6 sept. 2016

Identidad y simbolismo en el espacio urbano: el caso de la Plaza del Pilar de Zaragoza.

La Plaza del Pilar de Zaragoza era, en 1925, un espacio mucho menor del que llegaría a ser cuando, tras la Guerra Civil, fuera “fagocitando” otros contiguos gracias al derribo de diversas manzanas de viviendas (la trama amarilla indica la extensión actual).
Hay espacios urbanos planificados desde su origen, con objetivos concretos, con una funcionalidad establecida de antemano y con una imagen predeterminada. Pero hay otros lugares que van tomando forma con el tiempo, configurándose a partir de decisiones azarosas, de circunstancias sobrevenidas o también de la implacable tenacidad de sociedades que provocan cambios.
Para analizar uno de estos casos, en este artículo nos dirigiremos a Zaragoza, a su Plaza del Pilar. Esta plaza nació como un pequeño anexo a una modesta iglesia y, ambos, fueron creciendo de manera sorprendente: el templo hasta convertirse en la extraordinaria Basílica del Pilar, un centro de culto y peregrinación de categoría mundial, y el humilde espacio hasta configurar la inmensa Plaza del Pilar actual.
El motor del proceso sería una fervorosa obstinación que reunía consideraciones prácticas (como favorecer su papel de escenario para concentraciones multitudinarias o equilibrar dinámicas urbanas) junto a otras cuestiones de intensa significación política y religiosa. Ese esfuerzo sostenido durante generaciones hizo de la Plaza del Pilar uno de esos lugares que, más allá de sus características formales, se explica a partir de elementos identitarios y simbólicos.

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Hay espacios urbanos planificados desde su origen, con objetivos concretos, con una funcionalidad establecida de antemano y con una imagen predeterminada. Pueden ser calles o plazas que colonizan nuevos territorios para incorporarlos a la ciudad o también espacios que se abren sobre tramas consolidadas, haciéndolo de forma coordinada y con unidad formal. En estos casos, el cambio es completo y los nuevos espacios urbanos se ven acompañados por una arquitectura concebida desde los mismos criterios. Es el caso, de los bulevares parisinos; de las grandes vías de muchas ciudades españolas, como sucedió en Madrid, en Barcelona o en Granada, entre otras; o también de la apertura de nuevas calles menos ambiciosas, pero que reestructuraban igualmente la ciudad antigua, como sucedió con el trazado de la calle Alfonso I, en Zaragoza, la ciudad a la que nos dirigimos en este artículo. La coherencia ambiental surgía de una arquitectura que mostraba la imagen y ofrecía los espacios requeridos por la sociedad que impulsaba las reformas que, en estos ejemplos, era una burguesía ávida de nuevas áreas residenciales y comerciales que la representaran y simbolizaran su emergencia como clase.
Pero hay otros lugares que van tomando forma con el tiempo, configurándose a partir de decisiones azarosas, de circunstancias sobrevenidas o también de la implacable tenacidad de sociedades que provocan cambios. La casuística es muy diversa: desde plazas que surgen por el derribo de grandes edificaciones (por lo general conventos o grandes conjuntos religiosos) y enfrentan edificios que no se habían visto nunca las caras; hasta lugares que van modificando su delimitación o su volumetría, e incluso su propia imagen, por variaciones en la arquitectura que los conforma. Si bien la unidad de concepción referida anteriormente suele facilitar una identidad notable (buena o mala), estos espacios evolutivos suelen tenerlo más difícil, porque encuentran problemas formales, de descontextualización, de relaciones de escala, o de heterogeneidad, ya que acaban reuniendo piezas que nunca se diseñaron para convivir entre ellas. Pero esto no implica necesariamente una falta de personalidad porque, en numerosas ocasiones, estos espacios híbridos consiguen proyectar una identidad propia y rotunda a pesar de las contradicciones.
Para analizar uno de estos casos, nos acercaremos a Zaragoza y a su Plaza del Pilar. Esta plaza nació como un pequeño anexo a una modesta iglesia y, ambos, fueron creciendo de manera sorprendente: el templo hasta convertirse en la extraordinaria Basílica del Pilar, un centro de culto y peregrinación de categoría mundial, y el humilde espacio hasta configurar la inmensa Plaza del Pilar actual.
Sobre el plano de Coello de 1853 y la ortofoto de Google (2016), se indican en amarillo los tres templos, en rosa, la Lonja y, en verde, los espacios existentes en ese momento. El rectángulo de línea discontinua roja marca la amplitud de la plaza actual (con el espacio “apéndice” de la frustrada ampliación del Paseo de la Independencia)
La  creación paulatina de este espectacular “salón urbano” ofrece un gran interés, tanto por la sobresaliente edificación que la define como por el mecanismo de ampliación utilizado, ya que la Plaza del Pilar iría extendiéndose gracias a derribos de edificaciones y a la agregación de espacios urbanos ya existentes. El gran foco central es la Basílica del Pilar, símbolo identitario y religioso que concentra la significación del espacio; pero también hay otros dos templos “laterales” que, junto a sus espacios urbanos anexos, contribuyen a su singularidad. En el este, se localiza la Catedral del Salvador, la Seo, un edificio que se levantó sobre la Mezquita Aljama de la antigua Saraqusta musulmana para convertirse en el principal templo de la ciudad durante siglos y que se vería acompañado por una plaza que fue foro romano y zoco musulmán. En el extremo occidental se encuentra la iglesia de San Juan de los Panetes, más reciente y modesta que la anterior, pero escoltada por varios restos históricos de la ciudad (como un tramo conservado de las murallas romanas o el Torreón de la Zuda, que formaba parte del antiguo alcázar islámico). También esta iglesia fue generando un espacio urbano que sería fagocitado por la extensión de la Plaza del Pilar. Por otra parte, la heterogénea colección de arquitecturas de épocas diversas que ofrece la plaza, queda “sometida” gracias al rígido trazado urbano impuesto: un rectángulo de unos 50 metros de anchura y 500 metros de longitud.
El motor del proceso sería una fervorosa obstinación que reunía consideraciones prácticas (como favorecer su papel de escenario para concentraciones multitudinarias o equilibrar dinámicas urbanas), junto a otras cuestiones de intensa significación política y religiosa. Ese esfuerzo sostenido durante generaciones hizo de la Plaza del Pilar uno de esos lugares que, más allá de sus características formales, se explica a partir de elementos identitarios y simbólicos.

El foco central: la Basílica del Pilar y su plaza inicial.
Aunque hubo un asentamiento íbero previo (Salduie), Zaragoza es una ciudad de origen romano (Cesaraugusta), cuyo trazado respondió al modelo típico que el Imperio desarrollaba en las colonias que iba creando. No obstante, su trazado regular y reticular iría sufriendo deformaciones a lo largo del extenso periodo en el que Saraqusta fue una ciudad islámica.
En ese periodo musulmán, el colectivo cristiano fue aceptado, aunque confinado a una zona muy concreta de la ciudad: el sector noroeste, junto al río Ebro. Estas circunstancias fueron muy similares a las que sufrió otra de las minorías religiosas, la judía, que fue ubicada en el sector sureste de la medina. Así, los mozárabes (los cristianos que mantuvieron su credo dentro del territorio musulmán) habitaron el área noroccidental de la ciudad y levantaron allí, en el siglo IX, una modesta iglesia dedicada a la advocación de Santa María. El pequeño templo quedaba integrado en el denso caserío que lo envolvía, disponiendo de un pequeño cementerio anexo que seguía la tradición de los enterramientos cristianos.
Esta situación cambiaría radicalmente en el año 1118, con la conquista cristiana de la ciudad por parte de Alfonso I el Batallador. Entonces, comenzaría la sorprendente evolución, tanto del templo como del espacio contiguo, en una sucesión continua de ampliaciones. Esas extensiones tenían como fin magnificar un espacio de leyenda, porque según narra la tradición cristiana, en el año 40, en ese mismo lugar a orillas del río Ebro, la Virgen María se le apareció en carne mortal (todavía vivía en Jerusalén) al apóstol Santiago y dejó como signo del encuentro el pilar donde se apoyó, una columna de jaspe que desde entonces sería venerada, iniciando una larga tradición de peregrinaciones marianas (que todavía continúan en el siglo XXI). Ese templo de Santa María era el receptáculo del objeto sagrado (aunque algunas investigaciones apuntan a que hubo una capilla independiente extramuros, entre la muralla y el rio Ebro, levantada en el lugar “exacto” de la aparición, que sería absorbida por el crecimiento del templo). En la ciudad cristiana recuperada, la reliquia atraería a miles de visitantes, cuestión que animó a los zaragozanos a comenzar una ampliación continua del templo y del espacio exterior que le iría sirviendo de antesala (el fosal sería trasladado).
Así, tras la conquista, el rey de Aragón decidió que aquella sencilla primera iglesia (realmente no hay ninguna constancia de que hubiera en ese lugar una construcción previa del siglo I como narra la leyenda) fuera sustituida por una nueva construcción, de mayor superficie, que se levantaría siguiendo el estilo románico imperante, más acorde con la cultura y el espíritu religioso de los nuevos tiempos. Las obras de esta segunda iglesia concluirían en el siglo XIII, pero antes de acabar la centuria, en 1293, se volvió a plantear otra transformación para incrementar sus dimensiones. La oportunidad, más allá de la necesidad (porque el edificio se había vuelto a quedar pequeño para alojar la gran afluencia de peregrinos), la dio el deterioro del templo, que había sufrido un incendio y presentaba daños considerables (de aquel templo románico se conserva un tímpano, que se encuentra encastrado en la fachada sur del templo actual, junto a la Puerta Baja meridional). Esta nueva iglesia respondería al gótico/mudéjar de la época y no se concluiría hasta el año 1518, interviniendo en ella artistas tan relevantes como Damián Forment, quien realizó en alabastro el retablo del altar mayor, que sigue presidiendo el espacio actualmente. Pero este tercer edificio tampoco resultaría satisfactorio ni adecuado para congregar a las multitudes que llegaban para adorar a la Virgen del Pilar. Así que, en el siglo XVII, esperando dar respuesta definitiva a las necesidades del culto, se abordaría la construcción de otro templo mucho mayor.
Hipótesis de Daniel Lasagabaster para las tres iglesias que precedieron a la gran Basílica actual. El “pilar” contaría con una posición invariante en todas ellas (incluso en la última). Se plantea la existencia de una capilla extramuros independiente de la primera iglesia del siglo IX.
Este cuarto (y último) templo comenzó a ejecutarse en 1681 (aunque se llevaba impulsando desde 1670), siguiendo las trazas barrocas propuestas por Francisco de Herrera, el Mozo (1627-1685). El nuevo espacio era muy ambicioso, de planta basilical con tres naves colosales (es la segunda iglesia en dimensiones de España, tras la Catedral de Sevilla). Su magnitud (con una planta de 665 por 345 palmos aragoneses, lo cual supone unas dimensiones ideales de 128,34 de longitud por 66,58 de anchura) obligó a plantearse su construcción por fases. La primera parte (la mitad occidental aproximadamente) fue consagrada en 1718 (incluyendo la primera torre, la suroccidental, llamada Torre de Santiago que quedó finalizada en 1715). Tras esta primera etapa pudo derribarse el templo gótico e iniciar la segunda que llegaría hasta 1750. Esta fecha es clave en la evolución del templo ya que entre 1750 y 1765 se construyó la Santa Capilla en su interior (albergando el venerado pilar y la talla de la virgen). La magnífica obra fue concebida por Ventura Rodríguez, uno de los arquitectos más destacados de la España del siglo XVIII, quien además de la capilla, reorganizó (dentro de lo posible) la concepción general del edificio, dejándolo en su disposición definitiva y coronado por once cúpulas, once linternas y cuatro torres. Con ello se iniciaba el periodo ilustrado en Zaragoza.
Estado de la basílica y de la plaza en el plano de Zaragoza de 1712. Se ha construido la mitad occidental del templo barroco y todavía no ha sido derribada la anterior iglesia gótica.
Pero el grandioso edificio todavía tardaría mucho en acabarse. Paulatinamente fueron completándose espacios: por ejemplo, a partir de 1763, siguiendo las instrucciones de Ventura Rodríguez, Julián de Yarza Lafuente se encarga del Coreto; años después, entre 1796 y 1801, Agustín Sanz levanta la cúpula elíptica del Coro Mayor; José de Yarza Miñana y Juan Antonio Atienza construyen, entre 1867 y 1869, la gran cúpula central; José de Yarza Echenique y Ricardo Magdalena se encargan de la torre sureste entre 1903 y 1907; entre 1929 y 1954, se trabaja en la terminación de las fachadas bajo la dirección de Teodoro Ríos Balaguer; o finalmente se levantan las últimas dos torres, las de la fachada norte entre 1950 y 1961 bajo la dirección de Miguel Ángel Navarro Pérez y José Luis Navarro Anguela. Aún habría aportaciones artísticas destacadas como la del escultor Pablo Serrano, quien en 1969 esculpió su Venida de la Virgen para la fachada principal (también Francisco de Goya participó en el templo, con el fresco Adoración del Nombre de Dios, pintado en 1772 para el Coreto, y la cúpula que aloja el Regina Martyrum, pintada en 1781). Las fechas indican que el templo se dio por concluido hace poco más de cincuenta años, tras un inicio efectuado casi tres siglos y medio atrás.
Planta actual de la Basílica del Pilar.

El  gran edificio requería, por representatividad, por ceremonia y para acoger al creciente número de peregrinos, un gran espacio que sirviera de antesala solemne. Las sucesivas iglesias construidas desde la primitiva, que contaba con el fosal contiguo (que sería trasladado), fueron habilitando el espacio abierto necesario para cumplir ese cometido. Así, para disponer una plaza acorde al templo que acompañaba se procedió a los derribos pertinentes. Con la construcción de la Basílica definitiva, se configuró, al sur de la misma, una plaza que ya recibiría el nombre de Plaza del Pilar y que ocuparía un espacio rectangular similar al del gran templo (gracias a nuevas demoliciones). Esta plaza se mantendría prácticamente inalterada hasta 1880. Su fachada norte era la principal de la iglesia mientras que las otras tres estaban ocupadas por edificaciones residenciales. En estas manzanas se abrían una serie de callejuelas que conducían por el este hacia la Catedral del Salvador, la Seo (y también hacia la Lonja) y por el oeste hasta San Juan de los Panetes (y el Mercado principal de la ciudad). Estos dos templos se convertirían en los otros dos focos de la futura gran plaza del Pilar.

Los focos laterales: La Catedral del Salvador (la Seo) y la iglesia de San Juan de los Panetes, y sus espacios anexos.
Mientras se sucedían las transformaciones de la Basílica del Pilar, esos dos templos, próximos a ella, tenían su propia evolución. Cada uno de ellos iría generando un entorno urbano a su alrededor, actuando como polos de atracción para la prolongación de la gran explanada central.
En primer lugar, estaba la Catedral del Salvador (la Seo), la iglesia principal de la ciudad que se levantó sobre la Mezquita-Aljama de Saraqusta, dentro del proceso de “cristianización” de la ciudad sucedido en la Edad Media (realmente la mezquita ya se había construido sobre una antigua iglesia cristiana dedicada a San Vicente). Aquel lugar había sido especial desde la fundación de Cesaraugusta, porque allí se ubicó el foro de la ciudad romana. Luego, aprovechando la significación central de ese espacio, los musulmanes levantaron allí la mezquita mayor de la ciudad y articularon el zoco comercial en su entorno. Con los cristianos, el lugar perdió su vertiente económica (que se trasladaría a la Lonja) para pasar a servir como espacio vinculado al edificio religioso que lo presidía. La Plaza de la Seo mantendría durante mucho tiempo su papel capital en la ciudad, aunque iría perdiendo protagonismo en la medida que aumentaba el de la Basílica del Pilar (que acabaría convirtiéndose en concatedral). Esta plaza quedaba separada de la Plaza del Pilar por unas cuantas manzanas en las que se abrían varias callejuelas estrechas que servían de conexión. Junto a ella se levantarían algunos edificios singulares que reforzarían su carácter de nodo urbano, como el Palcaio Arzobispal o la Lonja. El Palacio Arzobispal tendría su origen en el siglo XII como residencia de las autoridades eclesiásticas. Con el tiempo iría ampliándose hasta alcanzar sus dimensiones actuales y en 1787 recibió su fachada definitiva, obra de José de Yarza Lafuente y Agustín Gracián que conformaba el lado norte de la Plaza de la Seo. Este edificio se comunicaba con la catedral directamente a través del “arco del arzobispo” que fue derribado en 1969. Otro de los edificios singulares de la plaza, aunque su presencia estuviera esquinada, fue la Lonja, construida para dar cobijo a las relaciones comerciales (que en la Edad Media solían producirse en los atrios de las iglesias). La Lonja, fue levantada en 1551 para recoger las actividades económicas del antiguo zoco musulmán, siguiendo las trazas de Juan de Sariñena, Alonso de Leznes y Gil Morlanes el joven (para las columnas). Es una de las joyas de la arquitectura del renacimiento español.
Plaza de la Seo en 1918, cuando era un espacio cerrado y ajardinado. En primer término, la Lonja, tras ella el Palacio Arzobispal (unido a la Catedral por el desaparecido arco) y la torre de la Seo como gran referencia visual.
Plaza de la Seo en 1918, mirando hacia el Pilar. En primer término, la Lonja, separada y “escondida” tras las manzanas residenciales que separaban los dos espacios.
En  el otro extremo, en el noroeste del recinto histórico zaragozano, junto al antiguo palacio de la Zuda, que fue sede del gobierno musulmán de Saraqusta, se levantaría una nueva iglesia: San Juan de los Panetes. Allí donde se había construido la iglesia de la Orden de San Juan de Jerusalén, que se encontraba en muy mal estado, se edificó esta nueva iglesia barroca, cuya construcción concluiría en 1725 y que estaba precedida por una modestísima (y pequeña) placita que servía de antesala.
Hasta la gran reforma de la Plaza del Pilar efectuada tras la Guerra Civil, estos tres polos (San Juan de los Panetes en el extremo occidental, en el centro la Basílica del Pilar, y en la parte oriental, La Catedral del Salvador, la Seo) tenían vida propia. Los tres vestíbulos eclesiales estaban separados por edificaciones residenciales, quedando unidos por una serie de callejuelas que mantenían sus trazados antiguos y proporcionaban una sucesión espacial que ofrecía la riqueza visual y arquitectónica característica de la ciudad medieval. Cada uno de los edificios respondía a la posición que ocupaba en ese denso contexto. Pero todo esto cambiaría a mediados del siglo XX, cuando, por ejemplo, la Lonja, vinculada al rio por el norte (y a su puerto) y a una esquina de la Plaza de la Seo, se vería expuesta a la gran Plaza del Pilar por la desaparición de las manzanas que configuraban el lado occidental de la Plaza de la Seo, hecho que cambió radicalmente el contexto referencial del edificio.

La gran Plaza del Pilar (idea y realizaciones).
La gran Plaza del Pilar es una idea relativamente reciente. Los deseos de regularización de su espacio comenzaron en el siglo XIX y fueron manifestándose con operaciones como el trazado de la rectilínea calle de Alfonso I, que se había abierto en el casco antiguo entre 1865 y 1868. La nueva calle, que cosía la trama zaragozana con una impronta burguesa, comercial y terciaria, pretendía, además, devolver al lugar más significativo de Zaragoza el protagonismo que estaba perdiendo con el desarrollo de la ciudad hacia el sur, y que había dejado al núcleo original de la ciudad en una posición septentrional periférica. Mejoraba la accesibilidad y permitía también un recorrido procesional que desembocaba aproximadamente en el centro de la plaza, proporcionando un nuevo punto de vista sobre la misma y dotando de una nueva arquitectura a su fachada sur.
La plaza del Pilar en la década de 1920, todavía separada de la Plaza de la Seo por unas manzanas de viviendas (al fondo se ve emergen la torre de la Catedral).
No  obstante, habría que esperar hasta el final de la Guerra Civil española para que surgiera la oportunidad de transformar definitivamente la plaza. La zona había quedado dañada en la contienda y la ineludible intervención (que facilitó los derribos de las manzanas de viviendas) se unió a la antigua aspiración de ampliar y regularizar la plaza de la Basílica, factores que se vieron favorecidos por el ambiente la hiperreligiosidad que reinó en la posguerra. De hecho, en ese periodo se produciría, otro hecho “milagroso” que potenciaría el mito de la Virgen del Pilar: tres bombas lanzadas por la aviación republicana en 1936 cayeron sobre la Basílica del Pilar y la plaza, sin que ninguna explotara. Aunque el hecho tenía una explicación técnica, fue presentado como el milagro que la Virgen María había realizado para proteger a Zaragoza y a España (a la de Franco se entiende). El Pilar se elevó como un símbolo para el nuevo régimen y, en ese contexto, un Francisco Franco victorioso se dirigió el 12 de octubre de 1939 desde la capital aragonesa a toda la hispanidad para celebrar el primer día de la Raza.
Así, nada más concluir la Guerra Civil española, Zaragoza puso en marcha un proyecto de reforma interior de su casco antiguo. La propuesta, que recogía muchas ideas que habían ido surgiendo en las décadas anteriores, fue redactada por Regino Borobio Ojeda (1895-1976) y José Beltrán Navarro (1902-1974), quienes la presentaron en 1939 (“año triunfal” según se lee en la carátula del plano de ordenación general presentado). La reflexión no quedaría únicamente en el centro histórico de Zaragoza y se extendería a toda la ciudad con la redacción de un Anteproyecto de Plan General dirigido por José de Yarza García (1907-1997, otro miembro de la ilustre familia de arquitectos zaragozanos de la que ya hemos referido unos cuantos miembros). El conocido como Plan Yarza vio la luz en 1943 e incorporaría las propuestas de Borobio y Beltrán, que habían actuado como colaboradores del mismo. Ese plan llevaría al definitivo Plan General de Ordenación Urbana de 1957.
Plan de Borobio y Beltrán para la Plaza del Pilar. Debajo, la comparación entre lo preexistente, el proyecto y el resultado final.
Las propuestas de Borobio y Beltrán tendrían diferente éxito, porque mientras que alguna se convirtió en prioritaria (como la ampliación de la Plaza del Pilar), otras quedarían en el tintero (como la Prolongación del Paseo de la Independencia, aunque en este caso se iniciaría el proceso, dejando un “espacio apéndice” a la plaza, frente al Ayuntamiento y junto al Gobierno Civil, hoy Delegación del Gobierno). La extensión de la Plaza del Pilar y la remodelación de los espacios del entorno se inició con urgencia porque la celebración en 1940 del aniversario de la “venida en carne mortal” de la Virgen María a Zaragoza, convocó a multitud de peregrinos evidenciando la escasez de espacio. La plaza debía ampliarse considerablemente para poder dar respuesta a las aglomeraciones religiosas (y también para dar cabida a las multitudinarias concentraciones de exaltación patriótica).
El proyecto de lo que inicialmente se llamó Avenida de las Catedrales (aunque acabaría denominándose Plaza de Nuestra Señora del Pilar) proponía el derribo de todas las manzanas existentes entre La Seo y la iglesia de San Juan de los Panetes, que ya se había liberado en parte, con la Plaza de Huesca, surgida del derribo de las construcciones existentes entre las calles Agustinos y de la Regla. Con ello se crearía un inmenso salón urbano de unos 50 metros de anchura y 500 metros de longitud. En ese gran espacio se trazarían vías de circulación y se reservaría el extremo occidental como peatonal para levantar allí un Monumento a los Caídos en la guerra (el Altar de la Patria)
El proyecto urbano fue informado en 1941 por Pedro Bidagor (entonces Director General de Arquitectura) quien realizó alguna observación, como la eliminación del espacio elíptico frente a la basílica (porque, según él, la línea recta era más propia del espíritu español, aunque quizá influiría la importancia de los edificios que hubiera sido necesario derribar en la calle Alfonso I). Bidagor también recomendó establecer ámbitos diferenciados para un espacio tan amplio.
La plaza del Pilar en la década de 1950. Se están construyendo el nuevo Ayuntamiento y las dos torres septentrionales.
La  operación fue compleja administrativa y financieramente porque, si bien algunos derribos de las manzanas centrales se realizaron con rapidez, la expropiación de las laterales llevó mucho más tiempo. No obstante, la gran plaza acabaría configurándose con nuevos edificios que regularizaban su perímetro como, por ejemplo: la Hospedería del Pilar, obra de Regino y José Borobio proyectada ya en 1939 y que ejercería de “modelo”; la nueva Casa Consistorial, entre la Basílica y la Lonja, proyecto de Mariano Nasarre, Alberto de Acha y Ricardo Magdalena Gayán, quienes se inspiraron en la Lonja y ganaron el concurso convocado en 1941 para una obra que se realizó entre 1946 y 1965; el Gobierno Civil, construido entre 1948 y 1958 siguiendo el diseño de Regino y José Borobio; los Juzgados, proyectados por Regino Borobio en 1959 y que tendrían una ampliación trasera entre 1986 y 1990 diseñada por Alejandro de la Sota y Juan José Capella Callis; o el Colegio de Infantes, también de Regino Borobio en 1949.
La plaza del Pilar en la década de 1960. La basílica ha concluido sus obras, pero la plaza todavía espera la última remodelación (se aprecia, en primer término, el Altar Patrio junto a San Juan de los Panetes)
Además del perímetro arquitectónico, se estudió la inserción de “piezas” interiores que articularan el gran espacio central con los extremos, tal como sugirió Bidagor, creando unos “filtros” de separación. La idea no era separar radicalmente la plaza central y las antiguas laterales, sino disponer de una especie de “biombo” que, actuando como ese mobiliario, rompiera la continuidad física por el centro, dejando paso por los laterales, y manteniendo las relaciones visuales entre ambos espacios.
El “filtro” occidental.
Esa idea se desarrollaría inicialmente entre la Plaza del Pilar y la de César Augusto (delante de San Juan de los Panetes). El elemento de separación sería el Altar de la Patria, que se convertiría en otro de los símbolos principales de la nueva plaza, en este caso con una profunda implicación política. Concebido ya en 1936 para honrar a “los héroes y al ejército salvador de España”, no se puso en marcha hasta 1942 con la convocatoria de un concurso para erigir un "Monumento a los Héroes y Mártires de Nuestra Gloriosa Cruzada". Tras diversas vicisitudes, el proyecto ganador fue el diseñado por Enrique Huidobro Pardo, Luis y Ramiro Moya Blanco y Manuel Álvarez Laviada, quienes en 1944 presentaron su versión teóricamente definitiva. El planteamiento sufriría bastantes cambios, como los producidos al darle una mayor volumetría para frenar el viento (el cierzo) que entra en la plaza por ese flanco. Finalmente se logró acabar y fue inaugurado para la celebración del Congreso Mariano de 1954.
Con la última reforma de la Plaza, entre 1989 y 1991, el Altar de la Patria sería trasladado al cementerio de Torrero y en su lugar se construyó la Fuente de la Hispanidad. El cambio pretendía modificar el simbolismo de la plaza, dejando atrás la época de la dictadura para ofrecer una nueva significación, pacífica y abierta al mundo gracias a la noción de la Hispanidad. La fuente es una imponente construcción que se levanta desde el suelo gracias a un plano inclinado por el que cae el agua a un estanque. El plano inclinado y el estanque dibujan el perfil de Centro y Sudamérica, que ve complementado su simbolismo por tres bloques prismáticos revestidos de mármol blanco, que recuerdan las tres carabelas de Colón, y un globo terráqueo esculpido por Francisco Rallo Lahoz.
El “filtro” occidental en unas vistas aéreas. Arriba, el “Altar de la Patria”. Debajo, Fuente de la Hispanidad.
El “filtro” occidental a pie de peatón. Arriba, el “Altar de la Patria”. Debajo, Fuente de la Hispanidad. Por detrás emergen la torre de San Juan de los Panetes y el Torreón de la Zuda.
El “filtro” oriental.
El filtro oriental no estuvo tan claro desde el principio ya que hubo continuidad física y visual entre la Plaza del Pilar y a la Plaza de la Seo, aunque los espacios presentaban un carácter muy diferente, más pavimentado el primero y con un ajardinamiento notable el segundo. Pero en 1960 se inauguraría lo que acabaría cumpliendo esa misión de articulación espacial. El elemento sería un Monumento a Francisco de Goya, cuyo diseño y ejecución correspondió al arquitecto José Beltrán Navarro y al escultor Federico Marés (1893-1991) que concibieron un grupo formado por el pintor (elevado en un pedestal) y dos parejas independientes, recostadas y ataviadas como “majos” y “majas” a la manera que retrató Goya en sus tapices.
Evolución del “filtro” oriental. Debajo su estado actual, con el Monumento a Goya, el “Cubo” del Museo del Foro y el muro tranviario. 
Esta área oriental de la plaza vería la aparición de otro gran elemento “separador”. Entre 1988 y 1989 se construyó un edificio que daría acceso a la excavación arqueológica del foro romano, hallado durante la construcción del parking subterráneo de la plaza. El Museo del Foro de Cesaraugusta, apodado “el Cubo”, sería proyectado por José Manuel Pérez Latorre (1947) ofreciendo una rotunda presencia tanto por su volumetría como por el material de sus fachadas (ónice), de gran impacto nocturno gracias a su iluminación.
También la última reforma de la plaza afectaría a esta zona. El conjunto goyesco fue remodelado, y aunque las figuras se mantuvieron, su entorno se modificó con la aparición de láminas de agua y un muro (inspirado en el pabellón de Mies de Barcelona) que separaba y daba cobertura a la parada de tranvías.
Elementos de la última reforma de la Plaza del Pilar: farolas, pérgolas, pavimentos.
Como se ha adelantado en los párrafos anteriores, entre 1989 y 1991, con la dirección de Ricardo Usón (1957), la plaza recibiría su última transformación hasta el momento. Los problemas acumulados por el gran espacio eran muchos. Comenzando por la incidencia negativa del tráfico rodado o del aparcamiento de vehículos y continuando por la desintegración de la imagen de conjunto, perdida en múltiples elementos y referencias que se habían ido acumulando con el tiempo. 
La plaza en la década de 1960. Aparcamiento de vehículos delante del Ayuntamiento.
La  nueva plaza apostaría por la unidad y por el orden, unificando la imagen general a través de la repetición de nuevas piezas características, principalmente con las imponentes farolas que se alinean en la fachada contraria a la de la Basílica. El pavimento, modulado a partir de las trazas del templo, se constituye en el pentagrama que da soporte a las nuevas notas armonizadas, desde las referidas torres de luz a las pérgolas lineales del lado sur, el mobiliario, las esculturas o las nuevas fuentes y láminas de agua. El agua se convierte en protagonista de los extremos de la plaza, evidenciando su presencia con el cambio mencionado del Monumento a los Caídos por la Fuente de la Hispanidad (el quinto centenario de 1992 estaba próximo) o la aparición de los estanques junto al Monumento a Goya y en la Plaza de la Seo. Con todo, la Plaza buscaba potenciar su identidad forzando la integración de las diversas arquitecturas que la componen, dotándose de una nueva “vida nocturna” gracias a una iluminación que siempre se había descuidado, o dulcificando los significados, despojándose de polémicas políticas, reforzando el mensaje integrador de la Hispanidad y facilitando su uso festivo o ceremonial.
Plaza del Pilar, desde la Fuente de la Hispanidad.


En  el siglo XXI, la Plaza del Pilar mantiene su poderosa atracción religiosa, que fue su razón de ser, gracias a miles de peregrinos de todas las partes del mundo que acuden devotos a rezar a la Virgen del Pilar, y ofrece un carácter que bascula entre lo solemne y lo festivo, sirviendo de escenario para celebraciones lúdicas o ceremoniales. Por eso, la Plaza del Pilar no es solamente el espacio urbano más importante de Zaragoza, es, también un símbolo identitario compartido por todos los aragoneses y referente de la Hispanidad.
La plaza durante la ofrenda de flores a la virgen realizada en las Fiestas del Pilar.

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