18 abr. 2020

El símbolo del paso en la ciudad histórica (2. Puertas urbanas)


La ciudad actual no tiene puertas urbanas, aunque conserve algunas históricas que han perdido su función original y han quedado como testimonio monumental del pasado. En la imagen Puerta de San Vicente, en Madrid.
Nos estamos aproximando al símbolo del paso en la ciudad histórica mediante un artículo con tres partes. Tras profundizar, en la primera, sobre sus claves conceptuales y formales, continuamos el recorrido analizando su materialización en casos concretos.
Comenzamos en esta segunda parte con las puertas urbanas, especialmente con las integradas en las antiguas murallas, defensivas, fiscales o políticas, que señalaban con rotundidad el límite entre el recinto interior de la ciudad, con sus derechos y obligaciones; y el mundo exterior, más o menos natural, porque muchas veces aparecían arrabales extramuros espontáneos, donde los fueros no tenían vigencia. Las puertas eran el punto de comunicación, manifestando la esencia del paso, pero se veían condicionadas, formal y funcionalmente, por requisitos militares, de control e inspección y también de representatividad.
Las ciudades actuales no tienen puertas, al menos como las antiguas. No obstante, algunas de aquellas puertas exteriores han logrado traspasar el tiempo, aunque relevadas de su misión original, y permanecen como monumentales testimonios de las generaciones que nos han precedido. Dejaremos para la tercera parte los Arcos de triunfo.

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La ciudad actual no tiene puertas (al menos como las antiguas).
En las antiguas urbes, las murallas fueron defensivas, fiscales o políticas, señalando con rotundidad el límite entre el recinto interior urbano, con sus derechos y obligaciones, y el mundo exterior, más o menos natural, porque muchas veces aparecían arrabales extramuros espontáneos, donde los fueros de la ciudad no tenían vigencia. Las puertas eran el punto de comunicación, manifestando la esencia del paso, pero se veían condicionadas, formal y funcionalmente, por requisitos militares, de control e inspección y también de representatividad.
Las ciudades actuales no tienen puertas, al menos como las que se integraban en aquellos muros pretendidamente inexpugnables. En nuestras ciudades, no hay un borde concreto, no hay una línea ni un punto que indique con precisión esa transición interior-exterior. El espacio de la ciudad aparece paulatinamente, gracias a la presencia de ciertos elementos característicos de la “urbanización” (como pavimentaciones o mobiliario principalmente) y, por supuesto, de la edificación. Pero esta vaguedad demarcativa tampoco resulta muy definitoria porque la ciudad contemporánea integra lugares más o menos afirmados urbanísticamente con otros suelos no consolidados, en un continuo de extraordinaria heterogeneidad.
No hay puertas exteriores ni murallas (salvo algunas notables excepciones) porque lo que separaban aquellos elementos, hace tiempo que perdió su sentido. Ya no hay necesidades defensivas, ni tampoco registros tributarios, ni tan siquiera hay que fijar los límites para la aplicación de unos fueros que requieran distinguir entre el adentro y el afuera. Los avances sociales en cuanto a organización y sistemas de control, la evolución de las técnicas de guerra, los nuevos planteamientos políticos, económicos y comerciales y la presión demográfica que constreñía a una población en incesante aumento hacinada en un interior sin capacidad de crecimiento, acabaron por forzar el derribo de las murallas limitantes. El siglo XIX fue la centuria donde se produjeron la gran mayoría. Cayeron muros y puertas que quedaron para el recuerdo, gracias a dibujos, grabados y alguna fotografía, así como a la traza urbana, cuya estructura muchas veces indica con claridad la situación tanto de las cercas desaparecidas como de sus puntos de acceso. Pero no todas las murallas fueron derribadas, en algunos casos se conservaron ciertos tramos, incluso se mantuvieron puertas que siguen funcionando como tales, con cierta incidencia en el funcionamiento de la red de circulación, aunque ahora no se cierren nunca. Con la desaparición de los muros tampoco se abatieron todas las puertas y muchas ciudades las protegieron, aunque relevadas de su misión original.
Algunas antiguas puertas de las murallas conservadas se han transformado en el foco, central pero lejano, de glorietas que están dominadas por el tráfico rodado. En la imagen la Puerta de Toledo, en Madrid.
Además de estas puertas exteriores que han traspasado el tiempo y permanecen como monumentales testimonios de las generaciones que nos han precedido, en nuestra ciudad moderna puede haber puertas interiores. Son la consecuencia de la existencia de recintos cerrados que las reclaman, en algunos casos por operatividad (formando parte de vallados que requieren controlar accesos, como sucede, por ejemplo, en algunos parques o en ciertas comunidades privilegiadas económicamente, del tipo de las denominadas gated communities) y en otros por simbolismo (para magnificar un espacio urbano o algún edificio del mismo). También la ciudad antigua las tuvo, basta pensar en las encerradas juderías, cuyas puertas tenían su apertura regulada por horarios.
La ciudad actual tiene puertas urbanas “interiores”: entrada a la urbanización de lujo “La Finca” en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
La forma física básica de la Puerta.
La esencia formal de la Puerta es un hueco en una superficie compacta que ejerce de barrera, perforado al nivel de la marcha y que puede abrirse o cerrarse. El vano de la Puerta está conformado constructivamente por tres piezas que lo recercan (una de las cuales se repite):
el umbral, es la parte inferior del hueco de la puerta, muchas veces explicitado por una pieza que se empotra en el suelo y que recibe ese nombre. La importancia del umbral le lleva a disponer de su propia simbología como quintaesencia de la transición. Por eso llega a superar su realidad de pieza encastrada para identificar una imaginaria y etérea membrana que separaría los ámbitos aislados por la puerta. Hasta el punto de que puerta y umbral son utilizados, a veces, como sinónimos.
• También resultan muy relevantes desde el punto de vista formal las dos piezas verticales que flaquean el paso y que reciben el nombre de jambas (la pareja inseparable). Desde la prehistoria, cuando dos menhires indicaban el punto de transición; pasando por las columnas clásicas que señalaban lo mismo; las jambas, derecha e izquierda según se mire, son las que marcan con mayor rotundidad el punto del paso. Ahora bien, en ocasiones, estos pilares laterales se desdibujan siendo las jambas solamente el remate aparejado del muro/muralla interrumpido por la puerta.
el último elemento es el dintel. Es la pieza superior que se apoya en las jambas y es el contrapunto del umbral. Su papel es soportar el peso del muro que queda por encima de la puerta. Si no hubiera muro su papel se relativiza y puede llegar a no existir, en cuyo caso, las jambas seguirían indicando el paso. No obstante, el esquema más elemental de una puerta lo incluye (dos líneas verticales y una horizontal superior uniéndolas, sin umbral, para indicar el paso abierto; porque si se cierra por debajo con otra línea, suele interpretarse como otro tipo de hueco: la ventana). El dintel puede ser una pieza horizontal pero también un arco que nace desde las jambas.
La puerta de acceso al aljibe subterráneo de la Alcazaba de Mérida muestra los elementos fundamentales que conforman el hueco: las jambas laterales (labradas con motivos vegetales), que soportan el superior dintel de piedra, y debajo, el umbral, la pieza encastrada en el suelo, también de piedra.
Pero el hueco solo indica la posibilidad de la puerta y aunque podría resultar suficiente, tendríamos una puerta abierta permanentemente, lo cual puede no ser admisible. Por eso, suele requerirse el complemento de una serie de piezas que dan la opción de abrir y cerrar. Estas son esencialmente tres, aunque sus variantes y complementos puedan ser casi infinitos:
La hoja, que es el panel que impide el paso cuando la puerta se encuentra cerrada. Su fisicidad abarca casi todos los materiales (puertas de madera, de vidrio, de tela, de hierro, de piedra, etc.), admitiendo mezclas de los mismos. De ahí se deducen otras características como su grado de opacidad, que puede ser total o permitir la máxima transparencia (con vidrio, por ejemplo); su conformación, en una hoja, dos hojas, enteras, partidas, que cierren todo el hueco o que lo hagan parcialmente; o su construcción, como piezas completas o ensambladas. Y, por supuesto, hay que recordar que las hojas ofrecen una superficie para recibir cualquier acabado decorativo, cuestión que será importante en términos de comunicación simbólica.
El mecanismo, que es el sistema de apertura y cierre. Para impedir el paso, la hoja de la puerta puede ser corredera, deslizándose por unas guías, sea horizontal o verticalmente; abatible, girando sobre unos goznes que igualmente pueden rotar la hoja sobre un eje vertical (que contendría las bisagras y que es lo más usual) u horizontal (algo que sucedía en las puertas medievales que caían para convertirse en puente sobre un foso, una imagen magnífica que une puerta y puente en una fusión de dos símbolos de transición espacial; o también podría levantarse convirtiéndose en una visera). El funcionamiento de los mecanismos admite igualmente muchas opciones, sobre todo en función del tamaño y peso de las hojas, desde accionamiento manual, con mayor o menor esfuerzo, hasta mecánico, con poleas, eléctrico, etc.
La cerradura, el elemento que garantiza que, una vez que la hoja sella el acceso, su reapertura ocurra únicamente cuando sus dueños lo requieran. En general, los cierres presentan innumerables alternativas, desde travesaños hasta cerrojos que sujetan la hoja a las piezas inmóviles del hueco (habitualmente a las jambas) mediante pasadores deslizantes que imposibilitan que se abra temporalmente. Los sistemas de apertura son también muy variados, desde llaves hasta opciones tecnológicas de lo más variado (huellas digitales, reconocimiento facial o de iris, etc.).
Algunas puertas muestran sistemas de cierre muy particulares como las que su hoja se transformaba al abrirse en un puente. En la imagen la puerta levadiza del Castillo de Javier en Navarra.
Hay otros muchos accesorios que completan la elaboración de puertas, pero son menos sustanciales (como llamadores, mirillas, agarradores, etc.)

Consideraciones para una categorización tipológica de “puertas urbanas”
En las urbes antiguas, la entrada era uno de los lugares más importantes. Entonces, las murallas tenían una misión defensiva y ese punto era muy delicado por su eventual vulnerabilidad. Cuando los límites urbanos dejaron de justificarse por las guerras y comenzaron a hacerlo por cuestiones tributarias o de representatividad, la estructura y jerarquías urbanas cambiaron. Las vías que acometían a las puertas se convirtieron en principales, con los beneficios económicos que esa condición solía conllevar. Todo ello, fuera defensa, control o representatividad, magnificó esos elementos de acceso que, además, solían verse acompañados por gestos arquitectónicos para señalarlos y composiciones urbanas para encauzar adecuadamente los tránsitos hacia ellos (el acceso, y todo lo que conlleva la noción de entrada -de Puerta-, sigue siendo en la actualidad una clave compositiva fundamental en los proyectos arquitectónicos)
Atendiendo a las puertas integradas originalmente en una muralla (aunque esta pueda no existir en la actualidad) podemos observar una evolución en sus funciones y en sus formas, cuestiones que se encuentran estrechamente relacionadas y que permiten establecer modelos genéricos. Así, enfocando el tema desde la función, el desarrollo arranca del cumplimiento estricto del cometido inicial (control de acceso, incluyendo la defensa) para ir incorporando paulatinamente otros (inspección de mercancías, aduana, cobro de aranceles y tributos, etc.) hasta llegar a asumir tareas más representativas que buscaban expresar la prosperidad o el poder de la ciudad (utilizando la propia puerta o la parte del muro que se encuentra sobre el dintel). Puerta y muro superior actuaban en estos casos como un soporte para la comunicación, materializada por la escultura, con relieves y hornacinas que incluían desde simples motivos decorativos o simbólicos a escudos heráldicos, efigies o narraciones de acontecimientos, apareciendo como un “retablo” de piedra (este tema ya fue tratado en un artículo anterior de este blog sobre las fachadas como “libros de piedra”). Aunque todo ello, sin renunciar, por supuesto, a sus fundamentos operativos.
Puertas-Fachadas como libros de piedra: de izquierda a derecha, Colegio de San Gregorio (Valladolid); Iglesia de San Pablo (Valladolid); y Universidad de Salamanca.
Estos cambios funcionales tuvieron consecuencias estilísticas y formales. Desde un enfoque más relacionado con la forma apreciamos el progreso desde los casos más simples, integrados en el muro sin énfasis especial, hasta los más complejos, en los que la puerta se convierte en una escultura monumental o en un edificio complejo que articulaba el exterior y el interior urbano, con una gran complejidad para poder cumplir con las funciones asignadas.
Con todo, realizamos un primer intento de categorización de las puertas urbanas históricas. Planteamos cinco modelos vinculados a murallas y un sexto grupo con otras puertas urbanas sin relación con los muros defensivos.
Modelo 1. Puerta discreta
La primera categoría propuesta agrupa puertas discretas, que aparecen con humildad, sin signos de relevancia y que dan la sensación de que podrían haberse ubicado en otra parte del muro. No hay torreones, ni detalles arquitectónicos, sino simplemente la presencia de un hueco en un muro para poder conectar el exterior y el interior. Incluso en ciertos casos, la terminología les negó la denominación de puertas, otorgándoles otros nombres, como postigos, arcos, portalones, etc. que indicaban su carácter subsidiario frente a las principales. Eran entradas y salidas accesorias, algunas abiertas por iniciativa privada conforme se fue relajando la exigencia del control de ingreso en las ciudades.
Las muestras son numerosas, como apreciamos en las murallas conservadas de Almazán, Daroca o Soria. Una de las que más sorprende por su discreción es el Arco de la Estrella en Cáceres, la entrada más tradicional a la ciudad monumental desde la plaza mayor. Aparece como una simple perforación en la muralla, sin más énfasis. Aunque es cierto que la escalinata por la que se accede desde la plaza contigua magnifica notablemente el acceso. La formalización actual es del siglo XVIII presentando un arco rebajado de gran amplitud y esviado para facilitar el giro de los carruajes que llegaban por la vía que acompañaba a la muralla. Solamente en el interior, una hornacina con la figura de la Virgen de la Estrella indica la importancia del lugar.
Ejemplos de puertas discretas: de arriba abajo, muralla de Almazán, muralla de Daroca (foto del archivo de Paco Bueno), muralla de Soria y el Arco de la Estrella en Cáceres, la entrada tradicional a la ciudad monumental.
Modelo 2. Portada entre torreones
La primera necesidad que debieron solucionar las puertas de las murallas era mantener la invulnerabilidad en ese punto, cuyo hueco debilitaba las defensas. Por eso, al margen de la fortaleza de los cierres o de la dificultad de acceso, por ejemplo, con fosos y puentes levadizos, las puertas se comenzaron a acompañar de construcciones poderosas para proteger ese lugar tan estratégico y delicado. El modelo más habitual muestra una portada enmarcada entre dos grandes torres. Cuando los requisitos defensivos declinaron y apareció el deseo de representar, este tipo de puerta se adecuó perfectamente prestando para ello la parte de muro situada sobre el acceso.
Podemos reconocer este primer caso en diferentes épocas. Del periodo medieval son la Puerta de la Santa de Ávila (flanqueada por torres prismáticas) o la Puerta de Serranos de Valencia (o Torres de Serranos por las imponentes escoltas poligonales de la portada). Igualmente responde al tipo, aunque con estilo renacentista, la monumental puerta conocida como Arco de Santa María en Burgos, construida para homenajear al emperador Carlos V. Otra muestra muy significativa del Renacimiento es el imponente acceso principal al Castel Nuovo de Nápoles, remodelado a instancias del rey aragonés Alfonso V (que instaló allí su Corte para gobernar la Corona de Aragón), con la portada flanqueada por las dos torres circulares angevinas preexistentes.
Muestras de portada entre torreones. De arriba abajo: la Puerta de la Santa en Ávila con torres prismáticas; el Arco de Santa María de Burgos; las Torres poligonales de Serranos en Valencia; y los torreones cilíndricos que enmarcan el Arco de entrada de Castelnuovo en Nápoles.
Modelo 3. Puerta-Torre
En algunos casos, las torres dejan de escoltar la entrada y se “fusionan” en una sola que integra la puerta. El modelo ofrece variantes interesantes, como los casos de acceso lateral, en el que el sendero que llega a la ciudad discurre en su último tramo junto al a muralla y la torre sobresale de la alineación para interrumpirlo y albergar la puerta enfrentada al camino. De esta manera, la entrada no es directa, sino que obliga a un giro (recodo) con propósito defensivo. Como ejemplos pueden citarse desde uno sencillo: el Portal de Daroca en Teruel; hasta otro bastante complejo: la Puerta de la Justicia de la Alhambra de Granada.
Otro tipo aparece cuando el camino apunta hacia la torre y la puerta, que se convierten en un fondo de perspectiva del mismo. Esta fue una técnica muy habitual en las ciudades centroeuropeas conocidas como “ciudades Zähringer” (a las que ya dedicamos un artículo en este blog). Las torres-puerta daban acceso a la multifuncional calle principal que servía de eje estructural a toda la ciudad. Son destacables la Torre del Reloj de Berna, la Zeitglockenturm que es el acceso occidental a la capital suiza, o las Martinstor y Schwabentor de Friburgo de Brisgovia, en la Selva Negra germana.
Ejemplos de puerta-torre. De arriba abajo: Puerta de Daroca en Teruel integrada en una torre que sobresale de la alineación y fuerza una entrada en recodo; Puerta de la Justicia de la Alhambra de Granada, frente y planta en la que se puede apreciar la complejidad del recorrido para acceder al palacio nazarí; torres de dos ciudades Zähringer, a la izquierda la Torre del Reloj de Berna y a la derecha la Martinstor de Friburgo de Brisgovia.
Modelo 4. Puerta-Edificio
Algunas puertas urbanas llegaron a ser auténticos edificios encastrados en la muralla. La mayor parte de estos casos, solían constar de dos cuerpos independientes, entre los que se situaba un patio-plaza de armas. De hecho, esas puertas suelen presentar dos caras muy distintas, la exterior ostentosa, solemne y grandiosa; y la interior, menos pomposa y teatral.
Un primer ejemplo, es la Puerta Nueva de Bisagra en Toledo. En su reconstrucción, realizada entre 1540 y 1576, participaron arquitectos tan relevantes como Alonso de Covarrubias. El volumen exterior, con sus dos torres almenadas flanqueando el arco central, podría pertenecer al caso ya referido anteriormente, pero es en realidad una construcción compleja con patio interior.
Las puertas-edificio monumentales tienen ejemplos tan espectaculares como la Buland Darwaza de Fatehpur Sikri, la fugaz capital de la India mogola. Esta “Puerta de la Victoria” o “Puerta Alta”, con sus 54 metros de altura, enfatizados además por la gran escalinata de acceso exterior, asombra a los visitantes.
Un caso muy interesante de puertas-edificio es el de las barrières de París, que le levantaron con la nueva muralla de París (que fue la sexta) construida entre 1784 y 1790 con el propósito de controlar el acceso de mercancías a la capital francesa y cobrar los aranceles oportunos. Por eso fue conocida como muro de los “fermiers généraux” (recaudadores de impuestos). Las barrières destacaron por su misión y por su formalización, que corrió a cargo de Claude Nicolas Ledoux (1736-1806), uno de los principales arquitectos neoclásicos. Fueron concebidas como unos nuevos propileos de acceso a la ciudad, con variadas y grandilocuentes composiciones. De las 55 previstas se construyeron 47 y, actualmente, solo quedan 4 en pie: la Barrière d’ Enfer, la Barrière du Trône, la Barrière de Chartres, que se encuentra en la entrada del Parc Monceau y la Barrière de Saint Martin, ubicada en la Place Strasbourg. Nos queda constancia gráfica de las desaparecidas, gracias a los grabados que J.L.G. Palaiseau realizó entre 1819 y 1820.
Muestras de Puerta-Edificio: de arriba abajo, Puerta Nueva de Bisagra, en Toledo, fachada exterior con su portada entre torreones y planta del conjunto; la entrada monumental a Fatehpur Sikri, Buland Darwaza (Puerta de la Victoria o Puerta Alta); Barrière de Saint Martin en París y grabados de algunas de las proyectadas por C. N. Ledoux.
Modelo 5. Puerta-Arco (y la multiplicación de pasos)
Por lo general, aunque las murallas podían tener varias puertas, estas solían presentar un único hueco de paso. Esto es habitual en las que tienen un origen más antiguo. No obstante, conforme los aspectos defensivos fueron perdiendo importancia en favor de las motivaciones fiscales, las puertas aumentaron su complejidad con más puntos de paso. Ese incremento de accesos se justificaba por la separación de tráficos, entre peatones, carruajes, carros con mercancías, pago de aranceles, etc. Se originó entonces un tipo de puerta con varios ojos y al ser proyectadas, los diseñadores miraron habitualmente a la referencia que ofrecían los arcos triunfales. En estos casos es difícil distinguir formalmente entre puerta o arco, al margen de la funcionalidad. Los pasos eran impares (uno, tres o cinco) para mantener la simetría.
Puertas como Arcos de triunfo encontramos en la Porte du Peyrou de Montpellier (con un hueco único que sustituyó a otra puerta anterior) o la Porte Désilles en Nancy (con tres huecos y con la particularidad de reunir la función de puerta de la ciudad con la de memorial por los soldados caídos en batalla). La complejidad operativa comentada amplió el número de pasos llevando a muestras más complejas como la Puerta de Alcalá de Madrid y sus cinco huecos. También ofrece un paso quíntuple la Puerta de Brandeburgo de Berlín, aunque aquí la motivación de su fantástico pórtico fue más representativa que funcional.
La fusión entre Puerta urbana y Arco triunfal generó un tipo de puerta que unía funcionalidad y representatividad. En la imagen de arriba abajo: Porte du Peyrou en Montpellier, arco de un ojo; Porte-Memorial Désilles, en Nancy, arco tripartito; Puerta de Alcalá, en Madrid y Puerta de Brandeburgo, de Berlín, ambas con cinco huecos.
Otros modelos de puertas urbanas no vinculadas a murallas
Una puerta se asocia a un recinto, aunque este puede ser un espacio abierto con indicaciones sutiles de sus límites, sin necesidad de que sea temporalmente infranqueable. Esto puede suceder en ciertos espacios urbanos, plazas o parques fundamentalmente. En estos casos, puede plantearse un acceso principal, monumental, cuya misión es enfatizar el acto de la entrada por ese punto, otorgando un carácter casi ritual que pretende potenciar la grandeza y representatividad deseada para el espacio en cuestión y también, en ciertos casos, potenciar desde allí la presencia de un determinado edificio que ejercería de foco.
Una muestra muy significativa es la plaza de San Pedro del Vaticano en Roma, demarcada por la extraordinaria columnata de Bernini que se interrumpe en la conexión con la Via della Conciliazione, remarcando extraordinariamente la entrada y la perspectiva del templo (aunque la idea original fue diferente). La apertura no es una puerta en sentido estricto, pero es una Puerta en pleno rendimiento simbólico.
Otras muestras diferentes pueden ser la soberbia entrada al Parque del Cincuentenario de Bruselas o el impresionante Arco de la Plaza del Comercio de Lisboa que da paso a la Baixa de la capital portuguesa desde el puerto fluvial del río Tajo.
Con una intención más pragmática (por la posibilidad de cierre) aparecen puertas de parques y jardines públicos entre las que cabe destacar las elaboradísimas y artísticas verjas que definen las esquinas de la Place Stanislas de Nancy, una de las cuales es la entrada al Parc de la Pépinière.
No todas las puertas urbanas están vinculadas a las murallas. Hay muestras de puertas especiales que se abren a espacios urbanos singulares, como en Roma, con la columnata de Bernini en la plaza de San Pedro del Vaticano, cuya apertura ejerce un papel similar a una puerta en ausencia; debajo, la monumental entrada al Parque del Cincuentenario de Bruselas; sigue el Arco de la Plaza del Comercio de Lisboa y una de las puertas-verja que definen las esquinas de la Plaza Stanislas de Nancy.

Un caso singular: las “puertas del cielo” dentro de la ciudad (portadas de iglesias y templos)
Hemos prestado nuestra atención a las puertas urbanas, exteriores o interiores, pero la ciudad tiene otras muchas puertas arquitectónicas, que proporcionan acceso a las edificaciones. La mayoría separan el mundo público del privado (entendiéndolos tanto desde el punto de vista del uso como de la propiedad). Dependiendo de las culturas, su importancia y su formalización es muy diversa, particularmente en los edificios públicos y palacios, que disponen de portadas grandilocuentes y representativas, hecho que no sucede con la mayoría de las construcciones residenciales que no buscan esa función distintiva.
Son destacables unas puertas arquitectónicas muy concretas, que van más allá de la salvaguarda del patrimonio, de la seguridad o de la intimidad. Son las puertas de los lugares de culto que, en función del carácter que tenga el espacio sagrado (desde ser lugar de reunión de fieles hasta residencia divina), cumplen su papel con mayor o menor intensidad. Nos interesan en particular, las portadas de las iglesias cristianas. Su singularidad radica en que separan “mundos” totalmente diferentes: afuera, en la ciudad queda el mundo terrenal, cotidiano y profano de los humanos; adentro, el mundo celestial, extraordinario y sagrado de la divinidad. Esta conexión entre la realidad ordinaria y la trascendencia supone una transición fundamental para los creyentes. En consecuencia, la consideración de los templos cristianos como la Casa de Dios convierte a sus accesos en “puertas del cielo”, que estaban dotadas de un poderoso simbolismo (siendo analizadas en otro artículo de este blog).

En el interior de la ciudad hay puertas arquitectónicas muy trascendentes como las entradas a los templos cristianos, presentadas como “puertas del cielo” al señalar, con un poderoso simbolismo, la transición entre el espacio exterior profano y el interior sagrado. En la imagen, Nôtre-Dame de París.


Tercera parte: Arcos de Triunfo



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