1 dic 2020

Delimitaciones sin muros (aparentes): del henge primitivo al sutil ha-ha ilustrado.

Hay delimitaciones que conjugan la barrera efectiva con la continuidad visual sin muros aparentes. Ha-ha en Rousham Garden, Oxfordshire, Gran Bretaña [Fuente: Jack Wallington Garden Design]

Vamos a aproximarnos a dos casos con ciertas similitudes en su operatividad que se encuentran muy distanciados en el tiempo, aunque están cercanos en el espacio. El primero fue una práctica neolítica, característica del sur de Gran Bretaña, basada en la excavación de zanjas y la creación de terraplenes contiguos siguiendo trazados circulares u ovalados: los henge. El segundo surgió varios milenios después, en el siglo XVIII, también en Inglaterra. Fue un curioso sistema inventado para los jardines paisajistas ingleses que pretendía marcar los límites de tal forma que pasaran desapercibidos desde el interior: los ha-ha.
El muro es el paradigma de la delimitación espacial, pero antes de que estas barreras se convirtieran en el recurso habitual para determinar recintos urbanos, otros procedimientos cumplieron misiones similares. Por ejemplo, los hombres primitivos, con tecnologías elementales y obligados a contar solamente con los recursos del entorno, definieron lugares por medio de sencillos movimientos de tierra, aunque las delimitaciones sin muros no son una cuestión exclusiva de la Prehistoria.

 

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Delimitar sin muros.

El muro es el paradigma de la delimitación espacial, pero antes de que estas barreras se convirtieran en el recurso habitual para determinar recintos urbanos, otros procedimientos cumplieron misiones similares. Por ejemplo, los hombres primitivos, con tecnologías elementales y obligados a contar solamente con los recursos del entorno, definieron lugares por medio de sencillos movimientos de tierra. En algunos casos, estas demarcaciones eran poco más que desbroces insinuadores de bordes y estaban lejos de ofrecer la rotundidad de las murallas futuras, pero se convirtieron en las expresiones iniciales de los cercados acotadores.

Delimitar espacios, fue una de las necesidades de los primeros grupos humanos cuando decidieron asentarse en un lugar con intenciones de permanencia. El lugar acotado, separado del resto de la naturaleza, se convertiría en su nuevo mundo. Con esa intención buscaron inicialmente algún entorno natural que reuniera las características exigibles, pero cuando no lo encontraban se veían obligados a utilizar el ingenio para hacerlo realidad artificialmente.

Entre los asentamientos ancestrales que aprovecharon las oportunidades ofrecidas por la naturaleza estuvieron las localizaciones en cuevas, en cerros de acceso controlable, en claros de bosques (quizá algo retocados por tala) y también en islas fluviales, que ofrecían la ventaja de disponer de límites muy claros al quedar el terreno circunvalado por los brazos del río. Esta última situación proporcionaba el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, pero el aislamiento, muy propicio para la protección del grupo, tenía el inconveniente de la dificultad de comunicación cotidiana con las riberas. Antes de que la técnica posibilitara la construcción de puentes permanentes quedaba la opción de utilizar barcas, fuera como trasbordador o como piezas que se unían para formar puentes flotantes provisionales. No obstante, esta ubicación insular fue un privilegio escaso porque además de que había pocas adecuadas, era imprescindible que los ríos tuvieran regímenes moderados, sin crecidas que arrasaran todo lo que encontraran a su paso y fueran un peligro más que una oportunidad. Entre las ciudades que tuvieron su origen en una isla fluvial pueden citarse París, Berlín o Venecia, cada una con sus circunstancias.

Cuando la naturaleza no ofrecía una solución directa, o era difícil encontrarla, hubo que activar el ingenio humano. Las preparaciones comenzarían con modestia, como los primitivos movimientos de tierras, que se reducían a desbrozar, excavar o terraplenar; pero, con el tiempo, se constituirían sistemas de gran complejidad con murallas impresionantes de geometrías asombrosas o diques espectaculares con tecnologías muy sofisticadas. El concepto defensivo de las islas fluviales, es decir, un anillo acuático que rodeaba el recinto, sería el más recreado en las construcciones artificiales a lo largo de la historia (sobre todo medieval), aunque esa imagen defensiva se instaló muy pronto en las primeras comunidades humanas, que se protegieron con fosos perimetrales, aunque no dispusieran de agua.

En esta línea, vamos a aproximarnos a las delimitaciones sin muros, mostrando que no son una cuestión exclusiva de la Prehistoria. Los dos casos presentados ofrecen ciertas similitudes en su operatividad y se encuentran muy distanciados en el tiempo, aunque están cercanos en el espacio. El primero fue una práctica neolítica, característica del sur de Gran Bretaña, basada en la excavación de zanjas y la creación de terraplenes contiguos siguiendo trazados circulares u ovalados: los henge. El segundo surgió varios milenios después, en el siglo XVIII, también en Inglaterra. Fue un curioso sistema inventado para los jardines paisajistas ingleses que pretendía marcar los límites de tal forma que pasaran desapercibidos desde el interior: los ha-ha.

Stonehenge estuvo delimitado por un henge del que se mantienen vestigios. [Fuente: ouchmonk.wordpress.com]

Los henge: una delimitación más simbólica que efectiva.

Unas de las construcciones más arcaicas relacionadas con la necesidad de establecer recintos bien definidos fueron los henge. Durante el Neolítico fueron una práctica desarrollada en las Islas Británicas y en Europa central (aunque los ingleses reclaman la paternidad del modelo)

Aquellas culturas primitivas disponían solamente de herramientas elementales y se veían obligadas a operar con los materiales existentes en los alrededores (la posibilidad de transporte de materiales de otras zonas iría apareciendo con el tiempo, aunque hay ciertos casos que todavía siguen sorprendiendo, como las piedras azules, bluestones, que llegaron a Stonehenge desde canteras situadas a 240 kilómetros). Por eso, las obras de transformación del entorno se debían limitar a operaciones elementales, poco más que excavar y apilar tierra o amontonar piedras en caso de contar con ese material.

El henge fue una de las más antiguas intervenciones en el paisaje para delimitar un recinto por medio del sistema básico de zanja y terraplén. Este sencillo movimiento de tierras era de saldo cero, porque todo lo resultante se reutilizaba y no se recibía nada del exterior de la zona de trabajo. Se lograba establecer un recinto dado que la excavación seguía una traza que se cerraba en sí misma, normalmente siguiendo una circunferencia. El material extraído se aprovechaba para acopiarlo en el lateral interior de la zanja, aunque hay algunos ejemplos en los que se amontó en el lado exterior. De esta manera se iba levantando una barrera cuya altura era la suma de la profundidad de la zanja y la elevación del montón de tierra contiguo. El trazado circular permitía ahorrar esfuerzos porque la circunferencia es el menor perímetro necesario para albergar una misma superficie, aunque a veces acababa siendo más o menos ovalado dadas las dificultades para conseguir precisión en aquellos tiempos.

Henge. Secciones esquemáticas

En algunos henge, las zanjas servían de cauce para agua procedente de un río cercano, recordando el modelo de isla fluvial y mejorando los requisitos de defensa. La figuración de este sistema, con sus fosos, fueran acuáticos o simples glacis vacíos, sería un antecedente para las poderosas murallas que se levantarían pocos siglos después.

El foso y el talud marcaban el terreno e impedían el acceso, sobre todo de animales, porque el sistema no era muy válido si se exigía defensa ante un eventual ataque enemigo. Las pendientes de excavación y terraplén, así como sus profundidades y elevaciones no solían ser muy pronunciadas y, en consecuencia, el resultado no resultaba muy efectivo para resguardar el interior de las embestidas de otros grupos humanos. Desde luego no ofrecían la protección de los muros verticales que llegarían tiempo después, fueran empalizadas de madera, cercados de piedra, de ladrillo o de tierra prensada. Por esta razón, los henge son menos habituales para asentamientos residenciales que para recintos dedicados a otras actividades. En la mayoría de los casos definían lugares sagrados y rituales. Por eso, la barrera es más simbólica que efectiva. En ciertos casos, estos recintos albergaron construcciones megalíticas espectaculares. El ejemplo más famoso es el crómlech de Stonehenge, en cuya denominación se relaciona la piedra (stone) con el sistema delimitador (henge).

Delimitación ha-ha en Raveningham Park, Norfolk, Gran Bretaña [Autor:  Evelyn Simak, Creative Commons]

Los ha-ha: una delimitación efectiva con continuidad aparente.

El jardín paisajista inglés no se lleva bien con los cierres rotundos. Las primeras propuestas de ese estilo se diseñaron en las grandes fincas que la aristocracia tenía en la campiña y pretendían aparentar ser lugares naturales que prolongaban a la auténtica naturaleza circundante, que llegaría así ininterrumpida hasta los palacios. Con esa aspiración, los límites patrimoniales rompían la “magia” de naturaleza continua entre exterior e interior.

Hay que tener en cuenta que un muro opaco supone una barrera vertical que explicita con rotundidad la frontera de los espacios, marcando un adentro y un afuera que quedan desconectados. El aislamiento es total. Privatización e intimidad son los dos requisitos principales que el muro ciego cumple a la perfección. Desde dentro se puede tener la sensación de reclusión mientras que desde el exterior se desconoce lo que sucede en el interior. Otro caso es el de las verjas que, con diferentes grados de transparencia, proporcionan una sensación menos radical. La posibilidad de visión a través de ellas reduce la sensación de clausura interior, pero su presencia mantiene la separación indudable entre el recinto y su entorno.

Ninguno de los dos sistemas servía para las pretensiones de los jardineros paisajistas porque muros y verjas pondrían de manifiesto que ese jardín interior era una escenografía que simulaba lo que no era. Pero, desde luego, era imprescindible cercar esos grandes jardines, no solo para evitar intrusos, sino también para que el ganado no pudiera acceder y destrozara los delicados diseños. La propiedad debía estar perfectamente delimitada y ser inaccesible desde el exterior, pero desde el interior no debía percibirse la indispensable barrera, garantizando una continuidad visual entre los dos ámbitos que mantuviera la ficción de continuidad física. Se buscaba la conjugación de intenciones contradictorias: continuidad y separación, y eso era aparentemente imposible.

Como solución, los artistas jardineros del siglo XVIII propusieron una ingeniosa y sutil manera de marcar límites sin que se notaran (desde dentro). Fueron los ha-ha, un sistema que recordaba en cierto modo a los henge prehistóricos. El invento lograba la cuadratura del círculo ya que ocultaba los vallados y permitía largas fugas visuales sin limitación aparente, con la sensación interior de espacio infinito, mientras que garantizaban la impenetrabilidad desde fuera. Los ha-ha son una barrera que proporciona la ficción de continuidad física entre el interior y el exterior al no interrumpir la conexión visual entre los dos ámbitos. Llevan al extremo el shakkei japonés, el “paisaje prestado”, que supone la apropiación visual del paisaje exterior que aparece tras los muros al quedar incorporado como fondo para la composición del jardín.

Ha-ha. Secciones esquemáticas
El sistema es sencillo, se trata de una excavación sin amontonamiento contiguo (o que se extiende por el terreno interior sin levantamiento explícito). Las zanjas suelen tener un lateral en pendiente relativamente suave y otro abrupto, en ocasiones marcado por un verdadero muro, que ejerce de barrera totalmente efectiva, aunque desde el interior se mantiene la apariencia de continuidad.

Sobre el esquema básico surgieron algunas variantes, que en ocasiones se apoyaban en el propio relieve previo para reducir los costes. Una es la va elevando paulatinamente el terreno interior con una pendiente ligera para acabar en un corte radical, como un acantilado de la altura de un muro. Esa pared sería la imagen y barrera desde el exterior. Otra opción excava o aprovecha ciertas ondulaciones del terreno para que el cercado nazca desde el nivel inferior de la zanja, evitando que sobresalga de la cota del suelo circundante (lo cual determina que la profundidad de la zanja sea al menos de la misma que la altura del muro). Con ese truco su presencia es inadvertida desde cierta distancia.

Los maestros del estilo inglés, como William Kent (1685-1748), Charles Bridgeman (1690-1738), Capability Brown (1716-1783), ​ John Wood el Joven (1728-1782) o Humphry Repton (1752-1818) utilizaron los ha-ha con asiduidad.

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