27 feb. 2016

La Habana colonial: la “Habana Vieja” y la ciudad extramuros antes de 1898.

La Habana, el Capitolio visto desde la calle Barcelona, una de las vías de la antigua ciudad extramuros.
Durante cuatro siglos, Cuba formó parte del imperio colonial español y se convirtió en una de sus joyas más apreciadas (y también en un trauma inmenso, tras su pérdida en 1898). Su capital, La Habana, ha sido, desde su fundación en 1519, el escenario donde han quedado grabados el poder y el esplendor de una época, las vacilaciones de periodos turbulentos, las penurias de los momentos de decadencia, o las dudas ante un futuro incierto, como ocurre en la actualidad (dudas extensibles igualmente a todo el país).
La Habana es una ciudad ecléctica, y, aunque casi todas lo son en mayor o menor medida, en ella esa condición es extrema. No obstante, La Habana ha conseguido fusionar, de una forma distintiva, las contradicciones propias del eclecticismo, para generar una ciudad única. La Habana ha absorbido influencias de sus muy variadas raíces (americanas, europeas, africanas y también asiáticas) y ha religado comportamientos antagónicos, culturas y religiones enfrentadas, o estilos de vida desiguales con una inquebrantable jovialidad. También, desde un punto de vista urbano, ha yuxtapuesto, “regularidad e irregularidad, rigidez geométrica y libertad formal, planificación y desarrollo espontáneo”, como apuntó Roberto Segre, o ha fusionado, de una manera muy peculiar, modernidades diversas con un centro histórico “atrapado” en el tiempo (La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad desde 1982).
Abordamos la aproximación a La Habana en dos artículos. En este primero nos acercamos a la Ciudad Colonial, dejando para otra ocasión su evolución durante el siglo XX.

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La fundación de La Habana.
Cristóbal Colón falleció en 1506 y su primogénito, Diego Colón, heredó sus derechos sobre los nuevos territorios descubiertos. El rey Fernando el Católico lo designó, en 1508, gobernador de la isla La Española (hoy distribuida entre Haití y la República Dominicana). Una de las misiones de su cargo era ampliar los dominios del imperio. Con ese fin, Colón envío como adelantado a uno de sus lugartenientes, Diego Velázquez y Cuéllar, quien conquistaría la isla de Cuba (a la que ya había llegado Cristóbal Colón en su primer viaje, siendo bautizada por el Almirante con el nombre inicial de isla Juana).
Cuba era un territorio estratégico dentro del mar Caribe. Desde la isla se podían controlar las dos entradas al Golfo de México, tanto por el Estrecho de Florida como por el Canal de Yucatán. Además, era la mayor de todo el archipiélago antillano ya que desde su extremo occidental (el cabo de San Antonio) hasta el oriental (la Punta de Maisí) hay una distancia de unos 1.225 kilómetros y su anchura varía desde los 35 hasta los 191 kilómetros, con un promedio de 80. La superficie insular es de 109.884km2 y su altura máxima asciende hasta los 1.974 metros del Pico Turquino, situado en el sureste.
Mapa de las islas de Cuba y la Española (Haití/República Dominicana) elaborado por Juan de la Cosa en 1500.
Velázquez sería nombrado gobernador de Cuba, recibiendo la facultad de fundar ciudades para consolidar la posición española en el territorio. La colonización fue rápida ya que los nativos eran relativamente pacíficos y su oposición fue fácilmente vencida. El adelantado fundaría siete ciudades que son conocidas como las “siete primeras villas coloniales cubanas”. La primera fue Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa en 1511 (Baracoa); luego vendrían San Salvador de Bayamo en 1513 (Bayamo); la Villa de la Santísima Trinidad (Trinidad) y Santa María del Puerto del Príncipe (Camagüey), ambas a principios de 1514; Sancti Spíritus, a mediados de 1514; Santiago de Cuba, en 1515; y, finalmente, San Cristóbal de La Habana, también en 1515, aunque en una ubicación situada al sur de la localización actual de La Habana. Por esta razón, se considera que la fundación oficial de La Habana fue en 1519, cuando fue trasladada a su posición definitiva.
La primera capital insular fue Santiago de Cuba que, situada en el sureste de la isla, disfrutaba de las excepcionales condiciones de su bahía. No obstante, acabaría perdiendo ese privilegio en favor de La Habana en 1556. La causa fue la modificación del sistema de comunicaciones y navegación entre España y el nuevo mundo. La variación del flujo comercial, que comenzó a recorrer la costa norte de la isla, acabaría marginando a Santiago de Cuba y otorgaría un papel cada vez más relevante al puerto de La Habana.
Ciertamente, La Habana también contaba con un entorno ideal, ya que se asentaba igualmente junto a una bahía que consistía en una amplia lámina de agua interior separada del mar por un estrecho canal, fácilmente defendible. Gracias a eso, la bahía, cuya profundidad permitía la navegación, favorecía la seguridad de la flota española y de sus mercancías, que sufrían el acoso permanente de piratas y corsarios franceses, ingleses y holandeses.
Uno de los primeros planos de La Habana elaborado en el siglo XVI.
La presión provocada por ese hostigamiento llevó a tomar dos decisiones que serían trascendentales para la joven ciudad. La primera, tomada en 1561, fue la instauración de un “puerto único”, es decir, que toda la Flota de Indias se concentraría en La Habana y las naves partirían, desde allí, juntas hacia España. A partir de esta medida, surgiría un puerto importante (el inicial Puerto de Carenas) que proporcionaría un auge económico extraordinario para la ciudad.
La segunda decisión fue la fortificación de la ciudad para hacerla inexpugnable, comenzando por la construcción del Castillo de la Real Fuerza (1558) y los posteriores Castillo del Morro (1585) y Castillo de la Punta (1590), que custodiarían el canal de entrada a la bahía. Estas tres fortificaciones se verían complementadas por unas poderosas murallas que protegerían tanto a la ciudad como al puerto y que serían levantadas a partir 1674 (en 1698, la parte de tierra estaba concluida, pero la marítima no quedaría finalizada hasta 1740). El sistema defensivo de La Habana se iría completando con nuevas construcciones como el Fuerte de Santa Dorotea de la Luna de la Chorrera (1646) ubicado al oeste, junto a la desembocadura del río Almendares y cuyo objetivo era evitar que los barcos enemigos se abastecieran de agua dulce en ese punto (con similar propósito se levantaría el Torreón de Cojímar, situado al este, en la bahía en la que desagua el río Cojímar). También se reforzaría el control del acceso a la bahía con la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña (1763-1774), tras un conflicto con los ingleses. Entre 1767 y 1779 se construiría el Castillo del Príncipe sobre la Loma de Aróstegui, que comenzaría su misión como guarnición militar y acabaría sirviendo como prisión.
La Habana. Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro (castillo del Morro) levantado en 1585 por Bautista Antonelli.

La “Habana Vieja” (la ciudad intramuros).
A partir del 1519 fundacional, La Habana había ido creciendo modestamente desde el primer asentamiento, junto a la actual Plaza de Armas. El trazado habanero se iría desarrollando en ausencia de un modelo claro, partiendo de las vagas referencias extraídas de las experiencias medievales peninsulares. Hay que tener en cuenta que los reglamentos urbanos para el trazado de las nuevas ciudades del Imperio español no se redactarían hasta 1573 y las ciudades anteriores a esa normativa muestran ciertas irregularidades respecto al típico damero colonial. En cualquier caso, La Habana, a pesar de la espontaneidad de su crecimiento logró crear una cuadrícula, aunque tuviera bastantes imperfecciones. Por esta razón, La Habana no es una ciudad colonial “canónica”.
La Habana. Plaza de Armas, con El Templete neoclásico (1828, Antonio María de la Torre y Cárdenas) levantado en el lugar donde en 1519 se fundó la villa de San Cristóbal de La Habana.
Así pues, la primera Habana se organizó en torno a la actual Plaza de Armas y allí se ubicaron los edificios principales de la villa. Desde ese núcleo se prolongaron las calles hacia el norte donde se implantaría otro nodo urbano, la Plaza de la Ciénaga (que con el tiempo albergaría la Catedral de la Habana y se convertiría en la Plaza de la Catedral); y también hacia el sur, con un nuevo foco relacionado con el primer convento de San Francisco de Asís, construido entre 1548 y 1591 (la Plaza de San Francisco). Tras la Plaza de Armas y la de San Francisco, en 1559 se trazaría la entonces llamada Plaza Nueva y que hoy, paradójicamente, es conocida como la Plaza Vieja (el nombre cambiaría cuando se configuró otra plaza más reciente, la Plaza de Santo Cristo en 1814). La Plaza Nueva/Vieja se convertiría en el nodo comercial de la ciudad dando cobijo a su principal mercado (de hecho, también fue conocida como Plaza del Mercado).
Esta proliferación de espacios estanciales es una muestra más de la divergencia con el modelo de ciudad colonial española (que plantearía una gran plaza principal multiusos). La Habana histórica contó con cuatro espacios principales, cada uno de los cuales tuvo una misión concreta: la Plaza de Armas, política y militar; la Plaza de la Catedral, religiosa; la Plaza de San Francisco, vinculada con los muelles del puerto; y la Plaza Nueva/Vieja, lugar de mercado. Con el tiempo surgirían nuevas plazas (como la citada Plaza de Santo Cristo) y otras pequeñas plazuelas que irían definiendo el espacio público de la ciudad.
La Habana. Plaza de San Francisco.
La ciudad se iría expandiendo intentando mantener la estructura reticular, a través de una estrategia muy particular: la prolongación, desde las plazas, de dos calles paralelas que actuaban como “ejes dobles”, sirviendo de directriz para el resto de calles que irían completando el trazado. Por ejemplo, desde la Plaza de Armas, el doble eje formado por las calles Oficios y Mercaderes se extendió en sus dos sentidos: hacia el norte, hasta la Plaza de la Ciénaga/Catedral; y hacia el sur hasta los astilleros. Otros dos ejes dobles que se fueron consolidándose, adoptarían la dirección este-oeste: por un lado, las calles Obispo y O’Reilly y, por otro, las calles Muralla y Teniente Rey.
En 1592, el rey de España, Felipe II, otorgó el título de ciudad a la Villa de la Habana y comenzó a plantearse la necesidad de fortificarla. En 1603 se presentaron las primeras opciones para la línea de murallas, elaboradas por Bautista Antonelli y Cristóbal de Roda, ingenieros militares de Indias, aunque, como hemos adelantado, el proceso sería muy largo (habría un gran retraso en el arranque debido a cuestiones administrativas y, sobre todo, financieras, por lo que la construcción efectiva transcurriría entre 1674 y 1740). El trazado final de las murallas proporcionaría esa planta fusiforme tan característica de La Habana Vieja. Las puertas se irían abriendo en diversos momentos, siendo de norte a sur las siguientes: Puerta de La Punta, Puerta de Colón, Puerta de Monserrate (que fue doble), Puerta de la Muralla o de Tierra, que sería la principal, Puerta del Arsenal (1775), Puerta de la Tenaza (1741) que se cerraría al abrir la del Arsenal, y Puerta de Luz (1742).
Las murallas dividieron en dos el territorio habanero. Por una parte, delimitaron la ciudad “intramuros”, encerrada dentro de la fortificación y que coincide con la actualmente denominada “Habana Vieja”. Por otra parte, quedaron los terrenos situados fuera de los muros de defensa, el “campo exterior” sobre el que iría creciendo otra Habana, que entonces sería llamada la Habana Extramuros. Esta ciudad dual quedaría muy caracterizada socialmente porque en el interior residirían los españoles y las clases acomodadas, mientras que en los arrabales exteriores se irían aposentando los nativos y la población más desfavorecida.
La Habana. Plaza Vieja.
También en 1592 entró en funcionamiento una de las infraestructuras más vitales para la nueva ciudad: la Zanja Real, que suministraría agua potable al núcleo. Este primer acueducto era un canal excavado en el terreno que transportaba el agua desde el río Almendares hasta La Habana, con un recorrido de trece kilómetros y que, en las proximidades de la ciudad, se dividía en tres ramas con diferentes destinos (entre los que se encontraban varias fuentes para el abastecimiento público). Su construcción requirió un gran esfuerzo (las obras duraron veintiséis años, ya que se habían iniciado en 1556), que sería compensado porque la Zanja Real permanecería en servicio hasta el año 1835, cuando fue sustituida por el nuevo Acueducto de Fernando VII (que también sería reemplazado en 1893 por el Acueducto de Albear, que todavía hoy suministra el 20% del agua de la ciudad).
La Zanja Real impulsaría el crecimiento hacia el oeste, aunque, tras la delimitación del espacio intramuros, la ciudad iría completando el recinto avanzando tanto hacia el sur (urbanizándose el área de Campeche donde se irían alojando las clases más pobres, trabajadores del puerto, marineros y pescadores), como hacia el norte, consolidando la zona de La Punta. A finales del siglo XVII, la parte terrestre de las murallas estaban concluidas y el recinto intramuros quedó definido (el plano de 1691 realizado por Juan Síscara muestra el estado de la ciudad en ese momento). El casco se estructuraba así en dos grandes cuarteles o distritos que fueron definido en 1770: La Punta al norte (compuesta por los barrios de Dragones, El Ángel, La Estrella, y Monserrate) y Campeche al sur (integrado por San Francisco, Santa Teresa, Santa Paula y San Isidro).
La Habana en 1691, plano de Juan Síscara.
Durante el siglo XVIII, la prosperidad económica de La Habana se reflejó en un auge constructivo que transformaría el paisaje urbano de la capital. Palacios, iglesias o grandes edificios administrativos fueron espléndidas muestras de la arquitectura del barroco cubano, un estilo más sobrio que el desarrollado en otras regiones cercanas del Virreinato (como México o Guatemala). Esta menor exuberancia puede ser debida en parte a la ausencia de una cultura indígena previa (como la hubo en los casos centroamericanos con los aztecas o los mayas), pero, sobre todo, fue causada por las limitaciones de los materiales insulares. Entre estos, es especial la repercusión de la piedra caliza (piedra de Jaimanita), que se utilizó para las grandes construcciones monumentales habaneras (desde las fortificaciones hasta las edificaciones barrocas). Su grano grueso o la presencia de oquedades impedían un labrado menudo y detallado (como sucede con el mármol). Por eso, el trabajo sobre esa piedra se limitaría a plantear curvas y sinuosidades en el relieve de las fachadas, mostrando contrastes de luz y sombra, efectos de claroscuro que se ven acentuados con el oscurecimiento que sufre esa piedra con el tiempo. No obstante, a pesar de la dificultad de labra, también se produjeron columnas, capiteles, arcos variados (con preferencia del medio punto) y volutas.
Ejemplos de ese barroco cubano en la arquitectura religiosa son la nueva iglesia de San Francisco (1719-1738), la de San Francisco de Paula (1730), la iglesia del Cristo del Buen Viaje (1755, construida sobre una ermita anterior) y, principalmente, la Catedral de la Habana. La ciudad tuvo una primera iglesia parroquial mayor en la Plaza de Armas, pero el edifico se vio muy afectado en 1741 como consecuencia de la explosión de un barco atracado en el cercano puerto y acabaría siendo derribado. La iglesia principal se trasladaría entonces a la Plaza de la Ciénaga (en la que se encontraba el Oratorio de San Ignacio que los jesuitas habían levantado en 1748). Tras la expulsión de los jesuitas, en 1778 se decidió transformar radicalmente el modesto Oratorio en la nueva Iglesia Catedral de la Habana (no se tiene identificado el autor del proyecto, pero parece que la terminación del edificio y la fachada fueron obra del arquitecto español Pedro de Medina). El nuevo edificio barroco presidiría la remodelada plaza (desde entonces llamada Plaza de la Catedral), acompañado de varios palacios de la nobleza local, ejemplos del estilo aplicado a la arquitectura civil, como el Palacio de los Condes de Casa Bayona (1720, actualmente ocupado por el Museo de Arte Colonial), el Palacio de Lombillo (1741, actual sede de la Oficina del Historiador de La Habana Vieja), el Palacio del Marqués de Arcos (1741, ocupado por el Taller Experimental de la Gráfica de La Habana), el Palacio de los Marqueses de Aguas Claras (1760, ocupado por un restaurante) o la Casa del Obispo Peñalver (actual Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam).
La Habana. Plaza de la Catedral con el templo y los palacios perimetrales.
También el barroco levantó grandes edificios administrativos y espacios urbanos. En el solar dejado por la antigua iglesia de la Plaza de Armas se levantaría en 1776 el Palacio de los Capitanes Generales, otro de los hitos barrocos habaneros, proyectado por el arquitecto coronel de ingenieros Antonio Fernández Trevejos (hoy el palacio es el Museo de la Ciudad). El mismo arquitecto construiría el contiguo Palacio del Segundo Cabo (1772) e intervendría en la construcción del primer paseo marítimo de La Habana, la Alameda de Paula, un espacio público situado junto a la iglesia de Paula (de San Francisco de Paula), que respondía al espíritu ilustrado de la época impulsado por el rey de España Carlos III.
La proliferación de viviendas y el intenso programa de construcción institucional hizo que a mediados del siglo XVIII el casco intramuros estuviera colmatado. En consecuencia, comenzó un proceso de densificación que se manifestó en el incremento de altura de las antiguas viviendas, que incorporaban nuevos pisos para albergar a más familias. Esa colmatación también forzaría la aparición de arrabales extramuros para acoger a la población, fundamentalmente nativa, que no podía acceder al interior urbano. El censo de 1778 proporcionaba las siguientes cifras: La Habana intramuros contaba con 40.737 habitantes mientras que los barrios extramuros alcanzaban ya los 4.434 habitantes.
La Habana Vieja, “atrapada” en el tiempo.
No obstante, estos incipientes arrabales no eran los únicos núcleos del entorno ya que la prosperidad de la Habana impulsaría la aparición de otros asentamientos en el borde de la bahía, aunque alejados del núcleo principal. Así habían nacido, por ejemplo, Asunción de Guanabacoa en 1554 (la actual Guanabacoa) o Regla que surgió como un poblado vinculado al Santuario de Nuestra Señora de Regla en 1690.
La Habana en 1762, con el comienzo de la colonización extramuros (se aprecia el trazado de la Zanja Real y el territorio del Vedado, junto al mar).

Las Habana extramuros (los arrabales de la ciudad).
Además de la comentada división del territorio habanero en dos, la fortificación de la ciudad tuvo otra consecuencia que condicionaría el desarrollo urbano de La Habana: la creación de un espacio abierto de reserva militar frente a la muralla. Ese campo militar sería llamado, como en otras ciudades, Campo de Marte (en recuerdo del dios romano de la guerra) y tendría un doble objetivo ya que serviría tanto de lugar para entrenamiento e instrucción del ejército, como para evitar que las construcciones pudieran proporcionar camuflaje a un enemigo. El gran espacio tendría la forma aproximada de un rectángulo dispuesto de norte a sur. Quedaría limitado por los fosos de la ciudad (que lo cerraban por el este), el mar por el norte, el Arsenal de la bahía por el sur y que por el oeste se vería determinado por la aparición de los primeros barrios extramuros de Jesús María, Guadalupe y la Salud. Como veremos, este espacio tendría una gran importancia en la reconfiguración de la ciudad decimonónica.
La Habana en 1798. A finales del XVIII se van consolidando los arrabales más allá del Campo de Marte.
La densificación del espacio intramuros, que obligó al crecimiento en altura de las edificaciones, llegó a su límite y ocasionó la aparición de arrabales exteriores, que se fueron disponiendo más allá del Campo de Marte, apoyados en los caminos que accedían a la ciudad y conducían a los terrenos agrícolas del entorno. Entre esos ejes de urbanización se encontraron la Calzada del Monte (hoy denominada Máximo Gómez), que partía del núcleo urbano hacia el suroeste, bifurcándose posteriormente en la Calzada de Jesús del Monte hacia el sur (actual 10 de octubre) y en la Calzada del Cerro, hacia el oeste. Esta última vía se convertía en la Calzada de Puentes Grandes para conectar con la Calzada Real de Marianao. También la Zanja Real estructuraría el crecimiento de la ciudad hacia el oeste, ya que junto a ella se habilitaron huertas, terrenos agrícolas e incluso fincas de recreo (como la Quinta de los Molinos, que disfrutarían los diferentes capitanes generales de la ciudad).
La Habana. Calzada de la Reina en 2003.
Así, durante el siglo XVIII, los primeros arrabales fueron asentándose junto a las huertas y fincas agrícolas para dar alojamiento a los trabajadores de las mismas (así surgiría el embrión del barrio de Guadalupe, denominado así por la presencia de otra ermita con esa advocación). Junto a este núcleo acabaría consolidándose otro, el barrio de San Lázaro. El barrio de Jesús María nacería hacia la segunda década del siglo, impulsado por la implantación en 1713 del Real Arsenal de La Habana, con los astilleros para la construcción naval (por eso su denominación inicial del barrio fue San José del Astillero, aunque la construcción de una ermita en 1753 le proporcionó su nombre definitivo). El barrio comenzó a poblarse con nativos que trabajaron en los astilleros. Junto al barrio de Jesús María surgiría el barrio del Señor de la Salud.
Poco a poco, conforme los barrios iban creciendo y se conectaban entre sí, se fue consolidando un importante conjunto urbano, separado de la ciudad por el Campo de Marte. Este arrabal continuo, formado por fragmentos yuxtapuestos sin solución de continuidad (más allá de los grandes ejes que les habían servido de base estructural), acabaría configurando una entidad: Centro Habana, uno de los municipios entre los que se estructura administrativamente la capital cubana. No obstante, durante el siglo XIX, esta zona sufriría importantes modificaciones que mejorarían la interacción entre sus diferentes partes.

La Habana del siglo XIX: la fusión de la ciudad dual.
Durante el siglo XIX, La Habana alcanzaría su máximo esplendor. Durante su primera mitad, los muelles fueron ampliados, extendiéndose a lo largo de todo el litoral interior de la bahía y paralelamente se fue reconfigurando el borde urbano junto a ellos.
En esos mismos años, mientras todavía permanecían las murallas encerrando el recinto de La Habana Vieja, los arrabales exteriores continuaron creciendo con las mismas dinámicas comentadas, siguiendo los caminos y con trazas espontáneas. Pero las prósperas clases acomodadas habaneras renegaban de la congestión y densidad de la ciudad interior y comenzaron a buscar otras opciones habitacionales. Comenzaron a proliferar lujosas casas-quintas, construidas en las afueras de la ciudad (siguiendo la Calzada del Cerro, acercándose al rio Almenares, una zona más saludable). Estas villas neoclásicas con sus columnas y jardines contiguos, supusieron una alternativa al palacio barroco entre medianeras característico hasta entonces de las clases de la nobleza. Esa nueva arquitectura sería la expresión del poder alcanzado por la alta burguesía y la aristocracia, enriquecidas con el comercio azucarero (que los cubanos bautizaron como “sacarocracia”).
El impulso edificatorio llevó a la remodelación del viario existente (con rectificaciones y pavimentaciones sobre todo en Centro Habana), así como al trazado de nuevas calles y avenidas. Entre 1827 y 1840 se crearía (en la zona del Campo de Marte) el Paseo de Isabel II, (posteriormente Paseo del Prado y, finalmente, Paseo de Martí), o el Paseo de Tacón, abierto en 1836, (que sería rebautizado como Carlos III y hoy es la avenida Salvador Allende). Esta avenida, que enfilaba el Castillo del Príncipe, no solo servía de acceso a las nuevas villas occidentales, o para paseos y desfiles, sino que también permitía el rápido desplazamiento de las tropas alojadas en la guarnición ante una eventual rebelión en la ciudad (además, su trazado rectilíneo favorecía el paso de la artillería). Paralelamente, La Habana comenzaría a dotarse de edificios acordes al nivel de prosperidad que había alcanzado, construyendo hoteles, teatros, comercios, cafés, etc.
La Habana. Paseo del Prado (paseo Martí) con el Hotel Inglaterra, construido en 1875.
Dos acontecimientos marcarían la transformación definitiva de la ciudad decimonónica: la llegada del ferrocarril y el derribo de las murallas. El ferrocarril llegó a la ciudad en 1837 para transportar el azúcar desde el valle de Güines hasta el puerto habanero (fue el primer territorio español en contar con ese medio de transporte). El nuevo medio de transporte impulsaría enormemente la prosperidad de la ciudad (al menos la de sus clases altas). La primera estación Ferroviaria, la llamada Estación de Villanueva, fue edificada en 1839 y se mantendría en activo hasta la construcción en 1912 de la Estación Central sobre los terrenos del Arsenal.
El derribo de las murallas en 1863 resultaría un acontecimiento urbano de primera magnitud para la ciudad, permitiendo la ordenación del borde occidental de la Habana Vieja. La reserva del Campo de Marte sería ocupada con rapidez por medio de una cuadrícula de transición entre el trazado de la Habana Vieja y los barrios extramuros de Centro Habana. Allí se plantearon algunas áreas verdes, con la disposición de parques, paseos (como el Paseo de Martí, también conocido como Paseo del Prado), y alguno de los edificios singulares de la ciudad, desde hoteles como el Hotel Inglaterra en 1875, hasta el antiguo Centro Gallego (1907, hoy Gran Teatro de la Habana) y, sobre todo, años después, el Capitolio (1929).
El área occidental de la antigua Habana en 1898, con el ensanche del Vedado, el cementerio de Colón y el Castillo del Príncipe cerrando la perspectiva de la avenida Carlos III (actual avenida Salvador Allende)
Durante la segunda mitad de la centuria se construiría una de las experiencias más interesantes del urbanismo habanero: el Vedado. El Vedado supuso un ensanche de la ciudad con nuevos criterios. El sitio se encontraba libre, ya que también se vio afectado por la prohibición militar de construcción en ese terreno (de ahí el nombre), que era una ladera de pendiente suave hacia el mar y con una exuberante y variada vegetación. La urbanización arrancaría junto a la desembocadura del rio Almendares, con el proyecto para el Carmelo, diseñado por el ingeniero Luis Yboleón, quien lo presentó en 1859. A partir de ese primer embrión, el ensanche se iría extendiendo con los mismos criterios de diseño y similares ordenanzas, colonizando otras zonas (como la del Vedado propiamente, que acabaría siendo la denominación general para todo el ensanche). 
Esquema del trazado del ensanche del Vedado, en el que se aprecian sus cuatro vías principales.
El resultado fue una cuadrícula perfecta girada aproximadamente 45⁰ respecto a los puntos cardinales. La trama del Carmelo, de manzanas de 100 metros y calles de 16, identificó las calles paralelas a la costa con números impares (del 1 hasta el 29) y asignó números pares para las perpendiculares (del 2 al 30). El posterior crecimiento oriental (el Vedado) seguiría el criterio anterior, pero adoptando letras (desde la A hasta la P) para las vías paralelas a la orilla (al malecón que se construiría a principios del siglo XX). Las dos áreas (Carmelo y Vedado) se articularon con la Avenida Paseo, un gran bulevar en dirección noroeste-sureste de 50 metros de anchura. En esta retícula hay otras tres vías especialmente relevantes además de la Avenida Paseo: la Avenida de los Presidentes (coincidente con la calle G, también de 50 metros y perpendicular a la orilla), la calle de la Línea, el eje principal de las vías paralelas al mar (encajada en buena parte con la calle 9 y luego convertida en diagonal) y la calle 23 (ambas de unos 28 metros).
Cuando terminó el dominio español en Cuba, el Vedado estaba prácticamente urbanizado, aunque escasamente construido (la ascendente burguesía habanera respondería trasladándose a vivir al ensanche durante el siglo siguiente). La nueva trama había nacido con la voluntad de convertirse en un nuevo modelo de ciudad en sintonía con las teorías avanzadas de la época que propugnaban la búsqueda del higienismo y una nueva movilidad. Las características de este ensanche y su coincidencia en el tiempo con el de Barcelona (ambos son de 1859) han suscitados comparaciones entre ellos (se especula que Yboleón tuvo contactos con Cerdá).
La Habana. Vista aérea del barrio del Vedado.
Otro de los grandes equipamientos decimonónicos sería el gran Cementerio de Colón (inaugurado en 1871), situado en el límite del Vedado y que destaca en el plano de la ciudad por el contraste de su rectángulo girado respecto a la traza del ensanche.
Las últimas décadas de la centuria asistirían a las primeras sublevaciones independentistas que provocarían varias guerras con la metrópoli colonial, España. Entre 1868 y 1878 se desarrolló la Guerra de los Diez años o Guerra Grande. Este conflicto terminaría con la capitulación de los rebeldes. Para intentar evitar nuevos levantamientos, España fomentó el traslado de numerosos emigrantes hacia Cuba en un intento de “españolizar” la isla (durante esos años llegarían casi 400.000 personas). Pero, a pesar de ello, los movimientos independentistas no cejaron en su empeño y en 1879 estalló una nueva contienda, la Guerra Chica (1879-1880), que tendría un final similar a la anterior. Un tercer conflicto se iniciaría poco después, en 1895, y sería definitivo: la conocida como Guerra de Independencia de Cuba (o Guerra del 95). En esta ocasión, las milicias cubanas, que contaron con la ayuda estadounidense, lograron doblegar al ejército colonial español. En 1898 sería declarada la independencia de Cuba. Ese año sería especialmente dramático para España ya que asistiría a la liquidación de sus últimas colonias (además de Cuba, perdió también Filipinas) y quedaría como un hito de la decadencia del país.
La Habana en 1899.


A finales del siglo XIX, La Habana había alcanzado los 250.000 habitantes y la siguiente centuria resultaría trascendental la ciudad. La independencia y la constitución de la República de Cuba (1902) marcarían un nuevo rumbo para el país, que entró en la órbita norteamericana (incluso se llegó a pensar que podría convertirse en un nuevo estado). Esta situación se mantendría hasta 1959, otra fecha clave en la historia cubana. El 1 de enero de ese año, la revolución liderada por Fidel Castro triunfaría, suponiendo un giro radical a la orientación política del país que se acercaría a la órbita soviética. Dedicaremos un artículo próximo a la evolución urbana de La Habana durante el siglo XX.

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