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31 ene 2015

Entre la conservación y el olvido: Posturas ante el patrimonio heredado en cinco Ciudadelas históricas.

La Ciudadela de Lille es uno de los grandes ejemplos de fortificación ideados por el Marques de Vauban. Se conserva perfectamente integrada en un gran parque urbano.
Una de las construcciones características de los siglos XVI al XVIII fueron las Ciudadelas, recintos militares que dominaron algunas ciudades que se convirtieron en “plazas fuertes” dentro de un periodo de intensos conflictos bélicos. Con el tiempo esas espectaculares y geométricas fortificaciones perdieron su razón de ser y las ciudades se encontraron frente al dilema de qué hacer con ellas.
El debate de fondo expresa el posicionamiento ante el patrimonio histórico heredado y, particularmente, ante un legado que no se adapta con facilidad a los requisitos de la ciudad contemporánea.
Como ejemplo, vamos a aproximarnos a cinco casos muy distintos respecto a la consideración de esas antiguas Ciudadelas. Las diferentes posturas van desde la conservación, manteniendo en cierta medida el uso original (la Ciudadela de Jaca), hasta la eliminación radical borrando cualquier rastro en el trazado urbano (la Ciudadela de Turín), pasando por diversas posiciones intermedias: el mantenimiento de lo esencial con amputaciones parciales (como es el caso de la Ciudadela de Pamplona); el reciclado drástico para adaptar los espacios útiles a nuevos usos (como se hizo en la Ciudadela de Montpellier); o la desaparición relativa, puesto que la supresión física no evita su recuerdo, tanto por su influencia en la trama del entorno como por la conservación de algún resto (como sucedió con la Ciudadela de Barcelona).

5 abr 2014

Turín ó Cómo construir una ciudad barroca (y después publicitarla a todo el mundo)

Detalle de la vista de Turín (Porta di Po), realizada por Luigi Vacca entre 1818 y 1822. En primer término el rio Po y al fondo las estribaciones alpinas que enmarcan la ciudad.
Turín, fundada como ciudad romana, se mantuvo modestamente dentro del recinto definido entonces durante más de mil quinientos años, hasta que el Duque de Saboya,  Emanuele Filiberto I, comenzó a potenciarla como nueva capital de su Ducado a partir de 1562.
La prosperidad de la ciudad obligó a plantear su crecimiento y, entre el siglo XVII y principios del XVIII, Turín realizó tres ampliaciones de aquella Torino Quadrata heredada de los romanos, creando una de las más maravillosas composiciones del urbanismo barroco. La triple extensión fue realizada en tres momentos y lugares distintos, pero funcionaría como un cuerpo único con la ciudad vieja gracias a la rigurosa planificación, al respeto a las “sugerencias” de lo preexistente y a los juegos de sutura y representación propios del Barroco.
Tras las dos primeras ampliaciones, el Duque Carlo Emanuele II, orgulloso de su capital, quiso mostrar a las cortes europeas el nivel alcanzado (y también para reivindicar la aspiración de Saboya a convertirse en reino, cuestión que acabarían logrando años después). Con ese objetivo, el Duque encargó el atlas conocido como Theatrum Statuum Sabaudiae, que reunía una colección de imágenes y comentarios presentando el estado de los territorios saboyanos y particularmente de Turín, la joya del Ducado. El fabuloso atlas, que impresionó a toda Europa se publicó finalmente en 1682.
En poco más de un siglo se había construido una Ciudad Barroca. Y Turín, publicitada con una auténtica estrategia de marketing urbano adelantada a su tiempo, se convirtió en una ciudad prestigiosa y admirada.