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Los contrastes identitarios de
Nápoles superan el ámbito de lo urbano para ser también sociales. A la
izquierda, calle de los Quartieri Spagnoli y a la derecha, Galería Umberto I.
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La identidad
napolitana es el producto de una peculiar fusión de elementos de origen diverso
que ha logrado expresarse de forma nítida y reconocible, con rasgos
distintivos que van desde una lengua propia, hasta las inolvidables canciones
napolitanas y su sutil melancolía, o el carácter festivo, exagerado y casi
pendenciero de sus gentes, entre otras manifestaciones. Su particular
personalidad se refleja en una ciudad de contrastes, donde conviven trazados
urbanos muy distintos (combinando orden y caos) con heterogéneos edificios (tanto
esplendorosos como humildes), todo ello en una sugerente mezcla de languidez y nostalgia
con optimismo y esperanza.
En la primera parte del artículo, analizamos
las claves napolitanas desde su fundación hasta el final de la Edad Media,
dejando para esta segunda la evolución a partir de entonces, cuando Nápoles
emergió como una de las grandes capitales europeas (llegando a competir con
Londres y París) que decayó tras la unificación italiana. No obstante, Nápoles
mantiene ese irresistible atractivo que la convirtió en una de las ciudades más
fascinantes del Mediterráneo.
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La Península Itálica ha mediados
del siglo XV, cuando los aragoneses, que ya controlaban Sicilia, expulsaron a
los angevinos de Nápoles.
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Nápoles aragonesa y renacentista.
Tras las conocidas como “Vísperas Sicilianas” de 1282, que supusieron la
expulsión de los Anjou de la isla, esta quedaría bajo dominio de la Corona de
Aragón. Los Anjou, habían logrado conservar el territorio continental de su
reino, pero en 1442, el rey Alfonso V de Aragón, desde su base insular,
acometería con éxito la conquista del reino peninsular, dando fin a la dinastía
angevina e iniciando el periodo de la Nápoles aragonesa.
Con los nuevos dirigentes llegaron las ideas renacentistas que estaban
floreciendo en las ciudades del norte peninsular (particularmente en Florencia),
impulsadas por Alfonso V, quien ejerció un importante mecenazgo cultural y favoreció
la difusión del humanismo. En aquellos años, Nápoles prosperaría viendo como su
población ascendía hasta los 110.000 habitantes, gracias, sobre todo, a una
numerosa inmigración. El gran momento de la ciudad se vería refrendado porque Alfonso V gobernaría Aragón desde Nápoles,
donde instaló su Corte.
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Arriba comparación entre las
murallas angevina (naranja) y aragonesa (azul). Debajo esquema de las torres de
la muralla aragonesa (en amarillo existentes y en blanco desaparecidas).
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Entre las muestras más significativas del renacimiento napolitano se
encuentra la remodelación del Castel
Nuovo, con el imponente arco triunfal de la puerta principal situada entre
dos torres angevinas. Pero más allá de la construcción de edificios notables,
el periodo aragonés tuvo personalidad propia en la historia napolitana por la
importante ampliación del recinto urbano que le proporcionaría una nueva imagen
defensiva. La extensión comenzó en 1484 por el este y continuaría entre 1499 y
1501 por el sector suroccidental. Esa nueva muralla (llamada “muralla aragonesa”, mura aragonesi) estuvo caracterizada por
veintidós torres cilíndricas que acompañarían los lienzos orientales, algunas
de las cuales se conservan todavía (y también parte de los muros).
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Restos de la muralla aragonesa de
Nápoles: La Porta Nolana, flanqueada por las Torres de la Fe y de la Esperanza.
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Pero el periodo no estuvo exento de conflictos (de hecho, el refuerzo
defensivo tuvo que ver con ellos). La muerte sin descendencia “legal” de
Alfonso V, hizo que la corona pasara a su hermano Juan II, exceptuando el reino
de Nápoles, que fue legado a su hijo bastardo (que gobernaría como Fernando I
de Nápoles). Esta decisión inició un largo contencioso con Francia, (que
reclamaba dicha herencia a partir de los supuestos derechos de los Anjou). La
disputa terminaría en una guerra que tendría como resultado la victoria, en
1504, de la Corona aragonesa dando fin a las pretensiones francesas.
Aragón estaba entonces gobernado por Fernando II “el católico”, cuyo matrimonio con Isabel de Castilla daría origen a
España. En consecuencia, Nápoles pasaría a integrarse dentro de la nueva nación.
Nápoles española.
Durante el renovado periodo hispánico se creó el Virreinato de Nápoles, cuyos gobernantes eran nombrados por el rey
de España, quien los escogía entre la nobleza de la Península Ibérica. Entre
los virreyes destacaría Pedro Álvarez de Toledo (también rememorado como Pedro
de Toledo) que gobernó entre 1532 y 1553. Esas dos décadas, imbuidas de
espíritu renacentista, supusieron cambios notables para la ciudad. Nápoles
siguió creciendo de forma muy considerable, alcanzando los 400.000 habitantes a
principios del siglo XVII. Este incremento constante de población forzó una
nueva ampliación de los límites urbanos
En esta época se realizó la expansión de la ciudad hacia el oeste, quedando
prácticamente conformado el “centro histórico” de Nápoles. En esta ampliación destacaron
los llamados Quartieri Spagnoli (barrios españoles), trazados como una
cuadrícula rígida, de calles estrechas, encaramada en las laderas de la colina
de San Martino y destinada a albergar a las guarniciones españolas. Aquel lugar
atraería a la prostitución y mostraría elevados índices de criminalidad, ganándose
una considerable mala reputación. Finalmente, la salida de las tropas dejaría
el barrio para los napolitanos. Las viviendas incrementarían su altura,
densificando considerablemente la zona, gestándose una de las “imágenes” más
típicas y costumbristas de la ciudad.
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Ubicación de la cuadríacula de los
Quartieri Spagnoli junto a la Via Toledo.
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Relacionada con estos barrios nacería la casi rectilínea Via
Toledo, que se convertiría en una de las vías principales de la ciudad
(proyectada en 1536 por los arquitectos reales Ferdinando Manlio y Giovanni
Benincasa, con 16 metros de anchura) y que aprovechaba la desaparición el tramo
occidental de la muralla aragonesa, albergando muchos edificios monumentales.
Los mismos arquitectos construirían el Palacio Virreinal en 1546, que acabaría
desapareciendo con la construcción del posterior Palacio Real. También se actuó
en el Largo di Palazzo (que se transformaría
siglos después en la actual Piazza del
Plebiscito) o en la ampliación del decumano
inferior, prolongándose en sus extremos (dando origen a la actual Spaccanapoli). También se construirían
edificios representativos como la Real Basílica Pontificia de Santiago de los
Españoles. Pedro de Toledo acometería igualmente obras de reforma y saneamiento
de la ciudad (con pavimentaciones y redes de alcantarillado) e incluso
modificaría parcialmente la muralla de la ciudad ampliando el recinto para
recoger nuevos crecimientos.
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Nápoles en 1572, grabado por Braun
y Hogenberg para el Civitates Orbis Terrarum.
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El siglo XVII consolidaría a Nápoles como una ciudad importante. El barroco sería el estilo imperante ofreciendo
una imagen renovada de la ciudad con sus grandes edificaciones. En ella proliferarían
iglesias, capillas, conventos y numerosos palacios de la aristocracia y de los grandes
comerciantes.
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La singular Capilla barroca de
Sansevero, con el maravilloso “Cristo Velado” (Giuseppe Sanmartino, 1753) en el
centro.
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El Palazzo
Reale, obra de Doménico Fontana (1600-1616) es uno de los edificios más
sobresalientes del periodo, destacando también la iglesia de Santa Maria della Verità (inicialmente
de Sant'Agostino degli Scalzi). Pero,
en torno a la mitad de la centuria, se produjeron una sucesión de graves desastres
que perjudicarán a la ciudad (desde la terrible erupción del Vesubio de 1631, a
la grave revuelta popular de Masinello y su posterior represión en 1647 y,
sobre todo, la peste de 1656, que asolaría la ciudad dejándola en 160.000
residentes). No obstante, Nápoles se iría recuperando paulatinamente.
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Palacio Real de Nápoles.
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A comienzos del siglo XVIII, en el contexto de las turbulencias producidas
por la Guerra de Sucesión española, Austria aprovechó para hacerse con el
dominio de Nápoles en 1707. El periodo austriaco fue un interregno breve que
duró hasta 1734, cuando Carlos, hijo del rey Felipe V de España y entonces
Duque de Parma, logró recuperar el reino napolitano para la dinastía borbónica.
Su padre no integró la conquista en España y le cedió la corona. Así Carlos de
Borbón (Carlo di Borbone) comenzó a
reinar como Carlos VII de Nápoles, hasta que la muerte sin descendencia de su
hermano Fernando VI de España, en 1759, le planteó el dilema de aceptar su
herencia, renunciando a Nápoles. La decisión que tomó fue la de convertirse en
el nuevo rey de España, Carlos III, dejando a su tercer hijo, Fernando como
nuevo monarca (que sería IV de Nápoles y III de Sicilia).
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Trazado de la muralla virreinal de
Nápoles.
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Con Carlos de Borbón (y sus sucesores), Nápoles emergería como una de las grandes capitales europeas,
rivalizando con París o Londres. Su preocupación por dotar a Nápoles de la
categoría que le correspondía como gran capital europea, impulsó operaciones de
“embellecimiento” de la misma y también nuevas construcciones que
proporcionaran la ambicionada representatividad (aunque sin acometer la
necesaria recualificación de los superpoblados, densos y degradados barrios
populares).
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Evolución de Nápoles. Arriba en el
siglo XVI y debajo en el XVII.
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Entre los ejemplos pueden citarse construcciones como el Palacio de Capodimonte (residencia real
de verano y lugar para acoger la colección de arte de los Farnesio que había
heredado Carlos por vía materna). Este palacio fue realizado en 1738 según
proyecto de Giovanni Antonio Medrano (autor también del Teatro San Carlo en 1737,
uno de los principales teatros de ópera de Europa). O también el gigantesco Albergo
dei Poveri (Asilo de pobres) surgido dentro del programa de caridad tan
propio del “despotismo ilustrado”. Este edificio sería proyectado por Ferdinando
Fuga, quien también se responsabilizaría de ampliar el Palacio de Capodimonte
en 1760. Y en especial, destaca, a pesar de encontrarse en Caserta, a unos
cincuenta kilómetros al norte de la capital, el gran conjunto del Palacio Real de Caserta (Reggia di Caserta), una relevante
muestra de la arquitectura barroca que miraba a Versalles como referencia y que
fue proyectado por Luigi Vanvitelli (y en el que también participó Francesco
Sabatini, que acompañaría en su momento a Carlos en su destino español y trabajaría
en el Palacio Real de Madrid).
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Palacio Real de Caserta.
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Entre los grandes espacios urbanos del periodo se encuentra la Piazza
Dante (inicialmente Foro Capitolino)
construida entre 1757 y 1765 en un espacio, tangente a las murallas aragonesas,
junto a la Port’Alba en el inicio de
la Via Toledo, que era muy utilizado desde tiempo atrás. El proyecto de Luigi
Vanvitelli, conformado como un gran hemiciclo proporcionó a Nápoles uno de sus
espacios más espectaculares. Desde aquella época se fue consolidando paulatinamente
el barrio de Chiaia con palacios que
miraban al mar desde las laderas de las colinas.
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Barrio de Chiaia.
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Pero aquella Nápoles barroca o neoclásica, la Nápoles del Despotismo
Ilustrado, aparentemente esplendorosa, ocultaba una realidad mucho menos resplandeciente. Nápoles era una ciudad
socialmente muy desigual, con contrastes brutales entre las clases ricas y las
pobres.
Nápoles francesa, de nuevo (el paréntesis napoleónico).
En ese delicado contexto social, la Revolución Francesa alteró al pueblo
napolitano (ya de por sí bastante levantisco). Las sublevaciones contra la
nobleza forzaron la huida del rey Fernando en 1798, que abandonó Nápoles en
dirección a Sicilia. Tras la salida del monarca, se proclamaría, en el
territorio continental, la República
Partenopea, aunque su vida sería efímera, solamente unos pocos meses del
año 1799 que terminaron violentamente, posibilitando el regreso del monarca. Pero
en 1806, Napoleón Bonaparte conquistó el
Reino de Nápoles que se convertiría en un estado satélite francés. Napoleón
expulsó al monarca borbón (que volvió a refugiarse en Sicilia, territorio que
logró mantener gracias al apoyo británico) y situó en su lugar a su hermano
José Bonaparte, quien gobernaría hasta 1808, fecha en la que pasó a ser rey de
España. La corona quedó entonces en manos de Joachim Murat (cuñado de Napoleón)
hasta la caída del imperio napoleónico en 1815.
La ocupación napoleónica sería un paréntesis sin demasiadas consecuencias
para la ciudad. La brevedad del periodo impediría grandes intervenciones. No
obstante, se acometieron reordenaciones administrativas, ciertas mejoras
infraestructurales (como la iluminación viaria) y alguna reestructuración
viaria, principalmente el corso Napoleone
(actual corso Amedeo di Savoia) que
prolongaba la vía Toledo para enlazar
con el Palacio Real con Capodimonte. Otras ideas no pasaron del proyecto,
aunque se acometerían en la posterior época de la Restauración (como el llamado
Foro Napoleone, hoy Piazza del Plebiscito)
Nápoles siciliana (o Sicilia napolitana), como en los viejos tiempos (la
Restauración)
El Congreso de Viena de 1815, convocado tras la derrota definitiva de Napoleón,
reconfiguró el mapa político europeo. Uno de los acuerdos suscritos fue la
restauración del reino de Nápoles con la dinastía borbónica, que, entonces,
unificaría el área continental con la insular dando origen, en 1816, al Reino de las Dos Sicilias (recuperando
la unión de siglos anteriores). Así el rey Fernando (hasta entonces IV de
Nápoles y III de Sicilia) pasaría a gobernar como Fernando I de las Dos
Sicilias.
Esta segunda etapa borbónica dejaría luces y sombras. Desde luego
relevantes luces culturales (con, por ejemplo, la época dorada operística del
Teatro San Carlo) pero muy
importantes sombras sociales, económicas y políticas. El absolutismo de los
monarcas restaurados tuvo que lidiar con las revueltas sociales que se
enmarcaron en el conflictivo contexto del segundo cuarto del siglo. Una
consecuencia de ello fue el temor de la nobleza y de la Corona hacia el
incipiente fenómeno industrial. El miedo a la consolidación de una clase obrera
que acrecentara los problemas sociales condicionaría el desarrollo de una
industrialización muy moderada, que dejaría atrás a Nápoles respecto a las
grandes ciudades europeas.
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Piazza del Plebiscito.
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La Restauración terminaría alguna de las obras pendientes y proyectaría
otras significativas como la ampliación de la vía de Duomo (1851) que se llevaría a cabo en el periodo Unitario. Entre las
“herencias” recibidas estuvo la espectacular Piazza del Plebiscito, un
amplio espacio presidido por el Palacio Real al que se enfrenta una columnata
semicircular, en cuyo centro se encuentra la neoclásica Basílica de San
Francisco de Paula (Pietro Bianchi, 1817-1846), encargada por Fernando I como ofrenda
por la recuperación del Reino, tras del dominio francés.
Igualmente, se acometerían importantes obras infraestructurales como el
levantamiento, en 1824, de la última muralla napolitana (motivada por fiscales,
ya que el objetivo del denominado Muro Finanziere fue impedir la
entrada de contrabando y favorecer el comercio legal) o también, en 1839, la
primera línea ferroviaria en territorio italiano, la Napoles-Portici.
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Trazado del Muro Finanziere de 1824.
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Nápoles italiana (tras la Unificación).
El Reino de las Dos Sicilias no sería muy longevo porque a Fernando le
sucedería su hijo, Francisco I (rey entre 1825 y 1830); a este, Fernando II
(1830-1859); y finalmente Francisco II (1859-1861) que sería depuesto por las
tropas de Giuseppe Garibaldi y Víctor Manuel II de Saboya, dentro del proceso
de unificación italiana.
La desaparición del reino, absorbido por el recién proclamado Reino de Italia (1861), supuso un
varapalo para la ciudad. Entonces, la ciudad contaba con casi 500.000
habitantes, siendo la mayor de Italia y una de las más pobladas de toda Europa,
pero estaba lastrada por los problemas crónicos de desigualdad social y la tímida
industrialización, que unidas a la pérdida del protagonismo que ejercía como
capital, tendrían consecuencias muy negativas. El progresivo empobrecimiento
empujaría a una numerosísima emigración de napolitanos hacia América y
agravaría el espíritu contestatario de los napolitanos que verían en Roma un
nuevo poder “extranjero” que perjudicaba sus intereses.
No obstante, desde el nuevo gobierno central se intentó detener la
decadencia napolitana potenciando la industria (sobre todo siderúrgica) y acometiendo
importantes obras de reestructuración urbana con el objetivo de sanear los
barrios pobres del centro, mejorar la conectividad y favorecer la economía comercial.
Se sucedieron propuestas diversas (como el ensanchamiento de la vía Duomo) hasta que se logró redactar un Plan General de Risanamento en 1885.
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Plan de Risanamento de Nápoles.
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El “saneamiento” de la ciudad seguiría la
estrategia de “sventramento” (la
expresiva palabra italiana que, en el campo urbanístico, se refiere a la
demolición de tejidos antiguos para dar paso a otros nuevos). El “sventramento” transformó radicalmente la
apariencia de buena parte de los barrios históricos de la ciudad. Nuevas vías y
espacios públicos (calles como el Corso
Umberto I, también llamado rettifilo,
o la Via Guglielmo Sanfelice y plazas
como la Nicola Amore o la Giovanni Bovio), así como nuevas
edificaciones de uso institucional o comercial (como la Bolsa o la Galería Umberto I) forzarían la desaparición de
amplias zonas del casco antiguo. Las intervenciones lograrían algunos objetivos
(visibilidad, negocio inmobiliario, nuevos usos, etc.) pero no solucionaría el
problema de fondo del deteriorado casco napolitano (ni la pobreza) que quedó
“oculto” tras las esplendorosas “fachadas” proporcionadas por el Plan de Risanamento.
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Via Duomo.
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El Corso Umberto I trazado sobre
el tejido del casco antiguo napolitano e imagen de la nueva calle.
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El gran programa de “saneamiento”
urbano finalizó oficialmente en 1918. Tras la Primera Guerra Mundial, Nápoles
ampliaría sus límites con la anexión de varios municipios vecinos incrementando
su extensión y su población, construiría infraestructuras (desde el aeropuerto
hasta los funiculares o el Metro) y en general potenció su imagen turística.
En la actualidad, Nápoles alcanza prácticamente el millón de habitantes
(que son 3,1 considerando el área metropolitana). En ese proceso urbanizador, la
ciudad continuaría la dinámica de contrastes tan propia, generando crecimientos
de interés, así como barrios menos afortunados (por ejemplo, alguno de los
surgidos en el distrito de Scampìa,
tristemente famosos por sus vinculaciones a la camorra).
No obstante, Nápoles mantiene ese irresistible atractivo que la convirtió
en una de las ciudades más fascinantes del Mediterráneo. En palabras de José
Riello (“Viaje a las Ciudades del Arte. Nápoles/Caravaggio”.
Unidad Editorial, Madrid 2010), “no es sólo
un país dentro de Italia, un universo independiente que es a la par ajeno y
familiar al resto de la península, sino que es el fin, el lugar donde acaba el
camino y donde comienza el retorno. Era el sur del Sur, el límite donde Europa
acababa, una frontera física y cultural. Se trataba, como dice el proverbio, de
“ver Nápoles y después morir”.
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La Nápoles actual y metropolitana se
extiende por la bahía y las proximidades del Vesubio.
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