El siglo XIX cambió
la fisonomía de Londres, pasando de la ciudad georgiana, de aires
aristocráticos y neoclásicos, al Londres victoriano, definitivamente burgués
y proletario, convertido en el centro económico del mundo y en la mayor urbe
del planeta.
Aquellos dos
Londres decimonónicos serían muy distintos porque el georgiano fue
una ciudad principalmente de arquitectura, que legó edificios y espacios
impresionantes gracias a una fórmula urbanizadora que haría época: las squares; mientras que el Londres victoriano estuvo protagonizado por
el urbanismo, particularmente, aunque no solo, por la aplicación de una novedosa
técnica de desarrollo: los estates, un precedente de las actuales
concesiones de suelo. Los estates forjaron aceleradamente la imagen de
la primera periferia londinense, abandonando el clasicismo anterior y mostrando
una bipolaridad que iba de un espíritu romántico a otro absolutamente pragmático
y que se debatía, además, entre la calidad y la cantidad. Paradójicamente, la repetición
de interminables hileras de viviendas obreras de ladrillo, construidas mediante
ese sistema, logró generar un ambiente urbano tan característico que identificaría
al contradictorio Londres industrial y victoriano.
