20 jun. 2015

Sentimientos de Pertenencia y Desarraigo: apuntes para un debate sobre Identidad Urbana (1. La noción de Comunidad).

“Vínculos de Identidad Urbana”. Obra de la artista chilena Marcela Carvajal (2009)
La identidad es un tema complejo y esquivo que permite diversos acercamientos. Uno de ellos deriva de su controvertida relación con las comunidades humanas y las dinámicas sociales de inclusión/exclusión. En este contexto, nos interesa especialmente la conexión entre las nociones de comunidad e identidad con el concepto de territorialidad.
Muchas comunidades no son territoriales. Pueden compartir ideas o bienes físicos y no encontrarse adscritas a ningún espacio concreto (por ejemplo, ser socio de Amnistía Internacional, pertenecer a la comunidad trekkie, ser accionista de Repsol, o ser miembro de la Iglesia católica). Otras, en cambio, encuentran su principal razón de ser en un determinado lugar que tienen en común (que pueden incorporar o no el sentido de propiedad). Estas comunidades “territoriales”, en las que el espacio protagoniza la identidad del grupo, son nuestro objetivo.
En esta línea, la ciudad sería un espacio físico (y mental) que se incorporaría como clave identitaria, llegando, en algunos casos, a ser la justificación sustancial en la conformación de grupos. En estos, el papel de la Arquitectura y del Espacio Urbano adquiere una trascendencia primordial.
El artículo se divide en tres partes. En esta primera nos aproximaremos al concepto de comunidad y sus implicaciones espaciales (acercándonos a nociones como patria (patriota), nación (nacionalista), país (paisano) o a ciertas asociaciones urbanas). Dejaremos para la segunda entrega la Identidad y el Sentimiento de Pertenencia. La tercera y última, reflexionará sobre la noción de Desarraigo.

6 jun. 2015

La ciudad como reivindicación identitaria: el caso de la New Town de Edimburgo.

Arriba, el plano de Edimburgo en 1819 que recoge la primera y la segunda New Town. Debajo ortofoto actual de la misma zona.
La identidad urbana puede surgir espontáneamente, como un destilado de siglos de tradición, o ser un producto fabricado a partir de una voluntad expresa. Esta última opción se dio en la Edimburgo del siglo XVIII, cuando la ciudad ilustrada, que se construyó entre esa centuria y la siguiente, proporcionó un escenario que se convirtió en el vehículo de una reivindicación identitaria.
En 1707, Escocia se había integrado con Inglaterra para formar el Reino Unido de Gran Bretaña y, aunque el resultado fue muy beneficioso económicamente, supuso la  renuncia a su secular independencia. Con esa decisión, Edimburgo cedía la representatividad característica de la capitalidad de un estado, lo cual fue un duro golpe para el orgullo de sus ciudadanos. Pero la ciudad buscó recuperar la primacía por otros medios, desde la cultura y el pensamiento. La Ilustración escocesa alzaría a Edimburgo como un foco intelectual de primer nivel con figuras de la talla del economista Adam Smith, del filósofo David Hume o del arquitecto Robert Adam, entre otros notables. Entonces, Edimburgo, que tenía la imperiosa necesidad de crecer, saltó sobre sus límites medievales y propuso una extensión modélica que se presentó como un manifiesto construido para reclamar su puesto privilegiado en el panorama nacional e internacional.
Desde entonces, Edimburgo es una sorprendente ciudad con dos “rostros” que representan dos concepciones muy distintas del hecho urbano: la Old Town medieval, espontánea, orgánica y congestionada, frente a la planificada New Town, racional y elegante, un modelo admirable hacia el que miraron muchos urbanistas que lo tomaron como referencia.