26 jul. 2014

Cuando el Plan de Bolonia era una referencia urbanística (y de izquierdas) para la intervención en los centros históricos de las ciudades (1.Contexto)

Bolonia “la roja” inició un intenso debate sobre la restauración de los centros históricos de las ciudades.
Bolonia es una ciudad italiana con una larga historia, cuyo nombre se asocia a cuestiones diversas. Por ejemplo, actualmente, el Plan de Bolonia es conocido por todo el mundo como el que adapta los programas de estudios universitarios para unificarlos dentro del espacio europeo, pero hace algunos años, el Plan de Bolonia era la singular e influyente propuesta de rehabilitación de su centro histórico.
Abordaremos esta experiencia en dos etapas. En este primer artículo, nos aproximaremos a la conformación histórica de su casco antiguo y a la particular idiosincrasia política de Bolonia tras la Segunda Guerra Mundial, ya que fue gobernada por el Partido Comunista durante más de cincuenta años consecutivos y, salvo un paréntesis de cinco años, la izquierda sigue dirigiendo actualmente la ciudad (la Bolonia “roja” debido a su color característico, lo es doblemente por el  tinte político de sus gobernantes).
Esta circunstancia hizo de ella un campo experimental para las ideas urbanísticas de la izquierda, concretada en una estrategia innovadora sobre la restauración de los centros de las ciudades, que se convirtió, durante las décadas de 1970 y 1980, en una referencia para las intervenciones en la ciudad antigua, iniciando un debate que todavía sigue abierto en muchos aspectos.
En la segunda parte, abordaremos las propuestas fundamentales del Plan para el Centro Histórico de Bolonia y una reflexión sobre el mismo, desde la óptica que nos proporcionan los cuarenta y cinco años transcurridos desde entonces.

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Italia es un país de “centros históricos”, como dijo Mario Fazio en 1976. Muchas de sus ciudades cuentan con cascos antiguos espectaculares, donde las obras singulares (arquitectura y espacios públicos) conviven con conjuntos edificados capaces de crear paisajes urbanos monumentales y de gran valor artístico y cultural. Por eso, no es de extrañar que, aunque el debate sobre qué hacer con la ciudad heredada no era una novedad en la década de 1960, fuera Italia, y particularmente Bolonia, el lugar desde el que se liderara una corriente que defendía la conservación con unas claves particulares e innovadoras en el momento histórico de su aparición.
Entonces, Bolonia, que contaba con un destacado núcleo histórico en decadencia  y una larga tradición intelectual (allí nació, en 1088, la primera universidad europea), dirigió la mirada hacia su espacio central, con el deseo de recuperarlo social y arquitectónicamente para devolverle su protagonismo urbano.

Bolonia antigua, la sedimentación de una larga historia.
El entorno boloñés está habitado desde tiempos remotos. Ya hubo allí un asentamiento etrusco (denominado Felsina) antes de la colonia que los romanos fundaron el año 189 a.C. con el nombre de Bononia, como parte de la estrategia de asentamientos que establecieron a lo largo de la via Emilia, la nueva calzada que iba a estructurar el sur de la llanura padana.
La vía Emilia (línea roja) con las poblaciones creadas en su recorrido. El punto amarillo indica la situación de Bolonia. La línea azul oscura sigue el trazado de la via Flaminia y la azul clara la vía Postumia.
La via Emilia era una de las arterias importantes de Roma. Conectaba Rímini, en el mar Adriático, con Piacenza, en el valle del Po, acompañando el borde de las laderas septentrionales de los montes Apeninos. Esa vía recogía el tráfico procedente desde el norte y, desde Rímini, lo reconducía hasta Roma, aunque con otro nombre: via Flaminia. La rectilínea via Emilia fue la base para la creación de diferentes colonias que ayudarían a consolidar el dominio sobre esas tierras. Bononia fue una de ellas, junto a otras como Parma, Módena, Imola o Rímini.
Bononia se trazó con los rígidos criterios de las ciudades coloniales romanas, con dos calles principales que se cruzaban en el Foro: el Cardo máximo (actuales via Ugo Bassi y Via Rizzoli)  y el Decumano máximo, que daba continuidad a la via Emilia (actuales via Massimo D’Azeglio y Via dell’ Independenza). Sobre esa base se trazo la cuadrícula urbana formando un recinto aproximadamente cuadrado (aunque no se tienen datos firmes sobre los límites que debía tener entonces la ciudad). Con la caída del Imperio Romano y las invasiones bárbaras, parte de la población huyó y los que permanecieron, se agruparon en una zona reducida que sería más fácilmente defendible. Entonces, la menguada ciudad recibió un cinturón amurallado del que sí se tiene constancia y que delimitaba una superficie mucho menor que la original. Esta cerca se conoció como la Cerchia di Selenite, en referencia a la piedra selenita que la constituía. Sobre este lienzo se dispusieron, las cuatro puertas principales (Porta Ravegnana y Porta Stiera en el decumano y, en el cardo, Porta di San Procolo y Porta di San Cassiano, llamada después di San Pietro y Porta Piera). Posteriormente se abrirían tres nuevos accesos: Porta Nova, Porta Nova di Castiglione y la Porta di Castello.
La Bolonia romana. En amarillo la delimitación aproximada de la primera ciudad, con el cardo y decumano máximos indicados en rojo. En naranja la reducción de su extensión dentro de la “Cerchia di Selenite”.
La definitiva conquista de la zona por los lombardos modificó el rumbo evolutivo de la ciudad. Éstos se ubicaron en el entorno de la Porta Ravegnana y plantearon la extensión radiocéntrica que variaría la tendencia ortogonal de la ciudad romana. Extramuros se levantó el complejo de la basílica de Santo Stefano que se convertiría en el polo cultural de la nueva Bolonia medieval. Para recoger estos crecimientos se levantó una cerca complementaria a la existente que sería identificada como la “Adición Lombarda” (Addizione Longobarda).
Bolonia, ocupaba una situación estratégica, en la encrucijada entre la via Emillia y el paso a través de los Montes Apeninos hacia Florencia, lo que le proporcionó una gran prosperidad durante el Medievo, tanto desde el punto de vista comercial y económico como por convertirse en lugar de referencia intelectual (construyendo, como se ha comentado, la primera universidad europea). Esta bonanza llevaría a las familias nobles y acaudaladas a construir numerosas torres, de gran altura y muy estilizadas, que representarían el emblema de su poder. La imagen de Bolonia cambiaría radicalmente con la aparición de estas peculiares edificaciones, de las que quedan algunas en pie, destacando entre ellas, la torre Garisenda (48 metros) y la torre Asinelli (97,6 metros). La pujanza de la ciudad tuvo como consecuencia un crecimiento demográfico que obligó a la ampliación del recinto urbano.
Las “dos torres” que se han convertido en símbolo de la ciudad: La torre Garisenda a la izquierda y la torre Asinelli a la derecha.
La segunda muralla, conocida como la Cerchia del Mille, se levantó entre 1176 y 1192. Su perímetro alcanzó los 3,5 km y su superficie unas 115 hectáreas. En ella se abrieron 18 puertas (que recibían el nombre de serragli o torresotti, por lo que esta muralla también es conocida como la Cerchia dei Torresotti). Esta cerca recogía los arrabales que habían ido surgiendo a partir de las puertas romanas y de la adición lombarda. La ordenación de los crecimientos occidentales mantuvo la base reticular romana que había quedado extramuros al levantar la Cerchia di Selenite,  mientras que la zona oriental continuó con las directrices radiales lombardas.
A finales del siglo XIII, Bolonia contaba con unos 60.000 habitantes siendo entonces la quinta ciudad más poblada de Europa tras Córdoba, París, Venecia y Florencia. El crecimiento de Bolonia aumentaba la densidad dentro de la Cerchia del Mille y forzaba a la aparición de nuevos asentamientos extramuros. En este caso, resulta curiosa la “simetría” que se produjo en el extremo occidental de la ciudad respecto al trazado lombardo oriental, ya que a partir del final de la prolongación del antiguo decumano romano (donde se encontraba la desaparecida puerta del Serraglio di Barberia de la Cerchia del Mille), se plantearon una nueva serie de vías radioconcéntricas que acabarían formando el Borgo de San Felice.
Bolonia tal como aparecía en el Atlas Civitates Orbis Terrarum en su versión de 1588.
Finalmente, esta muralla también sería demolida para plantear una nueva que ampliaría considerablemente el recinto urbano (solamente se han conservado las puertas Torresotti di S. Vitale, di Castiglione, di Porta Nova y di Porta Piella (o Govese). Esta tercera y última muralla, que es la que delimita el casco histórico “oficial” de la Bolonia actual, se completó en 1374 y fue conocida como la “Circla”. Contaba con un perímetro de 7,6 kilómetros que recogía una superficie de unas 410 hectáreas y estaba rodeada de un foso, accediéndose a la ciudad por doce puertas (con puentes levadizos). La ciudad se organizó entonces en cuatro barrios (quartieres) denominados según la puerta histórica (original romana) que los presidía (en teoría, porque ya habían sido derribadas): Quartiere di Porta Stiera, Quartiere di Porta Ravegnana, Quartiere di Porta Piera y Quartiere di San Procolo. Este hecho, no muy habitual, de nombrar el barrio en recuerdo de una puerta ya desaparecida, indica el aprecio de los boloñeses por su historia, constatado desde tiempos lejanos.
Bolonia y sus cuatro barrios medievales.
La envidiable posición de Bolonia y su riqueza la convirtió en objeto de deseo entre los diferentes poderes que luchaban por dominar la llanura padana. Bolonia pasaría periodos de independencia, de dominio milanés y se convertiría finalmente en referencia norte de los Estados Pontificios. La integración de Bolonia en el territorio papal le hizo seguir el pulso de Roma durante varios siglos, y por eso  vivió con intensidad el movimiento de Contrarreforma católica y sus manifestaciones artísticas.
El siglo XIX sería convulso para la ciudad, ya que la soberanía de los Papas se vería interrumpida con la invasión napoleónica aunque sería devuelta con la Restauración. Luego volvería a ser truncada por la rebelión de 1831 que declararía la efímera República de las Provincias Italianas Unidas y que instaló en Bolonia su capital. Esta independencia duraría unos meses porque la intervención austriaca restituyó el orden anterior. Pero las rebeliones se sucedieron y tras años de disputas, con la unificación italiana se calmaría definitivamente la situación.
Bolonia a principios del siglo XX comenzaba a desbordar el núcleo histórico.
Hasta el siglo XX, Bolonia se mantuvo prácticamente en el interior de sus últimas murallas, pero desde finales del siglo anterior se estaba constatando un incipiente proceso de crecimiento vinculado al gran desarrollo industrial y comercial que “explotaría” durante el siglo XX. La “Circla” sería demolida entre 1902 y 1906 para facilitar la expansión de la ciudad siguiendo las indicaciones del Plano Regulador de 1889 (no obstante, muchas de las puertas fueron conservadas), y unos nuevos bulevares perimetrales fijarían los límites del Centro Histórico de Bolonia.
Evolución del casco antiguo boloñés. La trama de puntos indica la extensión de la primera ciudad romana que se constriñó dentro de la Cechia di Selenite. Se muestra también la adición lombarda, así como el segundo recinto (Cerchia del Mille) y el tercero y último que delimita el centro histórico actual (la Circla)

Bolonia, la roja y el urbanismo de izquierdas.
El rojo del omnipresente ladrillo y también de muchos estucos, es el color dominante de la ciudad, justificando su apelativo de Bolonia “la rossa”. Pero una nueva circunstancia potenciaría la denominación de la “ciudad roja”. Desde 1945, Bolonia estuvo gobernada por el Partido Comunista y se mantuvo en el poder, nada menos que 54 años consecutivos, hasta que en 1999 el ayuntamiento pasó a manos de una coalición de centro-derecha (aunque solamente por cinco años, ya que desde 2004 la ciudad vuelve a estar gobernada desde la izquierda). Esta insólita duración llevó a que la ciudad fuera doblemente “roja”, tanto por el color de su arquitectura como por el de los políticos que la gobernaban.
Bolonia era una “isla” política en el contexto italiano de las grandes ciudades, dominadas fundamentalmente por la Democracia Cristiana. Por eso, la izquierda política boloñesa asumió la excepcionalidad de su posición y emprendió, desde una óptica diferente, la tarea de recuperar una ciudad, que había sido duramente castigada durante la Segunda Guerra Mundial.  El gobierno municipal se planteó el objetivo central de apartar a la ciudad del “caos generado por el mercado capitalista, intentando aportar una visión social al urbanismo que, aunque consciente del relevante papel de la economía, debía centrarse en solucionar los problemas reales de sus ciudadanos (con una importante población obrera) realizandoun proceso de reivindicación global, basado en temas fundamentales de la vida de un hombre: el derecho a un trabajo equitativamente retribuido, el derecho a la vivienda como servicio social, el derecho a la enseñanza y a la asistencia, en definitiva el derecho a la vida.” (Cervellati&Scannavini, Bolonia, política y metodología de la restauración de centros históricos. 1973)
Plano mostrando las transformaciones producidas en el centro histórico de Bolonia en el periodo 1901-1964.
Las autoridades municipales pusieron en marcha el proceso que debía desembocar en una nueva planificación urbana de Bolonia realizando duras críticas a los desarrollos anteriores de la ciudad, que se habían basado en la descentralización industrial y terciaria (estrategia que inicialmente también había sido apoyada por la izquierda urbanística italiana). Esta estrategia había dejado el núcleo histórico a su suerte. El Centro no se había recuperado de los importantes derribos que había sufrido en la guerra y, además, presentaba el abandono de una parte sustancial de su parque de viviendas. Pero también se enfrentaba a la falta de higiene y a los peligros de derrumbamiento de edificios que se encontraban cerrados desde la contienda sin haberse reparado.
El gobierno apostó por un alternativa centralizadora, motivando un nuevo modelo, limitado y equilibrado cuyo propósito principal era recuperar y recualificar el centro histórico de la ciudad. Algunos de los ideólogos mostraron argumentos muy radicales, aunque finalmente aplacarían su visión asumiendo las posibilidades que la realidad les ofrecía. Por ejemplo, Antonio Cederna proclamaba que “la propiedad privada del suelo es, pues, la mayor enemiga de la urbanística moderna y, por tanto, de los hombres” (Appunti per un’urbanistica moderna. Nº 15, 1972) o Pierluigi Cervellati y Roberto Scannavini escribían preguntándose “¿Cómo es posible crear una verdadera alternativa para una ciudad opresora, homicida, si el terreno continúa siendo una inversión productiva, siguiendo la costumbre de una política que socializa las pérdidas y hace privadas las ganancias? (Cervellati&Scannavini, 1973).
Los impulsores del Plan eran conscientes de las resistencias que iban a encontrar porque, en sus palabras, “resulta claro, entonces, cómo una intervención del tipo propuesto para el centro histórico de Bolonia se ponga en una completa contradicción con todos los principios ideológicos y fines especulativos de la clase dominante, desde el momento en que se planea una conservación del tejido urbano, imponiendo, como condición irrenunciable, el control público de las zonas a intervenir, para garantizar la permanencia de los mismos grupos sociales que ahora lo habitan y procurando al mismo tiempo el reequilibrio de toda la ordenación territorial” (Cervellati&Scannavini, 1973).
Lo revolucionario en aquellos años era la conservación en sentido integral, tanto en términos arquitectónicos y espaciales como en términos sociales y humanos. En consecuencia, el gobierno de Bolonia inició una serie de políticas para mantener a los residentes tradicionales de la ciudad histórica. La región había tenido una importante industria armamentística, que en esos años estaba decayendo, lo cual estaba obligando a muchos trabajadores a emigrar a otros lugares. La clase obrera era la base electoral del Partido Comunista y su emigración podía poner en riesgo el mantenimiento del poder municipal en Bolonia. El hecho de que las políticas estuvieran encaminadas a mantener esa población en la ciudad fue una de las críticas que recibió, tachando a la propuesta de “clientelista”.
Pero en el centro de la ciudad, además de la población obrera (y colectivos vulnerables), también había numerosos comerciantes, artesanos y pequeños propietarios rurales. Por esta razón, también se propondrían una serie de medidas que debían satisfacer a las clases medias. Este esfuerzo integrador (obrero-burgués) se lograría gracias a la deriva que estaba tomando el Partido, que se presentaría como un nuevo “comunismo democrático” (desligado inequívocamente del modelo soviético, cuestión que facilitaría los acuerdos de los años setenta con la Democracia Cristiana).
Imagen del casco antiguo boloñés antes de las intervenciones impulsadas por el Plan del Centro Histórico.
La recuperación y conservación del Centro de la ciudad fue el camino a seguir. La rehabilitación de los centros históricos no era una idea nueva. Ya se había puesto en marcha en otras ciudades italianas y francesas porque, en muchos casos, la reconstrucción de posguerra se estaba mostrando poco respetuosa con el patrimonio. Pero, el problema que se denunciaba era que la recuperación de los espacios solía conllevar la expulsión (“deportación” en palabras de algunos radicales) de los residentes tradicionales, que eran sustituidos por nuevos residentes con un poder adquisitivo mayor, como consecuencia de un urbanismo liberal (un proceso conocido como gentrificación).
Esta cuestión era bien conocida por los redactores del Plan: “El resultado concreto de cualquier operación es inexorablemente siempre el mismo: la expulsión de las clases menos pudientes hacia las zonas más pobres de la ciudad y la sustitución de la «residencia pobre» por residencia de lujo o por dotaciones terciarias. Lo que diferencia la especulación actual de la anterior, es que ahora las ganancias se obtienen mucho más velozmente y en una medida mucho más amplia, no actuando ya casa por casa, monumento por monumento, sino liquidando barrios enteros de una sola vez” (Cervellati&Scannavini, 1973)
Pero además de la lucha contra la gentrificación, los responsables de Bolonia irían más allá, pretendiendo que estos habitantes se implicaran en la reconstrucción de su ciudad, aportando sus ideas, que serían gestionadas por un nuevo cargo público: los Consigli di quartiere, consejeros de barrio, que actuarían como “interface” entre la base social y los responsables políticos. Esto anunciaba unos procesos de participación ciudadana inéditos hasta entonces.
Las propuestas formales sorprenderían porque se apartaban del pensamiento comunista de posguerra, que había alentado el funcionalismo del Movimiento Moderno y los grandes conjuntos de vivienda como solución al problema del alojamiento. En Bolonia, el cambio social se sustentaría en la conservación, concretada en políticas de preservación, restauración y rehabilitación. Se trataba de recuperar  las esencias del centro de Bolonia. Para detectar esas señas de identidad, se realizó a una paciente y rigurosa recogida de información, con informes socioeconómicos, demográficos y por supuesto arquitectónicos. No se pretendía inventar un pasado (como ya había sucedido en otras épocas como por ejemplo en las “recuperaciones medievales” de Viollet Le Duc) y por eso se sucedieron a lo largo de los años sesenta diferentes estudios sectoriales (con la dirección de Leonardo Benevolo) y se realizaron investigaciones tipológicas en los que participaron figuras relevantes como Saverio Muratori o Gian Franco Caniggia. Desde la exhaustiva recopilación de datos se realizó un proceso científico de análisis y diagnóstico que no quería dejar nada al azar. Se definieron tipologías y elementos constructivos característicos y, sobre todo, se potenció la noción de ambiente monumental que otorgaba una importante responsabilidad en la conformación del paisaje urbano a los edificios anónimos residenciales, que en su conjunto eran capaces de aportar una imagen tan importante como la que proporcionaban los elementos primarios, los grandes edificios de la ciudad.
En 1969 el Ayuntamiento de Bolonia aprobó la modificación del Plan urbanístico vigente (que era de 1958) respecto al Centro histórico de la ciudad (Variante urbanistica di salvaguardia, restauro e risanamento). Sobre esta base se comenzó a trabajar en un nuevo Plan que recogería todas las claves y regulaciones, determinanado la evolución del casco antiguo boloñés. Pierluigi Cervellati lideró el proceso desde su posición de arquitecto municipal, tanto del primer plano como del posterior PEEP Centro Storico (Piano di Edilizia Economica e Popolare, Plano de Edificación Económica y Popular), que sería aprobado en 1973.
La ciudad se convirtió así en un laboratorio en el que experimentar ese nuevo modelo urbano y social al que aspiraba el “comunismo democrático”. Bolonia debía servir de “botón de muestra” de una nueva forma de abordar la rehabilitación integral de los cascos históricos de las ciudades y, desde luego, suscitó la atención de todo el mundo. El “experimento Bolonia”, irrumpió con fuerza en el panorama urbanístico internacional, iniciando un profundo debate sobre los centros históricos en las ciudades modernas.


En la segunda parte de este artículo nos aproximaremos a los planteamientos fundamentales del Plan del Centro Histórico de Bolonia, que respondieron a su proclamado y radical contenido social. Hoy, cuarenta y cinco años después, sigue abierto el intenso debate que provocó este Plan en toda Europa, y por eso, obviando algunas de las propuestas utópicas que realizó y aunque el contexto socioeconómico y cultural haya cambiado de forma muy notable, repasaremos la actualidad de algunas de sus ideas.

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