El espacio de las ciudades queda contenido por las fachadas
de los edificios, que actúan como reguladoras de la relación entre los
interiores arquitectónicos y los exteriores urbanos. Evidentemente, sus diferentes
planteamientos resultan trascendentales para los espacios públicos. Esta
circunstancia siempre ha motivado intensos debates acerca de si la arquitectura
debía manifestar en su “epidermis” las funciones que alberga.
Paseando por la ciudad encontramos soluciones de todo tipo y
podemos descubrir casos excepcionales en los que las fachadas retienen la mirada del espectador y le cuentan historias.
Vamos a dirigirnos a París para analizar un ejemplo. Desde luego, el flâneur que vaga por las calles de la
capital francesa puede disfrutar de un amplio muestrario, pero en este artículo
vamos a destacar un caso especial: la fachada
sur del Palais Garnier, la principal
de la gran Ópera histórica parisina. Ese alzado cuenta con una profusión de
esculturas, algunas de ellas de gran nivel, que narran la razón del edificio y
su particular visión sobre el mundo de la música y de la ópera.






