![]() |
Bahía de Nápoles con la imponente
presencia del Vesubio al fondo. Vida y muerte como extremos de la intensidad
napolitana.
|
Algunas comunidades humanas pretenden fundamentar su identidad en una
teórica “pureza de raza” mientras que otras muestran orgullosas la original fusión de procedencias diversas. En
realidad, la integridad inmaculada es un mito porque, incluso en los casos
supuestamente virtuosos, se pueden rastrear “contaminaciones” ocultas.
Un testimonio de esto es la ciudad, la construcción humana que mejor
refleja la complejidad que constituye cualquier sociedad avanzada. La ciudad es
el espejo de la inevitable mezcla que ha ido sedimentándose a lo largo de la
historia y representa la idiosincrasia de los residentes en cada momento. En
algunas ciudades, esa amalgama cultural e identitaria se manifiesta en grado
superlativo. Nápoles es una de ellas.
Nápoles es una
ciudad intensa, poco dada al término medio y cuyos excesos se muestran tanto
en una población pasional como en un escenario que muestra huellas de las
múltiples culturas que lo han conformado en su larga y agitada historia. Por
Nápoles pasaron griegos, romanos y bizantinos, también normandos y aragoneses,
o franceses y españoles. Todos dejaron huellas
profundas que han generado una ciudad única, dotada de una personalidad
irrepetible.
Nos acercaremos a la ciudad italiana en dos etapas. Este primer artículo
avanzará hasta el final de la Edad Media, dejando para el segundo la evolución a partir de entonces.

