16 feb. 2013

Piazza Sant’Ignazio de Roma: Una escenografía con mensaje.

La Piazza Sant’Ignazio de Roma es considerada uno de los espacios más representativos de la ciudad barroca y, quizá, la escenografía más espectacular del rococó urbano.
Situada en el centro histórico de la ciudad eterna, esta pequeña y recoleta plaza, antesala a la gran iglesia de Sant’Ignazio, despertó desde el primer momento tanto admiración como críticas despiadadas. El arquitecto y tratadista Francesco Milizia, contemporáneo a su construcción, se refirió a los edificios como “casas ridículas en forma de cómoda” y hubo otros que atacaron su arquitectura “blanda, de mantequilla”.
En cualquier caso, la Piazza  no deja indiferente. El juego de contrastes con la imponente iglesia de Sant’Ignazio, supone un primer impacto (con sus diferentes escalas, materiales, texturas o colores). Pero profundizar en la riqueza de sus planteamientos geométricos, sus proporciones o en la fuerte carga simbólica de todo ello, permite apreciar con mayor intensidad un lugar que es una muestra de la integración entre diseño urbano y arquitectura para conseguir un fin común, una plaza con mensaje.
Y además, … es un espacio delicioso.

Una antesala necesaria para una gran Iglesia.
En 1550, San Ignacio de Loyola (1491-1556), el fundador de la Compañía de Jesús (jesuitas), impulsó la creación del Collegio Romano, como una institución docente, de formación completa, incluso universitaria. El edificio definitivo se construyó en el Campo Marzio, próximo a la Vía Corso, entre 1582 y 1584 (la atribución de su proyecto se debate entre Bartolomeo Ammannati y el arquitecto jesuita Giuseppe Valeriano).
Dentro del complejo colegial se encontraba la pequeña capilla de la Anunciación que servía como espacio para las celebraciones litúrgicas conjuntas. Pero el incremento de alumnos la dejó sin capacidad para acogerlos a todos. Por esta razón, en 1626, se decidió levantar en su lugar una nueva iglesia de dimensiones mucho mayores.
Pocos años antes, en 1622, había sido canonizado San Ignacio de Loyola, y a él sería dedicada esa nueva iglesia (Sant'Ignazio di Loyola in Campo Marzio).
Con la construcción de la nueva iglesia, se completaba la gran manzana que el Collegio Romano ocupa en el centro histórico de Roma. La entrada principal a la institución se produce por el sur, desde la Piazza del Collegio Romano, pero el acceso al gran edificio eclesiástico que se iba a levantar sería por el norte. Así pues, como una suerte de contrapeso espacial a la plaza sur sería necesaria una nueva en el norte que cumpliría la misión de antesala a la nueva iglesia.
El espacio reservado para ella sería remodelado entre 1727 y 1728 por Filippo Raguzzini para crear la actual Piazza Sant’Ignazio.

La Iglesia de Sant’Ignazio (tras el modelo arquitectónico de la Iglesia del Gesù)
La iglesia de Sant’Ignazio fue comenzada en 1626 y la larga duración de sus obras permitió la participación de varios arquitectos, todos pertenecientes a la Orden (destacando entre ellos  Horazio Grassi).
Fachada de la Iglesia de Sant’Ignazio en Roma.
Su planteamiento arquitectónico sigue el modelo de la Iglesia del Gesù, el espacio principal de la Compañía de Jesús. La Iglesia del Gesù fue comenzada en 1568 según proyecto de Jacopo Vignola (1507-1573) quien dirigió su construcción hasta su muerte. Su sustituto fue Giacomo della Porta (1540- 1602), quién rediseñó la fachada y la cúpula. Finalmente se consagró en 1584.
Il Gesù estableció un nuevo tipo arquitectónico para las iglesias, en sintonía con el espíritu de la Orden, que resultó muy influyente para el futuro. Todo el espacio se focaliza hacia el lugar principal, el altar mayor, evitando desviaciones de atención hacia otros lugares. Para ello, se eliminó el nártex (el atrio o vestíbulo característico hasta entonces) para acceder directamente al espacio central. También se suprimieron las naves laterales siendo sustituidas por capillas laterales interconectadas, de esta forma la nave central se convierte en un gran salón unitario. La planta de cruz latina queda potenciaba por medio de una extraordinaria cúpula que focalizaba la atención en el cruce de los dos ejes. La fachada fue otro de los aspectos claves del modelo.
La iglesia de Sant’Ignazio  siguió las directrices marcada por Il Gesù, pero padeció problemas constructivos y económicos que permitieron soluciones de gran originalidad. Una de sus singularidades es su “falsa cúpula”, un soberbio ejercicio de “trampantojo” realizado por Andrea Pozzo, cuya pintura sobre tela simula prodigiosamente una cúpula (desde el punto de vista del gran “salón”).
La sorprendente falsa cúpula de la Iglesia de Sant’Ignazio, pintada sobre una tela plana por Andrea Pozzo.
Tras muchos avatares, la iglesia fue finalmente inaugurada en 1722. Pero quedaba pendiente de resolver el espacio previo que se había reservado como plaza-antesala. Debía ser un lugar singular y ese fue el encargo que recibió Filippo Raguzzini.

La Plaza de Sant’Ignazio un espacio con mensaje.
Filippo Raguzzini (1680-1771) fue uno de los arquitectos más dotados y originales del barroco romano. En la ciudad eterna reconstruyó varias iglesias (San Sisto Vecchio, 1725; della Madonna della Quercia, 1727; San Filipo Neri, 1728; ó della Madonna del Divino Amore, 1744) y proyectó el Ospedale San Gallicano entre 1724 y 1726. También intervino en la definición final de la escalinata de la Trinità dei Monti, en la Plaza de España, construida por Francesco de Sanctis entre 1723 y 1726. Pero la obra que más reconocimiento le produjo fue su planteamiento escenográfico para la Piazza Sant’Ignazio que desarrolló entre los años 1727 y 1728. Tras estos intensos años de actividad, Raguzzini se convirtió en arquitecto municipal de Roma.
Un análisis formal de los espacios siempre es una interpretación que parte de las intenciones que con mayor o menor evidencia ha dejado el autor. Los comentarios sobre la Piazza Sant’Ignazio son, por lo tanto, una narrativa propia, conjeturada desde esas huellas percibidas.

Raguzzini habilitó inicialmente un espacio rectangular, de proporciones 3:4 para desarrollar dentro de él un juego geométrico y simbólico basado en esa misma proporción, con la participación de elipses como figuras principales. La elección de esa proporción y de las formas elípticas no fue casual, tuvo una clara intención simbólica.
La proporción 3:4 forma parte de los descubrimientos armónicos realizados por Pitágoras en sus investigaciones sobre la relación entre música y matemáticas. Pitágoras definió el  unísono, el diapasón (1:2, la actual octava), el diapente (2:3, hoy intervalo de quinta) o el diatésaron (3:4, denominado intervalo de cuarta en la actualidad).
Esta última proporción, que es la que aquí nos interesa, trascendería la escena musical. Esto sucedió, por ejemplo en las matemáticas (solamente hay que recordar  la repercusión de la proporción 3:4 en el triángulo de Pitágoras) pero adquirió sus esencias más relevantes a través de sus derivaciones simbólicas y religiosas (por ejemplo cuando la palabra diatésaron fue escogida por Taciano en la segunda mitad del siglo II para titular su armonía de los cuatro Evangelios).
Esta proporción, también conocida como “cuadrado más un tercio”, nos acompaña también en la actualidad, por ejemplo en las pantallas de televisión que han guardado la relación 4:3 entre sus lados (aunque ahora triunfa más el formato panorámico 16:9)
En los tiempos del barroco, la armonía “a través del cuatro”, que es lo que significa originariamente la palabra diatésaron, tuvo un gran eco simbólico y particularmente dentro de la órbita religiosa (y jesuita en particular).
Raguzzini la utilizó en un intento de reconciliar la naturaleza (con sus cuatro elementos clásicos, agua, tierra, aire y fuego) con la divinidad católica (en sus tres apariencias, Padre, Hijo y Espíritu Santo). La proporción 3:4 por lo tanto muestra esa aspiración de unidad entre el mundo real y el espiritual.
A partir de ese rectángulo inicial comienza un juego con unas figuras geométricas poco habituales en los espacios urbanos antes del barroco: las elipses. El barroco puso en primer plano estos “círculos deformados” como expresión de tensión. Y Raguzzini adoptó estas delicadas formas geométricas para expresar otra idea: la intensa tensión entre los dos mundos. Raguzzini se apoyó nuevamente en la proporción 3:4 para definir las dimensiones de los ejes de las elipses que configurarían la forma de la plaza.
Planta de la Piazza Sant’Ignazio e interpretación geométrica de su trazado: Un rectángulo de proporciones 3:4 que alberga diferentes elipses cuyos ejes guardan la misma proporción.
El trazado general parte de una gran elipse central de esas mismas proporciones y cuyo eje menor queda alineado con el gran eje de la iglesia de Sant’Ignazio. Sobre esta elipse central aparecen otras cuatro, menores pero con las mismas proporciones, y que hacen tangencia con ella y se inscriben en el rectángulo inicial.
Esas elipses “esculpen” los edificios que conforman la plaza. Su presencia se manifiesta singularmente en las esquinas de las construcciones laterales. También en la fachada del edificio que se enfrenta a la iglesia o en la formalización de los dos inmuebles que se retranquean tras los tres principales.
El conjunto consta de tres edificios que conforman la plaza, junto a la gran fachada del templo que ocupa el cuarto lado. Entre éstos destaca el central, que se enfrenta a la iglesia y que actualmente  está ocupado por la sección de los carabinieri que vigila el patrimonio cultural italiano. Las esquinas abiertas permiten ver otros dos inmuebles retranqueados (uno exento y otro unido por la planta baja al lateral de la plaza) que muestran las concavidades resultantes de las elipses directrices. Los edificios aislados presentan arriesgadas plantas triangulares que van deformándose según las exigencias del guión.
Raguzzini realizó un ejercicio de estilo geométrico con un marcado interés simbólico. Todo el conjunto proyectado muestra una sintonía que refuerza, por contraste, la presencia de la gran masa de la iglesia.
Las diferencias de escala, de color, de textura, o las mismas concavidades, pretenden mostrar el contraste entre la escala divina (grandiosa, noble, pétrea, monocroma) y la escala humana (doméstica, humilde, enfoscada, colorista). Las modulaciones de los huecos de los edificios, la seriación de sus contraventanas o balcones de hierro forjado y las prominentes cornisas, forman parte del telón de fondo de la escena de un teatro, en la que se representa la gran obra del mundo, que aspira a la unidad entre lo divino y lo humano, entre lo trascendente y lo real. Ese es el mensaje de la Piazza Sant’Ignazio.
Plaza Sant’Ignazio. Roma (fotografías de Eduardo Pascau)

La pequeña plaza sorprende al visitante que intuye que, tras esos extraños edificios, puede esconderse una motivación que trasciende las meras apariencias. La Piazza Sant’Ignazio es un espacio con intención, con mensaje, lo cual no impide que también pueda ser disfrutada desde su más estricta sensualidad.

Quiero agradecer a Eduardo Pascau, arquitecto y amigo, su colaboración al realizar las fotografías que ilustran este artículo.

1 comentario:

  1. Hola,
    Maravillosa entrada, me gustaría saber la bibliografía que has empleado para hacerla!
    Saludos.

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