10 jul. 2016

La Alhambra múltiple: fortaleza/palacio, musulmana/cristiana, arquitectura/ciudad.

La Alhambra es múltiple porque conjuga fortaleza con palacio; arquitectura con ciudad; lo musulmán (nazarí) con lo cristiano; o la sobriedad con el exceso, en un conjunto de diferentes épocas que se encuentran en permanente evolución.
Tras habernos aproximado al contexto de la Alhambra, en este segundo artículo abordaremos el extraordinario conjunto arquitectónico a partir de su multiplicidad. Porque la Alhambra conjuga una austera fortaleza militar con exquisitos y refinados palacios; se presenta como un conglomerado de arquitecturas yuxtapuestas con vocación de crear ciudad; mezcla lo musulmán con lo cristiano; la sobriedad con la opulencia; y ofrece un conjunto de palacios, torres, jardines, patios, estancias, etc. de diferentes épocas, que se encuentran en permanente evolución.
Los historiadores identifican tres periodos principales en la construcción de la Alhambra nazarí, de los cuales, el último, conformó mayoritariamente el espléndido escenario que hoy podemos admirar. Pero también hubo una Alhambra cristiana que modificó la espacialidad del conjunto (con incorporaciones como el Palacio de Carlos V, por ejemplo). La Alhambra actual, tras numerosas intervenciones de rehabilitación y despojada de su papel representativo, muestra esa complejidad, convertida en objeto de admiración de millones de turistas que acuden a contemplarla.

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La Alhambra conjuga una austera fortaleza militar con exquisitos y refinados palacios; se presenta como un conglomerado de arquitecturas yuxtapuestas con vocación de crear ciudad; mezcla lo musulmán con lo cristiano; la sobriedad con la opulencia; y ofrece un conjunto de palacios, torres, jardines, patios, estancias, etc. de diferentes épocas, que se encuentran en permanente evolución (como muestra puede indicarse la reciente reforma del Patio de los Leones que ha transformado el planteamiento de jardín inicial).

La Alhambra antes de la Alhambra.
Hubo una “Alhambra” antes de la Alhambra. Se han encontrado textos del siglo IX que citan la existencia de alguna edificación, seguramente de carácter militar, en el extremo occidental de aquella colina que emergía entre los ríos Darro y Genil. Ciertamente, el promontorio de la Sabica se brindaba como un soporte idóneo para implantar en él una fortaleza.
Cuando los ziríes escogieron Granada como capital de su Taifa, y tras reconstruir la arruinada Iliberri para convertirla en la ciudad principal de su reino, se fijaron en ese monte que emergía en frente de la Medina y su Alcazaba Qadima (vieja). La hipótesis más aceptada propone el reinado de Badis ibn Habbus (entre 1038 y 1073) como el periodo en el que se levantaría allí un castillo que, tras la caída de los ziríes, habría sido utilizado por los andalusíes contra almorávides o almohades (aunque alguna teoría apunta a que hubo un palacio para el visir). Según parece, ese castillo habría sido destruido por los almohades como respuesta a las rebeliones granadinas dirigidas desde ese lugar contra ellos. La datación efectuada sobre los restos del mismo confirma su origen en el siglo XI.
Esos restos serían utilizados posteriormente como base para la cimentación de la verdadera “fortaleza roja” (este es el significado de Alhambra, en referencia al color del material empleado mayoritariamente para su construcción). Porque la auténtica Alhambra sería una obra nazarí, iniciada en el siglo XIII, cuando el patriarca de la dinastía, Muhammad I, decidió implantar en ese lugar la Alcazaba Yadida (nueva) que sería su centro de gobierno y residencia.

Las tres Alhambras nazaríes (y el Generalife).
La Alhambra nunca tuvo un proyecto unitario y su desarrollo fue producto de sucesivas yuxtaposiciones e, incluso, de superposiciones. En consecuencia, a lo largo del tiempo, hubo diferentes Alhambras nazaríes. Esto es un hecho bastante habitual en la arquitectura islámica porque las construcciones no buscaban la eternidad, ya que esa cualidad pertenece en exclusiva a Allah. Por lo tanto, la aspiración a la supervivencia a través del tiempo era considerada un arrogante desafío a la divinidad y debía ser evitada. Esta es una de las razones por las que la arquitectura islámica utiliza materiales “pobres”, que acentúan su carácter temporal (madera, tierra, ladrillo, yeso, etc.). En consecuencia, los gobernantes no construían pensando en la perpetuidad de su obra sino exclusivamente en su reinado, lo cual acentuaba el carácter efímero de la arquitectura. De hecho, cada califa o cada sultán no tenía ningún problema en modificar lo heredado, incluso derribarlo y plantear su propia visión de los espacios. No obstante, esto no quiere decir que hicieran tabula rasa y no conservaran parte de lo recibido, pero el respeto estricto a lo original no era un criterio a tener en cuenta. Esta cuestión es fundamental para comprender la evolución de la Alhambra.
Los historiadores fijan cuatro etapas dentro de la evolución del monumento nazarí. Las tres primeras son fructíferas y definitorias, pero la cuarta es más temporal que productiva, siendo un periodo escasamente creativo debido a las complicadas circunstancias políticas del reino, que lo impedirían. Nos centraremos en esas tres etapas principales en la Alhambra. Es particularmente interesante al análisis realizado por el catedrático de Historia del Arte Gonzalo Borrás (La Alhambra. Cuadernos de Arte Español nº 17. Ed. Grupo 16, 1991) en el que profundiza en esas tres Alhambras nazaríes que conviven en la actualidad.
La primera, vinculada principalmente al patriarca Muhammad I, fue de carácter militar y se desarrolló en la punta de la Alcazaba (aunque también arrancaría con la definición del recinto amurallado general). La segunda se relaciona, sobre todo, con Yusuf I, séptimo sultán, y sería una Alhambra ambivalente que bascularía entre una fortaleza y un palacio. Finalmente, la tercera, ligada a Muhammad V, convertiría a la Alhambra definitivamente en un conjunto palatino. Estos dos sultanes del siglo XIV, Yusuf I y Muhammad V, padre e hijo, representan el apogeo del reino nazarí y también de la Alhambra, siendo responsables de las principales edificaciones que se conservan.
Situación de la Alcazaba en el conjunto de la Alhambra (Dibujo de Arrivi Factory).

La Alhambra militar de Muhammad I.
Cuando Muhammad I conquistó Granada aprovechó la Alcazaba Qadima del Albaicín como residencia y sede del sultanato, pero trasladaría rápidamente ambas funciones a la nueva fortaleza, la Alcazaba de la Alhambra, que mandaría construir en el extremo occidental de la colina de la Sabica, aprovechando como cimientos los restos de un castillo anterior. El lugar constituía una especie de “proa” de la colina y que quedaba separada del resto de la cima por un barranco (una vaguada que acabaría siendo rellenada en época cristiana permitiendo la aparición de la Plaza de los Aljibes, que proporcionaría continuidad de nivel a todo el conjunto).
Planta de la Alcazaba de la Alhambra: 1. Torre-Puerta de las Armas; 2. Torre de la Vela; 3. Torre del Homenaje; 4. Torre Quebrada; 5. Torre Hueca; 6. Torre de la Pólvora; 7. Torres de los Hidalgos (y caballerizas contiguas); 8. Torre de la Sultana; 9. Torre del Cubo. En el centro la medina militar.
La Alcazaba adquiriría entonces la fisonomía que conocemos (aunque con el tiempo sufriría variaciones puntuales). Su forma poligonal (trapezoidal) contaba con un doble recinto amurallado separado por una calle de ronda. El lienzo exterior es de menor altura mientras que el interior servía de apoyo a las principales torres de la fortaleza. Destaca por el poniente, la solitaria Torre de la Vela (denominada Torre Mayor en tiempos musulmanes), mientras que la parte oriental quedaba caracterizada por tres torres sucesivas: la Torre del Homenaje (una sólida construcción de seis plantas en cuyo piso superior debió instalar su residencia Muhammad I); la Torre Quebrada y la Torre Adarguero (también llamada Torre Hueca). Con el tiempo, a las torres principales se les irían sumando varios torreones menores como la Torre de la Sultana y la Torre de la Pólvora, ambas en el lienzo meridional, o la Torre de los Hidalgos y la Torre del Cubo, las dos en el muro exterior septentrional, que fueron levantadas en el siglo XVI, ya en época cristiana.
La entrada al conjunto se produjo inicialmente por la desaparecida Puerta del Vela, que estaba situada bajo la torre del mismo nombre y que se vería ocultada por el Revellín, un bastión de artillería construido por los cristianos. No obstante, el acceso principal acabaría siendo la Torre-Puerta de las Armas, que daba acceso a la fortaleza por el norte.
La medina de la Alcazaba (el Barrio Castrense) vista desde la Torre de la Vela. En frente, a la izquierda, a Torre del Homenaje.
El interior de la Alcazaba disponía de un espacio amplio y abierto (la Plaza de Armas), característico de las fortalezas medievales que tenía un uso vinculado con lo militar. También alojaba un área residencial donde vivía la guarnición que estaba al servicio del sultán (el conocido actualmente como Barrio Castrense). La estructura urbana de esta zona, que se encuentra en ruina, se apoyaba en una calle vertebradora a la que se adosaba un caserío típico de la arquitectura islámica (al norte viviendas-patio más pequeñas y al sur otras algo mayores). En la parte meridional también se levantaron construcciones más regulares destinadas a almacenes, silos y también baños públicos.
Torres en la muralla de la Alhambra. Los números indican las torres listadas en el texto (no se incluyen las integradas en la Alcazaba).
En tiempos de Muhammad I y de su hijo, Muhammad II, se iría definiendo el recinto amurallado de la Alhambra, al que los diferentes sultanes posteriores le irían añadiendo torres y puertas para dejarlo en la configuración que conocemos actualmente. Este recinto cuenta con 23 torres (el siguiente listado, cuya numeración coincide con la imagen adjunta, comienza por la torre más oriental y continúa en sentido horario, excluyendo las ya referidas torres de la Alcazaba): 1, Torre del Agua; 2, de Juan de Arce; 3, de Baltasar de la Cruz; 4, de los Siete Suelos; 5, del Capitán; 6, de las Brujas; 7, de las Cabezas; 8, de los Abencerrajes; 9, de los Carros; 10, de la Barba; 11, de la Justicia; 12, de las Rocas (todas estas en el lienzo meridional y, a partir de la siguiente, en el septentrional); 13, de Muhammad o de las Gallinas; 14, de Machuca o de los Puñales; 15, de Comares; 16, del Peinador de la Reina; 17, del Partal; 18, de las Damas; 19, de los Picos; 20, del Cadí; 21, de la Cautiva; 22, de las Infantas; y por último, 23, la del Cabo de Carrera.
Con el nuevo recinto se reestructurarían los accesos y se plantearían los ejes principales de la futura “ciudad palatina”. La Alhambra tuvo cinco puertas en la época nazarí: la desaparecida Puerta de la Vela, mencionada anteriormente, y las cuatro que perdurarían en el tiempo, dos por el norte y dos por el sur. También tendría dos puertas interiores, la Puerta de la Tahona, que acabaría bajo la Torre del Cubo, y la Puerta del Vino que comunicaba con la Medina de la Alhambra dando acceso a la calle Real Alta.
Puertas de la Alhambra. Arriba la Puerta de la Justicia (o de la explanada). En el centro planta de la misma. Debajo Puerta del Vino.
Respeto a las puertas exteriores cabe señalar que eran unas complejas construcciones “en recodo” para dificultar el ataque a las mismas. Durante mucho tiempo el acceso principal se produjo desde la Puerta de Armas (Bib Silah) de la Alcazaba, que fue, hasta bien avanzado el siglo XIV, el único que se encontraba intramuros, ya que las otras puertas se abrirían al exterior. Hubo una segunda puerta por el norte, junto a la Torre de los Picos: la Puerta del Arrabal, que comunicaba con el Generalife (tras la conquista cristiana, en ese lugar, el Conde de Tendilla que había sido nombrado gobernador de la Alhambra, mandó construir un baluarte exterior, cerrado con una Puerta de Hierro que sustituía a la del Arrabal). En el lienzo meridional, se abriría, en 1348, la Puerta de la Justicia (o de la Explanada) que acabaría convirtiéndose en la más importante para acceder al recinto. También por el sur se abrió la Puerta de los Siete Suelos, construida en el siglo XIV sobre otra anterior y que comunicaba con la zona alta de la Medina.
El recinto interior funcionaba como una verdadera ciudad privada, en la que tres calles principales estructuraban un espacio en el que se agrupaban los diferentes edificios que constituían el conjunto áulico. Así, la Alhambra contaba con la Calle Perimetral, que acompañaba la muralla (pasando por debajo de los Palacios Reales y de las torres); con la calle Real Baja (que se vería interrumpida por la construcción del Palacio de Carlos V); y con la calle Real Alta que conectaba la Puerta del Vino con el Secano (cuyo trazado también se vería afectado por la construcción del Convento de San Francisco).
No obstante, la existencia de la Alhambra fue posible gracias a una obra esencial: la traída de aguas. El agua resultaría fundamental para que la acrópolis granadina fuera habitable, satisfaciendo, además del consumo humano, las necesidades de jardines, fuentes, estanques y otros espacios del conjunto. La conocida como Acequia Real (Acequia del Sultán, originalmente) fue una infraestructura que llevaba el agua del río Darro desde un azud (situado a seis kilómetros de distancia), a través de una serie de canalizaciones que discurrían por las laderas del Cerro del Sol para llegar a la Alhambra. La acequia, que sería una de las obras sustanciales de este primer periodo, también daba servicio al Generalife en su recorrido y entraba finalmente en la fortaleza por la denominada Torre del Agua.
Los historiadores etiquetan este primer periodo de la arquitectura de la Alhambra con el nombre de Dawla al-Nasriya y lo acotan entre 1238, fecha fundacional, y 1314, con el ascenso de Ismail I (que iniciaba una nueva línea dinástica). Más allá de los matices, que aparecen sobre todo al final del periodo, la primacía militar de esta primera etapa (particularmente en sus primeras décadas) imprimió al incipiente conjunto un carácter que respondía estrictamente a su función utilitaria (expresándose en una arquitectura sobria y desornamentada o en el estricto servicio del agua para abastecimiento humano). Serían posteriores sultanes los que irían basculando desde la fortaleza militar hacia la ciudad palatina, en la que las sutilezas espaciales, la decoración o los juegos de agua adquirirían un gran protagonismo.
Palacio del Partal. Arriba su aspecto actual. Debajo, imagen previa a la restauración, donde se aprecia la dificultad de la misma.
A pesar de eso, en este primer periodo se construirían los primeros palacios (aunque en su mayoría desaparecerían). No es el caso de uno de los edificios más antiguos de la Alhambra, el Palacio del Partal, que debió levantarse en época del sultán Muhammad III, a principios del siglo XIV. Su ubicación, en el norte del recinto, “volcado” sobre la muralla, marcaría el estilo de implantación de los posteriores palacios nazaríes. El Partal es un edificio abierto, precedido por un patio con una alberca rectangular, que se caracteriza por un pórtico de cinco arcos que da acceso a la estancia principal, en el interior de la conocida como Torre de las Damas. También se le atribuyen a Muhammad III obras tan significativas como la Puerta del Vino (aunque su decoración es posterior), la Mezquita principal (que desaparecería tras la reconquista cristiana) y el Baño contiguo a la misma. Al último sultán de este primer periodo, Nasr, se le asigna la construcción de la Torre del Peinador de la Reina, una de las más peculiares de la Alhambra.

La Alhambra que no es Alhambra: El Generalife.
En paralelo a esa primera Alhambra militar se construiría, próxima pero fuera del recinto, una villa de reposo para el sultán: el Generalife. Por esta razón, el Generalife no es la Alhambra, aunque siempre ha estado vinculado a ella y resulta indisociable de la misma.
Imagen exterior del Generalife.
En las laderas del Cerro del Sol, separado de la colina de la Sabica por el barranco de la Cuesta de los Chinos se levantó tempranamente aquella finca agropecuaria, en la que la residencia de descanso del sultán estaba acompañada de huertos y jardines. Su construcción se realizó en la época de Muhammad II, aunque sería transformada notablemente en tiempos de Ismail I.
Planta del Generalife.
La finca se organiza en terrazas, quedando la inferior dividida en dos cuadrados. Al primero, el Patio del Descabalgo, se accedía desde la cuesta. Desde este, atravesando el cuerpo de guardia se llegaba al segundo, que daba paso al Patio de la Acequia, el núcleo central del Generalife que ocupa una terraza rectangular muy alargada. El Patio de la Acequia se organiza como un patio de crucero con cuatro zonas, atravesado longitudinalmente por la Acequia Real. En sus lados cortos se levantan las edificaciones, tanto el Pabellón Sur (de acceso) como el norte (que cuenta con un extraordinario pórtico). El cierre, también porticado, del lateral largo occidental fue obra cristiana.
Patio de la Acequia del Generalife.
Desde el lado norte de este espacio se comunica con el Patio del Ciprés de la Sultana, que cuenta con otro edificio porticado, contiguo al de la Acequia, construido en 1584. En este jardín comienza la Escalera del Agua, que ascendía a la pequeña mezquita ubicada en la parte alta de la finca (y cuyo canalillo de agua de los pasamanos servía para las abluciones rituales previas). Esta mezquita sería reconvertida en un peculiar mirador romántico en el siglo XIX. También desde el Patio de la Sultana se accede, a través de la Escalera y Puerta de los Leones a los jardines altos.
(El acceso actual al Generalife desde la Alhambra se efectúa atravesando una puerta y un puente abiertos en 1971 en el extremo oriental de la fortaleza. Desde allí arranca un paseo que, en su recorrido hacia el Patio del Descabalgo, se ve acompañado por unos jardines construidos entre 1931 y 1951, los denominados “jardines bajos” que incluyen desde un jardín-laberinto hasta la reinterpretación moderna del jardín hispano musulmán; así como un teatro al aire libre que se abrió en 1952 para acoger el Festival Internacional de Música y Danza de Granada).

La Alhambra ambivalente de Yusuf I.
Los historiadores fijan el inicio del segundo periodo de la arquitectura de la Alhambra en el cambio de línea dinástica que supone el reinado de Ismail I (que era primo segundo del anterior sultán y por tanto sobrino nieto del patriarca nazarí). Así pues, esta etapa (conocida como al-Dawla al-Isma'iliyya) daría comienzo en 1314 y se prolongaría hasta 1354 integrando la obra de tres sultanes. El periodo finalizaría abruptamente con el asesinato de Yusuf I (hijo menor de Ismail I, que sucedió a su hermano Muhammad IV), el sultán más representativo de esa etapa, con quien se consolidó la mutación de la fortaleza militar en conjunto palatino.
El primer sultán de la terna, Ismail I, fue responsable, como hemos visto, de la transformación del Generalife, y sus aportaciones a la Alhambra, las conservadas, incluirían la construcción del Baño Real (que, no obstante, sería reformado por Yusuf I) o la puerta monumental de las Armas. Porque su obra principal no nos ha llegado, ya que el sultán promovió la construcción de un palacio, pero sus descendientes edificarían sus propuestas en ese mismo lugar (derribando o remodelando radicalmente lo anterior, como sabemos) por lo que no quedan muchos restos de sus intervenciones, salvo quizá algunas estructuras del actual Mexuar. El Mexuar era la sala donde se celebraba el “consejo de ministros” y en la que el sultán impartía justicia. Se le añadió el Oratorio que originalmente tenía el nivel del suelo a la altura del antepecho de las ventanas para facilitar la meditación con las vistas lejanas (el suelo fue rebajado a su cota actual para favorecer la visita del lugar en el siglo XX).
Yusuf I se erige como el sultán que simboliza la época. Esta segunda etapa es el eslabón que enlaza la visión sobria y militar de los primeros sultanes con la corte de los esplendorosos palacios que Muhammad V levantaría en el siguiente periodo. Gonzalo Borrás cita, en el trabajo mencionado anteriormente, un poema de Ibn al-Yayyab que indicaría ese doble juego de la arquitectura en el tiempo de Yusuf I:
“Esta obra ha venido a engalanar la Alhambra; es morada para los pacíficos y los guerreros; Calahorra que contiene un palacio. ¡Di que es una fortaleza y a la vez una mansión para la alegría!”
A Yusuf I se le atribuyen varias torres, como la del Cadí, de la Cautiva y, sobre, todo la de Comares, que es un caso aparte. También incorporó varias puertas a la muralla, principalmente la de la Justicia (o de la Explanada, porque parece que llegó a servir como mezquita al aire libre) y la de los Siete Suelos (esta puerta, fue parcialmente destruida por las tropas napoleónicas en 1812 y se reconstruyó en la década de 1960). Igualmente acometería el Oratorio del Partal o la mencionada reforma del Baño Real para dar servicio al torreón de Comares.
Alzado y Sección de la Torre de Comares.
La gran obra de Yusuf I sería la impresionante Torre de Comares (con sus 45 metros de altura). Esta torre no fue proyectada como parte de un conjunto, tal como podemos observarla ahora, sino que era una construcción aislada. Su áspero aspecto exterior contrasta con su lujoso interior: el Salón del Trono o de los Embajadores, un espacio espectacular con una planta cuadrada de 11,30 metros de lado y una altura de 18,20 metros, con revestimientos muy sofisticados y una muy destacable cúpula. La Torre de Comares es un ejemplo del contraste radical entre la sobriedad, incluso tosquedad, de la fortaleza al exterior y el fabuloso refinamiento interior del Salón del Trono.
La Torre de Comares es un ejemplo del contraste radical entre la sobriedad de la fortaleza al exterior y el refinamiento interior con el sofisticado Salón del Trono o de los Embajadores.

La Alhambra palaciega de Muhammad V.
El tercer periodo se caracterizada por el protagonismo absoluto de Muhammad V, aunque este sultán reinó en dos momentos, como comentamos al repasar las circunstancias históricas, y sería durante su segunda etapa de gobierno cuando pudo centrarse en la construcción/reconstrucción de la Alhambra. Muhammad V ordenaría una transformación radical sobre la zona palatina heredada, que prácticamente vació para dar lugar a sus ideas (casi podría decirse que mantuvo únicamente el Baño Real y las torres). Muhammad V intervino en todo, bien para rehacerlo, redecorarlo, o, simplemente, para dejar su firma (cuestión que dificulta la datación de los expertos).
Planta del conjunto de los palacios nazaríes de la Alhambra.
En 1362 se levantaría la Sala de las Dos Hermanas, que sería seguida desde 1363 por el resto de las dependencias que conformarían el Palacio del Riyad Al-Saíd o Jardín feliz (también denominado Palacio de los Leones por la famosa fuente de su patio). Esa primera sala habría sido concebida como mexuar (sala del consejo de visires) abriéndose hacia el Mirador de Daraxa que ofrecía entonces una vista amplia sobre la Medina granadina (la intervención de Carlos V para construir sus habitaciones privadas convertiría al jardín de Lindaraja en un claustro e impediría esa visión de la ciudad). La Sala de los Mocárabes, la Sala de los Abencerrajes, y la Sala de los Reyes (estas dos últimas preparadas para la celebración de fiestas y banquetes) completarían la delimitación del patio cuatripartito, con una fuente central cuya taza era soportada por leones.
Fachada sur del Patio de los Leones.
En esta última sala se encuentra una de esas excepciones sorprendentes en el arte islámico. En ella aparecen pintadas varias figuras humanas (que se suponen podrían ser los diez primeros sultanes, de Muhammad I a Muhammad V), así como escenas laterales de caza, todas realizadas hacia 1380. Los expertos justifican la ruptura de la prohibición sobre la figuración por el influjo cristiano, que era muy intenso en aquellos años. Parece que el conjunto del Palacio del Riyad sería el auténtico palacio de Muhammad V con todas sus funciones representadas (políticas, festivas) frente a la interpretación tradicional que otorgaba el carácter público al conjunto de Comares y reservaba el de los Leones para el ámbito privado.
Muhammad V también reformaría la Puerta del Vino, o el Patio del Cuarto Dorado donde el sultán celebraba audiencias con sus súbditos, y completaría el espacio de Comares conformando el Patio de los Arrayanes.
Patio de Comares, de la Alberca o de los Arrayanes. Arriba, vista hacia el norte con la presencia de la Torre de Comares. Debajo vista hacia el sur (el Palacio de Carlos V emerge por detrás).
Recurrimos nuevamente al magisterio de Gonzalo Borrás, quien escribió que “las construcciones de Muhammad V en la Alhambra alcanzan el máximo esplendor del arte nazarí en su versión ornamental y la vez constituyen el canto del cisne de la ciudad palatina. Muy lejos ya de los difíciles tiempos guerreros del sultán fundador, se apuesta abiertamente por una arquitectura del ocio, integrada por palacios, salones decorados y jardines, mansiones para el placer de los sentidos en las que arquitectura y naturaleza se entrelazan sutilmente”.
La última fase de la Alhambra nazarí, la cuarta, tendría escasas aportaciones. Las complicadas circunstancias políticas del siglo XV impidieron a los sultanes prestar atención a la ciudad palaciega, limitándose a incorporar algunas nuevas edificaciones funcionales. No obstante, pueden reseñarse la Torre de las Infantas (levantada en tiempos de Muhammad VII) o el Palacio de Yusuf III (del que se siguen estudiando los restos arqueológicos hallados). Gracias a esa inacción constructora, la Alhambra nazarí que conocemos actualmente corresponde mayoritariamente a la herencia de Muhammad V.

La conversión de la Alhambra en cristiana.
La conquista cristiana de Granada marcaría un nuevo rumbo para la Alhambra, que pasó a ser propiedad de la Corona, convirtiéndose por tanto en Casa Real. Una de las primeras tareas sería la de “convertir” el gran espacio musulmán en un lugar cristiano.
Dos años después de la conquista, en 1494, los Reyes Católicos impulsaron la construcción de un convento franciscano en el interior del recinto de la Alhambra, para lo cual se aprovechó el Palacio de los Infantes de Muhammad III (quedan algunos restos de esta antigua construcción). [El monasterio sería abandonado en 1835 recibiendo, a partir de entonces, usos tan dispares como cuartel militar o residencia de pintores. Fue restaurado por Torres Balbás para este último uso entre 1927 y 1936 y, en 1954, fue reconvertido en un hotel integrado dentro de la red de Paradores Nacionales, función que sigue cumpliendo].
Construcciones cristianas en la Alhambra: arriba el convento de San Francisco (reconvertido actualmente en Hotel-Parador de turismo) y debajo la Iglesia de Santa María.
La intervención más traumática llegaría con el emperador Carlos V (Carlos I de España), bajo cuyo gobierno se construyó el nuevo palacio renacentista: el llamado Palacio de Carlos V, obra de Pedro Machuca. El emperador pensó en la Alhambra como sede de la Corona y este palacio sería conocido como Casa Real Nueva (acogiendo los usos más públicos) frente a los palacios nazaríes que serían la Casa Real Vieja (albergando las estancias más privadas). Pero, aunque la construcción se concluiría, el traslado de la Corte no se produjo. El Palacio de Carlos V, comenzado en 1527, fue una obra revolucionaria para un contexto artístico que todavía no había abandonado el gótico y estaba dando los pasos del plateresco. Para su encaje en el corazón de la Alhambra hubo que demoler varios pabellones situados al sur del Patio de Comares, hecho que, si bien significó una mutilación del conjunto nazarí, también permitió la conservación de los palacios, que de otra forma hubieran podido desaparecer.
Palacio de Carlos V. Imagen exterior, planta y visión del patio interior del edificio.
No sería la única remodelación cristiana. Entre 1581 y 1618, se construyó la Iglesia de Santa María sobre el solar de la Mezquita Mayor, a partir de un proyecto de Juan de Herrera y Juan de Orea que sería interpretado por el arquitecto Ambrosio de Vico. También hay que tener en cuenta la concesión de numerosos edificios (palacios, torres o viviendas) a la nobleza que había colaborado en la conquista, quienes adaptarían las construcciones a sus necesidades.
Sin contenido religioso, pero derivada de una estrategia de defensa militar se realizó una de las actuaciones más trascendentes para el funcionamiento interno del conjunto. Se decidió rellenar el barranco existente entre la Alcazaba y la Medina de la Alhambra, aprovechando ese vacío para la construcción de aljibes que garantizaran el agua en eventuales asedios de la fortaleza. Esa obra permitió la existencia de la actual Plaza de los Aljibes, que proporciona continuidad de nivel al conjunto.

La Alhambra actual.
Los monumentos históricos sufren, a lo largo del tiempo, transformaciones que pueden transfigurar su sentido primigenio. Estos cambios pueden estar motivados por un mantenimiento más o menos respetuoso, por rehabilitaciones relativamente fieles al original, por adaptaciones de uso que pueden ser traumáticas con lo anterior, por modificaciones del contexto, por amputaciones, y también por “invenciones” que intentan suplir lo desaparecido o simplemente “aportar” una creatividad a veces injustificada. Así, todo monumento experimenta cambios más o menos radicales respecto al original a lo largo de su vida.
El caso de la Alhambra no escapa a estas circunstancias, más aún cuando incluso en el periodo nazarí esas remodelaciones se producían de forma constante. Y, desde luego, la reconversión cristiana sería muy perturbadora al incorporar nuevas edificaciones, como hemos visto, o imponer funciones inéditas en las existentes.
Además, la decadencia de Granada arrastraría también a la Alhambra. Ya en tiempos de Felipe II fue denunciado el proceso de deterioro que sufría el conjunto. Primero, como consecuencia del daño causado por el paso del tiempo y la falta de atención, pero, sobre todo, por las incesantes modificaciones producidas por las redistribuciones interiores y cambios funcionales que forzaron severas alteraciones. A ello se le sumarían también, especialmente durante el siglo XIX, las intervenciones que buscaban re-crear escenarios que nunca habían existido siguiendo las modas imperantes del momento (exotismo, romanticismo, orientalismo, etc.). La Alhambra sufrío un proceso desnaturalizador que puso en peligro el espíritu que la concibió y la llevó al límite de la ruina.
La polémica cúpula de uno de los pabellones del Patio de los Leones, que fue construida sin justificación histórica por el arquitecto Rafael Contreras en 1855, fue desmontada por Leopoldo Torres Balbás en 1935, para levantar un tejadillo a cuatro aguas más coherente con el entorno. La intervención levantó una gran controversia entre los que defendían la continuidad de la cúpula y los que apoyaban su eliminación.
Afortunadamente, las restauraciones del siglo XX (principalmente las dirigidas por el arquitecto Leopoldo Torres Balbás), apoyándose en estudios concienzudos acerca de lo que la Alhambra debió ser en la época nazarí, lograron estabilizar la caída. Por eso, la pregunta de cuánto queda de original en la Alhambra actual, no tiene una respuesta sencilla.

En cualquier caso, la Alhambra y el Generalife están considerados Patrimonio de la Humanidad y su realidad actual muestra esa complejidad, convertida en objeto de admiración para millones de turistas que acuden a contemplarla.

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