17 may. 2014

Cuando París se convirtió en París: Las transformaciones del Barón Haussmann (y 4. Arquitectura y otras cuestiones)

La arquitectura residencial de los bulevares haussmanianos completa la imagen del París del Segundo Imperio (Boulevard Haussmann/ Rue La Fayette)
Con este cuarto y último artículo cerramos la serie sobre las transformaciones de París ocurridas a mediados del siglo XIX, durante el Segundo Imperio. En anteriores entregas nos acercamos a los antecedentes y las intervenciones en la estructura urbana y territorial, así como a la estructura verde.
En esta ocasión, abordamos las implicaciones en la arquitectura y en las infraestructuras, fijándonos también en otras operaciones (por ejemplo las dos Exposiciones Universales celebradas en 1855 y 1867) que tuvieron importancia en la definición del nuevo París.

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Los grandes bulevares haussmanianos son inseparables de la arquitectura que los conforma. Una nueva tipología residencial definió un ambiente general (perfectamente reconocible en la actualidad). Pero de igual forma, la reestructuración parisina no se entendería sin los grandes edificios públicos que actuaron como focos monumentales de perspectiva.

La nueva arquitectura residencial parisina.
Generalmente, la ciudad antigua se había caracterizado por la agregación orgánica de edificios y, en consecuencia, por la configuración más o menos espontánea de las calles. Con Haussmann el proceso se invierte. No obstante, había experiencias anteriores de ciudad planificada a partir de la estructura viaria (en el barroco por ejemplo), en las que la arquitectura se supeditaba a la concepción urbana general. Por eso, el planteamiento haussmaniano no fue original, pero si lo suficientemente rotundo y articulado como para consolidar definitivamente el proceso de planificación de la “ciudad moderna”.
Manzana parisina, la unidad en la diversidad.
Las calles, grandes bulevares y avenidas, marcarían las alineaciones estrictas de los solares sobre los que se construirían las edificaciones. Las fachadas se levantarían sobre los límites de los mismos, formando un continuo que definiría sin ambigüedad el ámbito de lo público. Además, la arquitectura residencial no sería autónoma, sino que se subordinaría ante el concepto urbano-ambiental general, adquiriendo una homogeneidad que pocas veces antes se había conseguido. La uniformidad fue fruto de una reglamentación muy rígida, aunque comprensiva de los requisitos del mercado, ya que la práctica totalidad de la actividad inmobiliaria fue desarrollada por iniciativa privada.
En cierto modo, la estética haussmaniana fue la de la calle-muro, un corredor definido con precisión por categóricos planos verticales. El trazado de las vías respondió a diversas razones, que ya han sido expuestas en anteriores entregas, pero baste recordar que el tráfico se convirtió en el paradigma de la nueva estructuración. Las personas quedaron en un segundo plano, ocultas tras los muros indistintos de sus viviendas o inquietas dentro de un nuevo espacio urbano que no había sido diseñado para ellas. Muchos analistas urbanos consideran que el modelo haussmaniano fue el inicio de la desafección de los ciudadanos con su espacio.
Boulevard Haussman / Rue Auber
 El París pre-haussmaniano presentaba una cierta variedad residencial en la que convivían los típicos edificios medievales (viviendas unifamiliares que asociaban la residencia con el lugar de trabajo y se implantan en estrechas parcelas de bastante profundidad), los hábitats aristocráticos, más o menos palaciegos, con patios y jardines y entrada de carruajes (hôtel particulier), y los primeros modelos de viviendas de alquiler (maison a loyer, en las que el propietario habitaba la planta noble y destinaba el resto de la edificación al arrendamiento).
Con Haussmann, la diversidad se vio sustituida por el predominio absoluto del Immeuble de Rapport (edificios residenciales en rentabilidad, ideados para el alquiler en su totalidad) que se levantaban sobre las manzanas definidas con precisión por la reestructuración urbana.  Eran edificios más altos y más densos, que contrastaban radicalmente con los antiguos. Su formalización fue producto de la aspiración especulativa de obtener el máximo aprovechamiento a los solares disponibles. Las construcciones se llevaron hasta los máximos técnicos, e incluso, en muchas ocasiones, poniendo en cuestión su habitabilidad (con numerosos ejemplos que incluían reducidas viviendas interiores y escasamente ventiladas e iluminadas por ínfimos patios).
Rue Eugen Sue / Rue Simart. Un ejemplo de manzana de extraordinaria densidad.
El Immeuble de Rapport  inauguraría un nuevo modo de vida urbana. Estos edificios, generalmente de siete plantas, elevaron la altura de la ciudad, que hasta entonces no superaba las cuatro o cinco. Contaban con el uso comercial en planta baja y con una estratificación en los restantes seis niveles de apartamentos de alquiler, desde el entresuelo a la buhardilla. Las jerarquización social del edificio se constataba en las rentas asignadas, que iban descendiendo conforme se subía de planta (es llamativa la comparación con la situación actual, tras la revolución provocada por los ascensores).
Grabado clásico mostrando la estratificación social característica de los Immeubles de Rapport del Segundo Imperio.
Las fachadas se diseñaron siguiendo un estilo neoclasicista (inspiradas en modelos anteriores, como el establecido en la rue Rivoli por Percier y Fontaine), incorporando simetrías, y en las que se destacaron las líneas horizontales que, habitualmente, continuaban de un edificio a otro. Estas líneas, determinadas por huecos (balcones, ventanas), impostas y cornisas, se marcan en fachadas planas, sin retranqueos ni salientes considerables, y alineadas estrictamente al borde del solar establecido (formando un gran plano vertical que refuerza las hileras rectilíneas de los árboles). El acabado más habitual fue de revocos claros (blancos, cremas, etc.), imitando a la piedra tallada, con más o menos decoración en función de la localización del inmueble (en las mejores ubicaciones puede aparecer realmente la piedra). Las cubiertas abuhardilladas con sus recubrimientos grisáceos de zinc o plomo proporcionaron el contraste de color tan característico.
La proliferación de estos inmuebles y la uniformidad repetitiva que presentan sus fachadas, los elevó a la categoría de modelo urbano. Un modelo que proporciona una imponente presencia no exenta de “monumentalidad” y que, a la postre, se convertirá en la imagen icónica, no solo del París del Segundo Imperio, sino de la ciudad en general.

Nuevos servicios y dotaciones en la ciudad.
Ferrocarril
El ferrocarril llegó a París en 1837, con el modesto embarcadero de Europa (futura estación de Saint-Lazare). La red ferroviaria parisina se fue construyendo principalmente durante la década de 1840, con el trazado de las líneas radiales y sus estaciones (la primera fue la Gare d'Austerlitz, abierta en 1840, a la que seguirían la Gare Saint-Lazare en 1842, la Gare du Nord en 1843, la Gare de l'Est y la Gare de Lyon, ambas entre 1847 y 1849). No obstante muchas de estas estaciones serían remodeladas durante el Segundo Imperio.
Esquema ferroviario en el parís del Segundo Imperio
Uno de los objetivos incluidos en el plano directriz de las transformaciones parisinas era la comunicación entre las estaciones ferroviarias entre sí, por medio de grandes bulevares. Las estaciones ferroviarias fueron entendidas como las nuevas “puertas” de la ciudad y por ello, desde ellas debían partir grandes ejes urbanos de circulación. Además las propias estaciones se convirtieron en uno de los “monumentos” de la nueva sociedad industrial, razón por la cual las modestas instalaciones existentes serían remodeladas y ampliadas.
Por ejemplo, la insuficiente Gare du Nord original fue demolida y levantada de nuevo con mayor ambición entre 1861 y 1865, según el proyecto del arquitecto Jacques Hittorff (1792-1867). Otras estaciones serían ampliadas considerablemente, como la Gare Saint-Lazare (Alfred Armand y Eugène Flachat, 1867), la Gare de Lyon (François-Alexis Cendrier , 1855) o la Gare Montparnasse (Victor Lenoir , 1852). Las ampliaciones y el incremento del número de vías necesitaron superficies mucho mayores que las iniciales, lo cual implicó reestructuraciones importantes en las calles de los entornos.
Gare du Nord.
Caso aparte merece la línea de Petite Ceinture (pequeño cinturón), un trazado de doble vía que con 32 kilómetros circunvalaba la ciudad por el interior de los actuales boulevards des Maréchaux. Se abrió entre 1852 y 1869 para unir las estaciones con el objetivo de servir al tráfico de mercancías, aunque finalmente también transportó pasajeros. La aparición del Metro le hizo perder el tráfico de personas y desde 1934, fue perdiendo paulatinamente el de mercancías, hasta quedar abandonada a principios de la década de 1990.
Equipamientos públicos (y privados) e infraestructuras urbanas.
La estrategia general basada en la apertura de grandes vías se complementó con la construcción de grandes edificios monumentales que transformarían la imagen de la ciudad y otorgaron sentido a la gran estructura urbana. Estos edificios no se ocultaron inmersos en una trama (como sucedía habitualmente en la ciudad antigua) sino que emergían como hitos referenciales convirtiéndose en fondos para las grandes perspectivas (siguiendo el criterio barroco).
Además, los tiempos modernos vieron aparecer nuevas necesidades  que requirieron nuevos servicios ciudadanos, por lo que el programa de equipamientos fue amplio y diverso. Y complementariamente, la ciudad  se dotó de infraestructuras primarias (o mejoró las existentes en algún caso), como el abastecimiento de aguas, redes de alcantarillado, iluminación de gas en las calles o transporte público con coches de caballos.
La fiebre constructora del Segundo Imperio (más allá de la edificación residencial privada) se demuestra en la extensa nómina de edificios públicos que fueron levantados durante ese periodo. Desde la Ópera, el hipódromo de Longchamp, la galería norte del Louvre, el Hôtel-Dieu, los asilos de Vincennes, del Vesinet o de Sainte-Anne, el Hospital Tenon, el Tribunal de Comercio, hasta imponentes teatros, cuarteles, mercados (como Les Halles) , escuelas, iglesias, o los mairies d'arrondissement, los ayuntamientos de barrio.
Como emblemas de estos equipamientos públicos podría seleccionarse la gran remodelación de la Île de la Cité y la construcción del gran edificio de la ópera. La Île de la Cité (ya comentada en un artículo anterior de esta serie) se deshabitó casi por completo para transformarla en el gran centro administrativo y representativo de la ciudad. 
La Ópera de Garnier
Por su parte, la conocida como Ópera Garnier, por el arquitecto que la diseñó, Charles Garnier (1825-1898), se convirtió en la eterna referencia desde que se convocó el concurso para su construcción en 1861 hasta que logró inaugurarse en 1875, catorce años después (paradójicamente, el buque-insignia cultural del Segundo Imperio sería inaugurado durante la Tercera República).
La ciudad burguesa se va mostrando diferente a la anterior gracias a la presencia  de esos hitos monumentales de iniciativa pública. Pero no serán los únicos responsables del cambio ya que nuevos elementos, también de majestuosa presencia aunque en este caso de carácter privado, acompañarán a los anteriores en la conformación del ambiente urbano, consiguiendo un elevado protagonismo tanto de imagen como de influencia en la vida de los ciudadanos. Los nuevos edificios acogían los usos requeridos como consecuencia de la nueva economía, caracterizada por la concentración de capitales, la eclosión del sector terciario, la revolución comercial o la aparición de ofertas de consumo inéditas hasta ese momento. En las localizaciones estratégicas de la ciudad comenzaron a situarse grandes almacenes (La Samaritaine, los Magasins Réunis, etc.), grandes hoteles con cientos de habitaciones (Grand Hôtel du Louvre, Hôtel Continental, etc.) o edificios sedes de bancos y compañías de seguros que harían de París un gran centro financiero.  Complementariamente, la vida urbana se vería potenciada por la proliferación de ofertas comerciales muy variadas en las plantas bajas de los edificios y, en particular, por la animación producida por cafés y restaurantes.

Las exposiciones universales del Segundo Imperio (1855 y 1867)
La celebración de ferias y muestras de carácter local, o incluso nacional, contaba con una larga tradición, particularmente francesa. Pero tras el éxito de la Gran Exposición de la Industria de todos las Naciones que se celebró en Londres en 1851, se inició un nuevo tipo de evento, las Exposiciones Universales.
Estos eventos se convirtieron en grandes acontecimientos concebidos como un escaparate público, utilizado por países y ciudades para dar a conocer los adelantos de la industria, el comercio y las artes. La línea comenzada por el Crystal Palace de Londres, determinaría el carácter de las siguientes exposiciones y su extraordinaria repercusión abrió los ojos a los gobernantes sobre las posibilidades de promoción de sus ciudades y territorios. Esta visibilidad exterior proporcionaba notables mejoras en las relaciones comerciales con otros lugares y aumentaba el negocio turístico, pero, además también aportaba otros beneficios “internos”, ya que incrementaba notablemente el orgullo ciudadano. La potencia de la imagen proyectada por las Exposiciones Universales fue (y sigue siendo) muy deseada.
Tras la Exposición Universal londinense, la segunda se celebró dos años después en Nueva York (en el Bryant Park). París se incorporó rápidamente a la lista, ya que la tercera se organizó en la capital francesa.
En 1853, un año después de la institución del Segundo Imperio, Napoleón III buscaba un golpe de efecto para afianzar su posición y transmitirla al exterior. Una Exposición Universal parecía el medio más adecuado. La decisión tomada se concretaría en 1855 con la celebración de la primera gran exposición parisina, que inauguraría una serie desarrollada durante el resto del siglo XIX. Así se celebraría la de 1867, todavía dentro del marco político del Imperio, y posteriormente las de 1878, 1889 (en la que se levantó la Torre Eiffel) y 1900.
Plano de la ubicación de la exposición Universal de 1855.
Para la Exposición de 1855 se construyó un impresionante edificio que era, en cierto modo, una réplica del Crystal Palace.  Se ubicó en los Campos Elíseos, que en aquellos años ya se perfilaba como la gran avenida representativa de la capital francesa. No obstante, la industria francesa no se encontraba al nivel tecnológico de la británica y el edifico, aunque mayor que el londinense, tuvo que cerrar sus fachadas con ladrillo dejando solamente para la cobertura la espectacular estructura de hierro y vidrio. El Palais de l'Industrie, fue obra del arquitecto Jean-Marie-Victor Viel y del ingeniero Alexis Barrault (finalmente este edificio sería demolido en 1896 y en su lugar se ubicarían el Petit Palais y el Grand Palais).
Unos años después, se volvería a impulsar una nueva Exposición que debía consolidar el prestigio francés y la solvencia de su régimen político. Además París había cambiado mucho en la docena de años transcurridos, debido a los trabajos dirigidos por el Baron Haussmann. La transformación de la capital era asombrosa. Un nuevo París estaba emergiendo y había que mostrarlo. Incluso, para magnificar el acontecimiento, se contrataría al gran músico Giuseppe Verdi para la composición de una ópera que sería estrenada en el evento (Don Carlo) y a Gioachino Rossini se le encargaría el himno oficial del mismo.
En 1867, París acogió esa nueva Exposición Universal. Para esta ocasión el terreno escogido fue el Campo de Marte, la gran explanada que servía para desfiles y otros fines militares. El edificio que allí se levantó, siguiendo el proyecto del ingeniero Jean-Baptiste Krantz y del arquitecto Léopold Hardy, fue un óvalo gigantesco de 490 por 380 metros (que sería desmontado tras el evento). La gran explanada, colmatada por la inmensa “Galería de máquinas”, tendría continuidad al otro lado del rio Sena, donde, para habilitar espacio libre se niveló la colina de Chaillot (el Trocadero).
Grabado de la colosal Galerie des Machines de la Exposición Universal de 1867.

París había mutado y su nuevo aspecto fascinó al mundo entero. El resultado era un modelo urbano inédito (la ciudad posliberal) que cumplía con los requisitos de la nueva civilización industrial  y representaba, por fin, las aspiraciones de la burguesía emergente. No obstante, este modelo resultaría contradictorio porque si bien solucionó problemas de la vieja ciudad, abrió otros insospechados que comprometerían su evolución. La flamante referencia urbana sería muy criticada por los nostálgicos de los entornos antiguos que denostaban esa ciudad sometida al funcionalismo y entregada a los vehículos y a la especulación. Pero marcó el comienzo definitivo de la ciudad moderna, ante la cual no había alternativa.
Napoléon III había logrado asombrar con el nuevo París, pero la megalomanía urbana (y su política belicista con los vecinos germánicos) estaba vaciando las arcas de la capital y de la nación. París se encontraba desbordada por la deuda (mil quinientos millones de francos frente a los quinientos que inicialmente estaban previstos) y las críticas hacia Haussmann arreciaron, incluso acusándole de amparar la corrupción. El tiempo demostraría la integridad de Haussmann pero, a principios de 1870, unos meses antes de la caída del emperador, el Barón fue cesado. Su sustituto, Léon Say, seguiría contando con Belgrand y especialmente con Alphand, de manera que la Tercera República finalizaría la obra inconclusa del Barón. El depuesto Napoleón III volvería a su exilio londinense donde fallecería tres años después.

Por su parte, tras varios años de retiro, Haussmann volvería a la política activa en 1877 cuando logró un acta de diputado en las cortes nacionales. Sus últimos años los dedicó a escribir sus memorias, un extenso texto en el que justificó su actuación, aunque la historia del urbanismo ya le había reservado un lugar de privilegio por la impresionante e influyente labor realizada durante los diecisiete años en los que estuvo al frente de la gran transformación de París.

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