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El doble símbolo de Bélgica, el león flamenco y el
gallo valón, escenifica el conflicto de identidad del país.
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Hay quienes
ven en Bélgica una identidad incierta, extraviada por las influencias
francesas, holandesas o alemanas. Pero otros creen lo contrario, interpretando
que Bélgica y Bruselas, su capital, expresan con inusitada nitidez la esencia
de la nueva Europa, un continente multifacético, donde confluyen culturas muy
diversas, procedentes también de otras partes del mundo.
A lo largo de
la historia el territorio belga ha sido escenario de disputas entre grandes
fuerzas europeas, siendo obligado a bascular entre posiciones antagónicas. Su
capital, Bruselas ha reflejado esas tensiones y los deseos de superarlas. Esa
búsqueda incesante de un equilibrio tan delicado, crearía una vocación de
mediación y consenso, que potenciaría
la estratégica posición de la ciudad y le permitiría convertirse en la “capital
oficiosa” de la Unión Europea.
Bruselas es una amalgama cultural,
lingüística, geográfica, social, religiosa, con fuertes tendencias “bipolares”,
entre valones y flamencos, a los que se une, en la actualidad, una importante
población musulmana. Nos
aproximamos a las circunstancias históricas de ese territorio y a la evolución
de su capital desde la creación de Bélgica en 1830, con el objetivo de comprender
un poco mejor sus conflictos identitarios.






