La memoria de lo urbano es
responsable, en gran medida, de nuestra idea sobre las ciudades. Aparece tanto
en la experiencia de lo real como en las múltiples aportaciones inmateriales
que recibimos. Es el caso, por ejemplo, de las
historias que atesora la ciudad y que ayudan a explicar su realidad actual.
Sean grandes acontecimientos o sucesos cotidianos, sus espacios las recuerdan y
las reflejan, logrando expresar un cierto carácter colectivo.
La literatura es uno de los
instrumentos principales para la captación de esos mensajes. Su demostrada
capacidad para “excitar” nuestra mente le permite crear imágenes poderosas, que
pueden llegar a ser tan intensas como las propiamente sensoriales. Así pues, también la literatura “mira” a la ciudad.
Estas nociones son las que han llevado
a Edward Rutherfurd a escribir varios libros en los que se sumerge en el pasado
de ciudades y territorios, como método para comprender algo de su presente y de
su futuro. Son narraciones de ficción
histórica, multigeneracionales, que tratan sobre las pasiones humanas. No
obstante, su discurso se encuentra tan inseparablemente unido a un escenario
concreto que, éste, acaba convirtiéndose en el verdadero protagonista del
relato. Son destacables sus exitosas novelas dedicada a Londres, Nueva York
y París, ciudades caracterizadas a partir de los avatares seculares de
diferentes sagas familiares.
La literatura “urbana” nos permite
aproximarnos de forma amena a la realidad presente, acercándonos a las
aspiraciones y a los esfuerzos que generaciones anteriores hicieron para
conformar el espacio que hemos heredado. Una
buena forma de “mirar” la ciudad con los ojos de la mente.