15 abr. 2017

Semana Santa y Ciudad: una unión indisoluble (y 2)

Semana Santa en Málaga: La ciudad es el escenario principal de la celebración.
La Semana Santa desarrolla su ceremonial en dos escenarios simultáneos: uno arquitectónico y otro urbano. El primero se encuentra en el espacio interior de los templos y el segundo, en cambio, es exterior, convirtiendo al espacio público de la ciudad en la escena fundamental para la conmemoración. Por eso, la Semana Santa es una fiesta religiosa que adquiere una fuerte dimensión urbana.
En la primera parte de este artículo atendimos a las cuestiones más generales. En esta segunda y última entrega, nos aproximaremos a la imaginería de la Semana Santa, centrada en los pasos procesionales, así como al papel del espacio público que les da soporte escénico. La solemne ceremonia religiosa pretendía dotar de una significación trascendente a los escenarios urbanos cotidianos, aspirando con ello a “sacralizar” la ciudad.
Incluimos, finalmente, un apéndice con las principales “Semanas Santas” que se celebran en España.

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La imaginería de la Semana Santa: los pasos procesionales.
El cristianismo es una religión icónica. Esta característica facilitaría su desarrollo inicial en un mundo con cotas de analfabetismo muy elevadas. Las imágenes serían aprovechadas como instrumentos de instrucción y devoción, ya que resultaban mucho más impactantes y efectivas que la lectura de los relatos bíblicos.
No obstante, esta estrategia, que potenció las efigies de los protagonistas de la historia sagrada, de los personajes santificados por la Iglesia o la recreación de escenas bíblicas, generó un fuerte debate entre los primeros cristianos, discusiones que irían intensificándose con el tiempo (contando además con el rechazo radical de la ley mosaica matriz). La polémica contra las imágenes se resolvería en el Segundo Concilio de Nicea, convocado en 787 a raíz de la controversia iconoclasta. La conclusión del Concilio consolidaría la figuración religiosa como estrategia esencial para la evangelización y reafirmación de los fieles. Varios siglos después, con motivo de la crisis que enfrentó a católicos y protestantes, el Concilio de Trento (1545-1563) se vería obligado a reafirmar el valor de la imagen para los primeros, aunque recordando que la veneración debía ser para lo representado y no para el objeto en el que se materializaba.
En consecuencia, parroquias, catedrales, capillas o monasterios contarían con numerosas imágenes religiosas. A las personificaciones habituales de las grandes figuras sagradas se les iría sumando un repertorio complementario, mas escenográfico, que buscaba específicamente la recreación de determinados momentos de la Pasión sufrida por Jesucristo. El objetivo de estas nuevas piezas no era permanecer en el interior de los templos permanentemente, sino salir a la calle durante la Semana Santa para recordar a la ciudadanía los terribles momentos padecidos por Cristo y mostrar el ejemplo a seguir. Por esa razón serían denominadas pasos procesionales (del latín: passus, escena, sufrimiento y processio, acción de avanzar). Las escenas van montadas sobre una plataforma que a su vez es soportada por una serie de vigas de madera (las andas) que permiten que sean cargadas a hombros por las personas (costaleros) que las transportan por la ciudad. Así pues, las procesiones son ceremonias realizadas a cielo abierto, en las que la imagen escultórica es el centro absoluto y son vividas por toda la población, convirtiéndose en las protagonistas indiscutibles de la Semana Santa.
Semana Santa en Málaga: Sagrada Cena.
La demanda de pasos procesionales generaría toda una industria encabezada por el escultor o imaginero, que “fabricaba” dichas imágenes temáticas. En España, con la llegada del barroco declinaría la escultura funeraria renacentista y se cultivaría mayoritariamente la escultura de retablo y sobre todo la de pasos procesionales, que llegó a constituirse en un género escultórico específico, el más característico de la escultura barroca española.  El periodo de esplendor del género abarcaría los siglos XVII y XVIII, en los que magníficos escultores trabajarían para las cofradías de las principales ciudades. Entonces se producirían numerosas obras, aunque, desde un punto de vista artístico, las dos centurias presentaron notables diferencias estilísticas. En general, todas estas obras buscaban el máximo dramatismo a partir de un naturalismo absoluto de las figuras. Y aunque, en teoría, en su ejecución debía primar la expresión religiosa sobre la belleza artística, finalmente se compondrían obras de una calidad artística extraordinaria. Las obras, generalmente de madera policromada, estaban talladas con gran realismo y complementadas con toda una serie de elementos, como telas para vestidos, espadas metálicas u ojos de cristal, que reforzaban el efecto de verosimilitud. Además, en la mayoría de los casos, las figuras son de escala humana, buscando la cercanía y la identificación con el público espectador para potenciar el mensaje.
Semana Santa en Barbastro: detalle del realismo de la figura de Ntra. Sra. de los Dolores (Foto Luis Javier Gavín Bielsa, 1er premio XIII Concurso de Fotografía. 2016)
Durante el siglo XVII, Andalucía y el norte de Castilla fueron los principales lugares de creación. Sevilla actuaría como foco de irradiación estilística para toda la región andaluza con obras surgidas en el taller de Juan Martínez Montañés (1568-1649), o de su discípulo Juan de Mesa (1583-1627), más barroco que su maestro que era más clásico. También destacaría la obra de Alonso Cano (1601-1667) otro discípulo de Martínez Montañés que trabajaría en Granada creando su propia escuela de la que saldrían artistas tan relevantes como Pedro de Mena (1628-1688). Valladolid sería el gran centro de producción castellano de pasos procesionales con artistas tan destacados como Gregorio Fernández (1576-1636). El siglo XVIII sería una época dorada para el arte procesional, emergiendo una nueva escuela en Murcia, en la que sobresaldría el gran escultor Francisco Salzillo (1707-1783).
Semana Santa en Valladolid: Santo Cristo de la Luz, obra de Gregorio Fernández (1630)
Para la consecución de los objetivos procesionales, que debían cautivar a todos los ciudadanos, era imprescindible la aportación de la ciudad y su espacio público. Las imágenes recorren los itinerarios seleccionados partiendo de las capillas e iglesias, sedes de cofradías y hermandades, para volver a ellas directamente o haciendo parada en la catedral desde la que retornarán a su lugar de origen. Los costaleros cargan con pesadas estructuras sobre las que se asientan los grupos escultóricos, seguidos por legiones de encapuchados, penitentes y bandas de música sacra (tambores, bombos y cornetas), acompañados en todo el recorrido por una población expectante y conmovida. Actualmente, en el siglo XXI, aunque la misión religiosa de las procesiones haya decaído, el espectáculo sigue produciendo una fascinación casi mágica.
Semana Santa en Ávila: encapuchados.

El escenario urbano de la Semana Santa y la “sacralización” de la ciudad.
La Semana Santa desarrolla su ceremonial en dos escenarios simultáneos: uno arquitectónico y otro urbano.
El primero se encuentra en el espacio interior de los templos, en los que se celebran diferentes liturgias, con sesiones especiales de oración, vigilia o predicación. Pero los oficios religiosos que se celebran dentro de los templos se ven potenciado por otros actos complementarios. Por ejemplo, las capillas de las iglesias que cumplen el papel de sedes de las cofradías y hermandades se engalanan para ser visitadas por fieles y turistas y, además, los pasos procesionales se disponen para su exhibición (para la denominada visita de “monumentos”), lo que convierte a los templos en una especie de “museos sacros” temporales.
Semana Santa en Sevilla: La Macarena en el interior del templo, visitada por los fieles.
El segundo escenario, en cambio, es exterior, convirtiendo al espacio público de la ciudad en la escena fundamental para la conmemoración. Por eso, la Semana Santa es una fiesta religiosa que adquiere una fuerte dimensión urbana.
Semana Santa en Barbastro: Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. El paso saliendo de la Catedral hacia la ciudad (Foto Luis J. Velilla)
El inicio de esta relación tiene su origen, como indican Fernando Checa y José Miguel Morán, “en los primeros tiempos de la Contrarreforma, cuando la Iglesia recurre a todas las posibilidades del arte para ofrecer una alternativa emocional a los avances del protestantismo(“El Barroco”. Fernando Checa Cremades y José Miguel Morán Turina. Ed. Istmo. Madrid, 2001). Y una de las estrategias principales apuntaría al espacio público de la ciudad, al lugar de encuentro de todos los ciudadanos (no solo de los fieles que acudían a los templos). Es interesante la reflexión del fundador de los Trinitarios Descalzos, San Juan Bautista de la Concepción, quien reclamaría la necesidad de “publicitar” la virtud, apoyándose para ello en la procesión de pasos que presentarían modelos de conducta al pueblo llano. En esa misma línea, Checa y Morán citan a un predicador jesuita del siglo XVIII que argumentaba que “el culto en la casa santifica, en la iglesia edifica, en la calle ejemplariza”. Por eso, y especialmente en España, la celebración religiosa salió a la calle.
Semana Santa en Barbastro: Procesión de las Siete Palabras
El espacio público de las ciudades es responsable de muchas y muy variadas funciones. Tiene una importante misión estructurante, organizando los recorridos en la ciudad o la distribución de sus servicios, proporcionando acceso a la arquitectura, o sirviendo de almacenamiento (de coches, por ejemplo). Otro grupo de funciones afectan al ser humano como ser cultural (funciones significantes) y como ser vivo (funciones higiénicas como la ventilación o el soleamiento). Pero la visión más perceptible por el ciudadano es su función activa, ofreciéndose, entre otras cuestiones, como escenario de las actividades colectivas de la sociedad (relación, comercio, ceremonia, esparcimiento, circulación, etc.).
Quizá los momentos de mayor protagonismo ciudadano del espacio público se correspondan con la escenificación colectiva anticipada en la primera parte del artículo. En este sentido, Carlos Lahoz apunta que “cuando los ciudadanos se movilizan y se expresan colectivamente guiados por un sentimiento o propósito común que dota de una sola dirección a sus pensamientos y actos, la multiplicidad social de sujetos adquiere rango de multitud. La multitud puede expresar consenso o disenso, alegría o ira, sin embargo, cualquiera que sean los sentimientos o las circunstancias que los motivan, todos los rituales de catarsis tienen en común una característica: responden a la necesidad de estar juntos, de sentir la cercanía y la energía colectiva, expresión máxima de la voluntad de pertenecer a un conjunto, y de que otros lo perciban así. De hecho, el efecto que produce formar parte de una multitud o presenciar cómo esta se despliega, hace que se invoquen sentimientos de identidad, solidaridad y unión que son de un calado mucho más profundo que el del propio intelecto. (…) La vigencia de ciertas razones o intereses puede llevar a que sucesivas generaciones participen de una misma práctica expresiva. Cuando esta pauta se produce repetidamente, los lazos que unen a las personas a través del tiempo pueden llegar a solidificarse hasta el punto de cristalizar en una comunidad de práctica recurrente que se presenta en el espacio con plena consciencia de sí misma. (…) Entre las “expresiones estables” que dan sentido a la existencia de semejante tipo de comunidad son habituales las prácticas desarrolladas en torno a las ceremonias y los ritos de índole espiritual, los actos de conmemoración de una efeméride, las ferias y fiestas populares o la celebración espontánea de algún evento significativo. Análogamente, las grandes concentraciones que reproducen este tipo de conducta, ya sean de origen político, religioso o cultural, suelen coincidir con los momentos cumbres de la vida comunitaria. De hecho, estas prácticas suelen proyectar algunas de las imágenes más nítidas de un pueblo. Resultaría imposible imaginar a Venecia sin sus carnavales, a Sevilla sin su feria o su Semana Santa o a Nueva Orleans sin su Mardi Gras. A la par que estas ocasiones constituyen un medio fundamental para entender la identidad de una ciudadanía, también lo son para comprender a la ciudad y sus espacios. Las expresiones que, fundiendo comunidad y significado, han conseguido perpetuarse en el tiempo también suelen dotar de un carácter especial a los escenarios que las albergan” (“Hacia el espacio consciente”. Carlos Lahoz Palacio. Ed. del autor, Madrid, 2015. Tesis doctoral. Universidad San Pablo CEU)
Semana Santa en Sevilla: Recorridos procesionales (Hermandad de la Carretería y de la Soledad de Buenaventura)
Desde luego, los grandes desfiles protocolarios, séquitos o comitivas, motivados por cuestiones diversas eran ya habituales desde la antigüedad, pero comenzaron a ser recurrentes en la época tardo medieval y, sobre todo, en el Barroco, cuando la práctica adquiriría todo su esplendor. Con ello, las concentraciones de carácter político (para rememorar hechos triunfales o para ensalzar a un líder, todo con un marcado interés ideológico y de demostración de poder), de carácter religioso (con una clara intención cohesiva y proselitista) e incluso las celebraciones cortesanas (desde bautizos de infantes a pompas fúnebres de los monarcas) o festivas, se convertirían en una experiencia itinerante por la ciudad, que pasaba a ser un escenario dinámico. Entonces se construirían en la ciudad arquitecturas efímeras (como arcos triunfales, fachadas superpuestas, doseles y tapices, graderíos, etc.) y se programarían acciones que acompañarían los recorridos procesionales (como fuegos artificiales, música, danza, etc.), transformando temporalmente la ciudad, que se convertía en un gran escenario teatral, en el que muchas veces, lo lúdico y lo profano podía aparecer mezclado con lo sagrado y lo solemne. En esta línea, Victoria Soto, refiriéndose al periodo barroco, apunta que, “la diferenciación entre las diversas festividades por su carácter religioso, profano o cívico resulta un tanto gratuita si tenemos en cuenta que los principios políticos, ideológicos o morales que, en última instancia, motivaban la fiesta estaban íntimamente unidos. Iglesia y Monarquía se presentaban como el pilar fundamental cuyos valores debían ser aunados bajo una fidelidad absoluta. El carácter sacro y el halo divino que envolvían a los soberanos y el apoyo recíproco con la institución religiosa hace difícil la separación entre fiestas sacras y profanas. (…) Pero a pesar de esta íntima unión conviene resaltar las celebraciones litúrgicas dado su número y su carácter cíclico. Las ceremonias religiosas de carácter anual, como el Corpus, la Semana Santa o los Santos Patronos, junto a las procesiones, viacrucis, rogativas y oraciones colectivas, constituyeron un latido festivo, periódico y constante en el que no se menoscabó el artificio(“El Barroco efímero”. Victoria Soto Caba. Ed. Historia 16. Madrid, 1992)
Semana Santa en Barbastro: Ntra. Sra. de los Dolores.
En la tradición cristiana la relevancia de las procesiones como expresión colectiva de religiosidad (seña de identidad fundamental en la Semana Santa) aumentaría extraordinariamente a partir del referido Concilio de Trento, cuando la Iglesia católica vio en esas multitudinarias manifestaciones una estrategia muy efectiva para la persuasión o la reafirmación de la fe (reforzada por los valores plásticos y la capacidad expresiva de la escultura procesional). Para potenciar los objetivos y lograr sorprender y cautivar a los ciudadanos (fieles o no), el espacio público de la ciudad aportaría un valor escenográfico fundamental. Por una parte, las calles y las plazas multiplicarían el impacto sensorial de las procesiones al ofrecerse como contenedor reverberante para cornetas y tambores (con sonidos atronadores y reverberaciones sobrecogedoras), para las sentidas saetas cantadas al paso de las imágenes o también para los estremecedores silencios. Y, por otra parte, la ciudad daría cabida a la aglomeración humana que, además de destinataria, también cumplía un papel, porque el público asistente formaría parte del espectáculo. Los congregados contribuyen con sus gritos, aplausos o su quietud a la expresividad de la representación, diluyendo, de esta forma, la dinámica protagonista-espectador.
Semana Santa en Barbastro: Procesión del Santo Entierro
Pero además de su valor escenográfico y conmovedor, había otra razón oculta para incorporar el espacio público a la liturgia cristiana. Calles y plazas, que son el escenario de la actividad diaria de la ciudadanía, se convertían en recorridos para la divinidad, tiñendo los escenarios cotidianos de trascendencia, para resultar así “sacralizados”. La calle era compartida puntual, pero intensamente, con las figuras sagradas que se veían rodeadas de un ritual impresionante, con la tenue iluminación de las velas, los sonidos característicos, o las identidades ocultas de muchos participantes, protegidos por capuchas y capirotes. Todo esto se engrandecía especialmente en determinados puntos emblemáticos de los recorridos procesionales, que, al quedar grabados en el recuerdo ciudadano, adquirían una significación especial que no les abandonaría el resto del año, produciéndose así una cierta “santificación” de los mismos.
Semana Santa en Barbastro: Cristo Resucitado (Foto Noemí L. Labara)
Por otra parte, más allá de las consideraciones festivas, identitarias, simbólicas, o incluso económicas, puede contemplarse otro aspecto de la Semana Santa que, aunque lateral, resulta significativo: los participantes forman un heterogéneo grupo que reúne a todas las clases sociales que, al mostrar comportamientos comunes, se ven “fusionadas” ofreciendo la idea de comunidad unificada.
Con todo, la Semana Santa se ha convertido en una de las fechas más señaladas del calendario. Una parte considerable de la ciudadanía se vuelca en la representación, sea por convencimiento religioso o por interés etnológico, sea por la seducción de la pertenencia a un grupo o simplemente por seguir una moda. Independientemente de las motivaciones, y aunque pueda resultar sorprendente en una sociedad como la actual, las nuevas generaciones se encuentran muy involucradas. Ciertamente, la Semana Santa cotiza al alza en muchas ciudades.
Semana Santa en Barbastro: las nuevas generaciones mantienen la tradición.

Apéndice: principales “Semanas Santas” en España.
En España, son muchas las ciudades que cuentan con una Semana Santa reseñable. Cuarenta y seis de ellas han sido declaradas de Interés Turístico Nacional o Internacional (a las que hay que sumar los nueve municipios del Bajo Aragón que integran la Ruta del Tambor y el Bombo, que también ha sido distinguidos con esa calificación). Otras “Semanas Santas” cuentan solamente con el reconocimiento de Interés Turístico, que era la única denominación honorífica existente entre 1965 (cuando fue creada) y 1979. Pero, a partir de 1980, se establecieron las categorías superiores referidas (nacional e internacional) y algunas de las fiestas reconocidas con anterioridad fueron elevadas a esos niveles altos, además de que nuevas localidades han ido recibiendo esas “etiquetas” diferenciales.
Entre todas, quizá deba destacarse a Sevilla, ciudad que ha logrado convertir esos días santos en parte de su identidad más profunda, aunque en una primera selección también deberían relacionarse, entre otras, Málaga, Cuenca, Valladolid, Murcia o Zamora (una de las más antiguas del país). En cualquier caso, es inexcusable reseñar todas las demás.
Las veintitrés ciudades cuya Semana Santa ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional son (por orden de fechas y alfabético):
En 1980: Cuenca, Málaga, Sevilla y Valladolid
En 1985: Zamora
En 2002: León
En 2003: Salamanca
En 2005: Cartagena (Murcia)
En 2007: Hellín  (Albacete) y Lorca (Murcia)
En 2009: Granada y Medina de Rioseco (Valladolid)
En 2010: Orihuela (Alicante)
En 2011: Cáceres, Crevillente (Alicante), Medina del Campo (Valladolid) y Murcia
En 2012: Palencia
En 2013: Vivero (Lugo)
En 2014: Ávila, Ferrol (La Coruña), Toledo y Zaragoza (este año también se distinguió la Ruta del Tambor y el Bombo que integra nueve localidades turolenses, con Calanda entre las más conocidas)
Por orden alfabético: Ávila, Cáceres, Cartagena, Crevillente, Cuenca, Ferrol, Granada, Hellín, León, Lorca, Málaga, Medina de Rioseco, Medina del Campo, Murcia, Orihuela, Palencia, Salamanca, Sevilla, Toledo, Valladolid, Vivero, Zamora y Zaragoza.
Las veintitrés ciudades cuya Semana Santa ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional son (por orden de fechas y alfabético):
En 1988: Alcira (Valencia) y Tobarra (Albacete)
En 1989: Cabra (Córdoba)
En 1993: Jerez de la Frontera (Cádiz)
En 1997: Riogordo (Málaga)
En 2001: Baena(Córdoba)
En 2002: Ocaña (Toledo)
En 2003: Jumilla (Murcia)
En 2004: Sagunto (Valencia)
En 2006: Ciudad Real y Teruel
En 2009: Mula (Murcia)
En 2010: Mérida (Badajoz)
En 2011: Astorga (León), Cieza (Murcia), Badajoz y Semana Santa Marinera de Valencia (celebrada en el distrito 11, “Poblats Marítims”, de la ciudad)
En 2013: Burgos
En 2014: Semana Santa Calagurritana de Calahorra (La Rioja)
En 2015: Jerez de los Caballeros (Badajoz), Logroño (La Rioja) y Ponferrada (León)
En 2016: Barbastro (Huesca)
Por orden alfabético: Alcira, Astorga, Badajoz, Baena, Barbastro, Burgos, Cabra, Calahorra, Cieza, Ciudad Real, Jerez de la Frontera, Jerez de los Caballeros, Jumilla, Logroño, Mérida, Mula, Ocaña, Ponferrada, Riogordo, Sagunto, Teruel, Tobarra y Valencia.
Semana Santa en Barbastro. (Foto Pilara Vicién)

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