1 may. 2016

Las identidades urbanas variables: el caso de las ciudades de Polonia (de ayer y de hoy).

La “rusificación” de Varsovia se produjo en ejemplos tan representativos como la iglesia de Nuestra Señora Reina de Polonia de la Plaza Krasińskich. A la izquierda su estado actual (restauración de la iglesia católica original). A la derecha las modificaciones sufridas por el edificio para convertirlo en iglesia ortodoxa.
Los Estados (países o naciones) se constituyen a partir de una comunidad que acuerda un modelo general para su organización (social, económica, política, etc.) y que, sobre todo, delimita un territorio como propio. Su evolución superficial es muy variable porque pueden mantenerse estables, pero también ampliarse o reducirse, e incluso acabar desapareciendo. Las poblaciones están sujetas igualmente a cambios profundos en relación con su territorio porque, en ocasiones, se ven forzadas a migrar en masa y a reubicarse en otros lugares. Pero, estos éxodos o movimientos de fronteras ven como las ciudades permanecen enclavadas en el lugar en el que fueron fundadas. Por eso, hay ciudades que han pertenecido a naciones distintas y han visto pasar por ellas a diferentes grupos humanos. Cada alternancia deja su impronta y se refleja en el espacio físico. En consecuencia, esas ciudades muestran “identidades variables”.
En este sentido, si hay una nación europea que ha sufrido de forma dramática los vaivenes de la historia, esa es Polonia. Nos acercaremos brevemente a la convulsa historia del país para dirigirnos después a varias ciudades de ese entorno que han mostrado “identidades variables” a lo largo de su historia, con periodos germanos, polacos, rusos, o lituanos, según los casos. Son Gdansk (Danzig), Vilna (Vilnius/Wilno) y Kaliningrado (Königsberg). Actualmente, la primera es polaca, Vilna es la capital lituana y Kaliningrado pertenece a Rusia.

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Identidades urbanas variables (adscripciones políticas y culturales).
El filósofo alemán Immanuel Kant nació, vivió y murió en Königsberg, la capital histórica de Prusia, que hoy forma parte de la federación rusa con el nombre de Kaliningrado (Калининград, Kaliningrad). El Premio Nobel de Literatura, Günter Grass, nació en Danzig, ciudad alemana que acabaría siendo integrada, tras la Segunda Guerra Mundial, en Polonia, cambiando su nombre por el de Gdansk. La científica polaco-francesa Marie Curie nació rusa, porque su ciudad natal, Varsovia (Warszawa), pertenecía entonces al Imperio de los zares. O la pionera de la cosmética, Helena Rubinstein, vino al mundo en el imperio austro-húngaro, porque entonces, su Cracovia (Krakow) originaria estaba integrada en él.
Las dos mujeres tomaron rumbos internacionales (hacia Francia y Estados Unidos respectivamente y adoptando la nacionalidad de esos países), pero, Kant y Grass fueron claros exponentes de la cultura germana, desde ciudades que ya no pertenecen a Alemania. Ciertamente, ambos nacieron en ciudades teutonas, pero esas urbes mutaron su identidad hasta convertirse en rusa (Königsberg/Kaliningrado) o polaca (Danzig/Gdansk). Por eso, cabría preguntarse si, en razón de su nacimiento, ¿pueden los rusos reivindicar al filósofo, o los polacos hacerlo con el literato?
Los Estados (países o naciones) se constituyen a partir de una comunidad que acuerda un modelo general para su organización (social, económica, política, etc.) y que, sobre todo, delimita un territorio como propio. Su evolución superficial es muy variable porque pueden mantenerse estables, pero también ampliarse o reducirse, e incluso acabar desapareciendo. La comparación de los mapas políticos de diversas épocas ofrece muchos ejemplos de variabilidad, algunos de ellos muy cercanos en el tiempo y en regiones que se suponían inalterables (basta pensar en la disolución de la Unión Soviética o en la desmembración de Yugoslavia). Pero también las poblaciones están sujetas a cambios profundos en relación con su territorio porque, en ocasiones, se ven forzadas a migrar en masa y a reubicarse en otros lugares. Las razones son diversas, encontrando causas económicas (por ejemplo, millones de irlandeses emigraron huyendo de la hambruna de mediados del siglo XIX); motivaciones políticas (en la Rusia estalinista se movieron obligadamente comunidades completas a entornos alejados de su lugar de origen, dispersándolas para evitar conflictos nacionalistas); o también fundamentos bélicos (solo hay que pensar en el dramático éxodo de los refugiados sirios en la actualidad).
No obstante, frente a esa inestabilidad territorial y humana, manifestada en éxodos o movimientos de fronteras, las ciudades permanecen enclavadas en el lugar en el que fueron fundadas. Por eso, hay ciudades que han pertenecido a naciones distintas y han visto pasar por ellas a diferentes grupos humanos.
La eventualidad histórica que puede llevar a una ciudad a pertenecer a diferentes ámbitos políticos y culturales condiciona su evolución y determina muchas de las claves de su identidad. Cada alternancia deja su impronta (en ocasiones eliminando los rastros anteriores) y se refleja en el espacio físico. El cambio político puede conllevar modificaciones tan radicales como la sustitución de la población residente (tal es el caso, como veremos más adelante, de Gdanks, donde se expulsó a los alemanes para ser repoblada con polacos). Incluso cambios urbanos muy sustanciales (como sucedió en Belgrado, donde tras conseguir la independencia de los turcos se esforzaron en reemplazar los trazados islámicos por planteamientos más próximos a los modelos de ciudad occidental europea). La arquitectura suele reflejar las alternancias de estilo, aunque también hay casos de derribos indiscriminados para borrar las huellas de los anteriores habitantes. Por no hablar de temas de menor calado, como el cambio de nombres de calles, barrios, o de la propia ciudad.
La iglesia de Nuestra Señora Reina de Polonia de la Plaza Krasińskich de Varsovia en tres momentos de su historia. Arriba en el cuadro pintado en 1830 por Marcin Zaleski. En el centro, convertida entre 1835 y 1837 en una iglesia ortodoxa con la imagen propia de ese culto durante el periodo de la Varsovia rusa. Debajo, la restauración que se produjo entre 1923y 1927 volviendo a la imagen original del culto católico (el templo sufrió daños durante la Segunda Guerra Mundial y volvió a ser restaurado).
Pero no siempre los cambios políticos implican transformaciones de tal envergadura. Pueden afectar solamente a la administración de la ciudad. Los nuevos gobernantes suelen aplicar sus propias leyes y modelos de gestión que, en muchas ocasiones, son cuestionados por los residentes tradicionales. En estos casos, las autoridades son consideradas por la población como invasores y suele generar sentimientos nacionalistas muy exacerbados que acostumbran a terminar en revoluciones libertadoras del sometimiento y en la expulsión del dominador. Aunque también hay ejemplos de aceptación de las nuevas fórmulas y de integración que producen una evolución social.
Las ciudades que se han visto sometidas a esas alternancias tan trascendentales muestran “identidades variables”, que crean imágenes y culturas híbridas, a veces con una diferenciación nítida de sus partes, aunque, en ocasiones, también pueden resultar confusas. Por eso, tener una “identidad variable” puede significar, paradójicamente, carece de ella, en el sentido de no poseer una imagen homogénea y rotunda (“identificable”), pero también, más habitualmente, esas ciudades logran crear, a partir de esa amalgama diversa, una expresión propia basada en los matices que ofrece la pluralidad.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Königsberg se convirtió en Kaliningrado y algunos de sus principales monumentos, que habían quedado dañados por la contienda, fueron derribados. Uno de ellos fue el castillo, que fue considerado por la Unión Soviética como una muestra del fascismo y militarismo prusiano-alemán y no se consideró digno de ser reconstruido.
Si hay una nación europea que ha sufrido de forma dramática los vaivenes de la historia, esa es Polonia. Su geografía, caracterizada por unas amplias llanuras carentes de barreras naturales, y su situación estratégica entre poderosos y ambiciosos imperios históricos, determinaron su conflictivo pasado. El territorio polaco, que fue extenso e importante en alguna época, también llegó a desaparecer engullido por las potencias limítrofes. De hecho, durante el siglo XIX, Polonia dejó de existir y sus ciudades pasaron a formar parte de los imperios prusiano-alemán, austriaco o ruso.

La convulsa historia de Polonia y su territorio.
Según los investigadores de la antigüedad, los eslavos son un pueblo originario de la Europa Central, al norte de los Cárpatos. Tras el colapso del Imperio Romano, los eslavos iniciaron una serie de migraciones hacia tres destinos separados, dando origen a tres grandes grupos humanos relacionados, pero cada uno con su propia personalidad. La primera migración se dirigió al noroeste continental, entre los ríos Elba y Vístula, donde se asentaron los denominados eslavos occidentales. La segunda, se encaminó hacia las estepas de la actual Ucrania y Rusia europea, que fueron pobladas por los eslavos septentrionales. Y, por último, la tercera, que traspasó el rio Danubio y fijó su rumbo a los Balcanes, donde se instalaron los eslavos del sur.
Distribución de los pueblos eslavos occidentales durante los siglos IX y X.
Entre las tribus eslavas occidentales destacó el pueblo polano (polanie) que acabaría imponiéndose al resto y lideraría esa parte del continente durante la Alta Edad Media. Polonia apareció como territorio unificado durante el siglo XI, a partir de la cristianización de la zona, cuestión que le permitió entrar en relación con los incipientes estados del occidente europeo. La primera entidad política aglutinadora fue el denominado Ducado de Polonia, fundado por Miecislao I (Mieszko I), quien recibió el apoyo y la concesión ducal de Otón I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Sobre esa base se constituiría el Reino de Polonia, que tuvo dos etapas diferenciadas. La primera transcurrió entre 1025 y 1385, identificada por el gobierno de la dinastía Piast (que había sido creada por Miecislao I). Este periodo fue convulso e inestable, ya que sufrió diversas fragmentaciones a partir de 1138 (que durarían casi 200 años), apareciendo el Ducado de Gran Polonia, el Ducado de Pequeña Polonia, los Ducados de Silesia, el Ducado de Cracovia, o el Ducado de Masovia, entre otros. Finalmente, todos esos feudos serían nuevamente reunidos por los últimos reyes de la dinastía, Vladislao I (Wladyslaw I) y Casimiro III (Kazimierz III) quienes lograron reunificar el reino. Pero Casimiro III murió sin descendencia, cuestión que justificó una segunda etapa, entre 1385 hasta 1569, protagonizada por la dinastía Jaguellónica, que era de origen lituano (el Gran Ducado de Lituania era otro estado constituido por las vecinas tribus bálticas lituanas, que eran paganas). De hecho, en 1385, el primer rey de esta nueva dinastía, Vladislao II (Wladyslaw II) adoptó el cristianismo en su territorio original y unificó en su persona los títulos de rey de Polonia y duque de Lituania, aunque mantuvo los dos países independientes.
Distribución de los pueblos bálticos en el siglo XII.
La Unión de Lublin de 1569 supuso la integración real del Reino de Polonia y del Gran Ducado de Lituania, creándose un único estado: la República de las Dos Naciones. La gran extensión del nuevo estado lo convirtió en el país más grande de la Europa del momento. No obstante, a lo largo del siglo XVII, la nación polaco-lituana iría perdiendo territorios como consecuencia de las guerras con los suecos y los rusos. El siglo XVIII vería el final de esa larga vinculación entre Polonia y Lituania que había durado cuatro siglos. La debilidad polaca fue aprovechada por las ambiciosas potencias limítrofes y, en 1772, comenzaron las denominadas Particiones de Polonia, que acabarían dividiendo el extenso territorio polaco entre Rusia, Austria y Prusia. La primera segregación se produjo en 1772, la segunda en 1793 y la tercera y definitiva en 1795. Los tres imperios se repartieron el territorio y Polonia fue literalmente borrada del mapa.
No obstante, en 1807, Napoleón Bonaparte reestableció efímeramente el territorio polaco con la creación del Gran Ducado de Varsovia. Para ello, recibió el apoyo incondicional de la aristocracia polaca exiliada en Francia y el entusiasmo de una población que pretendía liberarse del sometimiento de germanos, rusos y austríacos y recuperar su independencia. Este nuevo ducado nacería como un estado satélite de Francia, pero tendría una vida breve, porque la derrota del emperador en 1813 supuso su disolución. El Congreso de Viena creó una nueva entidad (Polonia del Congreso) que en 1830 se integraría en Rusia, utilizando la denominación de “Tierras del Vístula” para evitar el recuerdo de Polonia.
Las Particiones de Polonia borraron literalmente al país del mapa.
Durante más de un siglo, Polonia dejó de existir, aunque no sucedió lo mismo con el sentimiento del pueblo polaco que acrecentó su nacionalismo y reivindicó por todos los medios la recuperación de su territorio. Pero Polonia no se restituiría hasta después de la Primera Guerra Mundial (contienda en la que los alemanes y austro-húngaros habían invadido el territorio polaco expulsando a los rusos). Al finalizar el conflicto se constituyó la Segunda República de Polonia con una delimitación similar a la del Gran Ducado de Varsovia, aunque con un “corredor” que permitía el acceso al mar Báltico. Este “corredor polaco” dispuesto junto a Danzig (que se convirtió en ciudad internacional libre), separó la antigua Prusia oriental del resto de Alemania. La Segunda República sería abolida abruptamente a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, cuando, en 1939, Polonia fue invadida por dos frentes. Por su parte occidental entró el ejército nazi, mientras que, por su frontera oriental, lo hizo el ejército ruso. La ruptura de relaciones entre Stalin y Hitler, tuvo, entre otras consecuencias, que la ocupación de Polonia acabara siendo exclusivamente germana desde 1941. Esta situación duraría hasta 1945, cuando el ejército soviético expulsó del país a los alemanes. Al final de la Segunda Guerra Mundial, la conferencia de Yalta aprobó la formación provisional de un gobierno polaco afín a la Unión Soviética. Fue el origen de la República Popular de Polonia que se mantendría hasta 1989, fecha en la que Polonia recuperaría la democracia con la vigente Tercera República Polaca.
Fronteras de Polonia. La línea rosa indica la máxima extensión de la República de las Dos Naciones (Polonia-Lituania). La línea amarilla sigue la delimitación de la Segunda República (1918-1939). La trama expresa la ocupación de la actual Polonia (Tercera República polaca).
Los límites de la actual Polonia fueron fijados en 1945. Entonces se determinó la frontera entre Alemania y Polonia, fijándola en el cauce del rio Oder y su afluente, el rio Neisse. Solamente habría una pequeña distorsión en la desembocadura del Oder, ya que la frontera abandona el cauce y avanza hacia el oeste para que Szczecin, ciudad tradicionalmente alemana (aunque también tuvo un pasado polaco e incluso sueco), pasara a formar parte de Polonia (decisión que fue tomada por exigencias de la URSS). Para la frontera oriental se aceptó prácticamente la denominada “Línea Curzon”, sugerida en 1919 como delimitación entre Polonia y la Unión Soviética (esta “línea” es en parte seguida por el rio Bug, que separa actualmente Polonia de Ucrania y Bielorrusia).
Todas estas turbulencias nacionales afectaron de manera directa a las ciudades de Polonia: Cracovia, una de las ciudades que representa la esencia polaca, tuvo un periodo austriaco; Wroclaw y Gdanks tuvieron un largo pasado germánico (con el nombre de Breslau y Danzig, respectivamente); o Varsovia, la actual capital, fue prusiana y rusa durante un tiempo. En ese voluble entorno también encontramos a Königsberg, que fue vasalla de Polonia, intensamente alemana (de hecho, durante mucho tiempo, fue la capital de Prusia) y acabó convertida en una ciudad rusa (Kaliningrado). Incluso la actual capital de Lituania, Vilna, fue una ciudad polaca durante bastante tiempo. Nos acercaremos a Gdansk, Kaliningrado y Vilna para profundizar en sus “identidades variables”.

Gdansk (Danzig), germánica, libre y polaca.
Las vicisitudes sufridas por Gdansk siempre han estado vinculadas a su estratégica posición, en la costa del Mar Báltico, junto a la desembocadura del río Vístula. Esa fue la causa de su fundación, cuando el primer unificador de Polonia, el rey Miecislao I (Mieszko I), buscando la salida de su reino al mar, levantó allí un castillo para controlar y defender su acceso a las rutas comerciales bálticas. Según algunos investigadores la fecha de esa construcción se situaría entre el año 970 y 980, no obstante, la fecha de fundación oficial de la ciudad se fijó en el 997.
Esas tierras costeras estaban pobladas por otra de las tribus eslavas occidentales, los pomeranios, que mostrarían una gran resistencia ante el dominio de los polacos y de los otros pueblos que buscaron el control de esa región. Durante la Edad Media ese territorio daría origen a dos entidades: el Ducado de Pomerania (al oeste) y Pomerelia (al este, con Gdansk como capital). La ciudad, adoptó la ley de Lübeck en 1227 e ingresó en la Liga Hanseática). Se daba así un primer paso hacia la germanización de la zona que sería total con la integración, a partir de 1309, en el Estado Teutónico (cuestión que ocasionó varias guerras entre este estado monástico y Polonia, que deseaba recuperar su salida al mar). La germanización llevó a que su nombre fuera cambiado por el de Danzig.
Gdansk en 1859 (entonces Danzig, ciudad prusiana junto a la desembocadura del río Vístula).
Pomerelia volvería a ser controlada por Polonia, aunque acabaría siendo anexionada a Prusia como consecuencia de las Particiones del país. Tras la Primera Guerra Mundial, Danzig se convirtió en “ciudad libre” bajo la tutela de la Sociedad de Naciones que se había creado en 1919. Pero esta situación no duraría mucho porque tras la invasión alemana de 1939 y el final de la Segunda Guerra Mundial, Danzig no recuperó su carta de libertad, acabando integrada en la República Popular de Polonia. Se produjo entonces un proceso de desgermanización, comenzando por el cambio de nombre, que volvió a ser Gdansk, y siguiendo por la expulsión de unos 120.000 alemanes que residían en la ciudad. Hasta entonces, Gdansk contaba aproximadamente con un 85% de población alemana frente al 15% polaco, y, tras el desalojo, los soviéticos repoblaron la ciudad con polacos (traídos de las regiones que la URSS se había anexionado). La ciudad también sufrió importantes transformaciones urbanísticas porque había quedado muy afectada por la guerra y fue reconstruida con otros criterios. Y por supuesto, las denominaciones urbanas (calles, barrios, etc.) fueron cambiadas por nombres polacos.

Kaliningrado (Königsberg), de vasalla polaca a capital germana y ciudad rusa aislada.
El territorio situado entre los ríos Vístula (Wisla) y Dvina occidental (Daugaba) se encontraba habitado por los pueblos bálticos, un grupo de tribus que compartían idioma y religión pagana. Entre ellos destacarían los lituanos y los prusios.
Desde 967, los polacos intentaron conquistar ese territorio que les permitía una salida al Mar Báltico y, para ello, utilizaron la religión como excusa. Pero los prusios ofrecieron una gran resistencia a la misión “evangelizadora” durante varios siglos, hasta que, en el XIII, llegó la Orden Teutónica impulsada por la “santa cruzada” proclamada por el Papa Inocencio IV en 1243. Los caballeros monásticos pudieron finalmente someter a los prusios y adueñarse de su territorio, aunque la conquista llevó varias décadas. En el año 1255, el rey Ottokar II de Bohemia, que había acudido a la región en apoyo de la misión cristiana, fundó Königsberg sobre las ruinas de un antiguo asentamiento prusio.
Königsberg/Kaliningrado en 1732.
Como resultado de las cruzadas bálticas, los caballeros teutónicos fundaron su propio estado. El Estado Monástico de los Caballeros Teutónicos significó la germanización de la región (que lleva a los historiadores a distinguir a los prusios, de cultura báltica, de los prusianos, germanizados). Su capital estuvo en Mariemburgo (entre 1308 y 1454) para pasar definitivamente a Königsberg entre ese año 1454 y 1525. Entonces, el estado fue secularizado y dividido en dos nuevos territorios: la parte occidental, que se llamó Prusia Real y sería gobernada por los reyes de Polonia (por eso se la conocería como la Prusia polaca); y la parte oriental que constituyó el Ducado de Prusia (Prusia Ducal). Königsberg confirmaría su rango de ciudad principal de este ducado. Con la unión real en 1569 del Reino de Polonia y del Gran Ducado de Lituania (la República de las Dos Naciones) también la Prusia Ducal pasaría a ser controlada por Polonia, pero mantuvo su autonomía formal.
En 1701, Prusia rechazaría el vasallaje y se transformaría en el Reino de Prusia, reuniendo el Ducado de Prusia con el Margraviato de Brandemburgo (aunque estaban desconectados por vía terrestre). Otra consecuencia de este hecho sería el traslado de su capital a Berlín (Königsberg quedaría como capital de provincia). El objetivo de conectar sus territorios alimentó los afanes expansionistas de Prusia, que iría anexionando regiones sobre todo a partir de la desmembración del reino polaco-lituano con las Particiones de Polonia.
Prusia, que se había ido extendiendo hacia el oeste, fue adquiriendo una gran desarrollo económico y militar, circunstancia que le llevaría a liderar la unificación de Alemania (derrotando a Austria que aspiraba al mismo papel y quedó fuera de la integración germana de estados como Prusia, Baviera, Sajonia, etc.). En 1871, Guillermo I, que era el rey de Prusia, fue proclamado como emperador (káiser) alemán, manteniendo en Berlín la capital del nuevo Imperio de Alemania.
Kaliningrado. El “pueblo de pescadores” junto al rio Pregolya, muestra de la cultura alemana.
Alemania salió derrotada de la Primera Guerra Mundial, y una de sus consecuencias fue la concesión del “corredor polaco” a Polonia, así como la consideración de Danzig como ciudad-estado libre, decisiones que dejaron aislada a la antigua Prusia Oriental y a su ciudad principal, Königsberg. Este hecho sería muy relevante porque proporcionó a Hitler argumentos para justificar la invasión de Polonia en 1939, aduciendo la necesidad de reunir los territorios germanos (excusa que ya había utilizado en las invasiones previas de Austria y Checoslovaquia).
Tras la Segunda Guerra Mundial (con nueva derrota alemana) se produjo el reajuste de las fronteras de la región. Prusia Oriental quedó dividida en dos partes, una meridional que fue adjudicada a Polonia y otra septentrional (que incluía a Königsberg) que quedó integrada en la Unión Soviética, país que tenía un gran interés en disponer de un puerto en el Mar Báltico que no se helara en invierno (entonces instalaría allí una importante base militar naval).
Kaliningrado. La Plaza de la Victoria mostrando elementos de la cultura rusa.
En consecuencia, Königsberg fue “rusificada”. En primer lugar, sería rebautizada como Kaliningrado (Калининград, Kaliningrad). Y, además, se expulsó a los aproximadamente 200.000 alemanes que residían en ella (de un total de 300.000 habitantes), repoblando la ciudad con rusos. La importancia estratégica del enclave militar llevó a que Rusia mantuviera el control sobre este territorio, impidiendo su incorporación a Lituania, a pesar de quedar desconectado del resto del territorio ruso. Con la desaparición de la Unión Soviética, la situación no cambiaría y el oblast de Kaliningrado sigue perteneciendo a Rusia.

Vilna (Vilnius, Wilno), báltica y eslava.
Otra de las tribus bálticas eran los lituanos, quienes habitaban la región situada al norte del rio Niemen (Nemunas), centrada en el curso de su principal afluente, el rio Neris. Sobre una colina existente junto a este cauce se construiría una fortaleza que impulsaría el nacimiento de Vilna (Vilnius). A finales del siglo XII se unificó la región, constituyendo el Gran Ducado de Lituania, del que Vilna sería uno de sus núcleos principales.
La unión del Gran Ducado con Polonia a partir de 1385 (que desde 1569 sería conocida como República de las Dos Naciones) llevó a Lituania a la órbita polaca y Vilna recibió el rango de ciudad, así como un nuevo nombre, Wilno. Wilno prosperaría, sobre todo por la llegada de numerosos comerciantes polacos y judíos. Esta situación duró prácticamente cuatro siglos, hasta que la denominada Tercera Partición de Polonia, en 1795, supuso la desaparición del país. Entonces Vilna fue anexionada al imperio ruso y rebautizada (Вильнюс).
Las alternancias políticas de Vilna no acabaron allí. Durante la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1918, sería ocupada por los alemanes. Al finalizar la contienda, Lituania proclamó su independencia otorgando a Vilna la capitalidad. Pero, en 1922, perdería parte de su territorio porque Vilna y su entorno se anexionaron voluntariamente a Polonia (cuestión que obligó a Lituania a escoger como nueva capital a Kaunas y a romper relaciones con su vecino). Integrada en la nación polaca, Wilno iniciaría un nuevo periodo de prosperidad que la llevaría a convertirse en la quinta ciudad del país.
Pero nuevamente, una contienda bélica alteraría los equilibrios territoriales. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, la invasión de la Polonia oriental por parte del ejército soviético devolvió a Vilna al ámbito lituano, aunque la república báltica sería ocupada en 1940 por la Unión Soviética, que instauró un gobierno comunista afín a sus intereses (y devolvió la capitalidad a Vilna). El baile de fronteras y las alternativas políticas continuaría ya que en 1941 la Alemania de Hitler invadió el territorio soviético, incluyendo Vilna. Los nazis organizaron dos guetos en la ciudad y miles de judíos fueron asesinados o deportados. Vilna sería recuperada por el ejército rojo en 1944 y la República Socialista Soviética de Lituania fue restaurada. Este periodo soviético duraría hasta 1991, fecha en la que la República de Lituania recuperaría definitivamente su independencia.

Vilna. La capital lituana muestra una gran diversidad estilística (al fondo la catedral)
La peculiaridad de Vilna sería reconocida en 1994 por la UNESCO, cuando inscribió su casco antiguo en la lista de Lugares Patrimonio de la Humanidad, comentando que “pese a las invasiones y destrucciones de que fue víctima, la ciudad ha conservado un impresionante conjunto de edificios góticos, renacentistas, barrocos y neoclásicos, así como su trazado medieval y el paisaje natural circundante”.

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