26 may. 2018

México Virreinal (o Novohispano): del “reciclado” urbano a la hibridación de culturas.


El Zócalo, la gran Plaza Mayor creada en la época virreinal, sigue siendo el principal icono urbano de la Ciudad de México.
Tras habernos aproximado al México prehispánico, abordamos en este artículo la siguiente etapa urbana de la capital mexicana: la ciudad virreinal española.
Los imperios solían encontrarse con un dilema al conquistar nuevos territorios: mantener la primacía de determinadas ciudades o descabezar los territorios para fundar nuevas urbes de referencia. Era muy habitual apostar por lo segundo para manifestar nítidamente el comienzo de una nueva época, pero la decisión de Hernán Cortés, el conquistador del territorio mexicano, fue la contraria. Cortés decidió reutilizar las estructuras preexistentes, empezando por la ciudad capital, Tenochtitlán, aunque había quedado muy dañada en la batalla.
Este ejercicio de “reciclaje urbano”, que propició la continuidad histórica, fue posible, en buena parte, por la congruencia de los modelos azteca y español. A partir de esa sintonía elemental, fundamentada en la trama ortogonal, se produciría una hibridación (mestizaje) de culturas que daría origen al México Virreinal (o México Novohispano), una ciudad que acabaría fascinando a propios y extraños.


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La decisión urbana de Cortés.
La conquista y el control del territorio mexicano fueron extraordinariamente rápidos, ya que se produjeron en poco más de dos años, entre 1519 y 1521. Sorprende, además, porque fueron llevados a cabo por un reducido número de hombres (unos quinientos cincuenta) bajo el mando de Hernán Cortés. Se ha escrito mucho acerca de las circunstancias que favorecieron esa vertiginosa intervención: la ambición de Cortés y su gente, la superioridad de las armas españolas, la disposición de caballos en las batallas, la estupefacción de los nativos ante los desconocidos a quienes llegaron a creer enviados de los dioses, la explotación de las rencillas entre los diferentes pueblos autóctonos, las enfermedades traídas por los invasores extranjeros para las que los indígenas no estaban preparados, etc.
Ruta de Hernán Cortés en la conquista de México. El destino final fue la capital azteca.
A todos estos argumentos hay que sumar dos particularidades que resultarían fundamentales: primero, la rígida organización jerárquica del imperio mexica-azteca que quedó paralizado en cuanto perdió a su cabeza; y, segundo, el aprovechamiento por parte de los españoles de las estructuras físicas y políticas preexistentes. Hay que recordar que los españoles encontraron una civilización muy organizada y con una notable implantación urbana, muy diferente a lo que habían hallado en las islas del Caribe, habitadas fundamentalmente por tribus de cazadores-recolectores, autónomas y dispersas.
La toma definitiva en 1521 de la capital azteca, México-Tenochtitlán, marcó el inicio del dominio español sobre el territorio mexicano. Entonces, Cortés tuvo que tomar una decisión. Los imperios solían encontrarse con un dilema al conquistar nuevos territorios: mantener la primacía de determinadas ciudades o descabezar los territorios para fundar nuevas urbes de referencia. Era muy habitual apostar por lo segundo, haciendo desaparecer los referentes anteriores, para manifestar nítidamente el comienzo de una nueva época, pero la decisión de Hernán Cortés fue la contraria. Cortés decidió apoyarse en la base que le ofrecía lo existente, empezando por la capital que sería reutilizada tras quedar muy dañada por las batallas.
Recreación de Tenochtitlán realizada por el artista mexicano Tomas Filsinger.
La decisión tenía, como siempre, pros y contras. Los partidarios de fundar una nueva capital argumentaban el mal estado de Tenochtitlán, llena de escombros tras la lucha. Además, le achacaban su insularidad, ya que el hecho de estar en el centro de una laguna podía ser perjudicial por razones estratégicas e higiénicas e, incluso, se quejaban de la irregularidad de su trazado derivado de las numerosas acequias existentes (sin ser, todavía, conscientes del riesgo de inundaciones). Por eso, aconsejaban crear una nueva ciudad en una zona más próxima a las montañas, con manantiales de agua, recursos abundantes y pocos problemas para la expansión.
Ciertamente, Tenochtitlán también disponía de ventajas. Algunas eran simbólicas, como la continuidad del lugar que todos los aztecas tenían asumido como principal, cuestión que ayudaba al asentamiento jerárquico de los nuevos líderes; pero otras tenían una índole más pragmática, dado que el mantenimiento de la capital economizaría recursos al permitir el uso de infraestructuras ya existentes. Pero, además, el trazado básico de la capital azteca, el de sus calzadas “firmes”, como veremos más adelante, era bastante congruente con muchas de las ideas urbanas que traían los conquistadores.
La adaptación de la ciudad a los requisitos de los españoles fue un ejercicio notable de “reciclaje” urbano. A los pocos años, en 1535, se constituiría el Virreinato de Nueva España, estableciendo la capital del mismo en la ciudad de México (que perdería definitivamente la denominación de Tenochtitlán). A partir de la sintonía inicial de los modelos, fundamentada, sobre todo, en la trama cuadriculada, se produciría una hibridación (mestizaje) de culturas que daría origen al México Virreinal (o México Novohispano), una ciudad esplendorosa que acabaría fascinando a propios y extraños.

La congruencia de modelos (Tenochtitlán y la ciudad colonial española)
Cuando se decidió la reutilización de la base urbana de Tenochtitlán, todavía no se disponía de un modelo específico de ciudad colonial española. Aunque había habido varios intentos de establecer “recomendaciones”, habría que esperar hasta 1573 para conocer las primeras ordenanzas urbanas promulgadas por Felipe II. En cualquier caso, aunque no hubiera una visión concreta sobre cómo debía ser la ciudad si había ciertos paradigmas que inspirarían las primeras urbanizaciones coloniales. Por una parte, se encontraba la tratadística renacentista y, por otra, algunas de las experiencias recientes de nuevas poblaciones fundadas en la península ibérica.
El denominador común de estos ejemplos era la racionalidad, concretada en el uso de bases geométricas, con predominio de las retículas ortogonales, cuestión que resultaría muy afín con los trazados urbanos aztecas.
Plano de la Ciudad de México 1628, realizado por el arquitecto Gómez de Trasmonte y copiado en 1660 por el cartógrafo holandés Johannes Vingboons. No se conserva el original, solamente la copia holandesa. (el norte, a la izquierda)
La aceptación de la orientación prehispánica.
Una de las cuestiones fundamentales en las tramas ortogonales es determinar su orientación. La historia nos muestra criterios diversos que van desde lo simbólico a lo pragmático y que se concretan en alineaciones con los puntos cardinales, disposiciones para tener una buena relación con los vientos de la zona o implantaciones adaptadas a las características del terreno, entre otros.
La cultura mexica-azteca daba una gran importancia a los vínculos con los cuerpos celestes. De hecho, eran un pueblo muy avanzado en astronomía. Así, el Sol, Venus o la Luna, y sus ciclos e interrelaciones, regían buena parte de las costumbres y ritos aztecas, y, evidentemente, la ciudad no podía quedar al margen de su influencia. Los trazados urbanos eran por lo general reticulares, con manzanas cortadas en ángulo recto y con calles que se orientaban en función del recorrido del sol con una precisión asombrosa, apuntando a la salida o a la puesta del astro rey en fechas concretas, que se definían en función del calendario azteca. Como indica el profesor de la UNAM José Galindo Trejo, “la práctica de orientar estructuras arquitectónicas de acuerdo a propios criterios culturales relacionados con el calendario parece ser uno de los aspectos más sólidamente arraigados en la esencia mesoamericana: la llamada orientación calendárico-astronómica” ("La traza urbana de ciudades coloniales en México: ¿Una herencia derivada del calendario mesoamericano?" Revista Indiana, núm. 30, 2013).
Los mexicas-aztecas tenían dos calendarios que funcionaban simultáneamente: el Xiuhpohualli y el Tonalpohualli. El Xiuhpohualli era el calendario civil solar de 365 días, estructurado en 18 periodos (meses) de 20 días, que se organizaban en bloques (semanas) de 5 días; además de contar con cinco “días vacíos” que se dedicaban al ayuno y abstinencia. El Tonalpohualli era el calendario ritual (también llamado místico o religioso) que contaba con 260 días, con 20 periodos (semanas) de 13 días.
Iniciados en un mismo día, ambos calendarios corrían a la vez, como dos ruedas que iban girando, desfasándose hasta que volvían a coincidir en el punto de partida, es decir, en el primer día del calendario, tras 52 periodos (años) en el caso del civil solar y 73 periodos para el ritual (52 x 365 = 73 x 260).
Los números 52 y 73 son importantes en el calendario azteca, y no solo por ser las claves para el “reencuentro” de los dos calendarios. El 52, que determina el ciclo del calendario civil solar, tendría un significado parecido a nuestro “siglo” y, por eso, cada 52 años, se celebraba la ceremonia del “Fuego Nuevo”, un ritual de gran importancia social y religiosa que expresaba la renovación vital para todo el pueblo (y también para los individuos, ya que los aztecas que lograban cumplir los 52 años, “renacían”). Por su parte, el 73 también aparecía en el calendario solar ya que los 365 días se agrupaban en 5 periodos de 73 días, algo parecido a nuestras “estaciones” que ellos llamaban cocij y que indicaban el tiempo del agua (y del viento), el tiempo de las cosechas, el de la fiesta, el tiempo seco y el de la pobreza.
Estos dos números, 52 y 73, protagonizan la orientación calendario-astronómica de las ciudades aztecas. Los mexicas-aztecas partían de los solsticios (que indican el día más largo y más corto del año) y establecían un intervalo que dejaba al solsticio como fecha central. De esta manera planteaban diversos modelos que dependían del solsticio respecto al que se pivotara y de la amplitud del intervalo (52 o 73 días, antes y después de la fecha)
La orientación de la trama del Centro Histórico mantiene el criterio establecido por los mexicas-aztecas.
El modelo utilizado en Tenochtitlán (intervalo de 73 días antes y otro tanto después del solsticio de verano) se reflejó en la orientación del Templo Mayor. El eje de simetría del Templo Mayor tiene un ángulo acimut (medido desde el norte en sentido horario) de 277° 36’ (marcando la dirección hacia el oeste y, en consecuencia, de 97° 36’ en sentido hacia el este). Con estos datos, Galindo Trejo descubrió que “la alineación solar del Templo Mayor en el ocaso ocurre en las fechas 9 de abril y 2 de septiembre. La primera se localiza 73 días antes del solsticio de verano y la segunda 73 días después”. Es decir, que, en esos dos días, la puesta de sol se alinea con las calles. Esta dirección condicionaría al resto de los edificios y calles de la ciudad (que eran paralelas o perpendiculares al eje el Templo).
Los españoles reutilizarían las principales calles de Tenochtitlán ya que se adaptaban al modelo ortogonal que pretendían. Con esa decisión aceptarían tácitamente la orientación de la ciudad preexistente, aunque para ellos careciera de significado. Este pragmatismo ha permitido conservar en la traza urbana la cosmovisión que los antiguos indígenas habían construido a partir de la observación precisa de la naturaleza.
La adaptación de la retícula ortogonal (la “Traza”).
Tenochtitlán, era una ciudad insular que iba ganando terreno al lago y tuvo dos tipos de vías interiores: las “firmes”, constituidas por tierra compactada y que mayoritariamente seguían la orientación marcada por el Templo Mayor, y los canales acuáticos, de curso irregular y que eran navegables por canoas.
Sobre esa base, los españoles definirían una “ciudad principal”, en el centro de la isla, en la que residirían ellos, dejando fuera de esos límites al resto de Tenochtitlán, donde vivirían los indígenas. Ese espacio privilegiado es conocido como la “Traza” y su trazado se atribuye a Alonso García Bravo, un soldado con conocimientos de topografía (aunque hay historiadores que lo ponen en duda). García Bravo compondría un cuadrilátero ligeramente trapezoidal en su lado norte (condicionado por la presencia de una de las muchas acequias de la ciudad), cuyo interior se estructuraba con una retícula rectangular que seguía la orientación azteca y en la que destacaba una gran plaza como nodo principal. 
Hipótesis sobre la Traza realizada por Alonso García Bravo para la nueva ciudad de México.
Los límites seguían aproximadamente el recorrido de las calles República de Perú y Manuel de la Peña y Peña, por el norte; las calles Leona Vicario, de La Santísima, Alhóndiga y de Roldán, por el este; las calles San Pablo y San Jerónimo, por el sur; y, por el oeste, las antiguas San Juan de Letrán, Juan Ruiz de Alarcón, Aquiles Serdán y Gabriel Leyva (actualmente agrupadas y renombradas como Eje Central Lázaro Cárdenas).
El aprovechamiento de algunas de las calzadas firmes para trazar sobre ellas las rectilíneas vías de la capital novohispana, determinaría muchas de las dimensiones generales del modelo. Las calles presentarían por lo general una anchura de 15 varas (12,5 metros en total, ya que la vara castellana medía 0,836 metros), mientras que las manzanas rectangulares medirían, al menos en el planteamiento teórico, 250 varas en sus lados largos (norte y sur, denominados “cuadras”) y 100 varas en los cortos (oriente y poniente, llamados “cabeceras”), que en el sistema métrico serían 209 metros y 83,6 metros respectivamente. Según argumentó en su libro “Plaza y Traza de la ciudad de México en el siglo XVI” el arquitecto y profesor Manuel Sánchez de Carmona “su forma general era la de un cuadrado integrado por seis y trece manzanas por lado”.
Límites aproximados de la “Traza” sobre un plano actual.
No obstante, la reutilización de las preexistencias y la ausencia de un modelo claro, provocó una casuística variada, con bastantes desajustes sobre la “pureza” geométrica, con calles de anchura distinta y con muchas manzanas de tendencia cuadrada con dimensiones variadas. La superficie de la “Traza” inicial rondaría las 215 hectáreas.
El leve desplazamiento del centro urbano.
El centro de Tenochtitlán era el gran recinto del Templo Mayor que albergaba una serie de edificios y torres piramidales que eran el núcleo de la vida política, religiosa y ceremonial de la ciudad (y de todo el imperio mexica-azteca). Junto a este gran nodo, al suroeste, se ubicaba un amplio espacio abierto que ejercía como mercado (aunque el mercado más exitoso de la ciudad azteca era el que se ubicaba en el norte, en la anexionada isla de Tlatelolco)
Los españoles destruyeron el complejo religioso de los mexicas y se fijaron en aquel espacio abierto meridional para convertirlo en el centro neurálgico de la nueva ciudad, ejerciendo de plaza multiusos como en las ciudades europeas y acogiendo los edificios principales de la ciudad.
En el México novohispano se produjo el desplazamiento del centro neurálgico de la ciudad hacia la plaza meridional situada al sur del complejo del Templo Mayor, que era el corazón urbano en la época azteca.
Con esta decisión, los españoles aceptaron la centralidad azteca pero solo relativamente puesto que desplazaron el foco de la nueva ciudad a esa plaza que ejercería de Plaza Mayor ciudadana (la actual Plaza de la Constitución, el “Zócalo”).
La conformidad con los barrios aztecas, pero “resemantizados”.
Tenochtitlán se organizaba en cuatro barrios (campan) a partir del recinto del Templo Mayor, que quedaba en el centro: al noroeste Cuepopan, al noreste Aztacalco, al suroeste Moyotla y al sureste Zoquiapan. Al norte se encontraba Tlatelolco, la antigua isla que había quedado unida físicamente a Tenochtitlán, aunque conservaba su autonomía administrativa (era allí donde se encontraba el gran mercado de la capital azteca).
Esta estructura organizativa fue asumida por la reordenación española al mantener en gran medida esa distribución en barrios, ahora bien, proporcionándoles un nuevo significado. Esta “resemantización” tuvo como primera medida la vinculación nominal a una advocación cristiana y la construcción de una iglesia parroquial en cada uno de ellos, dedicada al santo correspondiente.
Las líneas y rótulos en verde reflejan la estructura de barrios de Tenochtitlán, mientras que las líneas y rótulos en rojo indican la adaptación española de dicha organización. El plano de base es un esquema hipotético sobre la ciudad en 1519.
En definitiva, tras de la conquista, la ciudad se dividió en tres áreas: la “Traza”, la zona central donde residían exclusivamente los españoles y las “parcialidades” exteriores donde vivían los indígenas, que eran dos y que vieron cristianizados sus nombres como Santiago Tlatelolco, al norte, y San Juan Tenochtitlán, rodeando la “Traza”. San Juan Tenochtitlán se dividía, a su vez, en los 4 barrios tradicionales, que pasaron a llamarse Santa María Cuepopan, San Pablo Zoquiapan, San Sebastián Atzacoalco y San Juan Moyotla (la coincidencia de los dos “Juan” acabaría creando cierta confusión entre el todo y la parte). Las dos “parcialidades” dispusieron de ayuntamiento (cabildo) propio con gobernantes indígenas, manteniendo esta autonomía municipal hasta 1812.

México Virreinal, la ciudad novohispana (1521-1821)
En 1521 la ciudad fue tomada definitivamente por los españoles y un año después comenzaron las labores de reconstrucción. Para fijar el nuevo trazado urbano se asumieron las bases comentadas en el apartado anterior. No obstante, como hemos adelantado, se perdería la denominación de Tenochtitlán para pasar a ser conocida simplemente como México.
Dentro de la “Traza” se desarrollaría la ciudad principal, la que habitaron los españoles, con el gran nodo de la Plaza Mayor (el “Zócalo”), donde se ubicaron los edificios principales como la Catedral, el Palacio de Gobierno, el Cabildo municipal, así como espacios para el comercio (Viejo Portal de Mercaderes) o palacios para la nobleza criolla (comenzando por la propia residencia de Cortés).
La constitución del Virreinato de Nueva España en 1535 y la designación de México como su capital, consolidaría el predominio de la ciudad más allá del imperio azteca garantizando su prosperidad. Además, el primer virrey, Antonio de Mendoza propondría relevantes actuaciones urbanas (no solo en la ciudad de México, sino también en Puebla, Oaxaca o en Valladolid, la actual Morelia, ciudad que ordenó fundar en 1541). En lo que respecta a la ciudad de México, el primer virrey potenciaría los conceptos renacentistas en su trazado, consiguiendo una formalización más correcta de la retícula urbana que la iniciada por Alonso García Bravo.
Centro Histórico de la Ciudad de México con identificación de sus principales edificios y espacios urbanos.
La ciudad empezó a recibir muy pronto a las principales órdenes religiosas de la época, que construyeron sus edificios en ella. Así se levantaron conventos y templos para los dominicos (comenzado en 1525, hoy se conserva solamente la iglesia de Santo Domingo, remodelada por Pedro de Arrieta durante la primera mitad del siglo XVIII); para los franciscanos (Templo y exconvento de San Francisco, iniciado en 1525 con una extensión enorme, sería demolido en gran parte durante el siglo XIX, el edificio que se conserva es de 1716); para los agustinos (Ex Templo de San Agustín, comenzado en 1541, las partes que no fueron demolidas en el siglo XIX se utilizaron como biblioteca); o para los mercedarios (Convento de la Merced, iniciado en 1595 y cuyo templo fue demolido en el siglo XIX), entre otras muchas congregaciones que se implantaron en la capital del virreinato. 
Arriba, Convento de Jesús María. Debajo, Exconvento de San José de Gracia.
También las órdenes femeninas construyen numerosos conventos, como la Concepción (el más antiguo, desaparecido, en la actual Plaza de la Concepción); Jesús María (iniciado en 1581); Convento de San Jerónimo, iniciado en 1592, y hoy ocupado por dependencias de la universidad UCSJ); o, San José de Gracia (iniciado en 1653), entre otros. Además, irían apareciendo hospitales, colegios y la universidad.
No obstante, la obra más relevante de la ciudad virreinal es la Catedral (Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María), que preside el Zócalo. Fue comenzada en 1573 con la traza inicial de Claudio de Arciniega, sustituyendo al modesto edificio que se había levantado poco después de la conquista, aunque el extraordinario templo no se concluiría totalmente hasta 1813 (no obstante, su operatividad comenzó en 1667). La catedral mexicana es una de las obras más sobresalientes de la arquitectura hispanoamericana que en su larga gestación contó con la intervención de numerosos arquitectos (entre los que destacan Juan Miguel de Agüero y Alonso Martínez López) y acabaría reflejando estilos muy variados, con predominio del barroco.
La Catedral (a la izquierda) y el Sagrario Metropolitano (a la derecha) conforman a fachada norte del Zócalo.
También en el Zócalo, se encuentra otro edificio emblemático y de azarosa vida con numerosas transformaciones y ampliaciones: el Palacio Nacional. Comenzado en 1528 como segunda residencia de Cortés sobre el solar de las llamadas Casas Nuevas de Moctezuma, el edificio sería vendido para albergar el Palacio Virreinal en 1562. Desde entonces está vinculado al poder (es la actual sede del Poder Ejecutivo Federal de México, aunque ya no es la residencia oficial del presidente).
El Palacio Nacional preside la fachada oriental del Zócalo.
Desde el punto de vista más urbano, en 1592 se abrió la Alameda Central, el parque público más antiguo del continente americano.
La ciudad de México comenzó el siglo XVII con el desastre de varias inundaciones que llevaron al entonces virrey, Luis de Velasco y Castilla, a poner en marcha un ambicioso proyecto de desvío de ríos y desagüe del lago Texcoco que sería muy problemático y tardaría mucho en ser efectivo. No obstante, a pesar de los problemas “técnicos”, la población va asentándose y la ciudad crece densificando primero la isla de Tenochtitlán y posteriormente ganando terreno a la laguna circundante.
El mal endémico de México, las inundaciones, seguiría afectando a la ciudad durante el siglo XVIII, lo cual no impidió que la ciudad se embelleciera gracias a lo que ha sido llamado el “siglo de oro” de la arquitectura barroca mexicana. La arquitectura sería la muestra más expresiva de una hibridación cultural que en lo social se iría consolidando poco a poco con el mestizaje entre criollos e indígenas. Las formas del barroco europeo, particularmente del español, se fusionaron con las técnicas constructivas nativas y la visión decorativa de los artesanos aztecas. El mestizaje formal iría asumiendo las especificidades climáticas y geográficas mexicanas, las posibilidades de los materiales autóctonos o las particulares circunstancias sociales que alumbraron nuevas concepciones espaciales y tipológicas. Con todo surgiría un estilo con una notable identidad propia.
Palacio de la Inquisición (Pedro de Arrieta, 1733-1737, actual Museo de la Escuela de Medicina).
Entre los arquitectos más destacados de la primera mitad del siglo XVIII se encuentran Pedro de Arrieta (¿?-1738), con obras religiosas como la primera basílica dedicada a la Virgen de Guadalupe (1695-1709), La Profesa (1714-1720), Corpus Christi (1720-1724, actual Acervo histórico de notarías de la Ciudad de México) y obras civiles como el Palacio de la Inquisición (1733-1737, actual Museo de la Escuela de Medicina) o la Aduana en la plaza de Santo Domingo (hoy Secretaría de Educación Pública). También hay que destacar a Miguel Custodio Durán (1700-1744) autor de la iglesia de San Juan de Dios (1729) y a Lorenzo Rodríguez (1704-1774), responsable del Sagrario Metropolitano (1749-1760) que se encuentra adosado a la Catedral.
La Capilla del Pocito en Guadalupe es una de las obras más representativas de la última fase del barroco en la ciudad de México, obra de Francisco Guerrero y Torres realizada entre 1777 y 1791.
La última fase del barroco en la ciudad de México cuenta con eminentes representantes como Francisco Guerrero y Torres (1727-1792). Entre sus realizaciones destacan la remodelación del Palacio para los condes de Santiago de Calimaya (1769-1772, hoy Museo de la Ciudad de México), el Palacio de los marqueses del Jaral de Berrio (1779-1785, también Palacio Iturbide, hoy Museo Palacio de Cultura Banamex) y, sobre todo, la Capilla del Pocito (1777-1791) en Guadalupe. También cabe citar al ingeniero militar Luis Díez de Navarro (1699-1780) con obras como el desaparecido Templo de Santa Brígida (1740-1744)
Palacio de Minería (1797-1813), obra neoclásica de Manuel Tolsá.
El estilo neoclásico irrumpiría en la ciudad de México con ejemplos como el Palacio de Minería (1797-1813, obra de Manuel Tolsá), la Academia de San Carlos o la Fábrica de Tabaco (Real Fábrica de Puros y Cigarros, 1793-1807, obra de José Antonio González Velázquez, también conocida como “La Ciudadela”, que actualmente sirve como biblioteca)

El monumental núcleo antiguo, identificado como Centro Histórico de la Ciudad de México, fue incluido en 1987 por la UNESCO en la Lista de Lugares Patrimonio de la Humanidad.
Límites fijados por la UNESCO para la zona declarada Patrimonio de la Humanidad (en azul) y su área de transición (rosa)
A finales del siglo XVIII, la ciudad de México se extiende moderadamente por el sur hasta San Antonio Abad; por el este, llegando a San Lázaro; a San Cosme por el poniente; y quedando por el norte en Santiago Tlatelolco. Era la ciudad más grande del continente americano con 170.000 habitantes (dato del año 1813).
Arriba plano de la ciudad de México en 1793. Debajo, plano de 1857. Los primeros años de la independencia mexicana no supusieron una ampliación notable de la ciudad, cuestión que llegaría más adelante.
En 1821, al confirmarse la independencia de México respecto del Imperio Español, se acabó con tres siglos de dominio colonial dando comienzo a una nueva etapa, que tendría repercusiones muy importantes para la capital del incipiente estado. Pero esa será otra historia.

2 comentarios:

  1. Es la primera vez que escribo en su blog, soy un fiel lector del mismo y me da gusto cada que dedican algún artículo referente a México, sin embargo me llama la atención que sigan catalogando a nuestro país en Centroamérica. Un mero comentario. ¡Felicidades!

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  2. Gracias Ganzoide. Tienes razón, lo modificamos. Saludos

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