11 ene. 2014

Intensidad Urbana: El caso de Hortaleza- Santa Bárbara-Alonso Martínez (Tres en Uno, -Calle, Plaza y Glorieta-, en Madrid).

En las ciudades, hay lugares de gran intensidad cuantitativa y cualitativa. Cuando se reúnen ingredientes como una destacada posición estratégica, referente de movilidad, una ajetreada historia urbana, mucha representatividad social y algo de simbolismo, todo ello sazonado con un elevado grado de uso ciudadano, surgen zonas únicas.
En Madrid, la Plaza de Santa Bárbara y su entorno es uno de esos puntos. Allí se fusionan una calle (Hortaleza) con una plaza (Santa Bárbara) y una glorieta de tráfico (Alonso Martínez). Tres espacios en uno, en una yuxtaposición morfológica creada por una larga sedimentación temporal.
Este lugar fue frontera urbana, en la que se abría una de las puertas de la última muralla de la Villa, y por ello se convirtió en un ámbito de transición entre la Ciudad Antigua y el Ensanche Moderno. En ese punto de fricción histórica se implantaron conventos y palacios, se instalaron fábricas e incluso durante algún tiempo albergó la cárcel de Madrid. Todo ello en una sucesión de capas superpuestas originadas por numerosas reformas que finalmente han producido uno de los lugares más significativos de la ciudad.
Y en este intenso punto urbano de Madrid se ha instalado la nueva sede de Urban Networks, en la calle Orellana 1, edificio que, además, cuenta con su propia “leyenda mágica”.


La intensidad urbana suele relacionarse con valores cuantitativos que pueden ser medidos con objetividad y que habitualmente se centran en cuestiones de tráfico, como el número de personas que transitan por un determinado punto o la cantidad de vehículos que atraviesan una vía.
No obstante, la intensidad urbana también depende de cuestiones más subjetivas que tienen que ver con el protagonismo histórico de un lugar en el que han acontecido hechos relevantes, con su capacidad de penetración en la memoria de los ciudadanos o con su potencial como referente mental dentro de la ciudad. Lo cualitativo resulta fundamental para hablar de una intensidad urbana completa.
La Plaza de Santa Bárbara reúne todo lo anterior y por ello se ha convertido en uno de los lugares intensos y significativos de Madrid. En este artículo nos acercaremos a su densa historia de transformaciones.

El camino hacia el pueblo de Hortaleza que se transformó en la Calle de Hortaleza.
Tras la designación de Madrid como capital del Reino de España en 1561, Felipe II ordenó la construcción de una nueva muralla que ampliaría su recinto. Una de sus puertas fue la de la Red de San Luis. Este acceso, que conectaba directamente con el centro (la Puerta del Sol) a través de la actual calle Montera, era el punto donde nacían dos caminos, uno en dirección al pueblo de Fuencarral (y  desde allí hacia el norte de la península y Francia) y otro hacia el municipio de Hortaleza.
Plano del entorno de Madrid en 1800 remarcando en rojo el camino que conducía al cercano pueblo de Hortaleza. 
El primer tramo de este último camino se consolidaría como calle de la ciudad cuando se levantó la siguiente y última muralla de la Villa (por Felipe IV en 1625). En el cruce del camino con la cerca urbana se abrió el Portillo de Santa Bárbara que marcaría el final de la nueva calle de Hortaleza. La puerta recibió ese nombre porque allí se había levantado, pocos años antes, un convento de los Mercedarios descalzos dedicado a Santa Bárbara.
El entorno de la puerta se convertiría en uno de los puntos importantes de la ciudad. En su interior surgiría una plazuela que con el tiempo adquiriría rango de plaza: la Plaza de Santa Bárbara. Desde la puerta volvían a nacer dos caminos, uno hacia el noroeste para unirse con el camino de Fuencarral (actual calle de Santa Engracia) y otro hacia el noreste, que era la continuación de la dirección hacia Hortaleza (actual calle de Almagro). El punto incrementaría su complejidad añadiendo dos nuevas vías que seguían el trazado de la muralla configurando dos paseos de ronda: la Ronda de Santa Bárbara (actual calle de Sagasta) y la de Recoletos (actual calle de Génova).
En ese lugar se implantaron conventos (como los de Santa Bárbara, Santa Teresa y, algo más alejado el de las Salesas Reales), palacios (como por ejemplo el de Longoria, el de la Condesa de Guevara, el del Marqués de Ustáriz, de la Condesa de Adanero, o del Conde de Villagonzalo), se instalaron fábricas (desde la Real Fábrica de Tapices para la que trabajó Goya hasta una fundición de hierro), e incluso durante un tiempo albergó la cárcel de Madrid (la cárcel del Saladero).

El espacio interior junto a la puerta de la muralla que se transformó en la Plaza de Santa Bárbara.
El final de la calle Hortaleza,  en las proximidades de la Puerta de Santa Bárbara, era un amplio espacio, de marcado carácter longitudinal y con una pendiente pronunciada, en el que se configuró una plazuela que se convertiría en uno de los lugares más significativos de la antigua Villa. Allí confluía también la calle de San Mateo que conectaba con la calle de Fuencarral. El preexistente convento de Santa Bárbara fue su primer hito.
El plano de Texeira muestra el entorno de la Puerta de Santa Bárbara de Madrid en 1656. El Convento preside el amplio espacio longitudinal que se abría al final de la calle Hortaleza donde confluía también la calle San Mateo (que comunicaba con la de Fuencarral). Es destacable la presencia extramuros de una finca construida sobre la que se levantaría la futura Real Fábrica de Tapices.

El Convento de Santa Bárbara (y el complejo conventual del norte de la villa histórica)
En las afueras de la Villa, junto al camino que conducía al cercano pueblo de Hortaleza, existía una pequeña ermita dedicada a Santa Bárbara. En ese mismo lugar, en 1606, se abrió un convento de los Padres Mercedarios descalzos, fundado por Fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento y que se puso bajo la advocación de la misma santa. La iglesia no quedaría  concluida hasta 1622. El convento marcaba un teórico límite que sirvió de apoyo al trazado de la última muralla que se levantaría pocos años después, en 1625 bajo el reinado de Felipe IV.
Con esta nueva cerca urbana, el convento quedó incorporado dentro del recinto madrileño. Su importancia hizo que la puerta (portillo) que se abrió al final de la nueva calle de Hortaleza, y la plazuela interior que se configuró, recibieran su nombre.
En continuidad con el convento de Santa Bárbara fueron situándose otras instituciones religiosas hasta conformar una inmensa manzana de carácter conventual (que se encontraba delimitada aproximadamente por las actuales calles de Génova, Bárbara de Braganza, Fernando VI, Paseo de Recoletos y Plaza de Santa Barbara).
El segundo convento fue el convento de Santa Teresa, de monjas carmelitas descalzas, que fue fundado por Nicolás de Guzmán, Príncipe de Astillano y duque de Medina de las Torres, quien cedió a la comunidad los terrenos necesarios. Este convento se inauguró en 1684 (aunque la iglesia se finalizaría en 1719).
El tercer convento, el más oriental, fue el de las Salesas Reales, oficialmente Monasterio Real de la Visitación de Nuestra Señora, de monjas pertenecientes a la orden de San Francisco de Sales. Fue una iniciativa de Bárbara de Braganza, la esposa del rey Fernando VI, que lo fundó en 1748. El objetivo principal era la educación de las jóvenes de la nobleza, aunque la reina también pensaba en un retiro tranquilo para ella ente el eventual fallecimiento de su marido, ya que no tuvieron descendencia (no obstante, ella murió un año antes que el rey, en 1758 y ambos se encuentran enterrados en la iglesia del convento). El monasterio no se finalizó hasta 1757 según el proyecto de los arquitectos François Carlier y Francisco Moradillo.
El plano de Espinosa de los Monteros, realizado en 1769, muestra ya el complejo conventual con los tres cenobios y la remodelación del trazado de la muralla.
Los tres complejos religiosos contaban con amplios espacios libres destinados a huertas y jardines, cuestión que los puso en el punto de mira del crecimiento urbano, y fue determinante para su futuro.
El primero en desaparecer fue el convento de Santa Bárbara que fue desamortizado en 1836 y vendido en subasta pública a José Bonaplata quien, en 1839, instaló en ese lugar una fundición de hierro muy conocida, que se mantuvo hasta 1861. En ese año la fábrica fue trasladada y las instalaciones compradas por la Sociedad de Crédito Inmobiliario que derribó las edificaciones para urbanizar y construir viviendas. Entonces se trazó la calle Orellana y parte de las Calles Campoamor y Argensola. En el lugar en el que estuvo la iglesia, haciendo esquina con la Plaza de Santa Bárbara, se levantó el edificio de la calle Orellana 1.
En 1869 fue derribado el convento de Santa Teresa y en parte de su solar se levantó un parque de recreo denominado “Jardines Orientales” que acabó desapareciendo para dar paso a una zona continua de edificaciones residenciales, abriendo las calles de Justiniano, y otra parte de las de Campoamor y Argensola así como la prolongación de Santa Teresa.
Una relativa mejor suerte tuvo el convento de las Salesa Reales, puesto que aunque en 1870 se firmó el decreto de exclaustración de las monjas, el convento se transformó en Palacio de Justicia (con proyecto del arquitecto Antonio Ruiz de Salces) y la iglesia se convirtió en la parroquia de Santa Bárbara. Las monjas tras pasar brevemente por el Monasterio de las Salesas Nuevas en la calle San Bernardo, se trasladaron definitivamente en 1880 al nuevo monasterio de la calle Santa Engracia 18 (obra del arquitecto Francisco de Cubas).

La Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, el Saladero y la Cárcel de la Villa.
Más allá de las murallas de la ciudad, junto a la puerta de Santa Bárbara, el rey Felipe V, inspirado por los talleres franceses y ante la interrupción de las importaciones de los tapices flamencos, fomentó la creación de una fábrica que pudiera proveer las necesidades de la Corte. La Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara se puso en marcha en 1721 tomando el nombre de la cercana puerta (para esta fábrica trabajó Francisco de Goya como pintor de cartones para tapices).
Años después, en 1768, en esa parte alta de la ciudad que se encontraba junto a la puerta de Santa Bárbara y estaba por lo tanto bien ventilada, el rey Carlos III ordenó construir un edificio para matadero de cerdos y salazón de tocino. El edificio, atribuido al arquitecto Ventura Rodríguez, sería conocido como El Saladero.
En aquellos años la Cárcel de la Villa se encontraba en la parte posterior del Ayuntamiento y presentaba graves problemas de saturación. La conflictiva situación se agravó con la epidemia de tifus que en 1803 afectó a los reclusos y que dada su posición central en la ciudad provocó una gran alarma social entre los madrileños.
Desde entonces la ciudadanía reclamaba insistentemente el traslado de la población reclusa a otro lugar, decisión que se tomó finalmente en 1831 cuando se eligió el inmenso caserón del Saladero como nueva Cárcel de la Villa en sustitución de la anterior. El traslado se efectuó en 1833 y desde entonces fue conocida como la Cárcel del Saladero. En 1848 recibió, además, los reclusos de la cárcel de Corte, centralizando la penitenciaría madrileña.
El Plano de Madrid 1835 realizado por Tomás López en el que se identifican los principales hitos arquitectónicos del momento. nº 8, Convento de Santa Teresa; nº 23, Convento de las Salesas e Iglesia de la Visitación; nº113, Convento de Santa Bárbara; nº 137, Cárcel del Saladero; nº 155, Fábrica de Tapices
Estas dos grandes instalaciones acabarían desapareciendo por haberse convertido en un impedimento para el desarrollo del Ensanche madrileño. Respecto a la fábrica de Tapices, se ordenó su traslado a través de una ley de 1882. No obstante, la operación no se llevó a cabo hasta 1891, cuando el nuevo edificio que se construyó en el barrio de Atocha estaba preparado. Entonces, la fábrica de Santa Bárbara fue derribada y troceada en solares que fueron construidos.
También la cárcel impedía el trazado del Plan Castro, pero además tenía importantes problemas, dado que el edificio no reunía las condiciones mínimas y las condiciones de los reclusos no habían mejorado. Finalmente se optaría por construir un nuevo centro penitenciario al final de la calle Princesa: la Cárcel Modelo (donde hoy se levanta el Cuartel General del Ejército del Aire). En 1884 los presos fueron trasladados y el edificio, derribado en 1888.

En imagen de la maqueta de Madrid realizada por León Gil de Palacio en 1830 se aprecia en primer plano la Plaza de Santa Bárbara con la Cárcel del Saladero y la Real Fábrica de Tapices extramuros. Al norte el extraordinario conjunto de las Salesas Reales.
Palacios de la nobleza.
El incremento del prestigio de la zona terminó por animar a la nobleza a construir en ella alguno de sus palacios. El primero fue en 1748 el Palacio del Marqués de Ustáriz, que siguiendo el proyecto del arquitecto José Pérez, se encuentra en la manzana delimitada por las calles Mejia Lequerica, Beneficiencia, Serrano Anguita y San Mateo (actualmente su estado es lamentable).
En la manzana contigua, de forma triangular y delimitada por las calles de Hortaleza, San Mateo y Mejía Lequerica se construiría más de un siglo después el Palacio del Conde de Villagonzalo (también denominado Palacio de Santa Bárbara), que fue proyectado por Juan de Madrazo y Kuntz y construido entre 1862 y 1866.
Una de las construcciones más destacadas de la plaza de Santa Bárbara es el Palacio de la Condesa de Guevara que en 1920 construyó su residencia según el diseño de Joaquín Pla Laporta. En la actualidad, el palacio es propiedad del banco BBVA.
Próximos a la plaza se encuentran palacios tan relevantes como el Palacio de Longoria (actualmente sede de la SGAE, en la calle Fernando VI). Este edifico es la muestra modernista más espectacular de la capital que diseñó el arquitecto José Grases Riera y se construyó entre 1902 y 1904. También puede reseñarse el Palacio de la Condesa de Adanero (actualmente alberga instalaciones del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, en la calle Santa Engracia 7). Fue construido en 1911 según proyecto de Joaquín Saldaña y dirección de obra de Mariano Carderera.

La reforma urbanística del entorno a finales del siglo XIX y la creación de la Glorieta de Alonso Martinez.
El planteamiento de Ensanche para Madrid, aprobado en 1860, tuvo importantes consecuencias para el entorno de la Plaza de Santa Bárbara. Primero por el derribo de la muralla y segundo por la reconfiguración de los bulevares, ya que el Plan Castro, realineaba las entonces llamadas Ronda de Santa Bárbara y Ronda de Recoletos.
El Plan Castro para el Ensanche de Madrid superponía la trama ortogonal a las preexistencias e intentó eliminar sin conseguirlo, calles como santa Engracia o Almagro. Donde sí tuvo influencia fue en la realineación de las rondas-bulevares que supusieron por ejemplo, el derribo de la Cárcel del Saladero.
La Ronda de Santa Bárbara partía de la Puerta entonces llamada de Bilbao hacia el Portillo de Santa Bárbara e iba curvando su recorrido obligada por la presencia del gran edificio de la Cárcel del Saladero. La nueva directriz propuesta para esta vía (actual calle de Sagasta) era rectilínea y el planteamiento de una glorieta semicircular para organizar el tráfico (la actual Glorieta de Alonso Martínez), implicaban el derribo del edificio penitenciario. Por su parte, la Ronda de Recoletos (actual calle de Génova) que conectaba la Puerta de Santa Bárbara con la Puerta de Recoletos (en la actual Plaza de Colón, aunque entonces esta plaza estaba ocupada por la Fábrica de Moneda y Timbre), también era un paseo obligado a curvarse por la existencia de los huertos del antiguo Convento de Santa Bárbara. La nueva calle sería rectificada desde la nueva Glorieta de Alonso Martinez pasando por encima de aquellos huertos conventuales. Las dos rondas se convertirían en bulevares, y así siguen siendo conocidas a pesar de haber perdido sus señas de identidad.
No obstante, no todas las determinaciones del Plan Castro fueron atendidas, ya que por ejemplo se mantuvieron los caminos hacia el norte (calle de Santa Engracia y calle de Almagro), que Castro propuso en primera instancia suprimir. La urbanización del encuentro entre las calles de Sagasta y Santa Engracia, y la Glorieta forzó el derribo de la antigua Real Fábrica de Tapices.
En 1886 la Ronda de Recoletos paso a tener su denominación actual (calle de Génova) y en 1889 se trazó definitivamente la alineación de la antigua Ronda de Santa Barbara que, a partir de entonces se denominaría calle de Sagasta. La remodelación finalizó en 1891 con la creación de la glorieta que fue rebautizada como Glorieta de Alonso Martínez.
El impulso del Ensanche fue animando la urbanización de esa “frontera norte” que había estado ocupada por los diferentes conventos relacionados anteriormente, abriéndose calles como Argensola (en honor a los poetas barbastrenses del siglo XVI) y Campoamor. También la parte occidental tuvo una importante reurbanización, con nuevas calles (parte de la calle Mejía Lequerica o la calle Barceló) o ensanchamientos (que posibilitaron edificaciones tan singulares como la estrecha casa de Mejía Lequerica 1, denominada “de los lagartos”, cuyas salamandras soportan las terrazas del ático).
Plano de Madrid (Facundo Cañada, 1900) con los trazados definitivos de la plaza y sus calles aledañas.

Ortofoto de la Plaza de Santa Bárbara antes de la última remodelación, dominada por la doble calzada de la calle Hortaleza y con el “salón-bulevar” central. En el centro del mismo se aprecia el kiosko-librería que sería sustituido por la reforma.
La última reurbanización de la Plaza de Santa Bárbara (2009)
El Plan General de Ordenación Urbana de 1997 había definido una estrategia de recuperación del centro histórico de Madrid y para concretarla seleccionó diferentes áreas de la ciudad. Una de ellas fue definida a partir del mercado municipal de Barceló y su entorno, en un sentido amplio, ya que incorporaba la Plaza de Santa Bárbara.
Con ese objetivo, el ayuntamiento convocó en 2007 el Concurso de Ideas para el Equipamiento, Diseño Urbano y Reestructuración del Mercado de Barceló, Plaza de Santa Bárbara y su entorno. La competición fue ganada por los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Soberano.
Como una fase de la operación global, en el año 2009 se inauguró la reurbanización de la Plaza de Santa Bárbara y sus aledaños. Hasta entonces, el tramo final de la calle Hortaleza se bifurcaba al llegar a la plaza  que funcionaba como un salón-bulevar urbano aislado. Con la reforma, se incrementó notablemente el espacio estancial ya que se suprimió una de las calzadas de la calle (la oriental), manteniendo la otra con doble sentido.
La estrategia de peatonalización se extendió a varias de las calles contiguas a la plaza. En esta línea se amplió la acera derecha de la calle Mejía Lequerica (entre la calles Hortaleza y San Mateo) y el tramo final de esta última calle fue peatonalizado al igual que el de la calle Orellana, entre la plaza y Campoamor.
El kiosco histórico que tuvo la plaza fue derribado y en su lugar se construyó uno nuevo, también dedicado a librería y sintonizado con el nuevo diseño. La pavimentación de losas de granito con diferentes despieces, conjugado con el adoquín, madera o terrizas se completa con la aparición de zonas verdes en parterres, el incremento del arbolado y el nuevo mobiliario urbano.
Plano de la última reurbanización de la Plaza de Santa Bárbara y sus aledaños, inaugurada en 2009.

La “leyenda mágica” del edificio “Orellana, 1”.
El convento de Santa Bárbara alojó los restos de la beata Mariana de Jesús, religiosa que fue muy popular en el Madrid de principios del siglo XVII por sus visiones prodigiosas. La monja murió en 1624 y pronto se inició su proceso de beatificación para el cual fue exhumada en 1627 con la sorpresa de encontrar su cuerpo incorrupto (finalmente sería beatificada en 1783 y actualmente tiene abierto el proceso de canonización).
Con la desamortización del convento en 1836, la sepultura de la beata fue trasladada al convento mercedario de Don Juan de Alarcón, en la cercana calle de Valverde 15, donde permanece desde entonces (y es expuesto al público cada 17 de abril).
Sobre este insólito hecho, investigadores de lo esotérico y de lo paranormal, consideran que la impresionante conservación del cuerpo de la beata fue debida a la existencia de un vórtice de energía que se encontraba en la posición de la antigua ermita de Santa Bárbara, luego ocupado por la iglesia del convento (en el punto donde habría sido enterrada la religiosa). Estos supuestos vórtices serían lugares singulares dentro de la red de flujos bioenergéticos terrestres y tendrían esa extraordinaria capacidad de momificación.

Actualmente, sobre el solar de este templo, haciendo esquina con la Plaza de Santa Bárbara, se levanta el edificio de la calle Orellana 1. Así pues, este edificio cuenta con su propia “leyenda mágica” ya que en su interior contendría el hipotético vórtice generador de la energía que evitó la putrefacción del cuerpo de la beata Mariana de Jesús. (¡¡!!)

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