede apreciarse la pendiente hacia la Rambla, la Vía Laietana,  la Plaça Nova  y el mar.
Esquemas de los dos recintos romanos de Barcelona. A la izquierda el rectángulo de la primera colonia. A la derecha la transformación en el bajo Imperio romano.
Barcino, a pesar de ser menor en tamaño e importancia que Tarraco Nova o Emporiae, contaba con edificios singulares. Por ejemplo, ubicados en el Foro, estaban el Templo (del que se conservan restos arqueológicos), la Basílica y la Curia (de las que no quedan vestigios). Se han encontrado trazas de unas termas, en la Plaça de Sant Miquel y quedan testimonios del acueducto que traía las aguas potables desde la sierra de Collserola, tanto en los restos adosados a la torre del portal de Casa de l’Ardiaca  como en el toponímico carrer dels Arcs.

Justificación del trazado de la primera ciudad romana.
Para los romanos la fundación de una nueva ciudad no era un acto rutinario. Todo lo contrario, como demostraban los complejos rituales que acompañaban al nacimiento de un asentamiento, que indicaban la importancia y el sentido trascendente de ese hecho. Todas las decisiones que afectaban a la ciudad estaban prefijadas: orientación, trazados, proporciones, situación del foro, etc. Todo respondía a un plan previo. En este sentido, Barcelona (Barcino) nació con un minucioso plan de implantación.
Para fundar un asentamiento, los agrimensores romanos fijaban, en primer lugar, el umbilicus, el centro de la ciudad, y desde él, trazaban las dos vías principales en función de la orientación. El cardus en la dirección norte-sur y el decumanus en la este-oeste. Estas dos vías principales eran la base de la retícula ortogonal que organizaba el resto de la ciudad. No obstante, el carácter pragmático de los romanos les llevaba a renunciar con facilidad a esta regla si lo veían necesario para conseguir una mejor adaptación a las características del territorio. El caso de Barcelona es uno de ellos, la orografía del monte Taber y las direcciones naturales del territorio, marcados por la línea de costa de aquellos tiempos y el perfíl de la Sierra de Collserola, sugerían unas orientaciones diferentes para el máximo aprovechamiento del terreno (ejes noroeste-sureste para el decumanus y noreste-suroeste para el cardus).  
Una vez situados los ejes de referencia, los agrimensores determinaban los límites de la ciudad. Los linderos se fijaban según la estimación poblacional realizada. La nueva ciudad podía ser cuadrada o rectangular y, en este último caso, se requería el establecimiento de las dos dimensiones de sus lados, cuestión que recibía una gran atención puesto que la relación entre ambas cifras contaba con un elevado valor simbólico. Barcelona  sería un ejemplo de la proporción 2 es a 3 para los lados del rectángulo urbano.
Vamos a profundizar en la justificación de esta relación simbólica y en su concreción dimensional. El sistema de medición de longitudes de los romanos era antropomórfico (frente al abstracto sistema métrico que nosotros utilizamos). El cuerpo humano era la referencia para establecer las dimensiones de las cosas. La unidad más habitual era el pes (pie), que se estandarizó en una dimensión equivalente a 29,57 centímetros y que era la base del sistema de múltiplos. El primer derivado era el passus, que fue establecido en cinco pies (aproximadamente 1,5 metros actuales, un buen paso). Pero la unidad más utilizada para dimensionar el territorio era el actus, dos docenas de pasos, es decir, ciento veinte pies (aproximadamente 35,5 metros). Esta cifra era la base en la construcción de las ciudades romanas de colonización. Al margen de esto, conviene recordar que el actus también se encontraba en la base de la centuriación territorial con la que los romanos repartían entre los colonos las tierras conquistadas. Un cuadrado de 20 actus por cada lado (unos 710 metros) era una centuria, la unidad parcelaria más extendida. Sus cuatrocientos actus cuadrados (casi 50 de nuestras hectáreas) eran distribuidos entre cien colonos.
La medición en actus establece la dimensión exacta del asentamiento romano (del rectángulo de Barcino, por ejemplo). Las previsiones poblacionales, las características del terreno y el simbolismo pretendido recomendaban las dimensiones. En la Barcelona romana el lado corto se fijó en 8 actus y el lado largo en 12 actus (la proporción de 2 es a 3 comentada), es decir algo más de 280 por 425 metros (283,87 y 425,808 metros) lo que nos ofrece una superficie aproximada de doce hectáreas.
La proporción 2/3 ha albergado un gran simbolismo desde que los números forman parte de nuestra vida. El número uno es la cifra de la divinidad, por su carácter creador, generador de los demás, mientras que el número dos es el primer número femenino (como todos los pares) y el número tres es el primer número masculino (como todos los impares excepto el uno). Un rectángulo que presente esas proporciones (2/3) será un espacio fecundo ya que se unen los dos elementos (sexos) necesarios para la procreación.
La situación de este rectángulo respecto al umbilicus es igualmente trascendental. En general, el umbilicus ocupaba el centro, buscando la simetría total respecto a los dos ejes principales y  creando cuatro cuarteles iguales. Pero en algunas ocasiones, el cruce de las dos vías se desplazaba generando un tipo de proporcionalidad diferente.  Barcelona también será un ejemplo de esto. Mientras el decumanus dividía la ciudad en dos sectores iguales, el cardus no hacía lo mismo. Su cruce con el decumanus no se produce en la mitad de este, sino en un punto singular, que lo divide en proporción de 3 es a 4.
Acceso al recinto romano de Barcelona (antigua Porta Praetoria, actual Portal del Bisbe) desde la Plaça Nova.

Remodelación de la ciudad en el bajo imperio romano (s. III)
En el siglo III, el Imperio Romano se enfrentaría a una crisis interna, con revueltas sociales o invasiones bárbaras, que evidenciaron la incapacidad de gobierno de las autoridades imperiales de la época. Esta situación turbulenta tuvo consecuencias para Barcino. Hacia el año 273, tribus franco-alemanas atacaron esa región del Imperio llegando hasta la ciudad, que quedó parcialmente destruida. En esa ocasión, los invasores fueron rechazados y Barcino sería reconstruida y reforzada por una nueva e imponente muralla que debía protegerla de forma mucho más efectiva que la anterior. Su disposición no siguió estrictamente el de la muralla romana inicial, ya que las esquinas de este trazado fueron achaflanadas y el recinto de la ciudad sufrió una ligera reducción de superficie.
Esta muralla, conocida como “muralla del Bajo Imperio romano”, determinará el perímetro de la ciudad durante casi mil años, llegando hasta la época de Jaime I el Conquistador. Su perímetro aproximado era de 1.300 metros y tenía unos muros de 3 metros y medio de ancho y una altura de 9 metros. La magnitud de estas murallas sugiere el aumento de la importancia adquirida por Barcino en una época en la que Tarraco Nova se encontraba en una decadencia irreversible. Se conservan interesantes restos de estos muros.
Imagen de las murallas romanas desde la Plaça Nova.

Barcelona visigótica y musulmana (476-801)
Los visigodos invadieron la península ibérica en el año 414, atravesando los Pirineos por su parte oriental al mando de su rey Ataulfo. La región conquistada, al sur de la cordillera, recibió la denominación de Gotalonia. En el año 476 tomaron definitivamente la ciudad romana de Barcino e instalaron en ella la capital de su reino ibérico, cambiando su nombre por el de Barcinona o Barchinona.
Tres siglos después, la invasión musulmana de la península desde África del norte (año 711) se produjo con una extraordinaria rapidez: el año 713, Barcelona cayó en su poder. El periodo musulmán de la ciudad fue muy breve ya que duró únicamente 88 años, hasta la conquista de la ciudad por los francos (año 801). El poco tiempo que los árabes ocuparon la ciudad hizo que su presencia no quedara reflejada en su evolución urbana.
La inestabilidad de aquellos siglos contuvo a la ciudad dentro del límite de las murallas del Bajo Imperio romano, lo que ocasionó una gran densificación del reducido recinto. Con la pacificación del entorno comenzaría una nueva etapa para Barcelona: la “ciudad condal” medieval.

Origen de Madrid: Mayrit musulmán (850-1083)
Casi  mil años después de la fundación de Barcelona, nacería Madrid, en un contexto muy diferente. El empuje de la Reconquista cristiana de la Península Ibérica, iniciada poco después de la entrada de los árabes, se detuvo al llegar al sistema montañoso central. Corría el 850 y durante los años posteriores, ambos contendientes se dedicaron a consolidar sus posiciones. Los cristianos estuvieron repoblando el territorio del norte, impulsando una fuerte inmigración que afianzara el casi desierto valle del Duero. Mientras que los musulmanes se prepararon para hacerse fuertes tras el Sistema Central.
En ese panorama bélico, los musulmanes crearían, en el norte de su territorio, una línea de atalayas militares y alcázares, que reforzarían el sistema defensivo de Al-Andalus, para salvaguardar Toledo y la Marca Media. Entre estos puestos militares avanzados estaban Talamanca, Peña Fora, Medinaceli o Madrid. El caso de Madrid era particular. Con una ubicación algo más retrasada, ejercería el papel de centro de referencia y suministro para el resto de posiciones de vanguardia. Así pues, hacia el año 850, por orden de Muhammad ben Abd al-Rahmman (Muhammad I, quinto emir omeya de Al-Andalus), se inició la construcción del alcázar de Madrid y de la ciudadela militar que le daría servicio, planteando un primer recinto defensivo.
Trazado de la primera muralla árabe de la ciudadela (almudaina) de Madrid sobre una ortofoto actual de la ciudad.
En esta Primera Muralla (la muralla musulmana) de Mayrit se abrieron tres puertas: la Puerta de la Vega, el Arco de Santa María (que, evidentemente, tendría otro nombre en ese tiempo) y la Puerta de la Sagra (cuya ubicación es un tanto imprecisa). Las dos primeras eran las principales ya que se abrían a los caminos más importantes. De la Puerta de la Vega, partía un doble camino, uno en dirección noroeste hacia Segovia y otro hacia el sur para conectar con vía romana 25 del Itinerario Antonino que se encaminaba hacia Toledo (esta vía unía Emérita Augusta con Caesar Augusta, Mérida-Zaragoza). Desde el Arco de Santa María partían tres vías: una senda apuntaba en dirección norte hacia Talamanca y Somosierra; otra, en dirección este, iba a enlazar, en otro punto, con la misma vía romana 25 hacia Alcalá y Zaragoza; y la tercera ruta lo hacía en dirección sureste hacia Arganda (y el Mediterráneo).
Mayrit se concibió sin un esquema urbano previo, ubicando el castillo (alcázar) en el lugar seleccionado, el punto alto del denominado “cerro del palacio”, junto al borde escarpado del valle del rio Manzanares y entre los barrancos del Arenal (al norte) y de san Pedro (al sur). El alcázar, (localizado en la ubicación del actual Palacio real), sería el edificio principal del asentamiento y albergaba la residencia de la autoridad, disponiendo de un gran espacio libre contiguo (para cuestiones militares y otros usos). Tras este gran vacío, al sur, en el inicio de la ladera septentrional del barranco de San Pedro (cuyo arroyo determinaría, años después, el trazado de la actual calle Segovia), se ubicaba el área de los militares (almudaina, ciudadela) en donde se levantó la mezquita (aproximadamente en el cruce de las actuales calles Mayor y Bailén).
Imagen de uno de los pocos tramos de la muralla árabe de Madrid conservados (al fondo la catedral de la Almudena).
La existencia de un caserío residencial en esta ciudadela militar está puesta en duda, ya que no se han encontrado restos que testimonien su presencia. Las excavaciones realizadas en el entorno de los actuales Palacio Real y la Catedral de la Almudena, motivadas por la construcción en ese lugar del Museo de Colecciones Reales y dirigidas por la arqueóloga Esther Andreu durante más de cinco años, cuestionaron que dentro de la muralla musulmana hubiera presencia de civiles que dieran servicio al ejército (hortelanos, guarnicioneros, herreros, etc.). Estos podrían haber habitado en la vega del rio Manzanares o en la sagra (sagra es una palabra árabe que significa “terreno de cultivo”). La sagra madrileña ocuparía aproximadamente la zona de la actual Plaza de Oriente y a ella se accedía por la puerta que llevaba ese nombre. Esta población de apoyo residiría en casas diseminadas entre los cultivos, pudiendo acudir en caso de peligro a resguardarse dentro de la ciudadela amurallada. En cualquier caso, la falta de restos que ofrezcan testimonio de aquel primer Madrid, envuelve sus primeros años en un halo de misterio.
En el año 932 Ramiro II, rey de León, intentó liberar Toledo y los territorios que se encontraban en el camino hasta llegar a esa importante ciudad de la época. Atacó el núcleo de Madrid, pero sólo logró destruir parcialmente sus murallas, sin llegar a conquistarlo. Tras esos azarosos momentos, la ciudad, todavía musulmana se rehízo, comenzando una expansión extramuros que ampliaría considerablemente la aldea a mediados del siglo X. Los arrabales serían habitados por la población civil y se irían extendiendo hacia el este y el sur ocupando una superficie mucho mayor que el conjunto original. Así pues, esta medina (barrio residencial) cobraba una mayor importancia cuantitativa que la ciudadela inicial. No obstante, este crecimiento no redujo el protagonismo del conjunto fortificado (alcázar-almudaina).
Plano de Madrid hacia el siglo X. La trama naranja es la ciudadela-almudaina, la rosa el barrio musulmán y la verde el barrio mozárabe (con la primitiva iglesia de San Andrés que daba servicio a los cristianos residentes en ese barrio). Entre el alcázar y la almudaina se encontraba el patio de armas y a su derecha, extramuros, estaría la sagra cultivada (al norte del barrio musulmán)
La medina extramuros se articulaba en dos barrios, separados por el barranco de San Pedro. El arrabal oriental se aglutinaba en torno a una plaza-zoco (actual Plaza de la Villa) y acogía a la población musulmana. El meridional, se asentaba sobre la ladera norte del barranco de San Pedro, en torno al espacio de la actual Plaza de la Paja, para dar cobijo a los mozárabes. El tejido residencial mantendría su carácter islámico, concentrado y laberíntico. El espacio público se encontraba reducido a la mínima expresión. El zoco, la mezquita y los baños fueron, quizá, los únicos espacios esenciales de carácter público y la escena urbana sería pobre dada la abstracción determinada por el Corán. La delimitación de esta medina no está clara aunque, en general, se acepta que abarcó prácticamente lo que años después sería circunvalado por la segunda muralla de la ciudad (la muralla cristiana). Este asentamiento es motivo de muchas especulaciones porque la trama no se ha conservado debido a las profundas transformaciones que la zona sufriría en los siglos posteriores (lo que oscurece las pocas certezas existentes sobre aquella época pre-cristiana).

Esa primera extensión de Madrid iniciaría una dinámica de crecimiento particular, que se mantendría durante muchos siglos. La ciudad se ampliaría formando círculos tangentes que crecían hacia el este, contando con la posición del alcázar como punto de tangencia aproximado, ya que las abruptas laderas de esa ribera del río Manzanares impedían técnicamente las extensiones occidentales.

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