5 mar. 2016

La Habana “norteamericana” y La Habana “cubana” (la ciudad en el siglo XX)

El Malecón habanero (mirando hacia La Habana Vieja) fue la primera gran obra del siglo XX.
En un artículo anterior nos aproximamos a La Habana Colonial, capital de una Cuba integrada en el Imperio español. La independencia de país en 1898 y la proclamación de la república abrieron unos horizontes distintos. El siglo XX presentó dos mitades bien diferenciadas en cuanto a objetivos y realizaciones. Si durante la primera parte (hasta 1959) la isla se encontró bajo una fuerte influencia norteamericana (hay historiadores que se refieren a este periodo como “neocolonial”), durante la segunda parte de la centuria, tras la revolución castrista, Cuba viró su rumbo hacia posiciones comunistas vinculadas a la órbita soviética.
Estas circunstancias encontraron su reflejo en la capital, que tuvo un comportamiento bipolar: La Habana “norteamericana” fue una ciudad hiperactiva con crecimientos extraordinarios y grandes programas de construcción (aunque generó grandes desigualdades sociales); por el contrario, La Habana “cubana”, ofrecería síntomas de estancamiento como consecuencia de las políticas que privilegiaron el desarrollo de las áreas rurales frente a las urbanas.
Actualmente, la viabilidad del sistema político está puesta en cuestión y las últimas medidas aperturistas abren posibilidades desconocidas hasta ahora, lo que hace que Cuba, y su capital, tengan ante sí un futuro lleno de desafíos e incertidumbres.

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La Habana “norteamericana”.
La primera mitad del siglo (hasta el año 1959 concretamente) estuvo fuertemente influenciada por los Estados Unidos. De hecho, algunos historiadores se refieren a este periodo como la etapa “neocolonial”. Desde la independencia (1898) hasta la proclamación de la República (1902) hubo un gobierno provisional norteamericano que, al abandonar el poder, se aseguró el control sobre las decisiones que se tomaran en Cuba, además de reservarse el derecho de intervenir en “caso necesario”, como sucedió, por ejemplo, entre 1906 y 1909, fechas en las que volvió la administración estadounidense tras una intervención militar.
Durante las seis décadas que duró esta etapa, el sistema político cubano, a pesar de ser formalmente una república, encubrió auténticas dictaduras (como las de Gerardo Machado o Fulgencio Batista). Cuba disfrutó de periodos de gran prosperidad, pero, en general, sus mandatarios favorecieron los intereses norteamericanos en la isla, así como los de la oligarquía local, y consolidaron regímenes caracterizados por altas cotas de corrupción, por el despilfarro de los fondos públicos y por la generación de profundas desigualdades sociales. La tensión fue en aumento hasta que estalló la Revolución Cubana, conflicto que, tras varios años de lucha armada entre el ejército y las guerrillas rebeldes, terminó el 1 de enero de 1959 con la victoria de los sublevados liderados por Fidel Castro.
En ese periodo, La Habana asistió a una serie de cambios muy importantes para la ciudad. Primero por el extraordinario crecimiento demográfico (de los 250.000 habitantes del principio de siglo se pasaría al medio millón en 1930 y al millón y medio en los años cincuenta). Segundo, porque hubo una fiebre constructora que se identificó, sobre todo, por los numerosos edificios vinculados a la actividad económica (hoteles, casinos, sedes de empresas, etc.) más que por atender a las necesidades vitales de sus ciudadanos (muchos de los nuevos habaneros se tuvieron que alojar en infraviviendas, autoconstruidas en muchos casos). Ese esfuerzo inversor inmobiliario fue realizado mayoritariamente por empresas norteamericanas que se encargaron de las grandes obras de la ciudad. Y, en tercer lugar, cabe destacar también que en esa época se construirían algunos de los iconos arquitectónicos y urbanos de la ciudad (comenzando por el Malecón y siguiendo por el Capitolio o algunos de los hoteles emblemáticos de La Habana).
El Malecón habanero (mirando hacia El Vedado).
Precisamente, la construcción del Malecón habanero sería una de las primeras obras acometidas tras la independencia, comenzando en tiempo del gobierno provisional norteamericano previo a la República. La protección y remodelación del borde costero era una reivindicación antigua y desde principios del siglo XIX se estudió su realización, pero su elevado coste hizo que la administración colonial lo retrasara continuamente. Este muro de contención y rompeolas se complementó con una amplía vía de circulación (seis carriles) y un largo paseo que ha llegado a ser una de las señas de identidad de la ciudad, con un gran éxito entre la ciudadanía (el pretil del muro ha sido llamado con humor “el banco más largo del mundo”). El Malecón (con una longitud de ocho kilómetros) se realizó por tramos, los trabajos se iniciaron en 1901 junto al Paseo del Prado y concluyeron cinco décadas después, en 1952, al llegar a la desembocadura del rio Almendares.
Las turbulencias políticas de los primeros años republicanos impidieron una actuación general y sistemática para la nueva Habana. Por eso, la actividad constructora no fue muy intensa, más allá del desarrollo de algunas urbanizaciones residenciales periféricas para la clase trabajadora. Pero a partir de la segunda década, la situación cambiaría y comenzarían a surgir algunos de los grandes símbolos. En aquellos años del primer cuarto de siglo, el academicismo marcaría el ritmo de la arquitectura habanera. Algunos de los edificios públicos más destacados del momento serían: el Palacio Presidencial (1909-1920, Rodolfo Maruri y Paul Belau, inicialmente previsto como gobierno provincial y hoy convertido en Museo de la Revolución), la nueva Estación Central ferroviaria construida en los terrenos del Arsenal en 1912 según el proyecto del norteamericano Kenneth H. Murchison; el Centro Gallego (1915, de Paul Belau, hoy Gran Teatro de La Habana "Alicia Alonso"), o el Capitolio (que nació como proyecto de Palacio Presidencial en 1910, pero fue paralizado y reformado para su nuevo destino, que se construyó finalmente entre 1926 y 1929 con la participación de diferentes arquitectos como Raúl Otero, Govantes y Cabarrocas o Eugenio Rayneri, entre otros).
La Habana. Capitolio.
En esos primeros años del siglo XX, hubo varios planteamientos generales para la ciudad que no verían su traslación a la realidad. Por eso el primer gran proyecto urbano llegaría en 1925 con el conocido como Plan Forestier, en referencia a su autor.
A partir de entonces la actividad constructora fue frenética, impulsada, sobre todo por el capital norteamericano, que dejó interesantes muestras de estilo Art Déco y del Movimiento Moderno. La ciudad sufriría una reorientación hacia el ocio (destinado principalmente al público norteamericano), con la construcción de hoteles, casinos y otros locales lúdicos. Incluso los edificios institucionales tuvieron la impronta estadounidense, como muestra el caso del mencionado Capitolio cubano, construido a imagen y semejanza del de Washington. Mucho más modestas fueron las construcciones para alojar a las clases trabajadoras que llegaban a La Habana. Salvo algunas excepciones, como el barrio obrero Lutgardita (1929, Govantes y Cabarrocas), situado en el área industrial de Rancho Boyeros, en la periferia de La Habana, las viviendas fueron poco atendidas y muchas de ellas no reunían unas condiciones mínimas.
Ese periodo de hiperactividad fue frenado en seco con la Revolución, pero antes de ello nacería otro hito urbanístico: el Plan Piloto presentado en 1956 (más conocido como Plan Sert), con el que se buscaba trasladar los postulados de los CIAM al entorno caribeño. Este Plan no se desarrolló debido al radical cambio político en la isla y su megalomanía quedaría como el canto del cisne que puso fin a una época.
El Plan Forestier (Plan Director de 1925)
El recién elegido presidente, el general Gerardo Machado, quería dar un cambio de imagen a la ciudad con ocasión del gran evento que se debía celebrar en 1928, la VI Conferencia Panamericana, donde se reunirían las naciones americanas en La Habana. Con tal fin, se encargó la redacción de una reflexión general sobre la ciudad a uno de los arquitectos más reconocidos del momento, el francés Jean-Claude Nicolas Forestier (1861-1930), que gozaba de un gran prestigio como urbanista y paisajista. Forestier llegó a La Habana en 1925 y se puso manos a la obra, contando con el apoyo de un equipo de arquitectos locales (como Raúl Otero o Enrique Luis Varela). El trabajo se orientó con dos horizontes: el largo plazo (expresado en el “Proyecto del Plano Regulador de La Habana y sus Alrededores”) y el corto plazo, con proyectos inmediatos que debían posibilitar ese cambio de cara deseado por el presidente cubano.
Trazado básico del Plan Forestier de 1925.
El Plan Forestier no partió de cero, sino que se apoyó en las propuestas anteriores, realizadas por Enrique Montoulieu (autor del Plano Regulador para La Habana trazado en 1922) o Martínez Inclán, entre otros. Forestier priorizó la planificación de una ciudad, con una adecuada red viaria y un exquisito diseño de los espacios públicos, todo ello en sintonía con el movimiento de la Ciudad Bella, y los principios Beaux-Art del academicismo; pero descuidó el establecimiento de un sistema de equipamientos de los que carecía la ciudad y tampoco prestó demasiada atención al crecimiento más allá del centro urbano (y mucho menos a la vivienda social).
La selección de un equipo francés no fue casual, La Habana estaba orientándose hacia el ocio y el turismo, y miraba atentamente a Europa, poniendo a Niza como referencia (treinta años después se produciría un cambio muy significativo porque la misma vocación lúdico-turística miraría a Estados Unidos y fijaría a Las Vegas como su referente, siendo un equipo norteamericano quien se encargaría de la redacción de un nuevo plan, el Plan Sert).
El trazado del Plan Forestier contaría con grandes avenidas, nuevas arterias diagonales que contradecían la ortogonalidad anterior y generaban la variedad espacial propia del estilo beaux-artiano. También proponía grandes plazas y parques, entre los que destacaría la propuesta de un nuevo centro para la ciudad: la Plaza Cívica (que años después sería rebautizada como Plaza de la Revolución) que ubicó en la Loma de los Catalanes (que también había sido escogida como futuro centro de la ciudad por el Plan de Montoulieu).
Proyecto de Forestier para el nuevo centro de La Habana: la Plaza Cívica.
No obstante, también intervino en la reforma del Paseo de Martí (Paseo del Prado), en los jardines del entorno del Capitolio o en la Plaza de la Fraternidad, buscando crear un sistema verde en continuidad. Aunque muchas de sus propuestas no se llevaron a cabo, el Plan Forestier tendría eco en la ciudad gracias a su influenciad en las realizaciones posteriores.
Al margen del Plan Forestier, entre 1927 y 1931, se construyó una infraestructura trascendental para el país que también tendría mucha repercusión en La Habana: la construcción de la Carretera Central. Sus 1.139 kilómetros se convirtieron en una espina dorsal que recorría la isla de punta a punta. La primera consecuencia fue que el automóvil se convertiría en el medio de transporte principal, relegando al ferrocarril (en los años cincuenta, Cuba llegaría a ser el país latinoamericano con mayor índice de vehículos). Los enlaces de La Habana con la gran vía insular llevarían a la construcción de grandes arterias de tráfico que, complementariamente, ayudarían a estructurar el acelerado crecimiento de la ciudad y facilitarían la conexión entre sus diferentes áreas, con el centro y con el puerto. Pueden citarse, por ejemplo, la Avenida de Circunvalación, la Avenida del Puerto, la Vía Blanca o la Avenida de Rancho Boyeros.
La Habana Art-Déco.
La Habana deseaba una nueva identidad que le alejara del pasado colonial español y reafirmara la naciente república. Durante las décadas de 1920 y 1930, la búsqueda tuvo una vertiente academicista en lo urbano (presente también en numerosa arquitectura) y culminó en el Art-Déco, que se implantó gracias a la influencia norteamericana (entonces era el estilo reinante en sus ciudades principales como Chicago o Nueva York).  Esos años fueron de gran prosperidad para Cuba y su capital, lo cual permitió identificar el estilo con la bonanza económica. Sus características principales, como el énfasis en lo vertical, la simetría, la ornamentación, la geometrización de fachadas o el gusto por los remates elaborados (y muchas veces escalonados), se expresaron en edificios de funciones muy variadas (desde viviendas a hospitales, escuelas o sedes de empresas).
La Habana. Hotel Nacional en 1930.
Entre las obras más destacadas del Art-Déco habanero pueden reseñarse el Hotel Nacional de Cuba, inaugurado en 1930 según el proyecto de la firma norteamericana McKim, Mead & White; el Hospital Municipal de Maternidad América Arias, en el Vedado (1930, Evelio Govantes y Félix Cabarrocas); el edificio residencial López Serrano (1932, Ricardo Mira y Miguel Rosich); el Teatro Fausto (1938, Saturnino Parajón); la considerada la obra maestra del estilo en La Habana, el Edificio Bacardí (1938, Esteban Rodríguez Castells, Rafael Fernández Ruenes y José Menéndez); o el Edificio América (1939, Fernando Martínez Campos y Pascual de Rojas).
La Habana. Edificio Bacardí.
Detalle del Edificio Bacardí.
La Habana. Torre residencial López Serrano.
La Habana del Movimiento Moderno.
Durante la década de 1940 irrumpiría con fuerza el Movimiento Moderno, que tomó a La Habana como un campo de experimentación de sus ideas. Una nueva generación de arquitectos miraría hacia el funcionalismo moderno y comenzaría a aplicar el vocabulario y la gramática del “Estilo Internacional”, aunque con las especificidades derivada de la adaptación a los materiales locales o las condiciones paisajísticas y climáticas de la isla.
El punto de inflexión sería la convocatoria del concurso del Monumento a José Martí, celebrado en 1938. Su ubicación refrendaba el gran centro urbano proyectado por Forestier en su Plan. Aunque el monumento tardaría muchos años en realizarse, la denominada inicialmente como Plaza Cívica, iría acogiendo importantes edificios públicos diseñados desde el nuevo estilo dominante, como el Palacio de Justicia (1953-1957, José Pérez Benitoa, hoy denominado Palacio de la Revolución) o la Biblioteca Nacional (1952-1957, Govantes y Cabarrocas).
Estado de la Plaza Cívica en 1956, con el monumento a José Martí y el actual Palacio de la Revolución en construcción.
Otros de los edificios más destacados serían, por ejemplo, el Hotel Habana Hilton (1957, de Welton Becket que contó con la colaboración de Nicolás Arroyo y Gabriela Menéndez, hoy Hotel Tryp Habana Libre); el Hotel Riviera (1958, Igor Polevitsky y Manuel Carrerá); el edificio FOCSA (1956, Ernesto Gómez Sampera y Martín Domínguez; o el Palacio de los Deportes (1957) de Nicolás Arroyo y Gabriela Menéndez.
La Habana. Edificio FOCSA.
El Plan Sert (Plan Piloto de 1956)
A mediados de la década de 1950 se redactaría un nuevo Plan urbano para La Habana, impulsado nuevamente por la iniciativa presidencial, en este caso de Fulgencio Batista. El objetivo de la nueva planificación sería adaptar la capital cubana ante un previsible futuro de tres millones de habitantes, en la que se desarrollaría una importante actividad económica, además de satisfacer los deseos norteamericanos que aspiraban a convertirla en un vértice del triángulo Las Vegas-Miami-La Habana, caracterizado por la función turística y el entretenimiento.
Su redacción sería responsabilidad de la oficina norteamericana Town Planning Associates (TPA), liderada por Josep Lluis Sert (1902-1983), arquitecto español muy destacado por su adscripción al Movimiento Moderno y que se había exiliado tras la Guerra Civil a los Estados Unidos. Junto a Sert, trabajaban sus socios Paul Lester Wiener (1895-1967) y Paul Schulz, habiendo destacado en diferentes proyectos de gran escala por toda Iberoamérica. Para el trabajo en La Habana contaron con la colaboración del arquitecto cubano Mario Romañach (1917-1984).
Visión general del Plan Sert (con la isla artificial propuesta)
Este plan, que fue denominado Plan Piloto de La Habana fue presentado en 1956 y aspiraba a transformar a La Habana en una “ciudad funcional”, zonificada, con un viario reestructurado y jerarquizado, y en la que la arquitectura moderna sustituiría sin pudor a las antiguas edificaciones coloniales. Algunas de sus propuestas más reseñables serían, por ejemplo, la construcción de un nuevo Palacio Presidencial que se ubicaba entre los castillos del Morro y San Carlos de la Cabaña (junto a un nuevo y extenso complejo que albergaría el poder en La Habana del Este) o la creación de una isla artificial frente al inicio del Malecón, que estaría destinada al ocio y al entretenimiento. 
Plan Sert. Propuesta para el nuevo Palacio Presidencial.
Pero quizá lo más radical y sorprendente sería su plan de reforma de La Habana Vieja. Si ese plan se hubiera aplicado la transformación del núcleo original de la ciudad hubiera sido total. Aunque se “respetaba” la estructura parcelaria, se proponía un nuevo modelo de ocupación y de alturas que hubiera significado la sustitución de la edificación histórica (solo se protegían los edificios monumentales). También se ampliaban las calles para el tráfico rodado (alternadas con calles peatonales) y, sobre todo, se proponía la creación de un nuevo centro comercial, de negocios y financiero que obligaba a la eliminación de un número considerable de las manzanas centrales.
Imagen del Plan Sert para La Habana Vieja.
Pero todas esas intenciones quedaron en nada, ya que la revolución cubana impidió que el Plan Sert se materializara. Lo que sí se construyó fueron varias infraestructuras muy importantes para la red de circulación de la ciudad, como los túneles que cruzan por debajo el río Almendares (1953 y 1958) o el que atraviesa el canal de entrada a la bahía en 1958 uniendo las dos orillas.

La Habana “cubana”.
El 1 de enero de 1959, Cuba cambió radicalmente. El triunfo de la revolución castrista cortó de raíz las relaciones con Norteamérica e implantó en la isla un sistema socialista que se orientó políticamente hacia la órbita soviética.
La nueva política cubana confiscó tierras y edificios, nacionalizó empresas y negocios, frenó la economía lúdico-empresarial e impulsó una reforma agraria colectivista que privilegiaría los entornos rurales sobre los urbanos, cuestiones muy perjudiciales para los intereses norteamericanos en la isla. Aunque el mayor problema que tuvieron los Estados Unidos fue la aproximación de Cuba a la URSS, su gran enemigo en aquella época. Hay que recordar que todos estos acontecimientos sucedieron en el difícil contexto de la Guerra Fría que mantenían los dos bloques geopolíticos dominantes y, por eso, Cuba se convirtió en algo más que una piedra en el zapato estadounidense. Estados Unidos intentó evitar, por todos los medios, la consolidación de un estado comunista tan próximo a su territorio y puso su máximo empeño en derrocar al gobierno surgido de la revolución.
Entre las primeras medidas adoptadas por los EEUU estuvieron la imposición de un embargo comercial a la isla en 1960 y la ruptura total de relaciones diplomáticas en 1961. En ese mismo año, un comando anticastrista intentó invadir Cuba con el apoyo norteamericano, pero el desembarco en la Bahía de Cochinos resultó un fracaso y agravó la situación. La tensión aumentó considerablemente al año siguiente, con la crisis de los misiles de 1962, producida por la instalación de estas armas en la isla por parte de la Unión Soviética, cuestión que estuvo a punto de provocar una Tercera Guerra Mundial (que hubiera sido nuclear y en consecuencia devastadora).
Cientos de miles de cubanos acabarían exiliándose. Muchos de ellos recabaron en los Estados Unidos, principalmente en Miami, donde crearon una comunidad muy activa contra el castrismo.
La Habana: estancamiento central y desarrollos periféricos
A finales de la década de 1950, La Habana había alcanzado el millón y medio de habitantes. El crecimiento se mantendría, aunque más moderado hasta 1975 cuando la ciudad llegó a la cifra de 1.900.000 residentes. Desde ese año, el incremento demográfico se ralentizaría mucho, como consecuencia de la potenciación de otros ámbitos en la isla (el dato del censo de 2012 es de 2.100.000 personas).
En general, la capital cubana asistiría durante la segunda mitad del siglo XX a un proceso de frenado de su desarrollo. La Habana tuvo que ceder el paso (y la inversión) al resto del país (y especialmente a las áreas rurales). 
El ambiente anacrónico de La Habana Vieja simbolizó la decadencia y el estancamiento de la ciudad.
No obstante, se mantuvo una relativa actividad constructora, impulsada en los primeros años por una demanda de vivienda que todavía tuvo cierta importancia. La Ley de Reforma Urbana de 1960 supuso un cambio de paradigma en política de vivienda. Las propuestas residenciales de esa época se ubicaron en la periferia de la ciudad (principalmente en La Habana del Este) y adoptaron nuevas tipologías y procedimientos influidos por la visión soviética. Lo social se imponía con claridad a cualquier consideración estética. Así las nuevas construcciones tuvieron un carácter “industrial” en el que la arquitectura fue despojada de cualquier particularidad para reducirla a la repetición de tipos y modelos, con una intensa aplicación de la prefabricación (especialmente en la segunda década “revolucionaria”).
La Habana del Este. Unidad Vecinal Camilo Cienfuegos.
Tampoco la edificación pública mostró demasiada actividad. Quizá la operación más relevante fue la finalización de la que hasta entonces se había llamado Plaza Cívica y que fue rebautizada como Plaza de la Revolución. La mayoría de los edificios se habían construido en la etapa anterior, o estaban en proceso de ejecución, por lo que el nuevo gobierno se limitó a cambiar usos y denominaciones. Es el caso, por ejemplo, del ya referido edificio para el Tribunal Supremo y la Fiscalía General, transformado en Palacio de la Revolución (sede del Gobierno Cubano y del Comité Central del Partido Comunista de Cuba) por la remodelación dirigida por Antonio Quintana entre 1964 y 1965 o inicial Tribunal de Cuentas (1953-1962, Aquiles Capablanca y José Fornés) reconvertido en Ministerio del Interior (en cuyo testero se colocó el conocido relieve escultórico del Ché Guevara, realizado en 1993 por Enrique Ávila a partir de la popular fotografía tomada por Alberto Díaz “Korda” en 1960).
La Habana. Plaza de la Revolución.
Ministerio del Interior con el relieve del Ché Guevara realizado por Enrique Ávila.
También, en 1961, se terminó de construir (por fin) uno de los hitos de la ciudad, el Monumento a José Martí que, igualmente, se había comenzado antes de la revolución. El gran obelisco estrellado de 112,75 metros de altura se convertiría en uno de los emblemas de esa nueva Cuba. La gran Plaza de la Revolución, señalada como centro urbano desde tiempo atrás, ejercería por fin su papel protagonista, acogiendo al centro de poder y sirviendo de escenario para los grandes eventos en La Habana, así como para las concentraciones multitudinarias que celebran los aniversarios de la revolución.
Una de las obras más simbólicas del primer periodo revolucionario fue la construcción de la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE, hoy denominada Instituto Superior Politécnico, ISPJAE). La “universidad de la revolución” fue inaugurada en 1964 en la zona de Boyeros, con un planteamiento estructuralista diseñado originalmente por Humberto Alonso y que sería continuado por un equipo dirigido por Fernando Salinas. Otro de los edificios destacados del periodo sería el Palacio de las Convenciones (1979, proyectado por Antonio Quintana).
Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE).
No obstante, desde la década de los ochenta, la rehabilitación será una de las tareas principales (sobre todo en La Habana Vieja), aunque la aprobación de la Ley de la Inversión Extranjera en 1995 abriría un nuevo periodo de actividad constructora (sobre todo de nuevos hoteles vinculados a las principales cadenas que volverían a fomentar el turismo en la isla).
Remodelación administrativa de La Habana
En 1878, la Administración colonial distribuyó el territorio cubano en seis provincias, entre las que se encontraba la Provincia de la Habana que iba de costa norte a costa sur. Esta provincia incluía veintiséis municipios, entre los que se encontraba la capital. En 1963 se reorganizó el entorno de La Habana y se vincularon metropolitanamente con ella a los municipios de Marianao, Regla, Guanabacoa, Santiago de las Vegas y Santa María del Rosario-Cotorro (con el nombre de Región Habana Metropolitana).
En 1976, el gobierno cubano reordenó administrativamente la isla que quedó dividida en catorce provincias. Aunque inicialmente la Provincia de La Habana no sufrió cambios significativos en su delimitación, su caso era especial por la dificultad de gestionar una entidad con intereses tan divergentes entre la ciudad y su entorno rural. En consecuencia, la antigua provincia se dividió en dos. Al norte, quedaría la denominada Provincia de la Ciudad de La Habana, reuniendo los seis municipios de la Región Habana Metropolitana (que desaparecía como tal) y que fueron redistribuidos y renombrados. Hubo también alguna anexión, quedando finalmente el territorio repartido en quince municipios. Al sur, incorporando los territorios mayoritariamente rurales, se constituyó la que recibió el nombre de Provincia de La Habana (y fue conocida popularmente como Habana Campo). En 2010, esta última fue nuevamente dividida en otras dos provincias (Artemisa, al oeste, y Mayabeque, al este), de forma que la Provincia de la Ciudad de La Habana, dejó de tener competencia toponímica y pasó a denominarse simplemente Provincia de La Habana, sin necesidad de adjetivaciones.
Estado actual de la Provincia de La Habana (arriba delimitaciones, debajo mancha urbana y viario principal)
La nueva Provincia de La Habana, no modificaba su delimitación de 1976 ni sus quince municipios conurbados: Arroyo Naranjo, Boyeros, Centro Habana, Cerro, Cotorro, Diez de Octubre, Habana del Este, La Habana Vieja, La Lisa, Marianao, Playa, Plaza, Regla, y San Miguel del Padrón.
La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad.
Una de las muestras más evidentes del estancamiento de La Habana fue la decadencia sufrida por el centro histórico de la ciudad, que había dejado de ser su centro funcional. El siglo XX fue ingrato con La Habana Vieja, como manifiestan los intentos de eliminación de una parte importante del barrio (Plan Sert) o el abandono generalizado del mismo (por falta de inversión principalmente), que provocaría su tugurización. Si la etapa “norteamericana” fue desconsiderada con el núcleo original de la ciudad, el periodo revolucionario tampoco le prestó demasiada atención inicialmente (aunque afortunadamente abortó las radicales intervenciones previstas por Sert). El olvido sufrido por La Habana Vieja ha hecho de ella una ciudad atrapada en el tiempo, que no ha evolucionado y mantiene un ambiente anacrónico (que, por otra parte, se ha convertido en uno de sus principales atractivos turísticos).
La Habana Vieja, edificios pendientes de rehabilitación.
Pero, esa “congelación” temporal tuvo su lado positivo porque permitió conservar la esencia de la ciudad antigua, circunstancia que le llevó a ser reconocida, en 1982, como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Esta decisión salvó a La Habana Vieja de su ruina. Desde ese momento comenzó una lenta rehabilitación, muy respetuosa con la herencia recibida y que, poco a poco, va consiguiendo resultados (en torno a un 30% del casco ya ha sido rehabilitado y más de 200 edificios de alto valor patrimonial han sido restaurados). En este proceso es particularmente relevante la figura de Eusebio Leal (1942), quien accedió al cargo de Historiador de la Ciudad en 1967 y dirigiría las labores de restauración desde 1981. Los trabajos irían progresando sometidos a los vaivenes provocados por los acontecimientos políticos, como la crisis de los noventa, que frenó en seco los avances, o la reciente política aperturista, que ha reactivado la actividad. En la actualidad, el Plan Estratégico aprobado en 2001 es el último marco normativo de referencia. Con todo, la antigua ciudad está cambiando el espíritu decadente por un optimismo hacia el futuro y, lentamente, una nueva Habana empieza a florecer en La Habana Vieja.
La Plaza Vieja rehabilitada.


La evolución del régimen cubano, como hemos comentado, estuvo fuertemente condicionada por su relación con la URSS (que le prestó una considerable asistencia en todos los niveles). Por eso, la caída de la Unión Soviética en 1991 originó una fuerte crisis económica en Cuba. La situación no comenzaría a recuperarse hasta la segunda mitad de esa década, gracias a las divisas turísticas, a las aportaciones de la emigración cubana y a las relaciones con otros países que les prestaron ayuda (entre los que cabe destacar el apoyo de China o de la Venezuela de Hugo Chávez). En 2006, Fidel Castro cedió provisionalmente la presidencia de la república a su hermano Raúl, pero los problemas de salud del líder histórico llevarían a que el Parlamento nombrara a Raúl Castro como presidente en 2008. La nueva etapa se está caracterizando por una mayor apertura, mostrada tanto en el interior (con cierta liberalización económica), como en las relaciones internacionales (particularmente con los Estados Unidos). El último acto, hasta el momento, ha sido el anuncio, por parte del presidente norteamericano Barak Obama, del inicio del levantamiento del bloqueo económico (que está generando bastantes controversias). En cualquier caso, la edad de los líderes carismáticos y las muestras de agotamiento que está dando el sistema político están avisando de una transición hacia un futuro incierto. Cuba se enfrentará a desafíos muy importantes en los próximos años y, su capital, La Habana, será uno de los escenarios principales donde se reflejará el nuevo rumbo.

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