27 ago. 2016

Sevilla y Málaga, rivalidad urbana entre la política y la economía.

Plaza de España de Sevilla y Centro Pompidou de Málaga.
La polémica entre sevillanos y malagueños es un tema recurrente en los últimos tiempos. La disputa de las dos ciudades andaluzas es uno de los ejemplos típicos de rivalidad urbana surgida cuando las urbes comparten territorio y una de ellas ostenta el poder político mientras que la otra disfruta del predominio financiero.
La competencia entre Sevilla y Málaga es relativamente reciente, planteándose desde que esta última emergió con gran dinamismo en el siglo XIX y siendo mucho más intensa en las últimas décadas. Las dos ciudades se encuentran ubicadas en entornos geográficos diferentes, lo que les proporcionó una evolución histórica dispar que ha conducido a que, en la actualidad, sus posiciones en el binomio política-economía sean distintas y alimenten el antagonismo entre ambas. Esta pugna se muestra de muchas maneras, yendo más allá de las evidencias y de la objetividad de los datos, para incluir tópicos y descalificaciones desde una hacia la otra. Sin entrar en polémicas, en el artículo analizamos algunas de las similitudes y divergencias históricas, geográficas y urbanas entre ellas.

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El tamaño, la jerarquía política o el poderío económico son, quizá, los indicadores más destacados para determinar la importancia de una ciudad. Y también suelen ser la base de la confrontación entre ciudades que compiten entre ellas desde panoramas similares. Hay, desde luego, otros muchos factores, algunos cuantitativos, pero también cualitativos y subjetivos que pueden ser determinantes. Incluso hay cuestiones emocionales que hacen que, a pesar de la contundencia de los datos, los partidarios de una ciudad se aferren a ellas para justificar su preferencia.
Vamos a analizar uno de los ejemplos típicos de rivalidad urbana producida cuando las urbes comparten territorio y una de ellas ostenta el poder político mientras que la otra disfruta del predominio financiero.
Esto sucede entre Sevilla y Málaga, las dos ciudades principales de Andalucía, la región que ocupa el sur de España. Así lo dicta la objetividad de las cifras ya que, en la actualidad, Sevilla es la mayor ciudad de la región, con 693.878 habitantes y con una aglomeración urbana que alcanza los 1,5 millones, mientras que Málaga ocupa el segundo lugar, con 569.130 habitantes y con un entorno metropolitano que ronda el millón de personas (datos de 2015). Las posiciones se invierten al considerar los datos económicos ya que, según el Anuario Económico publicado por La Caixa (edición 2013), Málaga encabezaría la lista andaluza con un índice de 1.678, sobrepasando a Sevilla que tendría 1.566.
Realmente, la rivalidad entre ambas no es ancestral ya que la historia trató a las dos ciudades de manera muy distinta, pero, desde que Málaga emergió en el siglo XIX con gran dinamismo, la competencia se ha ido acentuando, siendo mucho más intensa en las últimas décadas. Hoy, Sevilla es la ciudad más poblada y la capital de la Comunidad Autónoma, lo cual le proporciona una fuerte componente institucional, mientras que Málaga, capital de la “Costa del Sol”, ha logrado general un entorno económico y empresarial de primer orden.
Sevilla y Málaga se fundaron y crecieron en entornos geográficos muy diferentes (una ciudad de interior y fluvial frente a una ciudad marítima). Las dos ciudades tuvieron una historia muy distinta en la antigüedad, que entonces hizo imposible cualquier competencia, dadas las diferencias existentes entre ambas. De hecho, las diferentes ordenaciones territoriales del sur de la Península ibérica realizadas en los últimos siglos, remarcaban una clara diferencia jerárquica entre Sevilla y Málaga. Pero la modernidad modificó los equilibrios con el ascenso vertiginoso de Málaga, motivado por su incipiente industrialización en el primer tercio del siglo XIX, y con el declive que arrastraba Sevilla desde el siglo XVII. Así, la historia reciente ha equiparado mucho a las dos ciudades, que, en el siglo XX, especialmente en su segunda mitad, y durante lo que llevamos del XXI, han consolidado una enérgica confrontación entre ellas.
La pugna entre las dos ciudades se muestra de muchas maneras, más allá de las evidencias y de la objetividad de los datos, ya que también incluye tópicos y descalificaciones desde una hacia la otra. Los ciudadanos de cada urbe, expresan su rivalidad cruzando comentarios desacreditadores, vertidos, en muchas ocasiones, con el gracejo característico de los andaluces. Pero el humor, más o menos agridulce, no oculta las desavenencias que han ido en aumento en los últimos tiempos. Así aparecen críticas hacia la soberbia o el ventajismo, que los malagueños achacan a los sevillanos, que son devueltas desde la capital tildándolas de muestras de victimismo y acomplejamiento, entre otros comentarios. Sin entrar en polémicas, en el artículo analizamos algunas de las similitudes y divergencias históricas, geográficas y urbanas entre las dos ciudades.

Sevilla y Málaga, diferencias geográficas: Andalucía interior/marítima y Andalucía llana/montañosa.
Andalucía no es un territorio homogéneo geográficamente. Su gran extensión, de casi 90.000 kilómetros cuadrados, lo que supone cerca del 20% de España (17,2%), ofrece unidades ambientales muy diferentes. Esa diversidad, además, sería remarcada por la historia, como veremos más adelante.
Andalucía es una región de costa. Cinco de sus provincias son marítimas (Huelva, Cádiz, Málaga, Granada y Almería) y tres son de interior (Sevilla, Córdoba y Jaén), pero el extenso litoral tiene dos partes perfectamente diferenciadas, separadas por el Estrecho de Gibraltar. Por un lado, se encuentra la “fachada” atlántica, en Huelva y Cádiz occidental, mientras que, por el otro, Cádiz Oriental, Málaga, Granada y Almería se abren al Mar Mediterráneo.
Este es uno de los rasgos más importante de la diferenciación entre Sevilla y Málaga. La Sevilla de interior contrastará con la Málaga mediterránea. No obstante, las dos ciudades disponen de puerto, aunque en el caso de la capital es un puerto fluvial, vinculado al río Guadalquivir (navegable hasta ese punto), mientras que en Málaga es un puerto marítimo.
Mapa físico de Andalucía donde se aprecia su diversidad. Sevilla y Málaga, remarcadas en rojo, pertenecen a entornos diferentes.
Otra característica del territorio andaluz es el contraste orográfico que se produce entre grandes extensiones prácticamente llanas y otras determinadas por la abundancia de montes. De hecho, casi la mitad de la región andaluza (44,3%) es montañosa y serrana, con mucha variedad ambiental, ofreciendo paisajes de alta montaña (verticales y alpinos, como en los Sistemas Béticos, donde Sierra Nevada incluye el pico más alto de la península, el Mulhacén); como paisajes de media y baja montaña (como los existentes en Sierra Morena). A la montaña se le enfrenta el valle del rio Guadalquivir, una gran depresión geográfica de forma triangular que, con su amplia cuenca (de unos 57.000 kilómetros cuadrados), integra, también, diversas unidades paisajísticas. Por ejemplo, las llanuras interiores, presentes en Córdoba, Sevilla y Cádiz; las campiñas acolinadas, existentes en las provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla; o las campiñas de piedemonte surgidas al contactar con Sierra Morena por el norte y las Sierras Béticas por el sur.
Esta “bipolaridad” geográfica entre llanura y montaña, apunta a otra de las divergencias esenciales entre las dos ciudades: su topografía, porque una Sevilla mayoritariamente plana se opondrá a una Málaga con un relieve muy movido. Sevilla, integrada en el Valle del Guadalquivir, presenta, al margen de algunos pequeños resaltos orográficos locales, un paisaje de llanura, mientras que Málaga, se instala en el irregular relieve enmarcado por un circo montañoso que se enfoca al Mediterráneo.
Andalucía cuenta con otros paisajes, aunque fuera de la órbita sevillana o malagueña. Por ejemplo, el gran valle del Guadalquivir recoge aguas de otros ríos menores, que también crean entornos muy particulares, y finaliza en unas extensas marismas litorales. También son destacables la particular sucesión de hoyas y depresiones que constituyen el denominado Surco Intrabético (que, entre las cordilleras Bética y Penibética, fue tan importante en la historia antigua regional, por ser el camino de conexión terrestre entre el Atlántico y el Mediterráneo), o los singulares altiplanos y desiertos esteparios de la Andalucía oriental (el este de Granada y Almería).

Sevilla y Málaga: una historia antigua muy diferente (la rivalidad imposible).
Hasta el siglo XIX, la historia de las dos ciudades fue muy diferente. Una gran Sevilla quedaba muy lejos del alcance de una modesta Málaga, lo cual hacía imposible la rivalidad entre ellas.
Sevilla
La tradición sevillana habla de un origen remoto producto de influencias tartésicas, fenicias o cartaginesas. Desde luego, los descubrimientos arqueológicos confirman el poblamiento ancestral de la zona, pero no sería hasta la llegada de los romanos, hacia el año 206 a.C., cuando se crea un organismo plenamente urbano. En cualquier caso, los romanos conquistaron y adaptaron el poblado indígena que existía en el lugar (Ispal), tanto en su denominación (Hispalis) como físicamente, aplicando las reglas urbanas romanas (con ciertas deformaciones forzadas por el asentamiento precedente). Julio César la rebautizó como Colonia Iulia Romula Hispalis y se iría consolidando como uno de los núcleos principales de la región Baética gracias a las posibilidades que ofrecía el entonces llamado río Betis (renombrado como Guadalquivir, el “río grande”, por los musulmanes). El río Guadalquivir será determinante para Sevilla y su evolución urbana (ver Sevilla y el rio Guadalquivir: una relación de amor y odioen diez etapas)
Sevilla romana con el brazo secundario del Guadalquivir y el arroyo Tagarete por el sureste. Remarcada la Hispalis romana y sus vías principales que, a pesar de los descubrimientos arqueológicos, todavía no ha podido ser determinada con precisión (y las deformaciones sufridas en el periodo musulmán no ayudan)
La caída del Imperio romano hizo que la ciudad sufriera diversas invasiones de pueblos germánicos durante el siglo V: vándalos, suevos y finalmente visigodos. Estos últimos, que controlarían la Península Ibérica hasta comienzos del siglo VIII, harían de Sevilla (entonces llamada Spali) su capital durante varios periodos a lo largo de la primera mitad del siglo VI.
La llegada de los musulmanes en el año 711 cambiaría el rumbo para la ciudad. Su nombre se convertiría en Isbiliya y la ciudad comenzaría a prosperar. Inicialmente dependiente de Córdoba, tras la caída del Califato, Sevilla pasó a liderar uno los reinos de taifa más poderosos, que fue ampliando su territorio a costa de los contiguos. El reino de Sevilla pervivió entre 1023 y 1091, cuando cayó en manos de los almorávides, quienes controlaron la ciudad hasta 1147 fecha en la que el dominio pasó a los almohades. Estos se verían obligados a renunciar a la ciudad en 1248, debido a la conquista cristiana.
La primera etapa de Al-Andalus (los emiratos y el Califato) asistirían a la transformación de la ciudad existente en una urbe islámica. Sevilla se iría dotando de zocos y alcaicerías, baños públicos, y, sobre todo, de mezquitas que estructuraban espiritualmente la ciudad. La primera mezquita-aljama (la principal) fue la mezquita de Ibn Adabbás, edificada en el siglo IX en el lugar donde se levantaría posteriormente la iglesia del Salvador. El plano de la ciudad fue adoptando el típico trazado sinuoso de las ciudades islámicas.
La etapa taifal comenzaría a dar luz propia a Sevilla, hasta entonces supeditada a Córdoba. El elemento más significativo de esa fase es la reforma del alcázar viejo, que se había construido en el año 913 para los gobernadores de la ciudad. En el siglo XI, la dinastía taifa Banu Abbad acrecentó el conjunto notablemente, aunque serían los almohades los que acometerían una gran ampliación del alcázar, con nuevos palacios, recintos militares y unos soberbios jardines, para convertirlo en la sede de su Corte.
La Giralda (que fue alminar almohade) y la Catedral de Sevilla, que se levantó sobre la antigua mezquita principal de la medina sevillana.
Tras el breve y tenso periodo almorávide (centrado, especialmente, en la reformulación de la muralla de la ciudad), la Sevilla almohade fue una época floreciente tanto desde el punto de vista económico como artístico. Los almohades convertirían a la ciudad en su capital y levantarían algunos de los principales hitos sevillanos que disfrutamos actualmente. Entre ellos destacan la mezquita-aljama (1172), sobre la que se levantará la Catedral cristiana, y su alminar (1184), que sería la base de la Giralda; o la Torre del Oro (1220). En la etapa almohade se instaló también el Puente de Barcas (1171) que uniría las dos orillas del Gualdalquivir conectando Sevilla con Triana y el Aljarafe (y que no sería sustituido hasta el siglo XIX por un puente de hierro y piedra, el Puente de Isabel II, conocido popularmente como Puente de Triana). Igualmente se levantó el palacio de recreo de la Buhaira (1172) o se reconstruyó el acueducto de los Caños de Carmona (1171). La ciudad creció extraordinariamente, ampliando su recinto de forma muy considerable hasta conformar una de las mayores medinas del entorno. Las murallas que la delimitaban tuvieron una historia azarosa, con múltiples destrucciones (tanto por la acción humana como por la del río) y otras muchas restauraciones y replanteamientos. El perímetro fijado por los almohades fue el definitivo. Superaba los 7 kilómetros y encerraba una inmensa superficie de 287 hectáreas.
Reales Alcázares de Sevilla. El Patio de la Doncella tras la remodelación que a principios del siglo XXI le devolvió su estructura original con la alberca central.
En el año 1248, la ciudad fue conquistada por los ejércitos del reino cristiano de Castilla (casi 250 años antes que Málaga). En aquellos tiempos, no había una capital fija y la Corte era itinerante. Sevilla se incorporó a la escueta lista de ciudades que solía acoger temporalmente al rey y su Corte (junto a Burgos y Toledo), lo cual nos transmite la importancia adquirida. Para ello se escogieron los que desde entonces serían denominados Reales Alcázares, sumando a la extraordinaria base musulmana elementos góticos, renacentistas y barrocos.
La conquista de América en 1492 (y la concesión a Sevilla del monopolio del comercio con el nuevo continente) supuso una revolución para la ciudad desde todos los puntos de vista. Sevilla se convirtió, en el siglo XVI, en una de las principales ciudades europeas de ese tiempo (llegando a ser la cuarta población, tras Londres, París y Nápoles). La esplendorosa Sevilla Barroca del Descubrimiento, cosmopolita y universal, ha sido tratada en un artículo anterior de este blog (Mutaciones Urbanas:Sevilla y sus tres revoluciones urbanas).
Pero durante la centuria siguiente la ciudad sufriría diversas adversidades, como una epidemia de peste o la grave crisis económica derivada de la pérdida del monopolio comercial con América, que la llevarían a un declive que se prolongaría casi tres siglos. Porque este largo periodo de decadencia no finalizaría hasta el siglo XX, cuando la ciudad recuperaría la senda de la prosperidad.
Málaga
También Málaga puede presumir de orígenes remotos. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz una colonia fenicia en la ladera del monte Gibralfaro, lo que lleva a fijar su fundación, como Malaka, en torno al siglo VIII a.C. Posteriormente pasarían por ella cartagineses y romanos, que la denominaron Malaca y de la que quedan algunos vestigios como el Teatro romano. También llegarían visigodos o bizantinos, hasta que los musulmanes, que llegaron a la península en el 711, tomaron la ciudad y la llamaron Malaqa.
En contra de lo que sucedió en otros muchos lugares, en los que hubo pactos con la población o ayudas interiores de los colectivos judíos, Málaga fue tomada por la fuerza. La población huyó a las montañas vecinas y la vida urbana decaería hasta que, poco a poco, se fue consolidando la ciudad islámica, la medina, con todas las claves propias de ese modelo urbano.
La zona tardó en ser pacificada, soportando rebeliones como la de Omar Ben Hafsún, que se sublevó junto a otros muladíes (cristianos reconvertidos al islam) contra el emir de Córdoba en 868, desde Bobastro, su base de operaciones. Esta revuelta fue soficada y, finalmente, tras la proclamación del Califato en el año 930, la región lograría ser aplacada y Málaga comenzaría a prosperar. En el siglo X, para defender la ciudad, se construyó la Alcazaba que iría siendo reformada y ampliada durante las siguientes centurias. La ciudad seguiría mejorando su defensa con el castillo de Gibralfaro, reconvirtiendo un faro que se encontraba en la cima de ese monte. La medina malagueña quedaría delimitada por unas murallas que se mantuvieron durante mucho tiempo, cuestión que ocasionó la aparición de diversos arrabales extramuros.
La alcazaba de Málaga y el Teatro Romano.
Tras la descomposición del Califato de Córdoba, Málaga encabezaría un pequeño reino de taifa gobernado por la dinastía Hammudí entre los años 1026 y 1057, y qué resurgió discontinuamente en varias ocasiones: del 1073 al 1090 con la dinastía Zirí (como una segunda etapa de los Primeros Reinos de Taifas), del 1145 al 1153 con la dinastía Hassun (Segundos Reinos de Taifas tras los almorávides), y del año 1229 al 1238 con la Zannun (Terceros Reinos de Taifas tras los almohades). En 1238, Málaga fue incorporada al Reino Nazarí de Granada y ese, que sería el último periodo musulmán, fue una etapa que, en general, disfrutó de bonanza económica e incremento poblacional. La reforma de las murallas terrestres, el planteamiento del muro portuario o el reforzamiento de los dos castillos de la ciudad son algunas de las obras más significativas de la Málaga nazarí.
Dos siglos y medio después, en 1485, la ciudad sería conquistada por los ejércitos cristianos. Urbanísticamente sufrió cambios en la trama musulmana para adaptarla al nuevo espíritu. Por ejemplo, los numerosos adarves (callejones sin salida) fueron desapareciendo, reconectando calles y creando ejes de circulación que en la ciudad islámica no existían. En definitiva, la medina, en la que lo privado era lo dominante, iría dando paso a otra ciudad donde lo público fue ganando terreno. Además, los símbolos irían variando y, por ejemplo, en el solar de la mezquita-aljama de la ciudad se comenzaría a levantar en 1528 la nueva Catedral de Málaga.
Aunque Felipe II ordenó potenciar el puerto de la ciudad, la Málaga cristiana sería durante siglos una ciudad modesta. Buena parte de la culpa correspondería a las muchas adversidades sufridas, comenzando por la sublevación de los moriscos y su expulsión posterior (1610), que ocasionó bastante inestabilidad en la zona, siguiendo por varias catástrofes naturales (inundaciones del rio Guadalmedina o algunos seísmos) y una sucesión de malas cosechas y epidemias que pusieron en jaque a los principales cultivos de la región. Por todo, Málaga, se mantendría prácticamente con la misma extensión de la ciudad islámica hasta el siglo XIX.
Comparación a la misma escala de las medinas musulmanas de Sevilla (izquierda) y Málaga (derecha).

Diferencias jerárquicas y administrativas entre Sevilla y Málaga (evolución de la división territorial de Andalucía)
El contraste geográfico entre las regiones de Sevilla y Málaga se mostró administrativamente durante varios siglos debido a la división territorial del sur peninsular. Además, esas diferencias se acentuaban por el distinto rango jerárquico de las dos ciudades.
Esto se evidenciaría desde el mismo momento de la unificación de España con los Reyes Católicos, pues la organización nacional distinguía el Reino de Sevilla del Reino de Granada (en el que se encontraba integrada Málaga). Estos dos, junto a los de Córdoba y Jaén, constituían los cuatro reinos meridionales que mantuvieron su denominación dentro de la Corona de Castilla hasta mediados del siglo XVIII.
Esa distribución de España en “reinos” interiores (aunque no todos los territorios peninsulares disfrutaron de esa categoría, porque algunos fueron catalogados como provincias) dejó de tener vigencia política con la reestructuración ordenada por Felipe V (1715), quien trazó unas “intendencias” que finalmente, tras los ajustes realizados durante el reinado de Fernando VI, acabarían configurando “provincias” como unidad jurisdiccional común.
La reordenación territorial realizada en 1799 (el llamado Plan Soler) desgajó Málaga de Granada, así como Cádiz de Sevilla, otorgándoles categoría de provincia. Poco después, en 1821, Sevilla sufriría un último deslinde que dio carta de naturaleza a la provincia de Huelva.
División territorial del sur de la Península Ibérica en diferentes momentos históricos. De arriba abajo: Primeros reinos de taifas en los que Sevilla fue anexionando a buena parte de sus vecinos; el reino nazarí de Granada frente al reino castellano; los cuatro reinos meridionales que mantuvieron su denominación dentro de la Corona de Castilla hasta mediados del siglo XVIII; las ocho provincias andaluzas delimitadas en la División Provincial de 1833 auspiciada por el ministro Javier de Burgos; y, propuesta de división en dos regiones (Andalucía Alta y Baja) que se propuso en 1847 y 1873 sin que llegara a estar vigente.
La  División Provincial de 1833 (auspiciada por el ministro Javier de Burgos) fijaría las provincias españolas con una delimitación que se ha mantenido, casi inalterada, hasta la actualidad. Entonces se agruparon las ocho provincias del sur de España en una única entidad regional: Andalucía.
Pero en 1847, se intentó crear (aunque no prosperó) otra distribución territorial con la división en dos regiones del sur peninsular. Se delimitó un sector occidental, que seguiría siendo llamado Andalucía y que, con capital en Sevilla, integraba las provincias de Huelva, Sevilla, Cádiz y Córdoba. En la parte oriental se constituía la región de Granada, con capital en esa ciudad e incorporando las provincias de Málaga, Granada, Jaén y Almería. En el contexto de la Constitución de 1873, se volvió a apostar por esa segregación con el nombre de Andalucía Baja y Andalucía Alta, aludiendo al entorno llano del valle de Guadalquivir frente a la Andalucía montañosa de las sierras, aunque tampoco llegaría a estar vigente. En estos casos, mientras Sevilla lideraba el oeste andaluz, Málaga seguía supeditada a Granada. Al margen de la significación jerárquica, quedaban claras las adscripciones a dos entornos geográficos e históricos bien diferenciados. Se insistiría en ese intento de división tanto en 1884 como en 1891, esta vez denominando Sevilla y Granada, a las mismas dos regiones andaluzas identificadas antes. Los intentos finalizarían con la Segunda República, cuando en 1931 se fijó una nueva regionalización del país, que volvería a la Andalucía de las ocho provincias.
La delimitación regional española se reajustaría con la Constitución de 1978, aunque Andalucía no sufriría variaciones. Entonces, se aprobó el Estatuto de Autonomía en 1981 que otorgó a Andalucía el estatus de Comunidad Autónoma. La capitalidad se confirmó para Sevilla, que ya ejercía ese papel desde tiempo atrás, pero el hecho implicó un aumento considerable de la presencia institucional que potenció a esta ciudad frente al resto de las urbes andaluzas.

La historia reciente de Sevilla y Málaga: equiparación y competencia.
Desde el siglo XVII, Sevilla padecería una decadencia que no finalizaría hasta entrado el siglo XX, cuando la ciudad volvería a encontrar la senda de la prosperidad. A finales del siglo XVI, Sevilla contaba con 140.000 habitantes, pero su crecimiento se vería frenado durante el siglo XVII en el que la ciudad sufrió diversas adversidades, particularmente la devastadora peste bubónica de 1649. Pero, sobre todo, el freno sería causado por la grave crisis económica que siguió a la pérdida del monopolio comercial con América y al traslado a Cádiz de las instalaciones vinculadas al mismo. La población sevillana descendería a finales del siglo XVIII hasta las 80.000 personas. Habría que esperar a mediados del siglo XIX para que Sevilla recuperara los 100.000 habitantes, iniciando entonces un crecimiento moderado que le permitiría igualar el techo poblacional alcanzado en el siglo XVI. Así, trescientos años después, en el año 1900, Sevilla llegaría los 148.000 habitantes.
Por su parte, Málaga, que tuvo una relevancia histórica mucho menor, muy lejos de lo que representaron, Córdoba, Granada o Sevilla, esperaba su momento y este llegó con la modernidad. La ciudad (y su entorno) encabezaron la incipiente industrialización española durante el primer tercio del siglo XIX. Desde entonces, aunque con altibajos, la ciudad se iría transformando en una urbe poderosa que acabaría disputando a Sevilla el liderazgo regional.
Comparación a la misma escala del recinto musulmán de Sevilla (izquierda) y Málaga (derecha) sobre sendos planos del siglo XIX. Mientras Málaga inicia su crecimiento, Sevilla permanece dentro del casco antiguo (salvo Triana).
La historia de Málaga cambió radicalmente a comienzos del siglo XIX. Málaga fue la primera ciudad española en despegar, aunque acabaría siendo superada por Barcelona, inicialmente menos desarrollada. La Málaga industrial sería una nueva Málaga que se encaminaba hacia un horizonte inédito en el país, configurando una nueva sociedad (polarizada en una élite empresarial sofisticada y una mayoría obrera e inculta) que tendría mucha incidencia en la evolución de la ciudad.
La clave del cambio hay que buscarla en la viticultura (introducida por los árabes) y en el comercio (apoyado en el Puerto), actividades que, desde finales del siglo XVI, serían las coordenadas sobre las que se asentaría la futura prosperidad de la región. La región de Málaga contaba con una agricultura fuerte que se basaba, fundamentalmente, en el cultivo de la vid, que producía vino y pasas destinados, mayoritariamente, para la exportación. La liberalización del comercio colonial americano desde 1778 significó un poderoso impulso para la economía vinícola y el tráfico mercantil con el exterior. En 1785, Carlos III, concedió a la ciudad el establecimiento de un Consulado Marítimo y Terrestre, que fomentaría los intercambios y gestionaría sus conflictos de forma autónoma. Entonces, se instalaron en Málaga comercializadores extranjeros, principalmente británicos, que favorecerían la consolidación de la mentalidad capitalista en la sociedad malagueña. Con ello iría apareciendo una nueva generación de emprendedores, conocedora del mundo mercantil y con recursos disponibles para invertir. Así pues, la acumulación de capital financiaría el despegue industrial durante el siglo XIX.
El mapa de España indicando la producción siderúrgica en 1844 con Málaga en primera posición. Debajo, imagen de la Málaga industrial en el siglo XIX, mostrando la “vista de las fábricas de tejidos y tubería de la Constancia” (Litografía de P. Poyatos publicada en la Historia de Málaga de Ildefonso Marzo, 1850)
En 1831, una de las figuras señeras del empresariado malagueño, Manuel Agustín Heredia, constituye en Marbella las fundiciones de “La Concepción” (los primeros Altos Hornos españoles) y “El Ángel”. En Marbella había minas de hierro, pero el carbón era vegetal, procedente de los bosques del entorno, una cuestión trascendente ya que era un recurso mucho más caro que el carbón de hulla extraído de las minas, como sucedía en las regiones del norte peninsular (especialmente Asturias y el País Vasco). Enseguida arrancó otra siderometalúrgica en la propia Málaga, “La Constancia” (1832), mejor posicionada para importar la hulla necesaria gracias al puerto de la ciudad. Sería solo el comienzo porque Heredia, junto a Martín Larios Herreros (otro de los personajes ilustres de la ciudad) funda la textil “Industria Malagueña” en 1846. El despegue industrial de Málaga será extraordinario: la familia Larios funda la textil “La Aurora” en 1858; en 1862, la familia Heredia crea la refinería de azúcar de la Malagueta; la familia Huelin, en 1872, inicia también su actividad azucarera en “San Andrés” y así una larga lista de instalaciones industriales y comerciales que otorgarían a Málaga una emergencia económica sin precedentes.
Principales establecimientos industriales en Málaga hacia 1863.
Sobre esa base se forjaría una burguesía malagueña que impulsaría grandes reformas en la ciudad. La conocida como “Oligarquía de la Alameda” (en referencia a su lugar habitual de residencia) incluía apellidos como Heredia, Larios, Huelin o Loring (vinculado a estas familias estaría también José de Salamanca, empresario multifacético y financiero que llegó incluso a ser brevemente ministro de hacienda, que impulsó la construcción del Ensanche de Salamanca de Madrid, y que llegaría a tener la mayor fortuna de España). Estas grandes familias impulsarían la creación del Banco de Málaga en 1856.
Quizá el proyecto urbano más emblemático del momento, sería la apertura de la calle Marqués de Larios (impulsada económicamente por dicha familia). El nuevo eje, inaugurado en 1891 supuso la unión de la Plaza de la Constitución (la antigua Plaza Mayor de la ciudad) con la Alameda (inaugurada en 1785 ganando terreno al mar, escenario social hasta entonces) y significó la mayor ruptura con el parcelario islámico que había sobrevivido hasta entonces. Además, supuso un cambio importante en las dinámicas urbanas. En esos años también se acometió una importante ampliación del puerto malagueño.
Proyecto de remodelación del Puerto de Málaga en 1880.
Pero la actividad siderometalúrgica malagueña acabaría teniendo problemas estructurales. Su gran hándicap era la dificultad de provisión de carbón. El escaso y costoso carbón vegetal hacía necesario importar carbón de hulla, con el consiguiente incremento de costes (agravado por aranceles). Además, las difíciles condiciones de transporte terrestre impidieron que las ferrerías malagueñas fueran competitivas respecto a las septentrionales asturianas y vascas. De hecho, se realizaron muchos esfuerzos por mejorar el transporte (particularmente ferroviario) para facilitar su llegada, pero la primera línea de tren (Málaga-Córdoba) no llegaría hasta 1866, cuando otras ciudades del país como Barcelona o Bilbao, habían cogido la delantera industrial.
Málaga dibujada por Alfred Guesdon en 1855 desde el castillo de Gibralfaro.
En estas circunstancias desfavorables, las fundiciones de Marbella fueron clausuradas en 1884 y La Constancia se vio abocada al cierre en 1890. Por otra parte, la crisis agraria y la competencia catalana forzaron el cierre de la textil La Aurora en 1905. Con ello, el comercio comenzó a decaer. Y en paralelo se produjo otro tremendo golpe: la agricultura, y particularmente el viñedo quedó seriamente dañado con los efectos de la filoxera, que resultó devastadora. Con todo, en la última década del siglo XIX, la economía malagueña entró en una importante depresión.
Así pues, el siglo XX comenzaría con crisis para las dos ciudades, pero Sevilla abandonaría pronto la decadencia que arrastraba desde el siglo XVII gracias a un evento internacional, que supondría un primer impulso para la recuperación de la capital: la Exposición Iberoamericana de 1929. Desde entonces, aunque también sufriría momentos delicados, Sevilla enderezaría su rumbo. Las circunstancias de esta Exposición y sus repercusiones urbanas han sido analizadas en otro artículo de este blog (MutacionesUrbanas: Sevilla y sus tres revoluciones urbanas).
La Plaza de España fue uno de los emblemas de la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929.
En Málaga, la crisis industrial había generado una notable depresión económica que alimentó la conflictividad social entre obreros y la oligarquía (tanto empresarial como agrícola). Málaga entraba en el siglo XX con dificultades, que se complicarían con la Guerra Civil que estalló en España el año 1936.
La Guerra Civil tuvo consecuencias contrapuestas para las dos ciudades. Sevilla fue una de los lugares fundamentales para los sublevados en julio de 1936, que finalmente obtendrían la victoria, y en consecuencia la capital andaluza sería beneficiada durante la dictadura franquista. Por el contrario, Málaga, que era una ciudad con una fuerte implantación obrera, rechazó el golpe de estado y planteó resistencia, aunque no pudo durar mucho tiempo. En febrero de 1937, las tropas de Franco entraron en la ciudad, dejando episodios como la terrible masacre de la carretera Málaga-Almería, en la que murieron entre 3.000 y 5.000 civiles que huían de la ciudad, o la brutal represión de los que quedaron, “una de las más duras y crueles de toda la Guerra Civil y la posguerra” en palabras de Hugh Thomas (se calcula que unas 4.000 personas fueron fusiladas). La ciudad, además, sufrió importantes destrucciones.
Tras el oscuro periodo autárquico, el último tercio del siglo XX marcaría la recuperación de ambas ciudades, que llegaría con fuerza a partir de la década de 1960, aunque con planteamientos muy diferentes. Sevilla sería incluida entre los Primeros Polos de Desarrollo que fomentaron la actividad industrial en varios puntos selectos del país. Así, en 1964, animada por la inversión estatal y las facilidades otorgadas a las empresas, se pondría en marcha una importante concentración industrial, de la que la ciudad carecía hasta entonces. La inmigración recibida por la ciudad ante la gran oferta de trabajo fue muy numerosa. Sevilla pasaría de los 312.000 habitantes de 1940 a los 548.000 de 1970 y 639.000 en 1981, moderando a partir de ese momento su crecimiento. Otra circunstancia vendría a apoyar el progreso conseguido: la asignación de la capitalidad de la Comunidad Autónoma de Andalucía tras la aprobación de su Estatuto de Autonomía en 1981, que incrementó considerablemente el peso institucional de la ciudad, con todo lo que eso conllevaba. La nueva Sevilla vería refrendado su éxito por otro gran acontecimiento internacional trascendental para la evolución urbana de la ciudad: la Exposición Universal de 1992 (tratada en el artículo Mutaciones Urbanas: Sevilla y sus tres revoluciones urbanas).
Sevilla durante la Exposición Universal de 1992.
Málaga encontró su camino al margen de la inversión oficial. Aprovechando su extraordinaria ubicación, se convertía en la “capital” de la Costa del Sol, el litoral que se erigió como uno de los destinos más apreciados por el turismo de sol y playa, tanto nacional como internacional. Emulando a la Costa Azul, y con Marbella como estandarte, las playas malagueñas acabaron atrayendo el turismo multitudinario, en una curiosa mezcla de glamour y exclusividad con ordinariez y masificación. Con el impulso de los grandes recursos económicos obtenidos por un pujante sector inmobiliario (que disfrutó de “patente de corso”) y los ingresos turísticos, Málaga y su entorno despegarían de nuevo con una fuerza inusitada reconstruyendo su tejido productivo. La capital, que en 1940 contaba con 238.000 habitantes, llegaría a los 374.000 en 1970 y tras una década de incesante inmigración desde el campo a la ciudad, alcanzaría los 503.000 en 1981, teniendo desde entonces, al igual que en el caso de Sevilla, crecimientos mucho más modestos. Pero la inercia era imparable y Málaga iría consolidando un poderoso sector económico con realizaciones como el Parque Tecnológico de Andalucía (PTA) que se inauguró en 1992 y que cuenta con un buen número de empresas especializadas en nuevas tecnologías (electrónica, informática y telecomunicaciones).
Parque Tecnológico de Andalucía (PTA) en Málaga.
Las dos ciudades han entrado con distinto paso en el siglo XXI. Málaga ha lanzado una firme apuesta por el futuro, comprometida con todo lo que eso exige. Son muchos los frentes que muestran este rumbo: desde la adscripción de la ciudad a la estrategia Smart City o sus importantes transformaciones infraestructurales y espaciales, hasta el incremento y sofisticación de su oferta cultural, comercial y de ocio, o la actuación de varias plataformas para el impulso empresarial y de los emprendedores. Este tema ya ha sido tratado en otro artículo de este blog, Estrategias urbanas en relación con el tiempo pasado, presente y futuro: Los casos de Córdoba, Cádiz y Málaga, al cual remitimos a los interesados.
Algunos proyectos y actuaciones en la Málaga del siglo XXI, De izquierda a derecha y de arriba abajo: farolas eólicas del Paseo de la Misericordia, Paseo del Palmeral de las Sorpresas, Estación María Zambrano para el ferrocarril de Alta Velocidad; Museo Picasso.
En el caso de Sevilla, los primeros años del presente siglo fueron relativamente activos. La ciudad aprobó en 2006 su Plan General de Ordenación Urbana y acometió diversas actuaciones en el espacio urbano (por ejemplo, peatonalizaciones en el centro histórico o nuevos sistemas de transporte público como metro o tranvía, así como la polémica intervención en la Plaza de la Encarnación, el Metropol Parasol, las populares “setas” diseñadas por Jürgen Mayer e inauguradas en 2011); también se impulsaron algunos desarrollos industriales (instalaciones de Heineken-Cruzcampo, Airbus o Abengoa -Palmas Altas-, entre otras), o la controvertida Torre Sevilla, el primer rascacielos de la ciudad, proyectada por César Pelli, con 180,5 metros de altura, que ha entrado en funcionamiento este mismo año. No obstante, estos casos no pueden esconder una cierta parálisis, acentuada en lo que llevamos de segunda década.

Algunos proyectos y actuaciones en la Sevilla del siglo XXI, De izquierda a derecha y de arriba abajo: Metropol Parasol en la Plaza de la Encarnación; Torre Sevilla, el primer rascacielos de la ciudad; complejo empresarial Palmas Altas de Abengoa; y, tranvía pasando por delante de la Catedral.
Con todo, la competencia entre las dos ciudades se ha incrementado, mostrando momentos de gran tensión, como cuando se planteó, en 2011, la necesidad de aprobar una Ley de Capitalidad para Sevilla, que fue rechazada con vehemencia desde Málaga. Hoy esa propuesta está descartada permitiendo que, en el último año, se hayan producido gestos de distensión entre las dos ciudades que apuntan a un clima de mejor entendimiento, expresado no solo en la voluntad, sino también en varios proyectos conjuntos que pretenden establecer un eje Sevilla-Málaga de colaboración entre ambas. No obstante, la rivalidad subsiste.
Comparación a la misma escala del recinto musulmán de Sevilla (izquierda) y Málaga (derecha) sobre una ortofoto actual.

2 comentarios:

  1. Excelente el estudio de las dos ciudades, y la dimensión amplia que coge el trabajo. Muchas gracias.

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  2. El estudio está muy bien, pero tiene un ligero tinte asevillanado, por otro lado inevitable, debido de la parte que lo ha escrito. Mientras se destaca cada momento de la gran historia sevillana se suprimen detalles económicos, políticos y urbanos de Málaga para el sur de la Península. Saludos.

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