Las ciudades suelen tener un centro original. Un lugar esencial creado para la representación de lo colectivo, donde lo público expresa los anhelos comunes de las generaciones que nos han precedido, un espacio de referencia histórica cargado de simbolismo.
Pero Chicago es diferente. Nació sin centro, lo que puede venir a significar que nació sin corazón. Pero Chicago, la ciudad despiadada que olvidó el espacio público y fue creciendo sin una referencia localizable, también es la ciudad inquebrantable y orgullosa, que a falta de un centro puntual inventó un centro lineal.






