Praga se sitúa en una de las
principales encrucijadas de la Europa Central y, seguramente por ello, se ha
visto zarandeada por las idas y venidas de la historia. Estos vaivenes fueron
creando realidades contradictorias cuyo único punto en común era compartir el
mismo espacio. El gran reto de Praga fue
conseguir crear un ser unitario a partir de la composición de fragmentos muy distintos.
Y lograrlo es su gran triunfo. Porque
Praga es una ciudad que, aunque nació de cuatro asentamientos muy diferentes, supo
fundir sus distintos espacios. Como
también fusionó el tiempo, enlazando de forma inseparable tiempos góticos con barrocos. Las escisiones
también se manifestaron en su composición social (con elementos germánicos,
eslavos ó judíos) y en su esencia religiosa (con católicos, protestantes ó
hebreos) con enemigos irreconciliables que acabarían entendiéndose.
Praga también es un símbolo. Tantas
veces quebrantada políticamente entre una realidad cruel y el deseo de unos
habitantes que soñaban primaveras, allí nacieron el Golem del rabino Löw, el Gregorio
Samsa de Kafka o los robots de
Karel Capek, creaciones fantásticas en las que la materia inerte toma vida o en
las que la materia vital sufre inexplicables metamorfosis.
Pero si las fracciones de Praga fueron
capaces de articularse hasta formar una unidad, no fue sin sufrimiento. Praga se ha formado desde las sombras, con
oscuros procesos alquímicos capaces de unir elementos incompatibles, con dolor,
con violencia, con crueldad. Y aunque ahora se muestre “dorada”, en una
complaciente y radiante luminosidad, mucha sangre discurrió por sus calles.
Pero Praga siempre ha renacido de
sus destrucciones para vivir nuevas vidas mostrando con orgullo las costuras de
su cuerpo.
