17 dic. 2011

Las siete (o más) colinas de Roma y el diseño del relieve de la ciudad

El relieve de la Roma original: siete colinas (o más)
El mito de las siete colinas que conforman Roma tiene más que ver con la significación de este número que con la realidad, ya que, desde tiempos muy remotos, no hay un acuerdo sobre su identificación y, además, el entorno nos ofrece un número superior de montículos.
En cualquier caso, la Roma antigua no puede entenderse sin la base de su relieve que influyó en la localización de vías estructuradoras, lugares simbólicos, infraestructuras, etc.
El relieve sobre el que se asienta una ciudad es un punto de partida esencial para la conformación de la misma. La adaptación topográfica, que era una obligación en la antigüedad, se vio relativizada por la potencia tecnológica, lo que ocasionó (y ocasiona) impactos relevantes en el paisaje.
Uno de los puntos importantes para conseguir una ciudad sostenible es que sus nuevos crecimientos recuperen una relación equilibrada con el suelo en el que se asientan. En esta línea, surge el objetivo de aspirar al balance cero para las tierras o a la racionalidad en los movimientos de las aguas.

Las siete colinas de Roma

El mito nos habla de la Roma antigua y su asentamiento sobre siete colinas, que fueron las que quedaron encerradas por las murallas que delimitaron la ciudad (las Servianas o republicanas).
Roma se asentó, siguiendo la estrategia habitual en aquellas épocas, en las proximidades de un rio que favorecía la comunicación, pero  buscando la altura protectora de los montes existentes en sus proximidades. El Tíber es un rio navegable hasta unos 100 km del interior y Roma se sitúa en torno a unos 20 km de su desembocadura. El rio había ido excavando su cauce y el relieve del entorno estaba marcado por diferentes arroyos que habían modelado la orografía de los montes cercanos fraccionándolos en múltiples fragmentos (las características colinas).
Según la tradición, Roma fue fundada por Rómulo, en el año 753 a.C., en la colina del Palatino, en la margen izquierda del Tíber. Este primer recinto, la Roma Quadrata, que se encuentra entre la leyenda y la realidad arqueológica, dio paso a la Roma delimitada por las murallas servianas, cuyo levantamiento se atribuye (con algunas dudas) a Servio Tulio, sexto rey de Roma, en el siglo VI a.C. y que incluyó las siete colinas clásicas de la ciudad.
Desde el norte, y siguiendo las agujas del reloj, estas siete colinas podrían ser el Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio, Aventino, Capitolino y, en el centro del “círculo”, el Palatino. Pero el acuerdo sobre estos siete montes nunca ha sido unánime. El origen del mito del número siete podría encontrarse en la antigua fiesta que se celebraba el 11 de diciembre, el Septimonium, que acabó traducido como siete montes cuando también podría ser Saeptimontium, montes cercados (fortificados), sin que hubiera, inicialmente una referencia explícita al número siete. De hecho, eran ocho y no coinciden con las colinas citadas (eran Palatino, Velia, Fagutal, Subura, Cermalo, Piano, Celio y Cispio). En estas ocho colinas se habrían ubicado ocho aldeas autónomas (entre las que se encontraba la Roma primitiva) que celebraban unos festejos previos a su unificación. El territorio definido por ellas era mucho menor que el delimitado por las murallas servianas.
Posteriores listas, a lo largo de los siglos, nunca han mostrado el acuerdo sobre cuáles eran esas colinas que fueron el soporte de la ciudad que quedó delimitada por sus primeras murallas.
Realmente, estas colinas son riscos surgidos de las estribaciones de una cadena principal que discurre por el este y fragmentados de manera muy irregular por los arroyos afluentes del Tíber. Además, los cuatro montes principales (Quirinal, Esquilino, Celio y Aventino), presentan remates en la proximidad del rio que también ofrecían una identidad propia.
Así el Quirinal (Quirinalis) se prolongaba en el Capitolino (Capitolium). El Esquilino (Esquiliae) en el  Palatino (Palatium), Cermalus y Velia. El Celio (Caelius) entre el Celio mayor y menor. Igual que el Aventino (Aventinus) en el Aventino mayor y menor. No eran los únicos montes ya que entre el Quirinal y el Esquilino, con una menor altura se encontraba la loma del Viminal (Viminalis). Además, el Esquilino, el monte más complejo, contaba con varias alturas interiores que también fueron identificadas, como el Cispio (Cispius) el Opiano (Oppius) o el Fagutal (Fagutalis) o Subura. De la misma forma el Quirinal presentaba el Latiaris, Mucialis y Salutaris.
La confusión es razonable.
Años después se colonizarían otras alturas como el Pincio (Pincius) situado al norte, o el Janículo (Janiculum) y el Vaticano (Vaticanus), dos colinas que se encontraban en la otra orilla del Tíber.
En cualquier caso, sean siete o más, o sean esas siete u otras, para comprender la Roma antigua es ineludible la referencia a ese paisaje tan movido surgido de un relieve muy quebrado.
El trazado de las principales vías interiores y exteriores está determinado por las vaguadas de las diferentes colinas. Los puntos altos de las mismas fueron la ubicación de muchos de los edificios más simbólicos y representativos. O los Foros, punto de reunión y encuentro, que se instalaron en la vaguada central de la zona que recogía varios arroyos antes de desembocar en el Tíber. Fuera quedaría el Campo de Marte, la gran zona pantanosa extramuros que surgía del meandro del rio y que sería ocupado con el crecimiento de la ciudad.
Diseñar el relieve urbano: Paisaje, aguas y el balance cero de los movimientos de tierras

El relieve sobre el que se asienta una ciudad es un punto de partida esencial para la conformación de la misma. La adaptación topográfica, que era una obligación en la antigüedad, se vio relativizada por la potencia tecnológica. La tecnología nos permite rectificar el relieve de un territorio de una forma radical y, esta opción ha sido la escogida en muchos de los crecimientos urbanos de las últimas décadas.
Esta decisión tiene un impacto muy importante dado que la transformación de un relieve tiene trascendencia en el paisaje, en los recorridos de las aguas superficiales y subterráneas, supone un esfuerzo muy apreciable en términos económicos y, además, puede tener importantes incidencias negativas en temas como la contaminación o la energía.
Desafortunadamente, muchos de los planeamientos urbanos que se realizan, abordan la ciudad como un espacio de dos dimensiones fijándose únicamente en el plano y en la distribución del mismo, orientando su forma a partir de parámetros bastante abstractos. De esta manera, no se profundiza en la tercera dimensión que ofrece el relieve y que precisaría de un Modelo Urbano que atendiera y diseñara la volumetría de la ciudad.
El trazado de los viarios y sus pendientes, las líneas de infraestructuras de suministro o las ubicaciones de los espacios verdes no suelen presentar una adecuada sensibilidad al relieve preexistente, siendo causa de problemas y costes que tienen que ver poco con la eficiencia y la sostenibilidad.
La sostenibilidad de los nuevos crecimientos debe tener muy en cuenta la actuación equilibrada en movimientos de tierras. De ahí surge la noción de balance cero.
El balance cero implica que no se produzcan transportes de tierras hacia el exterior del sector urbanizado. Los excedentes de tierra (desmontes y excavaciones) deben equilibrarse con los rellenos internos o las aportaciones. Evitar el transporte a vertedero tiene varias ventajas: existe un ahorro económico, se reduce el consumo energético (minimización de combustible de transporte) y derivado de lo anterior también se minimizan las emisiones de CO2. También permite aprovechar los productos resultantes en función del diseño que se realice.
Por ello, para aspirar al balance cero de tierras, una de las estrategias del diseño urbano debe ser la configuración de un paisaje coherente, enlazando racionalmente con el entorno, distribuyendo con intención las zonas verdes que pueden recibir las excavaciones, estudiando las escorrentías y su aprovechamiento o planteando inteligentemente los viarios y sus relaciones.
Habitualmente, las urbanizaciones no suelen modificar el interior de las parcelas que vayan a ser edificadas lo que ocasiona por lo general, movimientos de tierra posteriores (por ejemplo la excavación de garajes) que suelen ser molestos y perjudiciales. Por ello es conveniente que desde los proyectos de urbanización se prevean esos movimientos diferidos y se marque el destino de cara a conseguir el equilibrio tanto en la fase de urbanización como en la de edificación.
Por otra parte, los desbroces habituales suelen retirar una capa del terreno que puede tener interés como suelo fértil.
El balance cero de las tierras es un objetivo deseable pero que no siempre es posible. Nunca podemos estar totalmente seguros de lo que sucede bajo el suelo que pisamos. La realización de estudios geotécnicos permite acotar esta incertidumbre al proporcionar datos sobre su composición, resistencia, estabilidad o sobre los cursos freáticos que circulan por su interior y la calidad de sus aguas.
No obstante, en ocasiones el suelo disponible es un mal soporte para la actividad urbanizadora, bien por su agresividad contra los materiales que se van a colocar o bien por su falta de calidad. En estos casos se hacen necesarias rectificaciones de terrenos o aportaciones de tierras procedentes del exterior (por ejemplo de zahorras y gravas para la realización de sub-bases). Aunque esta circunstancia debería ser objeto de reflexiones previas al planificar el modelo urbano, no siempre se descartan los suelos con poca aptitud.
Por otra parte, los movimientos de tierras afectan también a las aguas, tanto superficiales como subterráneas.
Uno de los impactos más negativos de una urbanización desconsiderada con la base natural es el que surge de la modificación de los recorridos de las aguas. Aunque, nuevamente, disponemos de tecnología para solucionarlos, suele tener un alto coste económico que además queda mantenido en el tiempo.
Para diseñar el relieve urbano con inteligencia para el agua es recomendable:
> Estudiar y tratar con coherencia las escorrentías superficiales y sus puntos de desagüe para intentar mantenerlas o redirigirlas razonablemente. Estas decisiones afectan a la red de saneamiento y a los propios edificios, a la posibilidad de aprovechar las aguas superficiales para otros usos y sobre todo pueden evitar graves problemas en caso de precipitaciones importantes.
> Estudiar y tratar coherentemente las aguas subterráneas y sus corrientes aproximadas para intentar no perjudicarlas. Los taponamientos suelen ser origen de problemas futuros.  También son problemáticos los desvíos inadecuados dado que pueden dejar desabastecidos puntos necesarios (pozos, fuentes, etc.). Además, hay que tener en cuenta que los perjuicios a estas corrientes (de contaminación por ejemplo) pueden manifestar a mucha distancia del punto de trabajo.
Diseñar atendiendo al relieve y sus características debería ser un criterio fundamental en todo proceso de urbanización, pero hay demasiados ejemplos en los que no se ha tenido suficientemente en cuenta, ocasionando daños que, a veces, tardan tiempo en aparecer pero que siempre acaban aflorando.
El balance cero de las tierras, o los movimientos racionales con el agua, entran dentro de la sensibilidad que persigue mayor eficiencia y menores problemas futuros, reforzado todo por la noción de sostenibilidad.
Deben ser un objetivo ineludible para los planificadores urbanos.

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