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A la izquierda, imagen de la Expo 1888 de Barcelona,
una realidad ficticia. A la derecha, una de las ofertas residenciales de la
Ciudad Lineal de Madrid, una utopía que se convirtió en realidad.
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El final del siglo XIX se debate entre
la realidad y la utopía. En aquellos tiempos, se estaba constatando la desaparición definitiva de
un mundo que quedaba atrás gracias a las revoluciones políticas e industriales,
y se comenzaba a entrever un orden nuevo, imprevisible, que abría expectativas
extraordinarias.
La realidad ofrecía caras diversas que iban desde la dulzura aparente de
la imagen ofrecida por una burguesía prospera
y encantada de su escalada social, hasta la crudeza descarnada que se
reflejaba en una nueva clase proletaria que luchaba por sobrevivir. Madrid y
Barcelona contaban con ambos ingredientes pero los interpretaron de forma
diferente.
Barcelona priorizaba la cara amable del triunfo burgués
escenificándolo a través del Modernismo,
y se entregaba optimista a la creación de un escenario ficticio (la Exposición
Universal de 1888) donde representar
su ascenso al Olimpo Urbano.
Madrid, sin una burguesía tan aparente,
padecía las consecuencias de una inmigración descontrolada y, huyendo de sí
misma, inventaba una utopía urbana que
llegaría a convertirse en real, la Ciudad
Lineal, un modelo de hábitat alternativo que había ideado Arturo Soria.

