23 mar. 2013

Enderezar lo torcido: El City Marketing de los Papas en la Roma del Renacimiento.

La Vía del Corso, una de los primeros casos de “rectificación” urbana.

Roma salió malparada de la Edad Media. El largo periodo de los Papas de Aviñón (Cisma incluido) la dejó en un estado precario. Por eso, cuando en 1417 se restableció definitivamente el papel exclusivo de Roma como sede pontificia se inició un plan para recuperar el prestigio perdido por la ciudad. Pero, nuevamente, en 1517 Martín Lutero volvió a poner en jaque a la Iglesia católica con el lanzamiento de sus tesis y el inicio de la Reforma Protestante.
Entonces, aquellos trabajos de recuperación urbana que habían comenzado a mediados del siglo XV, fueron relanzados con el espíritu de la Contrarreforma, en una auténtica estrategia de City Marketing dirigida a devolver a Roma su papel simbólico como primera ciudad de la cristiandad. El Jubileo y el impulso a las peregrinaciones (particularmente el itinerario de las Siete Basílicas) fueron motores que, además, tuvieron gran trascendencia urbanística.
La Arquitectura y el Urbanismo fueron los grandes instrumentos de los pontífices. Se construyeron imponentes edificios (tanto públicos como privados) y sobre todo, se realizaron numerosas operaciones urbanas que reestructuraron la ciudad creando una “Seconda Roma” (que alcanzaría su esplendor en el Barroco).
Los Papas del Renacimiento se obsesionaron con la línea recta como directriz de las nuevas calles, pretendiendo “enderezar” con su voluntad lo que el tiempo había “torcido”. En las actuaciones sobre la ciudad existente destacó el sventramento, con el que se operaba sobre los trazados antiguos, que se consideraban inapropiados, para transformaban mediante derribos y realineaciones drásticas. También se intervino en las colinas, cuyos espacios libres presentaban fuertes desniveles. Allí, las nuevas vías rectilíneas se solucionaron con enormes movimientos de tierras.


La Roma medieval y renacentista: del hundimiento de la Ciudad Clásica a la creación de la Seconda Roma.
Roma, la primera ciudad del occidente antiguo sufrió de forma extrema las consecuencias de la caída del Imperio. La inutilización de las grandes infraestructuras, en particular de los acueductos que suministraban el agua, forzó el desalojo de las colinas y la concentración de la población en el meandro del Tíber y en el Trastevere. Durante el periodo medieval, el Campo de Marte fue densificándose en detrimento del resto de la ciudad que poco a poco fue abandonada, con el consiguiente deterioro de todas sus grandes construcciones clásicas. El Medievo, en contra de lo sucedido en otras ciudades de la península italiana, fue un periodo desfavorable para Roma.
El Foro romano tras el abandono de la Roma Clásica.
En el año 752, Roma se había convertido en la capital de los recién creados Estados Pontificios, vinculando estrechamente su futuro al de la Iglesia Católica. Desde entonces, los Papas, conjugaron el poder temporal que les otorgaba la jefatura de un estado con el espiritual como influyente cabeza de la cristiandad.
Esta posición chocó con los intereses de algunas de los nacientes estados europeos y fue causa de fuertes conflictos políticos y militares. Uno de ellos, el enfrentamiento entre el Papado y Francia tuvo unas consecuencias devastadoras para Roma. En los primeros años del siglo XIV, la extraordinaria tensión entre el rey de Francia, Felipe IV “el hermoso”, y el Papa Bonifacio VIII (193º pontífice entre 1294 y 1303) derivó, tras la muerte de éste, en un detrimento de la autonomía pontifical. El primer acto de esta pérdida se escenificó en 1309 cuando el Papa Clemente V (195º, 1305-1314), francés de origen, trasladó a Aviñón la residencia pontificia. Roma quedó huérfana.
Casi 70 años después, en 1378, Gregorio XI (201º, 1370-1378) decidió retornar a Roma pero murió ese mismo año y el conclave subsiguiente eligió a Urbano VI (202º, 1378-1389), como nuevo pontífice. Pero los cardenales franceses se rebelaron y eligieron a su propio Papa: Clemente VII (Antipapa cismático, 1378-1394) que continuó con su sede en Aviñón. Se había consumado el Gran Cisma, que fue un periodo crítico para la iglesia, dada la coexistencia de dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón.
Finalmente la unidad volvió en 1417 con la figura de Martín V (206º Papa entre 1417-1431). Entonces Roma era una ciudad con graves problemas urbanos y con su prestigio muy devaluado. En la segunda mitad del siglo XV comenzó la tarea para recuperar la ciudad.
Pero el lanzamiento de las 95 tesis de Martín Lutero en 1517 que significaron el arranque de la Reforma Protestante supuso otro duro golpe a la Iglesia Católica. Estaba en juego la credibilidad de la institución eclesial y la autoridad del Papa.
Como respuesta, Paulo III (220º, 1534-1549), convocó un Concilio que se reunió en Trento entre 1547 y 1563 para establecer las bases de la Contrarreforma. Sus conclusiones fijaron doctrina respecto a temas de dogma o disciplina, y se fortaleció la figura del Papa. Las órdenes religiosas (especialmente las más recientes) ejercerían un apostolado vital para difundir la nueva espiritualidad. También se apostó por el arte como vehículo de expresión del nuevo ideario y por la comunión de los fieles en las grandes celebraciones.
Roma, la sede del papado y primera ciudad de la cristiandad, sería el escenario donde representar la potenciación del símbolo de la nueva espiritualidad, que se pretendía imponer sobre la Reforma. Los Papas tomaron la ciudad como laboratorio experimental para fabricar una nueva imagen que proyectara al mundo entero la fuerza de la iglesia.
Mientras que los protestantes rechazaban las devociones, la iglesia reacciona potenciándolas hasta el punto de convertir a la ciudad y a los propios fieles en una parte importante de las mismas. Las estrategias comenzadas a mediados del siglo anterior serían reforzadas con un nuevo impulso constructor, reformador y programático. En el siglo XVII (el Seicento italiano) con la confirmación del Barroco, Roma alcanzaría el esplendor soñado: la Seconda Roma.

Enderezar lo que el tiempo había torcido: la rectificación renacentista de las vías romanas (el “sventramento” urbano y las modificaciones del relieve).
Martín V (Colonna, 206º, 1417-1431) asentó el papado en Roma (aunque hubo un periodo de rebelión cismática entre 1431 y 1439 que fue superado). Por eso, Nicolás V (Parentucelli, 208º, 1447-1455) pretendiendo estabilizar definitivamente la sede de Roma, estableció un plan a largo plazo con el objetivo de proteger a los Papas y rescatar a la ciudad de su abandono para convertirla en referente para la cristiandad. La Arquitectura y el Urbanismo fueron los grandes instrumentos de los pontífices para crear la Seconda Roma.
A finales del siglo XV comenzaron a materializarse las obras que transformarían radicalmente la ciudad. Roma sucedió a Florencia como vanguardia arquitectónica. Se construyeron numerosos palacios de la nobleza e importantes edificaciones religiosas, destacando sobre todas el complejo de San Pedro del Vaticano (1506-1626).
Los nuevos edificios se vinculaban a las grandes operaciones urbanas previas que estaban dotando de una nueva estructura urbana a un casco medieval caótico. Cada Papa del Renacimiento intentará dejar su impronta urbana, a pesar de que los pontificados en esa época fueron, por lo general cortos.
Desde un punto de vista urbanístico, los Papas realinearon calles y recuperaron trazados rectilíneos que habían caído en desuso pero, sobre todo, abrieron nuevas calles. Estas aperturas inauguraron la estrategia del sventramento urbano que inspiró a planificadores futuros  y que tantos ejemplos produciría en los siglos siguientes. El sventramento actuaba sobre los trazados antiguos que se consideraban inapropiados por estrechos y sinuosos, incapaces de favorecer el tráfico creciente y de ofrecer la amplitud necesaria para que los nuevos palacios de la nobleza pudieran ser observados y admirados. El papel de representación simbólica de la ciudad estaba en juego y los Papas encontraron en la “línea recta” la forma ideal para la nueva ciudad. Los trazados inadecuados fueron derribados y realineados drásticamente. Los Papas del Renacimiento se obsesionaron con la línea recta como directriz de las nuevas calles, “enderezando” con su voluntad lo que el tiempo había “torcido”.
Esta voluntad “rectificadora” también se impuso incluso a la adversa topografía de la zona de las colinas, donde gracias a enormes movimientos de tierra, con desmontes y terraplenados, se abrieron las grandes avenidas rectilíneas deseadas.
Si inicialmente las operaciones eran actuaciones dispersas, finalmente se agruparían bajo una visión más unitaria.  El fomento de las peregrinaciones fue uno de los objetivos estratégicos de los pontífices renacentistas y las grandes avenidas rectilíneas ofrecían muchas  posibilidades. Uno de los “programas” que determinaron la creación de las nuevas calles rectilíneas fue la creación del itinerario de las Siete Basílicas, como se verá más adelante.
Con estas operaciones se daba la vuelta al urbanismo tradicional de forma que ya no eran las arquitecturas las que determinaban los espacios urbanos sino al revés. Serían las calles, con sus alineaciones y alturas especificadas  las que marcarían el carácter de las edificaciones.

La Via Giulia de Roma
Las nuevas vías romanas
La Via Lata (del Corso) el gran eje norte de la Ciudad Imperial había perdido la directriz recta a lo largo de los siglos medievales y presentaba ciertas sinuosidades. En 1467, Paulo II (Barbo, 211º, 1464 y 1471) la realinea comenzando los procesos de rectificación urbana de las calles de Roma. A esta primera actuación le siguieron muchas a lo largo de las siguientes décadas. Sixto IV (Della Rovere, 212º, 1471 y 1484) abrió la Via Pettinari entre 1473 y 1475 con el puente que lleva su nombre. En 1500, Alejandro VI (Borgia, 214º, 1492-1503) hizo lo propio con la vía del Borgo Nuovo (hoy desaparecida por la Via della Conciliazione) y Julio II (Della Rovere, 216º, 1503-1513) rectificó  la Via Lungara, la Via Lungaretta, la Via Giulia y la Via dei Banchi.
En 1518, le tocó el turno a Leon X (Medici, 217º, 1513-1521), el Papa Medici regularizó la Vía Leonina (della Ripeta) facilitando el acceso al Palazzo Madama, residencia familiar. Esta vía comenzaba la realización del tridente que partiría desde la Piazza del Popolo. Este tridente espectacular no fue premeditado pero acabó formalizado cuando Clemente VII (Medici, 219º, 1523-1534) planteó la Via Clementina (del Babuino) en 1525 y alcanzaría su máxima representatividad con el levantamiento del obelisco que en 1589 realizó Sixto V. Este influyente trazado, ya fue analizado en un artículo anterior de este blog: “El tridente de la Piazza del Popolo en Roma, entre lo urbano y lodivino”.
Otro tridente menor acabaría conformándose cuando Paulo III (Farnese, 220º, 1534-1549) comenzó sus actuaciones urbanas sobre el Campo Marzio. En 1543 planteó la Via Paola que complementaba la anterior Via dei banchi. En 1544 fue rectificada la Via Trinitatis (actualmente formada por las vías di Monte Brianzo-del Clementino-della Fontana di Borghese-Condotti ) y también la Via di Panico en 1546.
La Contrarreforma aceleró la necesidad de transformaciones y para ello, fijó nuevos objetivos. En 1550 Roma estaba muy lejos de ocupar todo el espacio que abarcaban las murallas aurelianas y los Papas se plantearon la reestructuración de la zona de las colinas pensando en crecimientos más controlados. Los trazados se impondrían a un relieve poco adecuado para las calles rectas. Se realizarán enormes desmontes y rellenos para conseguir el efecto escenográfico y simbólico de las grandes perspectivas. Visiones que se reforzarían con una profusión de obeliscos que marcarían los puntos singulares de esa nueva ciudad que se superponía a la antigua.
La Vía del Babuino, el tercer brazo del tridente que parte de la Piazza del Popolo.
Una de estas grandes vías de la Roma renacentista será la Via Pia (hoy Quirinale-XX Settembre) que regularizaba un trazado de 1.600 metros hasta la nueva Porta Pía que diseño Michelangelo entre 1561 y 1564. Su promotor fue el Papa Pio IV (Medici, 224º, 1559-1565). Gregorio XIII (Boncompagni, 226º, 1572-1585) planteó la Via Merulana entre las Basílicas de Santa María la Mayor y San Juan de Letrán.
Su sucesor, el Papa Sixto V (Peretri, 227º, 1585-1590) a pesar de los pocos años que estuvo en la sede pontificia, planteó finalmente un Plano Regulador de Roma que ofrecía una visión unitaria de las remodelaciones. Si las actuaciones anteriores habían ido surgiendo de una forma individual y sin visión de conjunto, Sixto V con el itinerario de la Peregrinación a las Siete Basílicas intenta dotar a las transformaciones de un sentido de conjunto. Contó con la colaboración del arquitecto Doménico Fontana. Este gran sueño de Sixto V se representó en un fresco pintado en el Salone Sistino de la Biblioteca Apostólica Vaticana.
Entres sus realizaciones se encuentran la Via Panisperna que uniría Santa María la Mayor con el casco urbano y sobre todo la Via Felice que conectaría la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén con la Trinita Dei Monti (actualmente repartida entre las vías Sistina-delle Quatro Fontane-Agostino Depretis en su tramo norte y Carlo Alberto-Piazza Vittorio Emanuele II-Conte Verde- Santa Croce in Gerusalemme en el sur) y también la Via de San Giovanni Laterano que unía la Basílica de San Juan de Letrán con el Coliseo.
Vias rectilíneas abiertas por los Papas del Renacimiento, remarcadas en rojo sobre el Plano de Roma de Nolli de 1748 (entre paréntesis los nombres actuales si han cambiado)
1. Borgo Nuovo (desaparecida por la Via della Conciliazione); 2.Via Lungara; 3.Via Paola; 4. Vía dei Banchi (del Banco di Santo Spirito); 5. Vía di Panico; 6. Via Giulia;  7. Via Pettinari; 8. Via Lungaretta; 9.Via Trinitatis (di Monte Brianzo-del Clementino-della Fontana di Borghese-Condotti);  10. Via Leonina (di Ripetta); 11. Via Clementina (del Babuino); 12. Via Lata (del Corso); 13. Via Felice, tramo 1 (Sistina-delle Quatro Fontane-Agostino Depretis); 14. Via Pía (Quirinale-XX Settembre); 15.Via Panisperna; 16.Via de San Giovanni Laterano; 17. Via Merulana; 18. Via Felice, tramo 2 (Carlo Alberto-Piazza Vittorio Emanuele II-Conte Verde- Santa Croce in Gerusalemme)

City Marketing renacentista para Roma: El caso de los itinerarios de peregrinación y las Siete Basílicas.
Actualmente, la cada vez más intensa competencia entre ciudades ha llevado a muchas de ellas a adoptar estrategias del mundo de la empresa y de los mercados para aumentar sus posibilidades de futuro.
El caso particular del “City Marketing” supone la adaptación de técnicas empresariales relacionadas con la economía y el marketing para conseguir una mejora en el posicionamiento internacional de la ciudad. Entre los objetivos impulsores pueden hallarse desde la atracción de turismo o de nuevas inversiones económicas, hasta la mejora de la percepción de los ciudadanos sobre su propia ciudad.
Son muchas las ciudades que han activado este tipo de estrategias para revalorizarse.  En algunas ocasiones son operaciones relacionadas con el mundo de la publicidad (campañas del estilo “I love NYC”) aunque en otras se han llevado a cabo actuaciones más complejas. Hay ciudades que han utilizado eventos singulares para reposicionar su “marca” (albergando por ejemplo unos Juegos Olímpicos). Otras han instalado grandes infraestructuras de transporte o edificios singulares. Y algunas han acometido profundas renovaciones de sí mismas (en este caso, es paradigmático el exitoso ejemplo de Bilbao cuya remodelación fue abanderada por la instalación de una franquicia del Museo Guggenheim).
Pero hace ya más de 500 años, Roma, puso en marcha un programa de actuaciones urbanas encaminadas hacia fines similares. Es un antecedente lejano del actual  “City Marketing”. Sin darle ese nombre, los Papas del Renacimiento (y luego los del Barroco) utilizaron la ciudad como campo de experimentación y soporte “mediático” para conseguir recuperar su posición de primacía internacional, reforzando de paso a la Iglesia y a la comunidad cristiana, inmersas en una crisis importante.
Entre las estrategias adoptadas destacan las que integraron temas espirituales y urbanos. Porque para reforzar el papel de Roma como primera ubicación de la cristiandad se necesitó construir  un “relato” de base espiritual y para confirmarlo fueron necesarios grandes esfuerzos de adaptación de la ciudad.
Uno de los “programas” más espectaculares fue la creación del itinerario de las Siete Basílicas. En él se unieron motivaciones diversas, unas de carácter espiritual (el Jubileo y la peregrinación a Roma para obtener indulgencias), otras derivadas de intereses urbanos (colonización de zonas que habían sido abandonadas siglos atrás) e incluso de “coaching” interno, como el fortalecimiento del sentimiento de pertenencia de la comunidad cristiana al verse a sí misma representada participando en peregrinaciones colectivas. Sin olvidar el papel de los egos de los Papas de la época.
El Jubileo fue instituido en 1300 por Bonifacio VIII (el Papa que se enfrentó al Rey de Francia) adaptando una tradición hebrea. Se celebra periódicamente con un intervalo de 25 años, aunque en sus inicios fue un tanto irregular. El próximo Jubileo será en el año 2025. También puede haber jubileos extraordinarios (como el convocado en 1983 por Juan Pablo II para conmemorar el 1950º aniversario de la redención de Jesucristo).
El Jubileo exige, básicamente, la peregrinación a Roma para la visita a las Siete Basílicas de la Ciudad Santa, según el recorrido que determinó san Felipe Neri en 1552. Esta programación y las consecuencias que tuvo en la estructura urbana lo convirtieron en una auténtica estrategia de City Marketing renacentista.
El itinerario visita las cuatro basílicas mayores: San Juan de Letrán, San Pedro del Vaticano, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros, y las tres menores: la Basílica de San Lorenzo Extramuros, la de San Sebastián de las Catacumbas (o Extramuros) y la Santa Cruz de Jerusalén.
Las Siete Basílicas pontificias ubicadas sobre el Plano de Roma y su entorno de 1925.
Únicamente las cuatro primeras tienen el apelativo de “mayores”, lo cual significa, entre otras cosas, que en su altar solo puede oficiar el Papa y que cuentan con un “puerta santa” que se abre en los años jubilares. Por otra parte, San Juan de Letrán es realmente la Catedral de Roma (sede del Obispo de Roma y no San Pedro del Vaticano como algunos creen por el hecho de que sea la utilizada habitualmente por el Papa como templo representativo de la Iglesia católica).
Antiguamente, las Basílicas estaban asignadas a los Patriarcas que se distribuían el orbe católico (la Pentarquía). San Juan de Letrán era la representante de Roma, la basílica de San Pedro estaba asignada al Patriarca de Constantinopla, Santa María la Mayor al de Antioquía, San Pablo Extramuros al de Alejandría y San Lorenzo Extramuros al de Jerusalén (aunque esta Basílica hoy no es considerada “mayor” por carecer de puerta santa). Por esta razón, estas cinco se suelen agrupar bajo la denominación de “basílicas patriarcales”.
La Basílica de San Sebastián de las Catacumbas (o de San Sebastián Extramuros) y la de Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén completan el septeto.
Grabado de época describiendo las Siete Basílicas de Roma.
Las Basílicas se encontraban fuera del núcleo de la ciudad medieval, en la zona de las colinas que habían sido abandonas siglos atrás, en terrenos muy irregulares topográficamente y por lo tanto de difícil acceso.
El plano regulador de Sixto V intenta crear espacios transitables, que permitieran una fácil orientación para los peregrinos que acudían a la ciudad y no la conocían (desde cada “estación” podía adivinarse la siguiente etapa gracias a las perspectivas y a los hitos referenciales que marcaban los obeliscos). Además su directriz recta y su anchura facilitaría el movimiento con una virtud añadida: los peregrinos, desde dentro de la ceremonia, podrían observarse a sí mismos, sintiéndose integrados en la comunidad cristiana.
También se ha hablado de un “urbanismo de fachadas” en el que las vías evolucionaban desde su carácter habitable tradicional hasta convertirse en auténticos escenarios transitables, ya que sus principales misiones eran la de comunicar diferentes zonas de la ciudad y favorecer el tránsito de los peregrinos permitiendo su fácil orientación en una ciudad desconocida, acompañados por nuevas “fachadas” representativas que actuaban como telón de fondo.

Roma había sentado las bases para recibir la espectacularidad espacial y arquitectónica que se produciría en el siglo siguiente con las obras de autores como Bernini o Borromini. La Seconda Roma era un hecho.

2 comentarios:

  1. Roma es mi ciudad favorita, una vez tan brillante. Me gusta su arquitectura, como su historia, aunque uno es ahora una ruina. Gracias a la autora para compartir este artículo, permítanme aumento del conocimiento.

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