9 mar. 2013

Claves de las ciudades norteamericanas (de colonización): cuadrícula, bidimensionalidad y “pecados originales”.


La inmensa retícula de Chicago

Cuando Estados Unidos se lanzó a la conquista del Oeste tuvo la obligación de crear numerosas ciudades a lo largo de un extensísimo territorio. Chicago, San Francisco, Houston,… son algunos de los ejemplos surgidos en este extraordinario esfuerzo de colonización. Todas presentan una base común: la cuadrícula de sus trazados.
Estas cuadrículas urbanas formaban parte de una estrategia colonizadora más general, ya que los Estados Unidos comenzaron disponiendo la retícula a lo largo de todo el territorio (delimitando municipios, condados o estados), de forma que las ciudades eran la concreción construida en determinados puntos seleccionados.
Para todo ello se apoyaron en las técnicas colonizadoras que habían utilizado anteriores imperios como el romano o el español.
De los romanos se tomó su estrategia de organización territorial ya que  la distribución de los Estados Unidos es una variante moderna de la centuriación, el procedimiento que “cuadriculaba” el territorio para distribuir parcelas agrícolas entre los colonos.
Por otra parte, las ciudades coloniales españolas sirvieron de inspiración para la planificación urbana. El trazado en damero (con calles paralelas y perpendiculares) facilitaba el levantamiento de los asentamientos a distancia, al ofrecer la posibilidad de proyectar anticipadamente y con rigor los lotes de terreno urbano que se iban a vender a los colonos (dinero vital para la financiación del nuevo país).


En los procesos de colonización de territorios, la planificación de nuevas ciudades era, en muchas ocasiones, realizada a distancia. Por ello, se recurría habitualmente a la geometría abstracta frente a las opciones orgánicas adaptadas al relieve concreto, por lo general poco conocido.
Dentro de las diferentes opciones geométricas, destaca, por su eficacia, el modelo reticular ortogonal (conocido también como hipodámico en honor a Hipodamo de Míleto, el agrimensor griego que la utilizó en sus trazados urbanos y que es considerado el “padre” de la planificación urbanística). Esta trama es una constante en los procesos de urbanización, especialmente en los de creación de nuevas ciudades. Las cuadrículas han sido muy utilizadas a lo largo de la historia, incluso en lugares poco propicios debido a las dificultades topográficas existentes (el caso de San Francisco es paradigmático al imponer este tipo de trazados a un territorio plagado de colinas con fuertes pendientes)
Detalle de la trama ortogonal de Los Angeles en su encuentro con los montes de su territorio.
La historia urbana nos ha legado dos referencias de primer orden que siguieron este modelo: las colonias del Imperio romano y las colonias españolas en América.

Organizando el territorio: la inspiración romana.
Respecto a la planificación de las colonias romanas, aquí nos interesa fundamentalmente, más que el interior de la ciudad, la distribución exterior del territorio circundante.
Esta planificación territorial se apoyaba totalmente en el asentamiento urbano previo, que se realizaba siguiendo unas reglas específicas, muy rígidas e inspiradas en los campamentos militares. La primera acción era marcar el centro de la ciudad (donde se ubicaría el Foro). Desde allí se fijaban las dos direcciones fundamentales, ortogonales entre sí, y que determinaban las vías principales: el cardo maximus (en dirección norte-sur) y el decumanus maximus (en dirección este-oeste). Los límites de la ciudad, que serían marcados por una línea de murallas, se establecían paralelos a estas direcciones. En el interior, también de forma paralela, se abrían nuevas calles secundarias que, al cruzarse, iban parcelando la ciudad dando origen a manzanas rectangulares.
Esta cuadrícula no se limitaba exclusivamente al interior de la ciudad sino que trascendía los límites urbanos para estructurar el territorio exterior (la centuriación), posibilitando la división racional del terreno cultivable. Las centurias eran grandes extensiones cuadradas que se orientaban siguiendo las direcciones marcadas por la nueva ciudad creada. Sus dimensiones eran de 20 actus por lado (un actus eran unos 35 metros, resultando aproximadamente lados de 700 metros lo que suponía unos 50.000 metros cuadrados, 50 hectáreas actuales). Este terreno se parcelaba (también ortogonalmente) y era repartido entre cien colonos, a razón de media hectárea, 5.000 metros cuadrados, para cada uno.
Esta estrategia de organización territorial (aunque con procedimientos y dimensiones distintas) inspiró la distribución de los Estados Unidos (por medio de la Land Ordinance de 1785 de la que ya se hablado en este blog). Pero a diferencia de los romanos, que primero fundaban una ciudad y desde ella trazaban la ordenación de su entorno, los estadounidenses procedieron al revés. Primero organizarían los territorios y posteriormente, siguiendo las directrices generales, ubicarían los diferentes asentamientos coloniales que pretendían crear.
Rastros identificables de la “centuriación romana” en el territorio circundante a Bolonia (Italia).
Mapa del centro de los Estados Unidos, con las delimitaciones de los “Counties” en el que se aprecia la retícula ortogonal  producida por la aplicación de la Land Ordinance de 1785.

Esquema de organización territorial dictado por la Land Land Ordinance de 1785, desde los estados a los condados y de éstos a los municipios (township) y a los lotes parcelas.
Organizando la ciudad: la influencia española
Las nuevas ciudades planteadas por los españoles en el siglo XVI en Centro y Sudamérica siguieron un modelo uniforme: un damero de calles rectilíneas, que definían un conjunto de manzanas iguales que, por lo general, eran cuadradas. Este modelo fue impuesto  desde el principio de la conquista y fue codificado en 1573, en tiempos de Felipe II, en lo que supuso la primera ley urbanística de la edad moderna.
El núcleo de la ciudad colonial se ubicaba en el centro geométrico del trazado, y se identificaba con la sencilla operación de suprimir, o reducir, algunas manzanas en esa zona. Con este gesto, se generaba un espacio urbano vacío de carácter público que sería la plaza principal. A esta plaza daban fachada los edificios públicos más importantes de la ciudad, como la iglesia, el mercado o el palacio municipal de gobierno. También solían encontrarse allí las casas-palacio de los ciudadanos mejor posicionados económica y socialmente.
Las nuevas ciudades coloniales no requerían su construcción inmediata. El trazado asignaba las parcelas a los propietarios, que construirían cuando y como les conviniera. Este operativa soslayaba la incertidumbre del crecimiento urbano, ya que ante la imposibilidad de precisarlo con anticipación, el modelo de damero permitía responder a las necesidades futuras con el simple añadido de las manzanas necesarias, siempre siguiendo las directrices determinadas inicialmente.
Por esto, el límite exterior siempre era provisional al variar conforme la ciudad iba creciendo (no solían plantearse murallas ni fosos). Como consecuencia del proceso de construcción, que dejaba abundantes huecos interiores de manzanas sin edificar, y de la indefinición del borde urbano, se atenuaba la separación entre campo y ciudad, por lo que las ciudades coloniales españolas  presentaban una cierta indeterminación urbana. También la uniformidad del damero (habitualmente decidida por la burocracia oficial en sus despachos) olvidaba la adaptación a las características del lugar (generalmente poco conocido), generando un espacio urbano demasiado genérico y en ocasiones pobre.
Las ciudades norteamericanas de colonización tendrán muy presente la flexibilidad operativa del modelo español al que aportarán, todavía, una mayor libertad.
Caracas (inicialmente llamada Santiago de León de Caracas), primer plano de la ciudad fechado en 1578.

Buenos Aires según el plano de 1713.
Guatemala según el plano de  1778.
Rasgos esenciales del modelo de ciudad norteamericana de colonización.
El modelo de ciudad de colonización norteamericana adquiere varios rasgos de singularidad respecto a las referencias romanas y españolas precedentes.
La ciudad colonial romana planteaba una retícula limitada, jerarquizada y fuertemente centralizada. Era limitada en cuanto a que se planificaba para una determinada población máxima que era la que se estimaba como ideal para el buen gobierno de la colonia. Este hecho se manifestaba con el levantamiento de un recinto amurallado que, más que proteger de ataques exteriores, tenía un carácter restrictivo sobre los derechos de ciudadanía. La ciudad colonial romana era, además, jerarquizada porque destacaba dos calles principales sobre el resto del trazado viario (cardo y decumano máximos). Y también estaba fuertemente centralizada porque remarcaba un punto medular (en el cruce de esas dos vías principales) con un alto contenido funcional y simbólico, el Foro, donde se ubicaban los edificios principales de la colonia y era el escenario de la mayor intensidad de la vida pública.

Ciudad colonial romana
Limitada
Jerarquizada
Centralidad fuerte

El damero colonial español presentaba caracteres diferentes al anterior, siendo un modelo ilimitado, desjerarquizado y con una centralidad leve. Era ilimitado porque se proyectaba para un crecimiento indeterminado (hay que tener en cuenta que se encontraban dentro de un contexto de ausencia bélica). El modelo, por lo general no plantea jerarquías viarias ofreciendo la isotropía de una retícula igualitaria. Por último, la ciudad colonial española presenta una centralidad leve porque si bien remarca una ubicación como punto vital de la misma, lo hace con el mero gesto de, por lo general, eliminar una manzana para ubicar allí la gran plaza pública en la que se situarán los edificios públicos principales.

Ciudad colonial española
Ilimitada
Desjerarquizada
Centralidad leve

En ambos casos, la ciudad se plantea desde un trazado abstracto pero se convertirá en un proyecto escenográfico (y por lo tanto de tres dimensiones) a partir de las arquitecturas públicas que ofrecen una determinada figuración urbana. El estilo romano o el estilo barroco serán los responsables del diseño de la ciudad pública representativa, ya que el componente residencial se limitará a tipologías, en muchos casos efímeras, y siempre bajo el dominio visual de los grandes equipamientos.

El modelo norteamericano aprovechará las bases que le ofrece la referencia colonial española pero proponiendo una mayor libertad de acción. Será una ciudad también ilimitada e igualmente falta de jerarquía pero radicalizará sus planteamientos al negar el concepto de centralidad.

Ciudad norteamericana de colonización
Ilimitada
Desjerarquizada
Decentralizada

Una primera consecuencia de la descentralización será el olvido inicial de la necesidad de un espacio público (tanto en cuanto a dotaciones como a espacios libres). Esto tiene una razón de ser. La ciudad colonial norteamericana fue tratada como una mercancía. Los trazados, de una regularidad sorprendente, fueron en definitiva la parcelación de unos terrenos, pertenecientes en primera instancia al gobierno de la nación, que los había “conquistado” militarmente. Esta parcelación permitió poner en el mercado lotes de terreno de diversas superficies que proporcionaron unos ingresos esenciales para un país en construcción. Muchas de las grandes infraestructuras que acometieron los nuevos Estados Unidos se financiaron con los recursos obtenidos de la compraventa de suelo para edificar. Las necesidades económicas llevaron a que todos los terrenos fueran susceptibles de venta (privatizables), y no se realizó ninguna reserva “pública”, que, por otra parte se consideraba innecesaria (las dotaciones deberían ser privadas).
Chicago según el plano de 1834 realizado por John Stephen Wright, con los lotes de parcelas para la venta.
La responsabilidad pública acababa allí. Una vez “vendida”, la evolución de la ciudad se convertía en una cuestión relativa a los ciudadanos propietarios que tenían plena libertad para desarrollar sus parcelas como creyeran conveniente. Esta es una cuestión de gran importancia porque es la causa de dos temas muy relevantes: en primer lugar el olvido de las infraestructuras básicas de urbanización (que en todo caso serán responsabilidad de los propietarios o de la agrupación municipal que configuren) y en segundo lugar la ausencia de espacio público libre. Ambos temas fueron también tratados en este blog utilizando el caso de Chicago como ejemplo:

Estas circunstancias tan particulares determinan además la inexistencia inicial de arquitecturas públicas representativas que fueran capaces de expresar una imagen urbana.
Todo ello nos conduce a otra conclusión. La ciudad norteamericana de colonización es la expresión pura de la ciudad de dos dimensiones. No hubo un proyecto tridimensional que diseñara calles y plazas teniendo en cuenta la arquitectura que las iba a definir, como sucedía en la ciudad antigua europea (donde espacio urbano y arquitectura solían unirse para conformar la ciudad, bien por planificación o incluso porque los edificios se construían de forma conjunta al trazado de los viarios, generando organismos de tres dimensiones).
Por el contrario en la ciudad de dos dimensiones solamente se organiza una trama sin pensar en la figuración final del conjunto urbano dado que su arquitectura es desconocida y que se desarrollará sin condiciones. Baste recordar el ejemplo de la definición de la anchura de calles que se limitaba a una separación coincidente con la longitud de la cadena que servía de herramienta al agrimensor.
Houston en 1873.

Lógicamente, estas afirmaciones serán matizadas por la evolución de cada ciudad. Pronto surgieron los problemas en una ciudad que necesitaba reservas “públicas” para determinados equipamientos esenciales como los docentes o los parques. La reserva dotacional para escuelas y espacios libres de esparcimiento tuvo que ser una resolución obligatoria que configuró una primera suerte de ordenanzas urbanas. Con el tiempo se irían corrigiendo los “pecados originales”, aunque nunca acabarán de perder totalmente los inconvenientes derivados por las faltas de articulación espacial (por la mezcla de escalas sin solución de continuidad) o las carencias de identidad urbana.

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