25 jul. 2015

Oporto y la formación de Portugal.

Oporto ocupa la ladera de la ribera derecha del estuario del rio Duero.
Portugal nació como un pequeño condado vinculado a un municipio, Oporto, cuya denominación romana (Portu Cale) le otorgaría su nombre. Aquel modesto condado se independizaría y forjaría uno de los reinos medievales protagonistas de la reconquista cristiana de la Península Ibérica. Portugal iría ampliando su territorio peninsular hasta llegar a su configuración actual y acabaría constituyendo un imperio colonial que llevaría su enseña a todos los continentes.
Oporto, origen y motor del embrionario Portugal, perdería la capitalidad a favor de Coimbra, aunque esta sería trasladada definitivamente a Lisboa. Desde entonces, Oporto quedaría marginado del centro de decisión política y emprendería un nuevo rumbo que apuntaría hacia el mundo comercial (y en su momento industrial). De sus atarazanas salieron las revolucionarias carabelas que surcarían todos los mares y de sus tierras y bodegas el vinho do Porto, que alcanzaría renombre internacional. Hoy Oporto, es la segunda ciudad portuguesa y “capital del norte”, con aproximadamente 240.000 habitantes y un área metropolitana que ronda los dos millones y medio de personas.

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La historia de la Península Ibérica es larga y densa en acontecimientos. En este artículo nos aproximaremos a la evolución de su territorio occidental, donde nacería Portugal. Allí habitaron celtas, romanos, suevos y visigodos antes de caer bajo el control de los árabes. Este domino musulmán y la posterior reconquista cristiana determinarían la formación de Portugal, primero como un Condado y luego como un Reino que iría ampliándose hasta que, en la segunda mitad del siglo XIII, adquirió sus límites actuales (con el final de la conquista del Algarve, al tomar Faro en 1249, y con el tratado de Alcañices de 1295, que definía las fronteras entre los reinos de Portugal y Castilla).
Nos acercaremos a las circunstancias generales que acompañaron la conformación del país y de una manera más detallada a la ciudad que le dio su nombre, Oporto.

La formación de Portugal.
Antecedentes peninsulares (previos a la llegada de los musulmanes)
La Península Ibérica prerromana estaba habitada por pueblos celtas e iberos. Si identificáramos la Península Ibérica con un cuadrado orientado según los puntos cardinales, su diagonal noreste-suroeste separaría aquellas dos civilizaciones antiguas. En la mitad inferior del corema (la mitad “mediterránea”) se situarían las culturas íberas, mientras que en la superior (la “atlántica”), se encontrarían las celtasSu encuentro fue conflictivo, aunque generó una hibridación “celtíbera” presente en el centro peninsular. Los pueblos celtas que habitaban el norte y occidente peninsular estaban muy lejos de ofrecer una unidad, y eran habituales los conflictos y las luchas entre ellos (por causas territoriales, por control de recursos, por saqueos, etc.). Estaban, por ejemplo, los lusitanos, los vettones, los vacceos, los galaicos o los astures, entre otros. Por su parte, la costa íbera mediterránea, iría recibiendo durante el siglo VI a.C., colonias fundadas por los dominadores del mediterráneo de la época, que convivirían con los indígenas. Al norte, se ubicaron los griegos, y al sur, los fenicios (conocidos como cartagineses tras la independencia de Cartago).
La Península Ibérica antes de la llegada de los romanos.
La presencia de estos últimos determinaría la evolución peninsular porque la llegada de los romanos tuvo un objetivo militar contra ellos. En el contexto de las guerras púnicas entre romanos y cartagineses para conseguir el dominio del Mediterráneo (fueron tres conflictos que se prolongaron entre los años 264 a. C. y 146 a. C.), los ejércitos de la entonces república romana intentaron socavar las bases de aprovisionamiento de Cartago. Con ese motivo, las legiones romanas tomarían la parte oriental de la península barriendo de ella la presencia cartaginesa. Una vez conseguido el propósito inicial y tras haber constatado el potencial de recursos de la península, continuarían la conquista de aquellos territorios habitados por diversos pueblos iberos, celtas o celtíberos. El avance romano por la península y la creación de Hispania, no sería fácil y se prolongaría durante aproximadamente dos siglos hasta que pudo lograrse el control completo hacia el año 20 a.C. La unificación de la península bajo una misma organización y cultura romana, diluiría las divergencias anteriores, aunque la estructuración territorial propuesta no sería ajena a las bases prerromanas. Inicialmente, se organizaron dos grandes regiones: la Hispania Citerior (próxima) que comprendía inicialmente el levante peninsular, entre Cartagena (Cartago Nova) y los Pirineos, siendo gobernada desde Tarraco Nova (Tarragona); y la Hispania Ulterior (lejana), también costera en su origen, desde Cartagena hasta el valle del Guadalquivir incluido (prácticamente la Andalucía actual) y fue dirigida desde Corduba (Córdoba). La progresión de la invasión romana fue perfilando los límites de esas dos regiones. Por una parte la Hispania Citerior se extendería hasta el noroeste incluyendo el territorio de la actual Galicia, mientras que la Ulterior reuniría los territorios meridionales y occidentales.
Evolución de los límites administrativos de la Hispania romana.
En el año 27 a.C., el emperador Augusto reordenó las provincias peninsulares. La Hispania Ulterior quedaría dividida en dos provincias: la Baetica, con capital en Corduba, y la Lusitania, dirigida desde Emerita Augusta (Mérida). Por su parte la Hispania Citerior, mucho más extensa (aproximadamente dos terceras partes de la península) se convertiría en la provincia Tarraconense, manteniendo la capitalidad de Tarraco Nova. Los límites meridionales de esta provincia imperial comenzaban en el curso bajo del rio Duero para seguir el curso del rio Tormes y las estribaciones septentrionales de la cordillera Central. Si recuperamos la imagen del corema del cuadrado aludido anteriormente, y le incorporamos la diagonal noroeste-sureste, su parte superior correspondería a la Tarraconense y la inferior (separada en dos partes por la otra diagonal) a la Lusitania (al oeste) y a la Bética (al sur). Años después, el emperador Diocleciano volvió a redistribuir el territorio que pasó a tener cinco provincias por la subdivisión de la Tarraconense en tres: una Tarraconense de menor extensión, la Carthaginense y la Gallaecia.
A principios del siglo V varios pueblos germánicos invadieron Hispania. Los suevos ocuparon Galicia, los vándalos el sur (Bética) y los alanos el centro y el occidente (Lusitania y Carthaginense). El imperio romano peninsular se circunscribía prácticamente a la provincia Tarraconense. Los romanos, con la intención de recuperar los territorios perdidos solicitaron ayuda de los visigodos, otro pueblo germánico que se había federado con ellos y ocupaba el sur de la actual Francia. Entrarían en la península en el año 416 y derrotaron a alanos y vándalos pero no sometieron a los suevos quienes lograrían consolidar un reino en el noroeste. Durante los siglos V y VI se produjeron diferentes equilibrios entre los suevos, los romanos, posteriormente los bizantinos y los propios visigodos que se asentarían en la península a partir del 476. En el 585, estos conseguirían por fin el control total de la península y, tras ser expulsados del sur de Francia por los francos, constituyeron el reino visigodo de Toledo. La historia peninsular cambiaría de rumbo en el año 711, cuando el reino visigodo asistía a una fuerte lucha interna por el poder y uno de los contendientes reclamó el apoyo de los musulmanes que dominaban el norte de África. Con esta excusa penetraron en la península y decidieron quedarse, derrocando a los visigodos.
Hispania antes de que los visigodos controlaran toda la península.

Apunte sobre Al-Andalus
Al-Andalus sería el término con el que se conocería el territorio peninsular que estaba bajo control musulmán, aunque lo hiciera con diferentes formas de gobierno y extensiones. Se prolongó desde el año 711, en el que comenzó la invasión, hasta el 1492, fecha de la caída del Reino Nazarí de Granada.
La conquista musulmana de la Península Ibérica fue muy rápida. En el 718 se había consolidado el dominio sobre la gran mayoría del territorio y se constituyó un emirato dependiente del Califato Omeya de Damasco, con capital en Córdoba. Pocos años después, en el 750, se produjo el derrocamiento de la dinastía Omeya por parte de la Abasí, que ordenó el asesinato de toda la familia Omeya. Pero uno de sus miembros logró escapar llegando a Al-Andalus, donde en el 756 se proclamó emir y declaró la independencia (en el año 773) del Emirato de Córdoba, que gobernaría con el nombre de Abderramán I. En el 912 accedió al trono Abderramán III, quien se proclamaría califa, iniciando el Califato de Córdoba, que existiría entre el 929 y el 1031 cuando se disolvió y se fragmentó en los Primeros Reinos de Taifas. Esta circunstancia aceleró la reconquista cristiana, que tomaría la ciudad de Toledo y el centro peninsular en 1085. Para frenar el avance cristiano, los musulmanes solicitaron ayuda a los almorávides que gobernaban entonces el norte de África. Estos llegaron a la península en 1086 como refuerzo militar, pero decidieron incorporarla a sus dominios. El control almorávide alcanzó su hegemonía hacia 1102 pero hacia 1144 se desintegró volviendo a formarse el conglomerado conocido como los Segundos Reinos  de Taifas, que serían fácilmente dominados por el poder musulmán emergente que venía de África, los almohades. Estos irían tomando las diferentes taifas desde 1147 y, en 1170, lograron unificar de nuevo el territorio de Al-Andalus. Pero la batalla de las Navas de Tolosa (1212) cambiaría el rumbo de los acontecimientos. La derrota almohade daría fin a su imperio y Al-Andalus se rompería nuevamente en pequeños territorios independientes, los Terceros Reinos de Taifas. Esta división facilitaría enormemente la conquista cristiana de los territorios musulmanes que, desde la toma de Sevilla en 1248 y de Faro en 1249, quedarían reducidos al Reino de Granada (hasta 1492, fecha en la que este reino caería en manos de los Reyes Católicos de España, dando fin al proceso de reconquista cristiana).

La resistencia cristiana a Al-Andalus
La resistencia cristiana contra los musulmanes (y la posterior reconquista de la península) tuvo dos focos originales. El que se activaría en primer lugar sería el núcleo asturiano,  donde su líder Pelayo constituyó en el año 718 el Reino de Asturias (en el que luego nos detendremos) y logró derrotar a los musulmanes en Covadonga en el 722.
El segundo foco sería la Marca Hispánica. El avance musulmán por Europa occidental encontraría su tope al traspasar la cordillera de los Pirineos, ya que en el 732, cerca de Tours (Batalla de Poitiers) fueron derrotados por el ejército franco al mando de Carlos Martel. Entonces, Martel iniciaría la dinastía carolingia (que brillaría con figuras como Carlomagno). Una de las estrategias defensivas de este reino (luego imperio) para proteger sus fronteras meridionales de nuevas incursiones islámicas fue establecer alianzas con los pueblos autóctonos limítrofes. Con ello se daría origen a la Marca Hispánica que iría consolidándose a lo largo de los siglos VIII y IX. La Marca estaba compuesta por una sucesión de pequeños condados autónomos, aunque vasallos de los monarcas carolingios, cuya responsabilidad era impedir el avance musulmán. Se fundaron condados a lo largo del todo el sur del Pirineo, desde su sector occidental (Pamplona), el central (varios condados que serían embriones del futuro Reino de Aragón) o el oriental (con los condados catalanes entre los que sobresaldría el de Barcelona). Obviaremos la evolución de Navarra, Aragón y Cataluña porque nuestro interés recae en la reconquista del occidente peninsular.

Del Reino de León al de Castilla.
El Reino de Asturias tuvo unas primeras extensiones relativamente rápidas y sencillas debido a que Al-Andalus tuvo problemas internos con la sublevación de los bereberes en el 741. Esta cuestión obligó a los ejércitos árabes a volver hacia el sur, quedando debilitadas las posiciones septentrionales. Aprovechando esta circunstancia Asturias comenzó a extenderse tanto hacia el extremo occidental cantábrico (en el año 750 Alfonso I ocupó Galicia constituyendo un condado), como hacia el oriental, creando otro condado en el incipiente territorio castellano (limítrofe con el territorio vasco-navarro de la Marca Hispánica). Entre los años 791 y 842 se produciría un intenso avance más allá de la Cordillera Cantábrica, hacia el valle del Duero. En el año 856 la parte septentrional de la meseta comenzó a estar controlada con la conquista de la ciudad de León y en el 868 prácticamente se había llegado al rio Duero (ese año se reconquistó Portu Cale, Oporto). El Reino de Asturias trasladó su capital a León, y comenzó a ser conocido como Reino Astur-Leonés, aunque sufriría un proceso de segregaciones e integraciones que marcarían su desarrollo.
La primera división se produjo con la muerte de Alfonso III de Asturias en el año 910 ya que este monarca repartió entre sus tres hijos sus dominios. A García I le entregó León y Castilla (los territorios al sur de la cordillera cantábrica) creando el Reino de León; a Ordoño II, Galicia; y a Fruela II, Asturias. Esta situación fue efímera porque no tardarían en reunirse bajo el nombre integrador de Reino de León con el rey Ramiro II (931-959). Pero en 1039, el rey Fernando I lo dividió nuevamente entre sus hijos. Elevó a la categoría de reino a los condados extremos y entregó Galicia a García II y Castilla a Sancho II, mientras que Alfonso VI recibió el Reino de León, lógicamente más reducido a pesar de incluir Asturias. Aunque desde 1072 los tres reinos se volverían a integrar bajo la corona de Alfonso VI, acabarían nuevamente disgregados y su unificación definitiva no llegaría hasta 1230 con Fernando III el Santo, que gobernaba Castilla y recibió el reino de León (que incluía el de Galicia) como herencia. De esta forma se constituyó el nuevo Reino de Castilla, uno de los grandes protagonistas de la reconquista peninsular. Dos siglos después, en 1469, el matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón supuso la unión de las dos coronas y la creación de España, cuyo territorio peninsular se completaría con la conquista de Granada en 1492 y la anexión de Navarra en 1512.

La reconquista de la península occidental y la creación del Reino de Portugal.
El rey de Asturias Alfonso III envió a uno de sus caballeros, Vimara Pérez, a ampliar los territorios cristianos por el occidente peninsular. Logró extender el reino hasta el rio Duero, conquistando la ciudad de Portu Cale (Oporto) en el año 868. Entonces se organizó su entorno como un condado feudal (terra portugalense) que abarcaba desde el rio Duero hasta el rio Ave por el norte y dependía de Braga como ciudad principal de Galicia (que durante algunos periodos fue Reino de Galicia). Este Primer Condado de Portugal (Condado de Portucale) sería gobernado inicialmente por el propio Vimara Pérez y permanecería vasallo del ya entonces Reino de León hasta el año 1071, en el que fue disuelto. Vimara Perez fundaría en el norte, junto a rio Ave, una nueva ciudad que bautizaría como Vimaranes a partir de su nombre y que evolucionó fonéticamente a  Guimarães, una de las ciudades asociadas al nacimiento de la identidad nacional portuguesa.
Pocos años después, en 1091, se reconstituyó el condado con una extensión mayor. Al territorio inicial se le sumaría una parte por el sur (hasta Coimbra que había sido recuperada en 1064), también zonas de la región de Tras-os-montes y algo de la Galicia meridional (la zona de Tuy y Braga). Braga, que había perdido su condición de capital de un Reino y estaba en conflicto con la emergente Santiago de Compostela del arzobispo Diego Gelmirez, perdió la primacía del territorio que recayó en Oporto (además eta ciudad había dado el nombre al condado). Este Segundo Condado de Portugal, que será reconocido por los historiadores como Condado Portucalense para distinguirlo del primero, sería concedido por el rey Alfonso VI de León a su yerno Enrique de Borgoña. Enrique de Borgoña era un noble francés que había venido en apoyo del rey para ayudarle en la Reconquista y éste le otorgaría la mano de su hija, Teresa, que recibió como dote ese feudo que se mantendría como vasallo del reino de León. Tras la muerte de Enrique, Teresa de León gobernaría el condado que, finalmente, tras varios conflictos (incluso bélicos) con su hijo, pasó a manos de este en 1128. El nuevo conde portugalense, Alfonso Enríquez (Afonso Henriques), era por tanto nieto de Alfonso VI de León. Su gobierno comenzó con el traslado de la corte a Coimbra en 1131, y poco después, tras la victoriosa batalla de Ourique de 1139 en la que derrotó a los musulmanes, proclamó la independencia de su territorio, elevándolo unilateralmente a la categoría de reino, que gobernaría con el nombre de Alfonso I. El nuevo Reino de Portugal sería reconocido oficialmente por el rey Alfonso VII de León (primo hermano de Alfonso I de Portugal) en 1143 y por el Papa Alejandro III en 1179.
Evolución del territorio de Portugal desde el Condado Portucalense hasta el Reino definitivo.
Alfonso I se lanzaría a la conquista de los territorios meridionales de su reino, ampliando considerablemente sus dominios. En 1147 recuperaría Santarém y Lisboa. Sus sucesores Sancho I y Alfonso II continuarían el proceso, pero con este último arrancaría un desencuentro profundo de la monarquía con la Iglesia y los señores feudales, que eran un obstáculo para afianzar el poder real. El conflicto se agravaría con Sancho II, aunque este no descuidaría la extensión portuguesa que llegó al Alentejo (conquistando Elvas en 1229) con el apoyo de las órdenes militares. En 1249, con Alfonso III (y la implicación de la Orden de Avis) la expansión territorial llegaría a su fin con la toma de Faro y de la región del Algarve. Tras estos monarcas guerreros, llegaría Don Dinis (Dionisio I) un buen gobernante que se ocupó de repoblar las zonas deshabitadas, mejoró las relaciones con la Iglesia y favoreció tanto el comercio como la cultura (fundaría la Universidad de Coimbra, aunque lo hizo en Lisboa, y él mismo fue un poeta).  Tras numerosos conflictos entre Portugal y Castilla, el tratado de Alcañices de 1295 fijaría la frontera entre los dos reinos y Portugal alcanzó sus límites peninsulares definitivos.
El barrio de la ribeira de Oporto.
 Oporto, la “capital del norte” portugués.
El origen de Oporto suscita controversias. Los documentos romanos citan una población situada junto al rio Duero, en el paso del XVI Itinerario Antonino, que unía Olisipo (Lisboa) con Bracara Augusta (Braga), y que era denominada Cale, aunque no se precisa su ubicación exacta. Para algunos historiadores, estaría situada en la margen derecha del rio Duero (en el solar de Oporto), mientras que para otros su ubicación debió ser la margen izquierda (ocupada actualmente por Vila Nova de Gaia). Dejamos para los investigadores la solución de este conflicto, y nos quedamos con el nombre del municipio, que tendría una gran trascendencia futura.
Su nombre es probablemente de origen celta. No obstante, la denominación podría ser Cale o Gale, teniendo en cuenta que el latín antiguo no distinguía entre la “g” y la “c”. Esto incita a pensar en la raíz “gal-“  con la que los celtas se designaban a sí mismos (véase la cantidad de topónimos con ese prefijo, como Galicia, Galia, Gales, Galway, etc.). Así pues, Cale designaba un asentamiento en la ribera del estuario del rio Duero, fuera en la orilla izquierda (sus defensores creen que Cale/Gale sería el origen de Gaia) o uno de los núcleos dispuestos en la margen derecha, en la ladera sur que cae hacia el Duero. No obstante, no parece haber duda de la creación de un puerto en la ribera derecha, dada la mayor profundidad de las aguas en esa zona y por lo tanto la facilidad para el atraque de barcos. Ese nuevo asentamiento sería el “Puerto de Cale” (Portu Cale). De allí se derivaría el nombre de la nación Portugal.
En cualquier caso el papel de Portu Cale-Oporto es muy relevante como motor fundacional de la región que acabaría convirtiéndose en el primer reino de Portugal. De hecho, Oporto sería la capital de los dos condados previos a la independencia del reino. Pero ese privilegio sería transferido a Coimbra en 1131 (ciudad que, tras la independencia en 1139, se convertiría en capital del Reino de Portugal, distinción que mantendría hasta 1255, cuando la capitalidad fue definitivamente trasladada a Lisboa).
Independientemente del debate sobre la ubicación de Cale, la ribera derecha próxima a la desembocadura del rio Duero era una ladera orientada al sur que estuvo ocupada desde tiempos remotos por pequeños asentamientos dispersos. Uno de ellos se ubicó en una peña desde la que se dominaba el rio con facilidad. Era la conocida Pena Ventosa. Hacia el siglo III, los romanos levantaron una muralla que delimitaba el entorno de dicho cerro. Este muro (Cerca Velha) sería reconstruido en el siglo XII y contaba con cuatro puertas: la principal, Porta de Vandoma, Porta de São Sebastião, Porta de Sant'Ana o Arco de Sant'Ana y la Porta das Mentiras (Porta de Nossa Senhora das Verdades a partir del siglo XVI), todas desaparecidas a lo largo del siglo XIX. No obstante, Oporto y su territorio serían conquistados por los suevos, luego por los visigodos y después por los musulmanes.
Maqueta de Oporto centrada en el núcleo original de Pena Ventosa con la Catedral (Sé).
El Duero se mantuvo durante muchos años como frontera entre el mundo musulmán de Al-Andalus y los reinos cristianos del norte, que habían comenzado la reconquista. Tras su retorno al ámbito cristiano, Porto (Oporto) sería el núcleo desde el organizaría inicialmente el impulso reconquistador de la parte occidental de la península. A partir de 1035, el sur del Duero iría siendo paulatinamente incorporado al Condado de Portucale, pero el liderazgo, como hemos comentado, pasaría a Coimbra y a Lisboa.
La ciudad olvidaría su primacía política pero logró consolidar su potencial comercial derivado del puerto fluvial, lo que supuso un crecimiento demográfico importante que obligó a ampliar su recinto. En el siglo XIV se construyeron las conocidas como Murallas Fernandinas (que serían derribadas parcialmente entre los siglos XVIII y XIX y de las que quedan varios tramos conservados). Su trazado delimitaba un área de 44,5 hectáreas y contaba con 17 puertas y postigos, de las cuales solo ha sobrevivido una (Postigo do Carvão)
El centro histórico de Oporto (recinto delimitado en verde). En rojo los trazados de las dos murallas de Oporto.
La historia de Portugal y la de sus principales ciudades sufrirían una transformación trascendental con la creación del imperio colonial portugués. La vida económica de Oporto se dinamizaría gracias al comercio con las colonias y particularmente con Brasil, así como con el norte de Europa (gracias a la exportación de vino). La región de Oporto era una zona vinícola desde tiempo atrás, pero fue descubierta a finales del siglo XVII por los británicos que comenzaron a importar su vino con gran éxito.
Oporto visto desde las bodegas de Vila Nova de Gaia. Al fondo emergen la torre de los clérigos y la mole de Palacio Episcopal.
El vino de Oporto alcanzaría renombre internacional y se convertiría en una industria que contribuyó de forma sobresaliente a la prosperidad de la región. Con la bonanza económica, la ciudad va adoptando una nueva imagen barroca impulsada por el arquitecto de origen italiano Nicolau Nasoni (1691-1773) quien construyó alguno de los grandes edificios portuenses, como el gran Palacio Episcopal (1734), la iglesia y la torre de São Pedro dos Clérigos (1732-1763) o los palacios de São João Novo (1723-1733) o de Freixo (1750). Nasoni influyó notablemente en la creación del estilo barroco portugués.
Oporto barroca: la torre e iglesia de los clérigos.
La ciudad seguiría atrayendo inmigración, hecho que supuso la aparición de arrabales extramuros, así como el crecimiento de la ribera izquierda entre la antigua Gaia y la Vila Nova (que era donde se encontraban realmente las bodegas). Oporto comenzó a crecer más allá de la muralla fernandina y los antiguos caminos se fueron convirtiendo en calles que dirigían la extensión de la ciudad. Para controlar ese proceso espontáneo se creó, en 1764, la Junta de Obras Públicas presidida por João de Almada. El espíritu ilustrado y la experiencia pombalina de Lisboa fueron las bases utilizadas por la Junta para ordenar y evitar el crecimiento caótico de la ciudad.
Por ejemplo, el eje principal de la rua do Almada se complementó con otras vías norte-sur (Rua de Cedofeita o Rua de Santa Catarina) y calles este-oeste como el eje Clerigos-San Antonio (actual 31 de Janeiro) o la Rua Formosa. También se fueron creando los principales espacios públicos de la nueva ciudad como la Praça Nova (junto a la Porta de Santo Elói, llamada después Praça Dom Pedro y finalmente Praça da Liberdade), la Praça da Cordoaria o, más al norte, la Praça de San Ovidio (futura Praça da Republica) junto al cuartel del mismo nombre.
A lo largo del siglo XIX comenzó una profunda transformación infraestructural de la ciudad, particularmente en la reestructuración de la red de transporte, con la llegada  del ferrocarril y el trazado de puentes entre las dos orillas del Duero (superando los antiguos puentes de barcas). Además, la margen izquierda aumentó su importancia con la integración de Gaia y la Vila Nova en un nuevo municipio en 1834 (Vila Nova de Gaia). Hay que recordar que Oporto ocupa solamente la margen derecha del estuario del Duero, y la ribera izquierda (Vila Nova de Gaia) es otro municipio diferente.
A la derecha la zona de las bodegas de Vila Nova de Gaia. Al fondo el Puente de Don Luis y a la izquierda, la ribera de Oporto.
La primera conexión estable entre las dos orillas fue el Ponte Pênsil, un puente colgante que se inauguró en 1842 (con el nombre oficial de Ponte D. Maria II) y que, en 1886, dado el incremento de tráfico entre las dos márgenes y su incapacidad para satisfacerlo, fue sustituido por el Puente Don Luis I, que se construyó a su lado y se ha convertido en uno de los iconos de Oporto (del primer puente solamente se conservan los pilares de arranque).
El Puente de Don Luis I, construido por Eiffel en 1886, icono de Oporto.
Este Puente Don Luis I fue diseñado y realizado por Théophile Seyrig, colaborador de Gustave Eiffel en la empresa de ingeniería y construcción Eiffel et Cie (compañía fundada en 1866 que alcanzó un gran prestigio internacional por sus espectaculares estructuras de hierro, desde puentes hasta la Torre Eiffel levantada para la Exposición Universal de 1889 en París). Unos años antes, el mismo equipo de diseñadores y constructores había realizado el Puente de D. Maria Pia que, inaugurado en 1877, fue el primer puente ferroviario que unió las dos riberas del Duero. Este puente se mantuvo en uso más de cien años, hasta que fue sustituido en 1991 por el nuevo Ponte de São João diseñado por Edgar Cardoso. Cardoso diseñaría también, en 1963, el Puente da Arrábida, situado casi en la desembocadura del rio y que durante un tiempo fue el mayor arco de hormigón armado trazado sobre un cauce fluvial. La nómina de cinco puentes que cruzan el Duero entre Oporto y Vila Nova de Gaia se completa con el Ponte do Freixo (1995, António Reis) y el Ponte Infante Dom Henrique (2003, António Adão da Fonseca). En realidad han sido siete los puentes que han cruzado esta parte final del Duero, pero el Ponte D. Maria Pia, aunque se mantiene, está en desuso y el Ponte Pênsil desapareció.
Oporto en 1865.
Las transformaciones urbanas seguirían. Por ejemplo, a partir de 1850 se abriría la larga avenida de Boavista que conecta el centro urbano (Praça da Republica) con el océano Atlántico (Praça Gonçalves Zarco ó Rotunda do Castelo do Queijo) e incluye la gran rotonda-plaza-parque de Boavista (oficialmente Praça de Mouzinho de Albuquerque). Esta gran avenida, finalizada en 1917, se convertiría en el eje principal del moderno Oporto hilvanando edificios de oficinas, hoteles, centros deportivos, espacios comerciales y viviendas para las clases media y alta.
Oporto a principios del siglo XX, en el que destaca el trazado de la gran avenida de Boavista.
La consolidación desde finales del siglo XIX de Oporto como centro financiero condujo a una profunda remodelación del núcleo vital de la ciudad (la Baixa) que se renovó con intervenciones de reestructuración interior y la construcción de nuevos edificios (bancos, hoteles, etc.) que ofrecerán una imagen Beaux-Arts. Uno de los ejemplos emblemáticos es el plan de 1916 concebido por el arquitecto británico Barry Parker (que era conocido por haber llevado a la práctica las ideas de Ciudad Jardín de Ebenezer Howard junto a Raymond Unwin, con ejemplos como Letchworth o Hampsted Garden Suburb). Su proyecto remodeló la Praça da Liberdade, ampliándola con la Avenida dos Aliados y la Praça do General Humberto Delgado e incorporando el nuevo edificio del Ayuntamiento (Paços do Conceio-Camara municipal) proyectado en 1919 por el arquitecto municipal Antonio Correia da Silva (aunque su construcción se prolongó desde 1920 hasta 1957).
El proyecto de Barry Parker para la Baixa de Oporto (arriba a la izquierda el barrio antes de la intervención que se muestra a la derecha). Debajo imagen del nuevo centro cívico.
Además de este nuevo centro cívico, edificios como la estación ferroviaria de São Bento (1900, José Marques da Silva), el Teatro de São João (1909, José Marques da Silva) o el Mercado de Bolhão (1914, Antonio Correia da Silva) o la apertura de la vía de conexión con la parte superior del Puente de Don Luis, marcan la transformación del centro, que se terciariza y monumentaliza.
Oporto evolucionaría hacia una ciudad industrial y los talleres y artesanos se fueron convirtiendo en  industrias (principalmente textiles o metalúrgicas) que se distribuyeron por toda la ciudad, tanto envolviendo el casco histórico como a lo largo de la ribera del Duero. Esta periferia industrial albergaría, desde los primeros años del siglo XX, barrios obreros en un acelerado proceso de colmatación del territorio municipal y de los municipios limítrofes (que forman el Área Metropolitana de Oporto).
El centro histórico de Oporto fue declarado en 1996 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en el año 2001, la ciudad fue seleccionada como Capital Europea de la Cultura (junto a Rotterdam). En este contexto se realizó un nuevo esfuerzo infraestructural, ejemplarizado en el Metro o en el impulso al cierre de la vía de Cintura Interna (que se había comenzado en 1963 y se remataría en 2007) o en la construcción de edificios tan singulares como la Casa da Música, el auditorio diseñado por Rem Koolhaas que se inauguró en 2005.

Hoy Oporto, es la segunda ciudad portuguesa y “capital del norte”, con aproximadamente 240.000 habitantes y un área metropolitana que ronda los dos millones y medio de personas.
Imagen nocturna actual de la región de Oporto.

1 comentario:

  1. Durante los últimos años del antiguo puente ferroviario se practicaba una limitación a 10 km/h, con lo que el corto trayecto desde Porto hasta Gaia se convertía en una panorámica a cámara lenta.

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