El contraste
entre los cascos antiguos de las ciudades y sus crecimientos modernos es algo
habitual. Esto está plenamente justificado porque responden a modelos urbanos derivados
de las necesidades de sociedades muy diferentes. La estimación que reciban unos
u otros es una cosa bien distinta.
Algunas
ciudades poseen centros históricos muy valorados junto a extensiones
posteriores que no están a la altura de la herencia recibida. En ciertos casos,
esa oposición alcanza un grado máximo, como ocurre en Alcalá de Henares. Esta
ciudad tuvo unos orígenes muy dubitativos porque fue dando saltos entre
diferentes ubicaciones hasta encontrar el solar definitivo. Su localización
geográfica explica estos vaivenes iniciales, como también justifica las
sacudidas que convirtieron una “villa-santuario”
en una “villa-academia” y que
hicieron mutar una “ciudad universitaria”
en “ciudad obrera”. Todo esto se manifiesta
en la disparidad existente entre la Alcalá
renacentista, sofisticada y monumental, que se encuentra incluida en la
lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y la Alcalá desarrollista producida durante las décadas de 1960 y 1970, monótona
y vulgar.
Analizar todas
estas incongruencias urbanas nos permite comprender esta ciudad tan particular y,
de paso, acercarnos a algunos de los momentos definitorios del urbanismo
español.






