14 mar. 2015

Rafael Moneo, urbanista: tres plazas españolas en Pamplona, Logroño y Murcia.

Plaza de los Fueros de Pamplona, Plaza del Ayuntamiento de Logroño y Plaza del Cardenal Belluga de Murcia.
La arquitectura de Rafael Moneo siempre hunde sus raíces en el contexto en el que se integra para emerger con fuerza alimentada por ese sustrato. Las referencias históricas y las preexistencias del entorno se manifiestan en las formas y en los materiales, en las composiciones y en las articulaciones, de manera que cada propuesta queda vinculada inseparablemente al lugar que ocupa, con un compromiso por “hacer ciudad”. Por estas razones, Moneo, un maestro internacionalmente reconocido por su obra arquitectónica, es también un referente en el diseño de espacios urbanos.
Vamos a aproximarnos a tres obras, tres plazas que ofrecen algunas claves del pensamiento urbano de Moneo: la Plaza de los Fueros de Pamplona (1975), la Plaza del Ayuntamiento de Logroño (1981) y la Plaza del Cardenal Belluga de Murcia (1998).
En la primera, el reto era doble, dado que a la necesidad de solucionar un complejo nudo de tráfico se le sumaba el desafío de lograr una identidad para un espacio difuso e informe, sin disponer del apoyo de la arquitectura. El caso de Logroño fue diferente porque la construcción del nuevo Ayuntamiento de la capital riojana definiría este espacio emblemático para la ciudad. Finalmente, en Murcia, en un lugar consolidado y de alto contenido histórico, un nuevo edificio y la remodelación del plano horizontal permitirían a la plaza recuperar una dignidad que había extraviado.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Murcia, Pamplona y Logroño son ciudades de la escala intermedia española. Aunque la primera es mayor, con una población de 439.712 en 2014, Pamplona en ese mismo año contaba con 196.166 habitantes y Logroño con 151.962. Las tres son capitales de regiones autónomas uniprovinciales (la región de Murcia, Navarra y La Rioja, respectivamente) y son la referencia absoluta en su entorno. Las tres ciudades comparten el hecho de contar con sendas plazas, creadas o remodeladas por Rafael Moneo, que se han convertido en espacios urbanos referentes.
Rafael Moneo nació en Tudela (Navarra) en 1937. Su biografía profesional es muy conocida. A su dilatada e influyente carrera debe sumarse su magisterio en diversas escuelas de arquitectura, nacionales e internacionales. En 1996 recibió el premio Pritzker como reconocimiento a su sobresaliente trayectoria.
El contexto es una de las fuentes que nutren los proyectos de Moneo. Además, sus obras arquitectónicas manifiestan una vocación de construcción urbana, de “hacer ciudad”, expresada en diálogos inteligentes con el entorno, donde los argumentos son variados (integrar, subordinar, yuxtaponer, articular, contraponer, etc.)
Las tres plazas presentadas son muy diferentes, resultado de circunstancias distintas para cada caso. No obstante, tienen en común su condición de lugares con una personalidad poderosa, que refuerzan la identidad de la ciudad ofreciendo iconos capaces de incorporarse rápidamente al imaginario colectivo.

Pamplona. Plaza de los Fueros (1970-1975).
Plaza de los Fueros de Pamplona, ortofoto.

Pamplona, la capital de Navarra, es una ciudad con una larga historia. Sus dos nombres oficiales (Pamplona e Iruña) recuerdan su “doble” fundación.  Por una parte, Iruña se refiere al asentamiento de los vascones que habitaban la zona desde tiempos remotos y, por otra, Pamplona (Pompaelo originalmente) alude a la romanización del poblado por el general Cneo Pompeyo en el año 75 d.C.
Un rasgo peculiar en la evolución urbana de Pamplona es que presenta unas cuantas yuxtaposiciones de tramas diferenciadas que han ocasionado dificultades de enlace entre ellas. Por ejemplo, en la época medieval, convivirían tres burgos independientes (Navarrería, San Cernín y San Nicolás) perfectamente separados, incluso con murallas, aunque acabarían integrándose en 1423. Por otra parte, esa Pamplona unificada sería amurallada y reforzada con una importante Ciudadela a lo largo del siglo XVI. Esta Ciudadela será en un elemento trascendental en el desarrollo urbano de la ciudad y, particularmente, para sus Ensanches, a los que condicionaría enormemente.
Pamplona se mantuvo en el interior amurallado hasta el siglo XX (el modesto Primer Ensanche decimonónico se realizaría en el interior del recinto, sobre los glacis de la Ciudadela). Pero en 1915 se comenzó a derribar la cerca meridional para posibilitar la construcción del Segundo Ensanche a partir de 1920. Años después, la industrialización y el incremento demográfico derivado impulsarán la creación de nuevos barrios, como La Milagrosa en el sur, durante los años cincuenta, o el llamado Tercer Ensanche que, en los años setenta y ochenta, desarrollará barrios como San Juan o Iturrama, más allá de la Ciudadela.
Algunos de estos crecimientos (Segundo Ensanche, La Milagrosa e Iturrama), y la propia Ciudadela, convergían en un punto en el que se manifestaba un problema urbano. Sin solución de continuidad entre tejidos muy diferentes y con una gran intensidad del tráfico procedente del sur (de Zaragoza y la ribera navarra, así como de los polígonos industriales meridionales), la zona se había convertido en una asignatura pendiente para Pamplona, que sería aprobada con nota gracias a la Plaza de los Fueros.
Plano del Segundo Ensanche de Pamplona. Por el suroeste aparecen las vías ferroviarias que terminaban en la Estación Plazaola-Irati, junto a la Avenida de Zaragoza.

La Plaza de los Fueros.
El sitio de la Plaza de los Fueros era la “falla” entre las “placas tectónicas” del Segundo Ensanche y la Ciudadela. Esta colisión quedaba dramáticamente subrayada por un trazado ferroviario de vía estrecha que finalizaba en la estación Plazaola-Irati, que ocupaba la gran manzana existente entre las calles Yanguas y Miranda, Plazaola, Tudela y Conde Oliveto.  Plazaola era el nombre de la línea que unía Pamplona con San Sebastián desde 1914 e Irati era la denominación del recorrido entre Pamplona y Sangüesa, conectadas desde 1911. Aunque esos trenes dejarían de dar servicio en 1955 y, tanto la estación como las vías desaparecerían (dejando un gran solar vacío), los crecimientos al sur con barrios como La Milagrosa o Iturrama acrecentarían el problema de articulación urbana creando un espacio informe.
Además, la zona tenía problemas añadidos, como el intenso y creciente tráfico rodado existente, puesto que la carretera de Zaragoza era uno de los accesos principales de Pamplona (desde el sur). También, la reunión de numerosas vías del entorno (carretera de Zaragoza, Avenida de Galicia, la circunvalación de la Ciudadela, Yanguas y Miranda, etc.) sin un adecuado enlace convertía la distribución del tráfico hacia el resto de la ciudad en una tarea complicada. Con todo ello, las conexiones peatonales entre los barrios era una aventura muy peligrosa.
Así pues, los objetivos de la imperiosa reforma de la zona estaban claros: reordenar el tráfico rodado, facilitar los cruces peatonales, crear un lugar de encuentro para los barrios y proporcionarle una identidad.
El proceso de gestación fue largo. En 1965 se redactó el Plan Parcial (por parte de Estanis de la Quadra Salcedo) que buscaba una ordenación para ese enrevesado espacio. En 1970 se contrató el diseño de la plaza a los arquitectos Rafael Moneo y Estanis de la Quadra Salcedo (que contaron con la colaboración del ingeniero de caminos Enrique Aldama y Miñón). Dos años después el proyecto fue aprobado definitivamente para comenzar sus obras en el otoño de 1973. Tras veintiún meses de obra, en verano de 1975, la Plaza de los Fueros, con sus aproximadamente 18.000 metros cuadrados de superficie, fue inaugurada.
La Plaza de los Fueros en fase construcción y recién terminada.
Los arquitectos se enfrentaron a un reto importante y no contaban con la ayuda de una arquitectura que pudiera sugerir directrices. Porque la heterogénea arquitectura del entorno, con grandes contrastes tipológicos, estilísticos, volumétricos y de calidad, no solo no ofrecía bases sobre las que apoyarse sino que complicaba enormemente la creación de un espacio coherente. Allí se reúnen, por ejemplo, obras tan destacadas como la Iglesia de la Milagrosa (iglesia de los Paúles), construida en 1928 por Víctor Eusa (1894-1990), el arquitecto que forjó la imagen moderna de Pamplona; y también la Casa de la Misericordia, institución benéfica centenaria cuya sede sería proyectada igualmente por Victor Eusa en 1927 e inaugurada en 1932. Estas dos obras, aunque comparten autor e inspiración expresionista, son muy diferentes tanto funcionalmente como en cuanto a su relación con la ciudad, dificultando la consideración conjunta del lugar. Junto a estos dos hitos arquitectónicos se disponían compactas manzanas de viviendas convencionales de diferentes épocas, grandes vacíos ajardinados y solares resultantes del planeamiento de esa área, que se irían completando con el tiempo. Entre estos es destacable por su influencia en la imagen del entorno, el edificio Azkoyen, una torre de 14 plantas conocida popularmente como “los txistus”, que se construyó a la vez que la plaza (entre 1973 y 1975). Por su parte, Moneo conocía bien la zona puesto que había proyectado, en 1969, el edificio de viviendas de la calle Plazaola 2, sobre el solar de la antigua estación Plazaola-Irati (junto a este edificio residencial se levantaría, en la esquina de la calle Yanguas y Miranda con Plazaola, el último edificio del sector, la Delegación del Ministerio de Economía y Hacienda, proyectada en 2005 por la arquitecta Yolanda García Vázquez).
El esfuerzo de los arquitectos se dirigió a conseguir compatibilizar una “glorieta” para los vehículos con un “plaza” adecuada para la vida y el encuentro de los ciudadanos. La idea funcional y formal es sencilla: un anillo elíptico exterior para la circulación rodada, que actúa como una rotonda de tráfico y envuelve a un espacio peatonal interior de forma circular. Este círculo, que queda en una cota inferior respecto a su entorno, presenta un diámetro mucho menor y forma una “tangencia” con el óvalo por el sureste, junto a la Avenida de Zaragoza. La depresión del nivel de la plaza permitiría aislarla del ruido exterior y proporcionarle unos límites visuales comprensibles frente al caos exterior.
Esta geometría curva surgía naturalmente del análisis de los flujos (rodados y peatonales). De ahí nacieron el círculo base y el óvalo envolvente. El círculo emergería como la pieza fundamental de la propuesta, tanto desde el punto de vista funcional (es la plaza peatonal) como desde una óptica simbólica. El mundo de los toros, tan vinculado a Pamplona (destacando los archiconocidos “encierros” de las fiestas de San Fermín), se convirtió en la base referencial. El círculo interior de la Plaza de los Fueros recogería algunos de los rasgos de los cosos taurinos para realizar un guiño contextual. Lo hacía con su forma, con sus accesos o con gestos como el banco corrido de madera pintada de rojo que acompaña casi todo su perímetro.
Imagen de la Plaza de los Fueros y debajo de la Plaza de Toros de Pamplona como referencia simbólica y formal.
Entre el círculo y la elipse se extienden unas superficies ajardinadas con leve pendiente, cuya plantación de árboles, dispuestos irregularmente, aunque formando grupos, pretendían recordar las tres zonas forestales del territorio navarro: la zona norte, con sus estibaciones montañosas de los Pirineos, pobladas de pinos, abetos y hayas;  la zona Media, caracterizada por los robles y las encinas; y, en el sur, la Ribera del rio Ebro, con los pinos de las Bardenas. Estas “praderas” daban continuidad al “verde” de la Vuelta del Castillo introduciéndolo en la plaza, mientras que en el lado opuesto, la tangencia entre las dos curvas obligaría a la construcción de un muro de contención que salvara el desnivel entre la vía y la plaza (y que será objeto de polémicas por la instalación de murales en su superficie, como veremos más adelante).
Imágenes diversas sobre los accesos peatonales a la plaza (década de 1990).
Los accesos son otra de las señas de identidad de la plaza y un poderoso refuerzo para la analogía taurina (las salidas de toriles). La entrada al recinto interior se produce a través de tres pasos subterráneos que cruzan bajo el anillo rodado perimetral y enlazan con las calles del entorno a través de rampas, evitando cruces peligrosos: por el este con la Avenida de Galicia, por el oeste con  la Vuelta del Castillo y por el sur con la Avenida de Sancho el Fuerte y la calle Abejeras. Estos “túneles” ofrecen transiciones muy “efectistas” entre el espacio exterior e interior, ambos amplios y luminosos, gracias a una fuerte compresión espacial (en anchura y altura). El peatón, tras sufrir ese efecto, queda descomprimido radicalmente al acceder al espacio central. Se pretendieron ubicar algún bar y unas tiendas en los pasos subterráneos pero esa idea no se llevó a cabo. Junto a los pasos este y sur, enmarcando el muro de contención, dos escaleras ascienden hasta el nivel del tráfico rodado, aunque su objetivo no es tanto el cruce (de hecho, no se facilita dada la ausencia de pasos de cebra), sino el convertirse en una especie de mirador hacia el interior de la plaza, como un primer anfiteatro para observar las actividades que allí se celebran.
Vistas aérea de la Plaza de los Fueros, arriba desde el sur y debajo desde el norte.
Los tres accesos se ven reflejados en el pavimento gracias a un encintado de piedra que los conecta formando un triangulo curvo, que se superpone a la base general formada por adoquines (negros y grises). El recorrido entre las salidas este y sur acota además un parterre fusiforme elevado de césped que antecede al muro de contención ya mencionado.
La plaza pronto recibió la aprobación ciudadana manifestada por el intenso uso (aunque estacional). Allí acuden los vecinos, fundamentalmente ancianos y niños, ha disfrutar de ese nuevo espacio público que, por otra parte, también es muy utilizado para diferentes eventos, como exposiciones, citas deportivas, conciertos o festivales de danza.
Competición de aizkolaris (cortadores de troncos) en la Plaza de los Fueros.
Un elemento particular, ajeno al diseño original es el recubrimiento del muro que salva el desnivel en el punto de tangencia entre círculo y el óvalo. Esta pantalla delimitadora fue utilizada espontáneamente como soporte para grafitis y mensajes de todo tipo con reivindicaciones políticas y sociales. Por eso se decidió cubrir ese plano vertical (52 metros de largo por 3 de alto) con un mural decorativo. Se convocó con ese fin un concurso en el que se seleccionó la propuesta presentada por Miguel Angel Elizondo, un mural cerámico abstracto (“Continuidad en curvas”) que se realizó en 1984. Años después en 2001 ese mural sería sustituido por otro de carácter figurativo, con motivos emblemáticos de la ciudad, realizado por Natalia Villar (en colaboración con alumnos de la Escuela de Artes y Oficios). Este mural se restauró en 2007 y es objeto de polémica actualmente ya que, en diciembre de 2014, la autora reclamó al Ayuntamiento daños y perjuicios a la propiedad intelectual por su estado de deterioro.
Plaza de los Fueros. Arriba el mural pintado en 2001, debajo el mural cerámico de 1984.
Con la  Plaza de los Fueros de Pamplona, Moneo se enfrentaba al reto de crear un “lugar” donde no existía y lo hizo con unos recursos esenciales, procedentes de la gramática mínima arquitectónica, creando un hito para la ciudad y un admirable ejemplo para el diseño de espacios urbanos.

Logroño. Plaza del Ayuntamiento (1973-1981)
Plaza del Ayuntamiento de Logroño, ortofoto.
Logroño es una ciudad de escala intermedia en España. A pesar de sus orígenes antiguos (fue fundada por los romanos) y de que durante la Edad Media tuvo cierta relevancia gracias a que el Camino de Santiago pasaba por ella, su desarrollo fue modesto y tuvo que esperar hasta el siglo XX para superar la cifra de 20.000 habitantes. Su desarrollo principal se produjo a lo largo de esa centuria, especialmente en su segunda mitad impulsado por la industrialización y por su papel como centro administrativo (es actualmente la capital de la Comunidad Autónoma de La Rioja).
Entre los hechos puntuales pero relevantes para la historia urbana de la ciudad, cabe destacar la construcción de dos grandes cuarteles militares a finales del siglo XIX. Se ubicaron en los extremos del Logroño de aquel entonces, uno al este (Cuartel de Caballería) y otro al oeste (Cuartel de Infantería), aunque ambos desaparecerían durante el último tercio del siglo XX.
Logroño en 1893 y en la actualidad. Destacar los cuarteles construidos a las afueras de la ciudad del XIX, que tras ser demolidos permitieron el complejo residencial de las Palazzinas (al oeste) y el nuevo Ayuntamiento y su plaza (al este), remarcados en amarillo en el plano actual.
El primer cuartel, el construido en la parte oriental de la ciudad, junto a la actual Avenida de la Paz, fue levantado tras las Guerras Carlistas. Logroño, y La Rioja en general, se habían visto muy afectados por ese conflicto y la ubicación de cuarteles militares buscaba afianzar la paz alcanzada. Se construyó en 1878 según proyecto del arquitecto Francisco de Luis y Tomás. Inicialmente alojó al Regimiento de Caballería Alfonso XII, pero terminaría recibiendo al Doce Regimiento Ligero de Artillería. No obstante, este destacamento sería trasladado a Pamplona y el edificio pasaría a estar ocupado por el Regimiento 46 de Artillería procedente de Vitoria. Pero el caserón acabaría resultando inadecuado para las crecientes necesidades militares y el regimiento se trasladaría al cuartel de poniente. Con esa decisión, el inmueble quedó abandonado y sería demolido en la década de 1960. Sobre el solar resultante se levantaría uno de los edificios emblemáticos del Logroño contemporáneo, el nuevo Ayuntamiento.
A la izquierda el edifico del cuartel de la Avenida de la Paz antes de su derribo.
Respecto al segundo cuartel, que había sido erigido en las afueras occidentales de la ciudad en 1887, fue proyectado por José Herrero de Tejada y dedicado al General Urrutia. Planteado como Cuartel de Infantería, acabaría recibiendo, como hemos comentado, a un regimiento de artillería. Este acuartelamiento sería igualmente demolido en 1996 y en su lugar se levantaría un conjunto residencial (conocido como las “Palazzinas”), cuyo proyecto básico redactó también Rafael Moneo en 1998.

La Plaza del Ayuntamiento.
El cuartel de la Avenida de la Paz condicionaba el desarrollo del sector oriental logroñés, tanto por la presencia del inmenso edificio obsoleto como por la reserva que los militares tenían sobre su zona posterior (actual calle Tricio), zona que utilizaban como espacio auxiliar para los talleres de reparaciones necesarias para vehículos y armamento del regimiento.
Su derribo abrió una oportunidad urbana tanto en lo referente a la extensión oriental de la ciudad como en cuanto al propio solar, sobre el que se decidió levantar el nuevo Ayuntamiento de la ciudad. El encargo del nuevo consistorio fue un reto para Moneo, puesto que se trataba de concebir el edificio cívico más importante de Logroño y, además, aprovechar la ocasión para “construir “ciudad, creando una gran plaza que debía encontrar una identidad.
Moneo siempre ha reconocido la importancia que este edificio y su plaza han tenido en su trayectoria profesional. El proyecto supuso, quizá, el despegue definitivo de su carrera. Moneo declaró que “con ese tipo de arquitectura quería hacer un ayuntamiento que no fuese solo un edificio vistoso, sino un pedazo de la ciudad misma, y ese fragmento es la plaza que hoy ha quedado configurada y definida por los árboles y por un salón de actos que da paso a algo que antes tampoco existía, que es el bulevar que da al río” (entrevista concedida a Estíbaliz Espinosa y publicada en el Diario La Rioja el 06.11.2011). El proyecto se desarrolló entre 1973 y 1974 para dar comienzo  en 1976 a unas obras que durarían hasta 1981.
Plano y perspectiva del proyecto del Ayuntamiento de Logroño y su plaza triangular.
El proyecto, según el arquitecto José Miguel León (antiguo colaborador en el estudio de Moneo), “nace del entendimiento de tres aspectos fundamentales: la imagen, es decir, que el edificio como Ayuntamiento tenga un grado de dignidad; su relación con la ciudad, enlaza la Escuela de Arte, el Espolón y los jardines del Instituto Sagasta y completa un recorrido urbano a través del futuro parque del Ebro; y su organización, haciendo patentes las tres piezas del edificio, el área político-representativa, el área administrativa y el área socio-cultural”. Para ello se apoya en una geometría de lo oblicuo, «que tiene que ver con la voluntad de abrir el edificio a la ciudad y con acercar ésta al río por el camino más corto, pero también con aquella visión artística que entiende lo oblicuo como alternativa y complemento de lo ortogonal, con capacidad para introducir dramatismo y dinamismo en la arquitectura” (citado por Maite Iñigo en su artículo “La huella riojana de Moneo” publicado por el Diario El Correo el 27.05.2012)
Así pues, el edificio presentaba una peculiar formalización articulando tres piezas muy diferentes. Las dos principales son dos bloques de planta triangular, el de poniente que alberga las áreas públicas del edificio, como el salón de plenos, órganos políticos, conferencias y exposiciones; y el oriental, de mayor tamaño, que acoge los usos administrativos. La tercera pieza de la composición se sitúa al norte, tras las anteriores, es más pequeña y su cometido es servir de auditorio para la programación de actos y celebraciones. Además, actúa como pórtico desde el que arranca el Paseo  de la Constitución que dirige hacia el rio Ebro.
Imagen aérea del Ayuntamiento de Logroño y su plaza triangular. Tras el auditorio arranca el Paseo de la Constitución que conduce al rio Ebro.
Las piezas triangulares comparten un lado común alineándose al norte, y se abren hacia el sur de forma que los lados oblicuos corresponden con la fachada principal del edificio y en consecuencia actúan como el gran telón de fondo de la plaza. Este diedro, diagonal respecto de la trama urbana crea una plaza triangular (aunque en realidad es un cuadrilátero) que apoya su lado largo en la Avenida de la Paz y queda tensionada por el vértice opuesto, en donde se encuentra el acceso al edificio, en un gesto de gran eficacia funcional y alto contenido simbólico.
Su delimitación es heterogénea, comenzando por las propias fachadas del Ayuntamiento que muestran un carácter bien diferente. La fachada corta es rotunda, maciza, compacta, con unos robustos  soportales de una planta de altura, mientras que la fachada larga es matizada por la presencia de unos delgados pilares de casi la misma altura que el edificio y que soportan una marquesina muy elevada. Aunque en ambos casos la composición es rítmica y modulada el contraste es notable. La primera, aparentemente más sólida, muestra porosidad en la planta baja de los soportales (recordemos que aloja el programa público). En cambio, la segunda, aparentemente más delicada se cierra en su totalidad tras la “veladura” ofrecida por los esbeltos pilares. No obstante, el mayor contraste se produce entre estos dos alzados arquitectónicos y el resto de las “fachadas” de la plaza, que son alineaciones de árboles (plátanos) que proporcionan el cerramiento visual. Los árboles actúan como elementos de transición entre la Avenida de la Paz, y por tanto entre la ciudad, y la plaza, a modo de una membrana permeable que facilita el tránsito entre el flujo de la circulación de la avenida y la estancia propuesta en la nueva plaza del ayuntamiento.
Imágenes de la Plaza del Ayuntamiento de Logroño mostrando sus diferentes fachadas (incluso la “verde”)
El proyecto general ofrece un delicado equilibrio de contrastes, que se expresan principalmente en el edificio pero que condicionan a su espacio delantero, que además cuenta con los suyos propios. Estas oposiciones tienen que ver con el enfrentamiento entre modernidad y tradición, entre lo abstracto y lo figurativo, entre lo individual y lo colectivo, entre lo rotundo y lo permeable.
Por ejemplo el debate entre tradición y modernidad se expresa en la edificación atendiendo, por un lado, a la composición de las fachadas que muestran un sereno espíritu clasicista (reforzado por la elección de la piedra arenisca de Salamanca para su revestimiento), advirtiendo ciertas influencias de la interpretación de la antigüedad realizada por la arquitectura italiana y nórdica; y, por otro lado, observando la propia configuración volumétrica del edificio, que articula piezas muy diferentes que se corresponden con los usos que albergan, mostrándose como un mecanismo funcional coherente con las aproximaciones de la modernidad hacia este tipo de edificios.
La plaza también participa de este planteamiento híbrido. El edificio renuncia a la autonomía que le habrían dictado los cánones modernos y se convierte en la razón compositiva del espacio urbano a través de una serie de juegos geométricos y de simetrías aparentes. Además, los soportales y los pilares de la marquesina evocan la tipología tradicional de las plazas mayores españolas. Pero esta posición clasicista contrasta con la estrategia compositiva de los alzados, seriados y abstractos, sin concesiones figurativas, siguiendo una clara adscripción moderna.
Detalles de la Plaza del Ayuntamiento de Logroño: pórticos, auditorio posterior y fuente-escultura de Francisco López.
La plaza triangular expresa el gesto de atraer la circulación de la Avenida de la Paz hacia ese vértice tensionado donde se encuentra el acceso al Ayuntamiento. El extremo de la fachada larga, muestra otro de los recursos habituales en la arquitectura de Moneo. El edificio termina antes de llegar a su vértice, pero dejando continuar una delgada losa de cubierta que más parece una vela que se apoya en el vértice final ocupado por una torre con reloj. Nuevamente aparecen las mezclas con la evocación tradicional de la “torre del reloj” dentro de una composición moderna. También en el “corte” de la fachada se repite el contraste, en este caso entre abstracción y figuración, pues al paño ciego se le adosa una fuente que incluye una escultura femenina (la “Dama de la Fuente”) obra de 1984 del escultor Francisco López Hernández.
Con todo, el Ayuntamiento de Logroño consiguió expresar una monumentalidad y representatividad contemporáneas que trasladó al espacio de la gran plaza delantera. El edificio se convirtió en un hito para la arquitectura civil española  y la nueva plaza se integró en la ciudad con naturalidad, acogiendo numerosos actos públicos, ferias, exposiciones, conciertos y otras actividades ciudadanas.

Murcia. Plaza del Cardenal Belluga (1998). 
Plaza del Cardenal Belluga de Murcia, ortofoto.
Aunque hay discrepancias en torno a la fecha de fundación de Murcia, la versión más aceptada fija el año 825 como su inicio, gracias a la iniciativa de Abderramán II. Madina Mursiya pronto lideró la fértil vega del rio Segura y sus explotaciones agrícolas (existentes ya en tiempos de los romanos). La ciudad musulmana tuvo varios momentos de esplendor como cabeza de taifa y se dotó de unas importantes murallas (las segundas y definitivas fueron levantadas en el siglo XII) y de un Alcázar (hoy desaparecido, aunque se han encontrado vestigios bajo la Iglesia de San Juan de Dios). En 1243, Murcia se sometió al vasallaje cristiano incorporándose al Reino de Castilla, aunque manteniendo el predominio musulmán. Pero tras la rebelión mudéjar, en 1266, la ciudad pasó definitivamente a la órbita cristiana y, por ejemplo, la mezquita mayor fue reconvertida en Catedral de Santa María (cabeza de la Diócesis de Cartagena desde 1291).
La pérdida del carácter fronterizo de la región hizo que desde 1488 la muralla fuera desapareciendo paulatinamente, permitiendo el crecimiento de la ciudad. No obstante, sus extensiones serían moderadas hasta llegar el siglo XX, cuando impulsada por la agricultura y sus industrias derivadas, así como por el posterior desarrollo del sector servicios, Murcia se convertiría en la séptima ciudad de España por población.

La Plaza del Cardenal Belluga.
La Plaza del Cardenal Belluga en Murcia no es una plaza muy antigua. Su configuración se remonta a 1759, como resultado de una remodelación de la Catedral y de su entorno. La Catedral de Santa María era el gran hito de la ciudad, desde que aquella primera mezquita reconvertida fue sustituida por un nuevo templo levantado entre 1385 y 1467 (fecha de su consagración) al que se le irían sumando adiciones como la Torre Campanario o diversa capillas.
Murcia en 1821. Pueden identificarse junto al límite sur, la catedral y la plaza del Cardenal Belluga. 
La transformación urbana aludida surgió a partir de la necesidad de reparaciones en la fachada principal, que se había visto afectada por seísmos e inundaciones. Su repercusión fue urbana porque la actuación fue más allá de unas reformas puntuales. La decisión fue construir un nuevo imafronte, que sería diseñado por el arquitecto Jaime Bort, quien creó una de las cumbres del barroco español tardío. Esta nueva y extraordinaria fachada, que se levantó entre 1738 y 1753, fue planteada como un retablo abierto al exterior, proporcionando al espacio que se reservó delante de ella una significación muy poderosa. Este atrio completaría su carácter de plaza con la renovación del Palacio Episcopal que se acometió en paralelo, cerrando el espacio por el sur. Las obras comenzaron en  1748 con la intervención de diferentes arquitectos y fueron concluidas en 1768. En esa primera configuración, los otros dos laterales del nuevo espacio trapezoidal quedarían conformados por edificios residenciales.
Contiguo a la Plaza del Cardenal Belluga, pero sin participar en ella, se construyó en el siglo XIX el nuevo Ayuntamiento de Murcia (en el solar ocupado desde la Edad Media por el concejo de la ciudad). Esta nueva Casa Consistorial se inauguró en 1848 según la concepción neoclásica del arquitecto Juan José Belmonte. Su fachada principal se ofrece hacia la ribera del rio Segura (en la Avenida de la Glorieta de España) y su fachada posterior tiene una tímida presencia en una de las esquinas de la plaza. A pesar esa posición tangencial, su presencia acabaría siendo determinante en la evolución de este espacio ya que, a finales del siglo XX, el aumento de las necesidades de superficie para los servicios municipales llevó al consistorio a comprar un edificio situado en su parte trasera, al otro lado de la calle San Patricio y con fachada a la Plaza del Cardenal Belluga (el palacete llamado del Doctoral La Riva).
En el centro de la parte inferior aparece el inmueble que fue demolido para construir el nuevo edificio de servicios municipales.
Sobre ese solar se realizaría la ampliación de las dependencias municipales, cuyo proyecto sería encargado a Rafael Moneo, quien, además asumió la remodelación del espacio de la plaza. El nuevo edificio de Servicios Municipales fue proyectado entre 1991 y 1995, terminando los trabajos de construcción del mismo y de la plaza en 1998.
Perspectiva de la Plaza del cardenal Belluga correspondiente al proyecto.
El reconocimiento de la importancia del lugar llevó a Moneo a plantear un edificio cuya fachada a la plaza declaraba firmemente su vocación urbana. El nuevo plano vertical se configuró como otro retablo enfrentado al imafronte catedralicio, constituyendo un nuevo “fondo” para la actividad ciudadana que era muy consciente de la elevada responsabilidad que adquiría, por su situación frente a la Catedral y por ejercer la representación del poder civil, hasta entonces ausente del espacio más significativo de la ciudad.
La Plaza del Cardenal Belluga con el nuevo edificio de servicios municipales.
La composición de la fachada presenta dos partes diferenciadas. Cuenta con un zócalo masivo y rotundo (referenciado con la altura de la planta baja del Palacio Episcopal) y con un cuerpo superior de gran transparencia, una doble fachada protagonizada por un estudiado ritmo, casi musical, de pilares de la piedra arenisca que materializa el conjunto. No obstante, el edificio se relaciona funcionalmente con la plaza de una forma particular. No cuenta con un acceso directo desde la misma, que pudiera restar simbolismo a la entrada principal del Ayuntamiento desde la Glorieta de España, sino que se llega a su interior por la puerta que se abre a la calle lateral (Frenería). El nuevo edificio observa la plaza desde las terrazas-mirador dispuestas tras los pilares y desde el balcón que le proporciona la representatividad de su uso municipal. Esta conexión, más visual que funcional, se manifiesta también en el hecho de que el edificio no tenga un contacto directo con la plaza ya que se encuentra separado físicamente de la misma por un estrecho patio inglés que realiza una curva envolvente.
Los trabajos se complementaron con la remodelación de la pavimentación de la plaza, que incluía el lateral sur de la Catedral. El gran objetivo de la actuación era proporcionar al espacio la dignidad que le correspondía. Para ello fue peatonalizado y despojado de los elementos ornamentales (fuentes, parterres, etc.) que restaban expresividad a la arquitectura (únicamente se ha permitido, en el lateral de los edificios de viviendas, la presencia de una alineación de terrazas de hostelería). 
Imágenes de diversas configuraciones de la Plaza del Cardenal Belluga antes de la última remodelación.
El gran espacio liberado ha devuelto a la arquitectura su esplendor. El pavimento adquiere gran protagonismo. Sobre un fondo de piedra de basalto negro se trazan una serie de líneas realizadas con mármol travertino blanco que indican las relaciones entre los diferentes edificios y convergen en el punto de evacuación de aguas, subrayando la concavidad del espacio de la plaza. Subyace en esta imagen un cierto eco del pavimento de la Plaza del Campidoglio de Roma. El espacio que acompaña a la Catedral por el sur (calle Apóstoles) continúa con ese mismo tratamiento en el que sobre el fondo negro destacan varias líneas transversales blancas relacionadas con la planta del templo (marcando la entrada por la Puerta de los Apóstoles o convergiendo en el centro de la Capilla de los Vélez, por ejemplo).
Imágenes de la Plaza del Cardenal Belluga mostrando sus diferentes fachadas.
La reforma de la Plaza del Cardenal Belluga (con el nuevo edificio y la remodelación del espacio urbano) ha transformado radicalmente ese lugar. Antes de la intervención de Moneo, la plaza estaba configurada por dos diedros enfrentados muy diferentes. Uno era monumental e institucional (Catedral y Palacio Episcopal), mientras que el otro era doméstico y privado (lienzo de viviendas y palacete Doctoral La Riva). El plano horizontal entre ambos era poco más que una pieza de la red de circulación rodada murciana, menoscabando la importancia de la extraordinaria Catedral (que no contaba con un adecuado “atrio” delantero).
Tras la intervención se devuelve la trascendencia al espacio urbano y a su arquitectura. La introducción del nuevo edificio modifica los equilibrios espaciales, apareciendo  una nueva “tensión” longitudinal entre esos dos grandes retablos exteriores, el religioso de la Catedral y el civil del edificio municipal. El Palacio Episcopal ejerce de elemento de transición entre los dos iconos murcianos, el histórico y el contemporáneo y las viviendas del lateral norte ofrecen un telón neutro. Además, como ya se ha apuntado anteriormente, la construcción de la ampliación del edificio municipal ha modificado el simbolismo de la plaza, que tradicionalmente había estado vinculada a la órbita religiosa con la Catedral y el Palacio Episcopal. Con el nuevo edificio, el poder civil adquiere presencia en el espacio más emblemático de la ciudad y además, la ciudad incorpora un nuevo icono representativo de la Murcia contemporánea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

urban.networks.blog@gmail.com