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Bahía de Nápoles con la imponente
presencia del Vesubio al fondo. Vida y muerte como extremos de la intensidad
napolitana.
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Algunas comunidades humanas pretenden fundamentar su identidad en una
teórica “pureza de raza” mientras que otras muestran orgullosas la original fusión de procedencias diversas. En
realidad, la integridad inmaculada es un mito porque, incluso en los casos
supuestamente virtuosos, se pueden rastrear “contaminaciones” ocultas.
Un testimonio de esto es la ciudad, la construcción humana que mejor
refleja la complejidad que constituye cualquier sociedad avanzada. La ciudad es
el espejo de la inevitable mezcla que ha ido sedimentándose a lo largo de la
historia y representa la idiosincrasia de los residentes en cada momento. En
algunas ciudades, esa amalgama cultural e identitaria se manifiesta en grado
superlativo. Nápoles es una de ellas.
Nápoles es una
ciudad intensa, poco dada al término medio y cuyos excesos se muestran tanto
en una población pasional como en un escenario que muestra huellas de las
múltiples culturas que lo han conformado en su larga y agitada historia. Por
Nápoles pasaron griegos, romanos y bizantinos, también normandos y aragoneses,
o franceses y españoles. Todos dejaron huellas
profundas que han generado una ciudad única, dotada de una personalidad
irrepetible.
Nos acercaremos a la ciudad italiana en dos etapas. Este primer artículo
avanzará hasta el final de la Edad Media, dejando para el segundo la evolución a partir de entonces.
Hacia la identidad desde la diversidad.
Algunas comunidades humanas pretenden fundamentar su identidad en una
teórica “pureza de raza” mientras que otras muestran orgullosas la original fusión de procedencias diversas. En
realidad, la integridad inmaculada es un mito porque, incluso en los casos
supuestamente virtuosos, se pueden rastrear “contaminaciones” ocultas.
Es tarea de los historiadores indagar en los acontecimientos pasados e
interpretar lo ocurrido, siendo esta última cuestión una materia muy delicada. Desgraciadamente,
hay muchas muestras de tergiversación ideológica a las que no importa la
mendacidad de lo sucedido sino el aprovechamiento interesado del supuesto
pasado para los fines del presente. Por eso, existe un debate permanente que
exhorta a la objetividad o la honestidad, tanto respecto a la veracidad de los
hechos (tantas veces tejidos con leyendas) como al papel social de las
explicaciones planteadas por los profesionales.
Pero al margen de esta cuestión trascendental, el acercamiento a la historia
también plantea otro tipo de dudas. Por ejemplo, un dilema clásico en la historiografía es encontrar el equilibrio y
la relación entre lo ocurrido a los dirigentes y a los súbditos, que
presentan dinámicas sociales muy diferentes. Hay corrientes que analizan la
historia casi exclusivamente como el discurrir de los hechos correspondientes a
las élites políticas. De esa visión puede desprenderse tanto una identificación
casi total entre el pueblo llano y sus gobernantes, debida a una traslación
automática hacia “abajo” de lo que sucede “arriba”; como lo contrario, es
decir, que las clases populares asistirían más o menos indiferentes al paso de
dinastías y mandatarios, sin que los relevos en las cúpulas gobernantes
implicaran transformaciones sustanciales para ellas.
Pensemos en las habituales invasiones de la antigüedad, en las que grupos
reducidos pasaban a dominar a los mayoritarios autóctonos. Según la primera visión, la llegada a una
comunidad de un grupo gobernante minoritario, aunque pudiera ser étnicamente
poco relevante (si bien siempre hay mestizajes entre nativos y recién llegados
que varían la composición social), el producto de las importaciones culturales
condicionaría al “pueblo llano”. Así pues, un cambio en la cabeza social
afectaría directamente a la vida cotidiana, porque la implantación desde el
poder de nuevas leyes (o de una nueva religión), así como la imposición de
nuevas costumbres o comportamientos, transformarían rápida e inexorablemente a
la sociedad indígena.
El segundo punto de vista
defiende que los nativos mantendrían su carácter en lo fundamental, y su
evolución sería muy lenta y propia, poco influenciada por el paso de las
diferentes culturas que pudieran tener la primacía política. Y el progreso se
realizaría a partir de algunas esencias determinadas por la respuesta a estímulos
permanentes, como un paisaje o clima particulares o también por algunas
tradiciones ancestrales (que estarían casi grabadas en el ADN humano). Estos
invariantes, que suelen resistirse al cambio, se convertirían en un sustrato
con el que los nuevos elementos identitarios se fusionan obteniendo resultados
originales.
La realidad suele bascular, según los casos, entre ambas propuestas. Un
testimonio de todo esto es la ciudad, la
construcción humana que mejor refleja la complejidad que constituye cualquier
sociedad avanzada. La ciudad es el espejo de la inevitable mezcla que ha
ido sedimentándose a lo largo de la historia y representa la idiosincrasia de
los residentes en cada momento. La ciudad nos habla de diversidad porque
siempre es el resultado del poso de las
aportaciones de las diferentes generaciones que pasan por ella, incluso aun
cuando esas contribuciones supongan la destrucción de parte del legado
recibido.
En algunas ciudades, esa amalgama
cultural e identitaria se manifiesta en grado superlativo, y Nápoles es una de
ellas. En buena medida, porque en su larga y agitada historia, ha sufrido
continuos vaivenes (provocados tanto por catástrofes naturales como por
conflictos políticos) y ha visto pasar pueblos muy heterogéneos. Allí recabaron
griegos, romanos y bizantinos, también normandos y aragoneses, o franceses y
españoles, y todos dejaron huellas
profundas que han generado una ciudad única, dotada de una personalidad
irrepetible, una ciudad intensa y poco
dada al término medio, cuyos excesos se muestran tanto en una población pasional
como en un escenario que está determinado por los rastros (a veces
contradictorios) de las culturas que lo han conformado. Es por eso que la identidad napolitana es el producto
de una peculiar fusión de elementos diversos que ha logrado expresarse de
forma nítida y reconocible, con rasgos distintivos (desde una lengua propia,
hasta las inolvidables canciones napolitanas y su sutil melancolía, o el
carácter festivo, exagerado y casi pendenciero de sus gentes, entre otras
manifestaciones)
Nos acercaremos a la ciudad italiana en dos etapas. Este primer artículo
avanzará hasta el final de la Edad Media, dejando para el segundo la evolución a partir de entonces.
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El Golfo de Nápoles, remarcado por
las islas Procida e Ischia, al norte, y Capri, al sur. En el centro de la
bahía, el Vesubio.
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El Golfo de Nápoles, un lugar entre el cielo y el infierno.
En las costas del Mar Mediterráneo, el Golfo de Nápoles es un territorio
con indudables atractivos (como la belleza del paisaje o los abundantes recursos
minerales y agrícolas, pero también estratégicos desde un punto de vista
comercial y político) que hicieron de él un lugar muy codiciado por las
diferentes potencias desde la antigüedad hasta tiempos bastante recientes. Pero sus fascinantes propuestas también
escondían (y esconden) una “cara B” menos seductora, haciéndolo aparecer como un
paradójico lugar que se debate entre el cielo y el infierno, un lugar con
tendencia a los extremos contrapuestos.
Las “contradicciones” comienzan con la identificación de Nápoles y su
entorno como paradigma de la
mediterraneidad. Desde luego, Nápoles presenta los rasgos típicamente
mediterráneos: cuenta con un clima benigno, una luz especial, un paisaje y unos
colores definitorios y, complementariamente, con la particular actitud festiva
y extrovertida de sus gentes. Pero esta visión positiva, placentera y vital no puede
separarse de un fatalismo que mantiene el recuerdo permanente de la muerte, subrayado
por la actividad sísmica y la amenazante presencia del Vesubio (que ya sepultó
Pompeya y Herculano en el año 79). Así, vida
y muerte son los extremos de esa intensidad napolitana, influyendo en una
población que disfruta de su presente como pocas.
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Distribución supuesta de las
cenizas procedentes de la erupción del Vesubio en el año 79 que sepultaron
Pompeya y Herculano.
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Cielo e infierno se convocan también a partir de su magnífica ubicación en el
suroeste de la península itálica, una posición central respecto al mar
Mediterráneo, que la convirtió en un
lugar estratégico en el que confluirían los pueblos de las otras dos
penínsulas principales del Mare Nostrum:
la griega, que envió colonos para forjar sus bases iniciales, y la ibérica, con
la presencia española durante muchos siglos (pero no solo ellos, porque también
otras culturas centroeuropeas, particularmente del ámbito francés y germánico,
sintieron el reclamo napolitano). Todos llegaban deslumbrados por sus
posibilidades, pero la atracción irresistible de la privilegiada localización,
que le permitió disfrutar de un puerto floreciente que enriqueció la ciudad,
encabezar su territorio próximo (Campania) y ejercer de capital de un reino
(llegando a competir con París y Londres), le llevó también a sufrir consecuencias
negativas porque su posición la convirtió en escenario de batallas y ataques de
las ambiciosas potencias del entorno, así como incursiones muy frecuentes de
piratas y corsarios.
También su extraordinario paisaje y
su densa cultura plantean posiciones extremas. Paisajes paradisíacos, playas
y costas escarpadas, exotismo y una intensa historia cautivan desde tiempos
lejanos a muchos visitantes (desde los romanos, que elegían ese lugar para
levantar sus villas de descanso, hasta aristócratas ilustrados que realizaban
el Grand Tour o los numerosos
turistas actuales). El resultado fue una Nápoles cosmopolita que favoreció su
prosperidad económica, pero acrecentó igualmente esa “mala fama” tan asociada a
las ciudades portuarias con una gran actividad y, particularmente, a las que
contaron con importantes guarniciones militares.
Finalmente, cabe hacer mención a la desigualdad
social como constante histórica en Nápoles. Los napolitanos tienen la
impresión de que nunca han podido gobernarse a sí mismos y que, a lo largo de la
historia, han sido dominados por potencias extranjeras que se preocupaban exclusivamente
por sus propias élites, dejando de lado las necesidades del pueblo llano (e
incluso en muchos casos de la nobleza nativa). Así la historia de Nápoles
refleja la opulencia de la aristocracia frente a la miseria y el hambre de la
mayoría de la población, circunstancias que fomentaron un carácter
contestatario, manifestado en numerosas rebeliones contra los poderes
establecidos en cada momento y que está en el origen de una de las lacras que
lastra, aún hoy, la realidad napolitana: la camorra, el grupo
criminal que condiciona buena parte del funcionamiento de la ciudad desde hace
varios siglos.
Nápoles griega, sentando las bases urbanas entre el caos y el orden.
Ese lugar maravilloso fue detectado y apreciado por los navegantes griegos,
quienes advirtieron su idoneidad para albergar alguna de las colonias que las polis de la Hélade desarrollaban más
allá del Egeo.
La primera colonia griega en la península itálica fue Cumas o Cuma (Κύμα), que
según la tradición fue fundada hacia el año 1050 a.C. por colonos procedentes
de Calcis, la polis más importante de la isla Eubea. La situación de los
asentamientos posteriores (que se fueron estableciendo en Sicilia y en el sur
peninsular) dejaron a Cuma un tanto
aislada respecto al resto de la Magna Grecia. Esa autonomía le llevó a crear
sus propias colonias (subcolonias, podríamos decir) en su propio entorno. Entre
ellas destacaría inicialmente Dicearchia
(Puteoli para los romanos y Pozzuoli en la actualidad) y,
finalmente, Parthenope, fundada en el tercer cuarto del siglo VIII sobre un
promontorio que posibilitaba el control del tráfico marítimo en el golfo.
Además, contaba con un puerto natural (ubicado aproximadamente en la actual Piazza Municipio) que facilitaba su
labor.
Parthenope prosperaría
llegando a competir con su “ciudad madre”, requiriendo una ampliación que se
realizó, hacia el año 470 a.C., fuera del cerro, colonizando la llanura próxima
en el mismo golfo, aprovechando una plataforma relativamente elevada sobre el
entorno (lo cual le proporcionaba ciertas defensas naturales por la costa, ríos
y torrentes perimetrales, o las zonas pantanosas existentes). Esta extensión sería
de facto una nueva ciudad, una
auténtica refundación (y de ahí derivaría su nombre: Neápolis, Νεάπολις,
ciudad nueva) que se manifestaría tanto por la discontinuidad urbana provocada
por su ubicación separada, como por el trazado que seguiría las directrices
ortogonales que marcaban las teorías hipodámicas griegas.
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Nápoles griega con la ubicación de
Parthenope y Neapolis, así como la línea de costa en aquella época (linea discontinua).
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Así, ya en la época fundacional griega
aparece en Nápoles el contraste entre el orden y el caos: Parthenope tuvo un trazado irregular, adaptado a la orografía del promontorio
sobre el que se asentaba, mientras que Neapolis
nació como una ciudad regular y ordenada.
La retícula ortogonal de Neapolis
estaba integrada por tres (o cuatro según algunos investigadores) vías
principales, orientadas aproximadamente de este a oeste, paralelas a la costa,
(las denominadas plateiai, con una
anchura de unos seis metros), que eran cortadas por numerosas perpendiculares
(hasta veintitrés) que unían el puerto con el interior (las stenopoi, de unos tres metros de ancho).
La plateia central era el eje
principal de Neapolis (coincidente
con la Via dei Tribunali).
Neapolis acabaría
liderando el comercio marítimo del Tirreno, eclipsando no solo a Parthenope (que comenzaría a ser
conocida como Palaiápolis, ciudad
vieja) sino también a la misma Cuma (que
actualmente es un sitio arqueológico dentro del área metropolitana de Nápoles).
Nápoles romana, el comienzo de las fusiones culturales.
Los romanos tomaron Neapolis en
el año 326 a.C., pero la dotaron de bastante autonomía funcional dentro de la
incipiente república. De hecho, su estatus como una de las principales ciudades
de la Magna Grecia sería reconocido, convirtiéndose en un lugar trascendental
para la transmisión de la cultura griega a la sociedad romana.
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Nápoles romana, asentada sobre Neapolis.
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La “romanización” de la ciudad se realizaría por sustitución puntual de los
elementos principales griegos (como el ágora por el foro) y, sobre todo, por la
integración en la cultura romana del precedente heleno. Por ejemplo, las tres
vías principales de la colonia griega se convirtieron en los tres decumanos de la ciudad romana: el superior (que seguía las actuales, vie della Sapienza, via dell'Anticaglia y via
Santi Apostoli), el mayor (Via dei Tribunali) y el inferior (la actual Spaccanapoli, que adquiriría mayor
importancia en los siglos posteriores). Y las stenopoi, serían los cardines.
De hecho, los romanos tomaron lecciones de urbanismo en Nápoles. Aquella Neapolis griega, ordenada y estructurada,
formaría parte del aprendizaje básico que acabaría generando el modelo de
ciudad colonial romana.
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La calle Spaccanapoli atraviesa el
centro histórico de Nápoles. Fue una “plateiai” griega y el “decumano inferior”
romano (aunque fue ampliada en anchura y longitud en los siglos posteriores)
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También la dotarían de los equipamientos propios de las grandes ciudades
(teatro, circo, termas, etc.) y la envolvieron en unas poderosas murallas para
protegerla de eventuales ataques (mejorando y ampliando las defensas griegas
preexistentes). Además, la bondad del clima de la región de la Campania y el
prestigio de Neapolis como centro de
irradiación cultural convertiría el entorno de la ciudad en destino favorito de
las clases altas romanas que edificarían allí sus villas de recreo.
Un hecho relevante sería la oficialización del cristianismo a partir del
Edicto de Milán del año 313. Hasta entonces, Neapolis había albergado una importante comunidad oculta en
catacumbas y con personajes relevantes como el obispo Jenaro de Benevento que
fue decapitado en 305 y sería convertido en el patrono de la ciudad, San Gennaro (cuya sangre conservada se
licúa dos veces al año de manera inexplicada). Los cristianos liberados de las
persecuciones comenzarían a levantar templos modestos que serían el germen las
posteriores iglesias que determinarían el futuro arquitectónico de la ciudad.
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El teatro romano de Neapolis, conservado
(fusionado) de una forma un tanto particular.
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En aquel tiempo se produjo una paradoja identitaria porque Neapolis (que llegaría a ser rebautizada
como Colonia Aurelia Augusta Antoniniana
Felix Neapolis) fue la más griega de
las ciudades romanas y a su vez la más romana de las urbes helenas.
Nápoles “bárbara” y bizantina.
La caída del Imperio Romano dio paso al reino de Odoacro que, en el año 493,
acabaría siendo dominado por los ostrogodos quienes constituirían su propio
reino peninsular. Años después, en el año 568, llegarían los lombardos (o
longobardos) iniciando su conquista y formando el Reino Lombardo, que se mantuvo hasta el año 774 (aunque el lombardo
ducado de Benevento lograría sobrevivir a esa fecha).
Pero el control peninsular lombardo no fue total debido a la resistencia del
Imperio Bizantino que mantuvo ciertas posiciones estratégicas (Nápoles entre
ellas). Los bizantinos se hicieron con el control de la costa napolitana,
llegando a instituir un estado que, aunque vinculado al imperio dentro del
Exarcado de Rávena, tendría una gran autonomía: el Ducado de Nápoles. El ducado sería constituido formalmente en el
año 661 y tendría una vigencia de casi cinco siglos, hasta que cayó en poder de
los normandos en 1137. A pesar de su longevidad, su existencia fue muy
turbulenta e inestable debido a los continuos ataques, cuestión que impidió la
consolidación y el avance de las ciudades. No obstante, en aquella época,
Nápoles era ya una ciudad notable. Se calcula que su población rondaría entre
los 30.000 y 35.000 habitantes.
Dentro del recinto heredado, sería la arquitectura religiosa paleocristiana,
la que aprovechando y mejorando las modestas iglesias iniciales, iría modificando
la imagen interior de la ciudad (aunque las remodelaciones continuarían, sobre
todo durante el barroco, hasta ofrecer el aspecto actual). Entre estas cabe
destacar las basílicas de San Gennaro fuori le mura, la de San
Giorgio Maggiore (levantada a finales del siglo IV y reconstruida a
mediados del XVII), la de San Giovanni Maggiore (324,
reconstruida tras el terremoto de 1635) o las iglesias de los Santi Apostoli (año 468, muy
transformada en la primera mitad del siglo XVII) y Santa Maria Maggiore alla
Pietrasanta (cuyo edificio inicial data del siglo VI mientras que el
actual es de la segunda mitad del XVII).
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Nápoles. San Giovanni Maggiore
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Nápoles normanda (y germana).
Los normandos, pueblo guerrero vikingo procedente del norte de Europa (de
ahí su apelativo, “hombres del norte”), fueron estableciendo posiciones más
allá de sus lugares de origen, como la ocupación de Inglaterra o Francia
(Normandía).
Estos llegaron al Mediterráneo como mercenarios al servicio de lombardos y
bizantinos, apoyando a uno u otro bando en sus continuas batallas entre ellos y
contra la amenaza de los musulmanes. Pero su fuerza les llevó a establecer su
propio estado, derrotando a sus clientes iniciales. Así los recién llegados
acabarían constituyendo el Reino de
Sicilia, un territorio peculiar, con una parte insular (Sicilia) y otra
continental (el sur de la península itálica). La capitalidad estuvo en Palermo,
ciudad del norte siciliano, mientras que Nápoles permanecería como una ciudad
notable, pero secundaria.
Los normandos protegerían Nápoles levantando en 1128, en la isla Megaride, sobre
la antigua villa de Lucio Licinio
Lucullo, el Castel dell’Ovo y también entre 1140 y 1160 al final de la Via dei Tribunali, el Castel
Capuano (cuyo nombre procede de la Porta
Capuana, de la que partía el camino hacia Capua).
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Castel dell’Ovo, construido por los
normandos, aunque muy reformado durante los siglos posteriores.
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La influencia noreuropea tendría una continuación con la llegada de los
germanos suabos, personificados en la figura de Enrique VI (miembro de la
dinastía Hohenstaufen), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que se
convertiría en rey de Sicilia en 1194, gracias a su matrimonio con Constanza de
Sicilia, hija y heredera del último rey normando Roger II. Este hecho suponía
la incorporación de los territorios del sur peninsular a los dominios
imperiales y propició un fuerte enfrentamiento con el Papado.
Los suabos potenciarían Nápoles (creando, por ejemplo, su universidad o
mejorando sus defensas) pero la supeditación a Palermo, la capital, retrasaría
el despegue de la ciudad, cuestión que acabaría ocurriendo con la llegada de
una nueva dinastía, en este caso francesa.
Nápoles francesa (el periodo angevino): el gótico napolitano.
En 1265 llegarían los franceses. Carlos de Anjou, el hermano menor del rey
de Francia, Luis IX (San Luis), Conde de Provenza por matrimonio en 1246,
comenzó a ampliar sus territorios y con el apoyo del Papa, derrotó a los
últimos representantes de la dinastía Hohenstaufen. Carlos se convirtió en
Carlos I, rey de Sicilia, dando origen a la dinastía denominada Anjou-Sicilia.
Pero el rey acabaría siendo expulsado de la isla en 1282 (con las denominadas “Vísperas
sicilianas”) quedando esta bajo el control de la Corona de Aragón. No obstante,
lograría mantener el reino en la península meridional, donde su hijo, Carlos II
fijó la nueva capital del reino en Nápoles.
Durante el periodo de la dinastía Anjou (conocido como periodo angevino) la
ciudad creció, aumentando su predominio sobre el territorio, incorporando
además a las poblaciones cercanas. También consolidó su representatividad con
una nueva arquitectura que bebía en las
fuentes del gótico francés (el origen de la dinastía) e integraba elementos
griegos y árabes en una mezcla original. En esta época surgirían edificios como
las basílicas y conventos de Santa Chiara
y San Lorenzo Maggiore, o las
iglesias de Santa Maria Donnaregina
Vecchia, Santa Maria Incoronata, San Domenico Maggiore y, sobre todo, la
nueva Catedral (Duomo)
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El Duomo, representante de una de
las nuevas fusiones estilísticas de la ciudad: el gótico napolitano.
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Nápoles sería así la joya de la corona de la dinastía Anjou. A los notables
edificios religiosos también se le sumarían otros civiles. Especialmente
significativa sería la construcción de una nueva residencia real, el Castel
Nuovo o Maschio Angioino que se sumaría a los dos castillos anteriores
(Castel Capuano y Castel dell’Ovo). El nuevo castillo
pondría de manifiesto las tendencias afrancesadas y simbolizaría el
asentamiento de la nueva dinastía. Habría, además, una cuarta fortaleza, el Castel
Sant’Elmo (1329-1343), que se levantaría sobre una de las colinas que
dominan la ciudad.
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El Castel Nuovo, construido como residencia
real de la dinastía angevina (su imagen actual corresponde a la transformación profunda
que realizaron los aragoneses en época renacentista)
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Nápoles, aupado por la prosperidad de su puerto, fue un hervidero
cosmopolita de mercaderes de diferentes procedencias, genoveses, florentinos,
provenzales, que residían en barrios separados dentro de los cuales
construyeron sus almacenes o sus iglesias importando los estilos de sus lugares
de origen. La frenética actividad comercial obligó a la construcción de un
nuevo puerto, el denominado Porto di
mezzo (situado en el entorno de la actual Piazza Giovanni Bovio) y de un nuevo arsenal.
Pero la amenazante presencia de los aragoneses en Sicilia acabaría dando
fin a los angevinos y la impronta francesa daría paso a una nueva etapa para
Nápoles, un periodo de influencia española que la llevaría a convertirse en una
de las grandes capitales europeas.
(Segunda Parte)
(Segunda Parte)











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