10 oct. 2015

“Diseñar el vacío” / “Diseñar en el vacío”. Dos actividades diferentes (y complementarias) para definir el espacio público de nuestras ciudades.

En términos urbanísticos, hablar del “vacío” (en singular) de la ciudad es referirse al espacio libre y público de la misma. Dentro de esta noción se reúnen calles y avenidas, plazas, glorietas o parques, es decir, los elementos del sistema que constituye el espacio urbano. Diseñarlo requiere un acercamiento paulatino, que parte desde los niveles más generales para llegar hasta el más pequeño de los detalles. Por eso, no es lo mismo “diseñar el vacío” que “diseñar en el vacío”.
En el primer caso estamos planificando la estructura y el modelo espacial urbano que da sentido a la ciudad. En el segundo, cuando se diseña en el vacío, se acepta la preexistencia de lo anterior y, desde esa base, se concreta todo cuanto sucede dentro del espacio: materiales, mobiliario, vegetación, circulaciones, usos, iluminación, arquitecturas efímeras, etc., es decir, se diseña la “vida entre los edificios”, como lo definió el arquitecto danés Jan Gehl. Esto es lo que se conoce, aunque pueda sonar paradójico, como “diseño urbano interior”.
Nuestras ciudades, tanto las consolidadas, que están volviendo la atención sobre sí mismas en procesos de reforma interna, como las que muestran crecimientos significativos, se enfrentan a los nuevos retos urbanos que plantea el siglo XXI, que afectan muy especialmente a sus espacios públicos. En consecuencia, sea por adaptación de los espacios existentes o por la propuesta de lugares nuevos, el diseño en el vacío, es decir, el diseño urbano interior, se está convirtiendo en la gran tarea para los próximos años y requiere la contribución de especialistas capaces de entender las múltiples y novedosas claves que lo conforman.

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La ciudad, cuestión de espacio y de escala (entre otras muchas cosas).
Una de las representaciones más básicas de la ciudad es la ofrecida por los denominados planos de “figura-fondo”. Son imágenes en blanco y negro, en las que el negro suele ser  la “figura” y se asocia a lo ocupado por la arquitectura, quedando el blanco identificado como el espacio libre, que actuaría de “fondo”. A pesar de su simplicidad, este acercamiento es muy expresivo y muy utilizado por su capacidad para ofrecer un primer acercamiento muy comprensible de las ciudades. Por eso, en términos urbanísticos, hablar del “vacío” (en singular) de la ciudad es referirse al espacio libre y público de la misma. Dentro de esta noción se reúnen calles y avenidas, plazas, glorietas o parques, es decir, los elementos del sistema que constituye el espacio urbano.
El espacio urbano es una pieza trascendental dentro de ese complicado organismo que llamamos ciudad. Su complejidad, se manifiesta, por ejemplo, en las diversas y heterogéneas funciones que cumple (desde cauce de infraestructuras hasta escenario de la vida social, por citar algunas); y también, se aprecia en los múltiples componentes necesarios para conformarlo. Por estas razones, su diseño requiere un acercamiento paulatino, que parte desde los niveles más generales para llegar hasta el más pequeño de los detalles.
Consecuentemente, el urbanismo es una disciplina que trabaja en diferentes escalas. Cada una de ellas exige conocimientos muy específicos y utiliza instrumentos de planificación propios, cuestión  que requiere una especialización concreta y explica la necesaria integración y coordinación de diversos ámbitos de conocimiento, indispensables para una adecuada intervención en la ciudad y en el territorio. Tradicionalmente, la actividad urbanística se ha venido clasificando en tres categorías relacionadas con las tres escalas clásicas del urbanismo (territorio/ciudad/espacio), que aunque muy diferentes por objeto y procesos (hay que recordar que cada una ellas está sometida a licencias y aprobaciones administrativas que exigen que sus propuestas se realicen siguiendo un procedimiento legal determinado), están íntimamente relacionadas, porque las disposiciones territoriales condicionan el desarrollo de las ciudades y los planteamientos urbanos determinan las claves fundamentales de los espacios públicos finales.
La gran escala se ocupa de la intervención en el territorio, organizando la compatibilidad de las necesidades humanas con los requisitos del paisaje y de los ecosistemas. En este ámbito (cuya amplitud puede ser regional o metropolitana) se decide, por ejemplo,  la localización de áreas industriales o comerciales, se fomentan o se frenan crecimientos, se protegen zonas naturales o se trazan las grandes infraestructuras interurbanas. Para tomar estas decisiones es necesario conjugar un extenso conocimiento multidisciplinar que requiere la participación de muchos especialistas. Su resultado, los Planes Territoriales, son directrices de ordenación que vincularán al siguiente escalón de planeamiento.
Las dos escalas restantes, la intermedia (ciudad) y la pequeña (espacio urbano), nos conducen a distinguir las nociones de “diseñar el vacío” y “diseñar en el vacío”, dos actividades urbanas muy diferentes. Ambas operaciones contribuyen a la creación del espacio urbano de nuestras ciudades, pero, aunque lógicamente están vinculadas, son distintas, tanto por sus objetivos como por las características de su trabajo.

“Diseñar el vacío”: La planificación del espacio urbano.
El segundo nivel de actuación es la escala intermedia, que trabaja con la ciudad, en su sentido general. Esta es la escala en la que se “diseña el vacío”, es decir se planifican los espacios públicos de la ciudad.
Entre los principales cometidos de este nivel, destaca la clasificación del suelo municipal (seleccionando el que puede ser desarrollado y el que no), el planteamiento del sistema espacial y de las redes infraestructurales, la distribución de usos (calificación de suelos) o el reparto de las cargas, principalmente económicas, que conlleva todo el proceso urbanizador. Su concreción se recoge en las figuras urbanísticas admitidas por la legislación (Planes Generales o Planes Parciales, principalmente, entre otros), que suelen ser instrumentos rígidos, de base cuantitativa y normativa, en los que se presta una atención relativa a las consideraciones formales de la escena urbana. Por esta razón, una de las principales críticas que recibe el proceso de planeamiento español (y de otros muchos países con legislaciones similares) es su excesiva abstracción espacial. En muchos casos, para cumplir con las exigencias legales, es suficiente plantear una estructura viaria básica que delimite unas manzanas para la edificación, que quedaría definida por unos parámetros numéricos (edificabilidad permitida, ocupación en planta, número de pisos, etc.), y un conjunto de ordenanzas que pueden condicionar el uso, la tipología u otros aspectos arquitectónicos.
El “vacío” (el espacio urbano) queda así simplemente esquematizado, tanto por la indefinición de la arquitectura que lo conformaría como por la generalidad de su propia definición (poco más que unas líneas que separan lo público de lo privado y la indicación de sus usos básicos). Frente a esta carencia del planeamiento, son muchas las voces que reclaman una mayor atención a la configuración real del inseparable tándem que forman el espacio urbano y la arquitectura. Se reivindica la existencia de un “estudio avanzado”, de un auténtico “proyecto urbano”, que sin eludir las obligaciones legales, exprese adecuadamente el modelo urbano al que se aspira. Pero esta demanda todavía no ha dado sus frutos legislativos, aunque el mercado ha asumido, en actuaciones medias y pequeñas (quizá empujado por el marketing inmobiliario) la realización de esas anticipaciones.
La corrección de esa indefinición característica de las figuras de planeamiento de esta escala, y por influencia del urbanismo anglosajón, la ha asumido uno de los instrumentos más utilizados en los últimos años, los master plan. Los master plan, a pesar de no ser instrumentos reconocidos por la legislación urbanística española, están permitiendo establecer modelos previos que dirijan con criterio la elección de los parámetros urbanísticos, aportando además un nivel de concreción mayor al habitual de los planes generales y parciales.
¿Qué es un master plan?
Un master plan es un plan director, una anticipación del proyecto urbano definitivo. El arquitecto Leon Krier, uno de los más activos representante del movimiento conocido como New Urbanism, reflexionó sobre las características que debían reunir los master plan. Krier comentó en su libro de 1998 “Architecture. Choice or Fate” (Arquitectura. Elección o destino), que un “master plan es a la construcción de la ciudad como la constitución a la vida de una nación. Es mucho más que un instrumento técnico especializado, es la expresión de una visión ética y artística. El master plan representa la forma legal de esa visión; es la expresión geométrica y el complemento necesario de la ley(masterplan is to the construction of a city what the constitution is to the life of a nation. It is much more than a specialized technical instrument and is the expression of an ethical and artistic vision. The masterplan represents the legislative form of such a vision; it is the geometric expression and the necessary complement of the law).
Para Krier (que pensaba en actuaciones que alcanzaban el tamaño de una pequeña ciudad o una ampliación urbana importante), un master plan debía presentar cinco contenidos imprescindibles:
  1. un Plan de la ciudad (estructurando barrios y redes principales)
  2. un Plan para cada barrio (detallando espacios y el modelo concreto para cada “escenario urbano”)
  3. un Plan para cada manzana (consecuencia de lo anterior),
  4. unas Guías de diseño para la arquitectura (con repercusión en lo urbano), y
  5. unas Guías de diseño para los espacios públicos.

Nuestro procedimiento legal de planeamiento atiende a los dos primeros puntos y, en parte, se fija en el tercero (aunque puede resultar muy ambiguo), pero no solicita los restantes (que, en caso de existir, suelen ser muy generales y poco eficaces).
Por eso, la aproximación formal a la construcción de las manzanas o de los solares definidos para albergar la edificación es una de las aportaciones más destacadas de los master plan, que suponen así un cierto “proyecto arquitectónico” planteado desde el punto de vista urbano indicando cuestiones formales, como volumetrías, alturas, retranqueos, etc. pero también funciones y usos, pensadas desde su conjunto, siendo coherentes con un modelo aspiracional de ciudad y atendiendo a sus claves fundamentales.
Complementariamente, las guías de diseño para la arquitectura son indicaciones que buscan condicionar los elementos de la misma que tengan incidencia en el espacio público. Por ejemplo, respecto a la selección de materiales, cuestiones tipológicas, o referencias a elementos singulares de gran influencia en la escena urbana. De forma similar, las guías de diseño para los espacios públicos sugerirían las cuestiones principales para su definición concreta.
Pero, aún representando un gran avance respecto a la abstracción característica de los planes “jurídicos”, el master plan no es más que una anticipación aproximada, que facilita la generación de espacios concebidos desde un modelo claro y que, a pesar de plantear “guías de diseño” indicativas, todavía queda muy alejado de la verdadera materialización del espacio urbano y de todas sus implicaciones. Si estuviéramos hablando de matemáticas podríamos decir que es una condición necesaria pero no suficiente. Será la última escala del urbanismo la que se ocupará de la definición final del espacio urbano.

“Diseñar en el vacío“: El diseño interior del espacio urbano.
Finalmente, la escala menor del urbanismo es la que se dedica al diseño pormenorizado de los espacios públicos. Aparece entonces el “diseño en el vacío” entendiendo que su actuación se produce dentro de un espacio preconcebido, que asume la preexistencia de contenedores (arquitectónicos) y las vinculaciones con un sistema general (la red de comunicaciones, por ejemplo).
Esta pequeña escala, que aborda la materialización de los espacios públicos, se desarrolla operativamente a través de los denominados  Proyectos de Urbanización, que parten de las bases prefijadas por el planeamiento general. En estos trabajos, de alto contenido técnico, se definen los requerimientos concretos de infraestructuras como el transporte o los servicios urbanos (como abastecimiento de agua, electricidad, gas, telecomunicaciones, recogida de residuos sólidos urbanos o el alcantarillado de la ciudad), y también se propone el diseño y acabados materiales del propio espacio, así como de los diferentes elementos que lo “pueblan” y completan.
Pero la creación de espacios urbanos (o la remodelación de los mismos) no debe pensar solamente en términos técnicos (algo que sucede en muchas ocasiones con los Proyectos de Urbanización), sino en cómo los ciudadanos vivirán ese espacio, en cómo conseguir que sea la respuesta más eficaz y más adaptada a sus necesidades. El espacio urbano debe recuperar su sentido como lugar para la interacción social, debe volver a ser el lugar de las múltiples experiencias, capaz de dar respuesta al amplio espectro de actividades humanas y a todos los diferentes tipos de ciudadanos y a sus comportamientos. Estas cuestiones, que trascienden las cuestiones meramente técnicas, son las que deben dirigir el diseño del espacio.
En este sentido, el arquitecto danés Jan Gehl (1936), a quien ya se dedicó un artículo en este blog (El renacimiento del espacio urbano: la experiencia de Copenhague) revolucionó la visión sobre el espacio urbano de la ciudad actual y de su valoración. Su libro “Life Between Buildings: Using Public Space” (La vida entre los edificios: Usando el Espacio Público), publicado en inglés en 1987 pero cuya primera redacción en danés se remonta a 1971, lanzó el eslogan “vida entre los edificios”, una frase que hizo fortuna debido a la expresividad de su mensaje: el espacio urbano debía recuperar su vitalidad, el protagonismo en la vida ciudadana. Para conseguirlo, además de ciertas claves intrínsecas al espacio urbano, Gehl incorpora una nueva dimensión a la propia arquitectura, haciéndola partícipe (y en parte responsable) de la calidad final.
La calidad del espacio público transmite la profundidad cultural de la sociedad que lo ha creado. De forma similar al cuidado prestado al espacio arquitectónico, el espacio público debe ser tratado como el espacio interior de la comunidad y así fomentar el sentimiento de apreciación de lo colectivo. Esto no ha sido así durante mucho tiempo en el que la consideración de lo común, como terreno de nadie, ha supuesto, en demasiadas ocasiones, su desatención.
Este tratamiento como estancia colectiva es el que dirige hacia la denominación de “diseño urbano interior”, una denominación que puede sonar un tanto paradójica por el carácter exterior del espacio público. Es conocida la labor del arquitecto de interiores (o decorador), quien acepta la realidad arquitectónica que le proporciona un contenedor espacial y lo transforma con elementos incorporados. Por ejemplo, un local comercial recibido en bruto, sin acabados, se convierte en un espacio habitable y utilizable a través de una serie de acciones de diseño que lo terminan. De una forma análoga el arquitecto de “exteriores” busca completar lo que una planificación urbana previa ha concebido de una forma genérica. No puede actuar en la arquitectura y está condicionado por cuestiones infraestructurales, pero su labor, manejando los recursos compositivos disponibles, convierte el espacio en un lugar adecuado para los fines previstos, dotándolo de una materialidad concreta.

La construcción física del espacio urbano es una actividad compleja en la que interactúan necesidades y deseos, conceptos y metodologías, o tecnologías y patentes. Así, la concreción de un espacio requiere decisiones orientadas que conjuguen la creatividad y la técnica, proponiendo un amplio conjunto de elementos muy heterogéneos como pavimentaciones, mobiliarios, vegetación, circulaciones, estrategias de uso, pendientes, accesibilidades, iluminación, arte urbano o señalizaciones, entre otros muchos (las innumerables tuberías infraestructurales que discurren bajo nuestros pies también forman parte del proceso de urbanización, aunque en muchas ocasiones se definan desde instancias más generales). Todo ello dentro del contenedor dispuesto por una arquitectura que actúa como telón de fondo. La actividad del diseño urbano interior está muy caracterizada por dialécticas como contenedor/contenido o permanente/provisional,  ya que,  aparte de la definición sustancial, también atiende a las construcciones temporales que ocupan el espacio con diferentes grados de permanencia, como kioscos o terrazas de hostelería, llegando incluso al planteamiento de arquitecturas efímeras que pueden estar vinculadas a eventos (con ejemplos como la habilitación de espacios para la visita de personajes ilustres, como el Papa, hasta la instalación más modesta de mercados/mercadillos temporales).

Pero el diseño urbano interior, en el siglo XXI, requiere una visión más amplia, que tenga en cuenta otras ópticas. Lo cual supone una mayor especialización en este campo.
En primer lugar, acercándose al espacio público desde una óptica arquitectónica. Esto es así porque la ciudad es un continuo histórico que aglutina el legado recibido de generaciones anteriores, que se manifiesta principalmente en el espacio público. Saber comprender las claves de esta herencia y conjugarlas con los requisitos contemporáneos es esencial para garantizar la prolongación de la secuencia. En ello, juega un papel esencial la Arquitectura, responsable en gran medida de la materialización física del espacio público y por eso es tan importante la imbricación entre cuestiones arquitectónicas y urbanas, abordando tanto cuestiones morfológicas o tipológicas como otros aspectos derivados de la territorialidad de la arquitectura.
El diseño urbano interior, también requiere acercarse al espacio público desde una óptica social  y política, puesto que la ciudad es un espacio jurisdiccional y el espacio público, el espacio de la colectividad, es el lugar donde las reglas y procedimientos adquieren mayor sentido. El siglo XXI está produciendo un cambio de paradigmas, ya que gracias a las nuevas tecnologías está emergiendo una nueva especie de ciudadanos, los Smart Citizens, que reclaman su derecho a participar en la gestión de su ciudad. Regulación, gestión, implementación, participación, son palabras que están adquiriendo nuevos matices a partir de los requisitos de consenso reclamados por la nueva ciudadanía.
Igualmente, el diseño urbano interior, exige el entendimiento del espacio público desde una óptica simbólica, porque la ciudad es un conjunto de significados, una semántica que adquiere sentido en la mente de los ciudadanos. El espacio colectivo es el lugar donde se produce en mayor medida la interacción entre individuos y sociedad y esto se hace posible gracias a una particular gramática urbana que cuenta con un lenguaje simbólico propio.
También el diseño urbano interior, demanda una atención especial al espacio público desde una óptica funcional, dado que la ciudad es un organismo con una fisiología particular y unas tecnologías cada vez más sofisticadas. Desde este punto de vista, el espacio público debe ser analizado en una doble vertiente,  tanto como soporte físico de infraestructuras esenciales (redes de servicio o tráficos urbanos) como respecto a su propia idoneidad espacial (accesibilidad, movilidad). Además, la aportación trascendental de las nuevas tecnologías (TICs), así como de los criterios de sostenibilidad, están definiendo nuevos rumbos en esta línea.

Ciertamente, la ciudad es un permanente work in progress, afectado por todos los ámbitos de lo humano, que evoluciona en sus conceptos y en sus estructuras físicas, y el espacio público es su testimonio.
Nuestras ciudades, tanto las consolidadas, que están volviendo la atención sobre sí mismas en procesos de reforma interna, como las que muestran crecimientos significativos, se enfrentan a los nuevos retos urbanos que plantea el siglo XXI, que afectan muy especialmente a sus espacios públicos. Entre esos retos se encuentran el dar adecuada respuesta a la nueva movilidad urbana (con importantes estrategias de peatonalización o diversificación de vehículos), a la incorporación colaborativa de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs), a la integración de todos los colectivos sociales, al deseado retorno de la significación y de las claves que “humanizan” los espacios, o a la revitalización general del espacio urbano que favorezca la sociabilidad. Todo ello está indicando un camino inédito para afrontar el diseño de los espacios públicos de las ciudades.
Por estas razones, el diseño en el vacío, el diseño urbano interior, se está convirtiendo en la gran tarea para los próximos años. Esto requiere la contribución de especialistas capaces de entender las múltiples y novedosas claves que lo conforman. Como se ha dicho, la calidad de las ciudades se mide en buena medida por la de sus espacios urbanos y, en algunos casos, se está resintiendo por la falta de preparación de profesionales capaces de integrar, colaborar o incluso coordinar todas sus implicaciones. Las causas de ello pueden encontrarse en las reformas de los planes de estudio de los arquitectos, que han visto reducidos notablemente sus conocimientos en estas cuestiones, o la excesiva tecnificación de los ingenieros, así como la falta de visión integral del proceso de otros intervinientes (desde paisajistas hasta sociólogos por ejemplo).
Es imprescindible la formación de nuevos profesionales, que además de dominar las bases técnicas necesarias, comprendan el nuevo contexto social y urbano, conozcan los variados “lenguajes” de los especialistas que intervienen en la definición del espacio urbano, sepan mediar entre los deseos e intereses de los diferentes agentes, y manejen con soltura las nuevas herramientas de trabajo (desde, por ejemplo, cartografías colaborativas, hasta el tratamiento de la información urbana suministrada por las nuevas tecnologías). Para paliar esta situación están surgiendo nuevas propuestas docentes, que atraen alumnos de todas las partes del mundo interesados en profundizar en las nuevas claves del diseño de los espacios urbanos de la ciudad contemporánea, como el Master in Urban Interior Design (MUID), impartido conjuntamente por la Universidad San Pablo CEU de Madrid y el Politécnico de Milán.


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