4 ene. 2014

¿Es Madrid masculino y Barcelona femenina? (Consideraciones sobre algunos tópicos urbanos que afectan a las dos ciudades)

¿Las ciudades tienen sexo? ¿Hay diferencias de género entre ellas? ¿Es una cuestión derivada de las toponimias o esconden algo más?
Estas preguntas, aparentemente absurdas, nos dirigen hacia el mundo de los tópicos. Todos estamos de acuerdo en lo peligroso que puede resultar el intento de caracterizar una identidad urbana a partir de ellos. Son injustos con la diversidad, demagógicos, a veces insultantes, discutidos y discutibles, pero aunque los tópicos son un terreno pantanoso, es indudable su capacidad para generar identidades, aunque sean problemáticas y a veces difíciles de aceptar (en ocasiones son etiquetas establecidas por los foráneos con ánimo de ofender, aunque en otras son proclamadas con orgullo por los propios ciudadanos).
Los tópicos no explican la realidad, pero, pueden invitar a la reflexión y permitir un acercamiento, incluso divertido, al sustrato identitario de las ciudades y sus gentes. Los tópicos suelen ser respuestas que, aunque puedan estar desenfocadas, nos animan a meditar sobre las preguntas que las suscitaron y, ¿quién sabe?, quizá descubramos algo.
Entonces, a pesar de todos sus inconvenientes, comencemos el año con humor, acercándonos, como divertimento, al resbaladizo mundo de los tópicos para formularnos varias cuestiones sobre las dos ciudades principales españolas, como por ejemplo ¿Es Madrid masculino como el chotis y Barcelona femenina como la sardana?


Los tópicos, al igual que la estadística, son injustos con la individualidad y también suelen serlo con la generalidad de las cosas y de las personas. Pero la estadística, al menos, incorpora una fecha que la enmarca y fija su caducidad, mientras que los tópicos surgen y sobreviven a la época de su creación siendo, muchas veces, inmunes a las variaciones de la sociedad con el paso del tiempo.
Es muy arriesgado utilizar los tópicos como referencias para comprender la realidad, pero su potencia expresiva y su capacidad para sugerir identidades hacen que tampoco sean rechazables de plano, porque la reflexión que debe acompañar a su análisis puede ser fructífera. No obstante, los tópicos urbanos, a pesar de referirse a las ciudades, hablan de sus ciudadanos, de la condición humana de sus habitantes.

Un punto de partida para comenzar nuestro “cuestionario tópico” puede ser el análisis de dos campañas institucionales que perseguían mejoras urbanas tanto en Madrid como en Barcelona. Cada una de las dos ciudades planteó su estrategia y seleccionó un eslogan muy revelador.
En 1985, el Ayuntamiento de Barcelona puso en marcha una campaña cuyo objetivo era impulsar la rehabilitación de edificios de la ciudad y en particular de sus fachadas. El programa fue evolucionando con los años hasta convertirse en un Plan de Protección y Mejora del Paisaje Urbano pretendiendo estimular, fomentar e impulsar las actuaciones de mantenimiento y rehabilitación del patrimonio privado de la ciudad facilitando subvenciones para ello. El éxito de la campaña fue total y de hecho, todavía continúa, incluso manteniendo el eslogan inicial: Barcelona posa’t guapa” (Barcelona, ponte guapa)
Por su parte, en Madrid, desde el área de Medio Ambiente del Ayuntamiento, se puso en marcha a principios de la década de 1990 una campaña que pretendía la mejora del espacio urbano desde un punto de vista operativo. El Plan, que potenciaba las zonas verdes de la ciudad y el aseo urbano, tuvo un eslogan que lo definía: “Madrid, Limpio y Verde”. También la actuación evolucionaría y en 1999 se centraría exclusivamente en aspectos de limpieza urbana, transformando su eslogan por el de “Madrid Limpio es Capital” prolongando una campaña que duraría hasta 2003.
Estos dos eslóganes, tan diferentes, son una buena excusa para iniciar nuestro recorrido:

¿Es Madrid masculino y Barcelona femenina?
Comenzamos por la que quizá sea la pregunta más tonta de todas. ¿Acaso las ciudades tienen sexo? ¿Es una cuestión derivada de las toponimias o esconden algo más?
La referencia institucional alude a un Madrid en género masculino y a una Barcelona en femenino. ¿Podría existir una diferencia de sexo entre las dos ciudades?, porque las reseñas a ambas, en cualquier ámbito, suelen insistir en esta diferenciación de género (por ejemplo, el Madrid del siglo XXI, el Madrid de los Austrias, la Barcelona del siglo XXI, la Barcelona Modernista, etc.)
¿Es, por lo tanto, Madrid masculino como el chotis y Barcelona femenina como la sardana? Chotis y sardana son dos bailes históricos y tradicionales (folclóricos). En Madrid se baila el chotis, un baile de pareja, lento (parece que no hay que salirse de los límites de una baldosa). En Barcelona, la sardana, más que un baile es una danza en la que unas cuantas parejas se dan la mano (en alternancia chico-chica) y levantan los brazos para dar suaves giros al ritmo de una música bastante tranquila. Los tópicos hablan del chotis como un enhiesto tótem (la pareja casi no se mueve), vertical, rectilíneo y por eso relacionado con lo masculino, frente al sentido circular de la sardana, horizontal y curvo que puede acercarse al mundo femenino.
Pero sigamos indagando por la resbaladiza senda de lo masculino y lo femenino dentro del mundo de los tópicos. La diferencia de género nos puede sugerir preguntas como: ¿Lo masculino puede asociarse con lo directo y explícito, frente a lo femenino que se relacionaría con lo sutil y lo matizado? ¿Podríamos referirnos a lo masculino como un hecho dominante (al menos en tiempos anteriores) y a lo femenino como lo dominado (en esas mismas épocas)?, ¿Podemos pensar que lo masculino indica un carácter soñador, idealista y lo femenino simboliza lo práctico y lo apegado a la tierra?
Y, tras esta retahíla, nos queda la duda de si ¿podrían las consideraciones anteriores tener algo que ver con Madrid y Barcelona? Y, ¿puede condicionar nuestra mirada hacia las ciudades el hecho de verlas como un “padre” o una “madre?

¿Son los ciudadanos madrileños indiferentes e individualistas frente a los barceloneses, asociacionistas y comprometidos con su ciudad?
Hay otro tópico que determina que los madrileños son muy desapegados con su ciudad e incluso entre ellos mismos, tildando al habitante de la capital de indiferente e individualista frente a los barceloneses, con tendencias mucho más colectivas, con un asociacionismo vecinal muy activo y con alto grado de compromiso con su ciudad.
Las dos campañas comentadas al inicio sugieren un grado de implicación del ciudadano muy distinto. El mensaje en Madrid exhorta a los ciudadanos al cumplimiento del deber, mientras que en Barcelona se les llama para apoyar a una hija, a una madre o a una hermana.
En Madrid el ciudadano permanece ajeno, no se le implica más allá de una obligación casi contractual y la campaña aparece como el objetivo de un programa que la administración presenta a sus ciudadanos. En Barcelona, en cambio, parece una responsabilidad compartida, donde edificios y habitantes se fusionan en una única entidad sentimental. Parece que Barcelona sea cosa de sus ciudadanos, mientras que Madrid sería responsabilidad el estado o del ayuntamiento. La cosa pública es de todos o no es de nadie.
Ciertamente el grado de conexión del ciudadano con su espacio vital es una de las principales cuestiones que afectan a la identidad urbana. Quizá Madrid, pueda justificarse diciendo que sus habitantes  tienen una variada procedencia y eso hace que “sientan”  menos su espacio mientras que en Barcelona sucedería lo contrario. Pero la realidad desmiente en parte esta afirmación, porque en Barcelona también la procedencia es variada, o por lo menos lo fue y mucho durante los años del desarrollismo. Ahora bien, ¿qué tiene una ciudad para implicar tanto a sus recién llegados? ¿Quizá sea un caso parecido al de ingresar en un “club selecto” que impone unas reglas de acceso (idioma, costumbres,…), y al superarlas, se incrementa el sentimiento de pertenecía?, ¿Habrá, quizá, algo sobre el entendimiento del espacio como algo propio, en donde “lo catalán” se enfrenta a “lo español”? (es conocido que la identidad se construye mucho más fácilmente en oposición a algo).
Pero volvamos a tópicos más relajados y que también pueden relacionarse con los de la pregunta acercándonos de nuevo a los bailes tradicionales de cada una de las dos ciudades, a los que nos hemos referido antes. Frente al chotis madrileño, un baile individualizado (de dos) se encuentra el baile por excelencia de la tradición catalana y barcelonesa, la sardana, que  es un baile de grupo. ¿Significará algo esa individualidad madrileña y ese baile colectivo catalán? (que puede relacionarse con otra tradición muy arraigada, los castellers, esas torres humanas que se levantan en las fiestas de muchos municipios catalanes).
Un dato a tener en cuenta es el peso de las asociaciones vecinales de Barcelona, que en algún caso lograron éxitos importantes frente a decisiones del poder (basta recordar cómo se tumbó el conocido Plan de la Ribera que en los años setenta pretendía transformar el frente marítimo con criterios especulativos). En cambio en Madrid, el asociacionismo vecinal es prácticamente inexistente (salvo alguna excepción de barrios “con solera”).

¿Es Madrid un collage acogedor y Barcelona una unidad refractaria?
El poeta José Hierro fue el encargado del pregón de las fiestas madrileñas del dos de Mayo de 1999. En su alocución hizo una divertida referencia a que Madrid era una ciudad inventada por los forasteros, donde lo más tradicional era producto de importación. Para demostrar este argumento, el poeta invitó a visualizar una imagen típica del casticismo madrileño: una pareja bailando un chotis (danza escocesa), con la mujer portando un mantón (de Manila), al ritmo que marcaba el organillo (invento italiano) bajo las luces de los farolillos (chinos).
La propia ciudad aparece como un collage de tramas, muchas veces mal articuladas o simplemente yuxtapuestas, reforzando la idea de Madrid como suma de elementos.
Quizá esa asimilación de lo foráneo sea una de las grandes virtudes de la capital. Madrid, se presenta como un lugar de acogida donde la integración es inmediata (muchos “madrileños” actuales tienen su pasado en otro lugar). Pero en su virtud esconde también su “pecado” ya que la diversidad es a su vez origen de su gran defecto, la falta de identificación de los ciudadanos con su espacio. Solo hay que contemplar las fiestas patronales de la ciudad, una celebración puntual con escasa participación ya que, en general, muchos ciudadanos aprovechan esos días de asueto para viajar y alejarse del “mundanal ruido” capitalino.
Barcelona, en cambio, se ofrece como una unidad, matizada pero con sentido de conjunto. Desde luego socialmente porque la identificación de cada miembro con la comunidad, con la ciudad y con el territorio catalán es muy importante (aunque este tema admitiría muchos matices). La propia ciudad refuerza esa idea con sus planteamientos básicos: el lado de la “montaña” y el lado del “mar”, los ríos delimitadores, y entre todos el “llano”. Barcelona no se presenta como una ciudad collage (aunque lo sea como todas) ya que a la unidad del centro histórico se enfrenta la del Eixample para dar paso a unas periferias menos identificadas con las “esencias” barcelonesas.
Barcelona no se ofrece como lugar para cualquiera como sucede en Madrid. Integrarse requiere cumplir varias reglas, y la principal es el idioma. La lengua se convierte en un filtro de identificación que actúa como barrera para la integración de los forasteros. Ahora bien, también se dan los casos de quienes profesan “la fe del converso” y una vez aceptados se convierten en más “papistas que el papa” promoviendo ese aspecto refractario que hace difícil la inmersión del forastero.

¿Es Madrid cerebral y automatizado frente a Barcelona, que sería sentimental y viva?
En la campaña institucional citada al principio, en Madrid se aprecia una componente aséptica, distante, objetiva. La limpieza y el incremento de zonas verdes son valores sobre los que nadie discute y que son cuantificables (porcentaje de zonas verdes, toneladas de basura retirada de la ciudad, etc.). El mensaje del eslogan sugiere un cumplimiento del deber sin otro objetivo que asegurar la calidad de vida. Es un mensaje institucional, frio, que simplemente llama al ciudadano a atender a sus obligaciones.
En cambio, en Barcelona, se transmite una familiaridad, entrañable y subjetiva. La belleza, y más si nos referimos a la femenina, es un tema de permanente discusión y de cambios de cánones. “Guapa” es un adjetivo en el que difícilmente podrá ponerse de acuerdo a todo el mundo. ¿En qué consiste poner guapa a una ciudad?, es algo también complejo de definir, será la limpieza urbana, el arreglo de sus fachadas, el cuidado de los elementos de su mobiliario urbano, etc. aunque esto no sea lo importante de la comunicación. Lo trascendente del mensaje es caracterizar a Barcelona como algo vivo, que irradia humanidad frente a la frialdad de Madrid. Se presenta Barcelona como ciudad viva, con alegrías y tristezas, frente a Madrid que sería una ciudad robotizada, automática, donde los objetivos se plantean con criterios meramente cuantificables.
Por otra parte, los proyectos de Barcelona suelen ser figurativos, como “abrir la ciudad al mar” o “reinterpretar el Eixample con criterios del siglo XX”, pero en Madrid suelen ser, en el mejor de los casos (cuando hay información), datos, metros cuadrados construibles, número de viviendas, etc. Barcelona sabe operarse las células cancerígenas y abordar transformaciones espectaculares y contemporáneas, incluso en su casco viejo. Pero Madrid tiene tendencia al embalsamamiento, como sucedió con la remodelación de la Plaza de Oriente, justificada con criterios numéricos y que fue remodelada con un espíritu historicista (por no hablar de aquella polémica sobre las farolas de la Puerta del Sol que en 1985 fueron apodadas “supositorios” y tuvieron que ser cambiadas por otras que momificaban el pasado).

¿Madrid es una ruda ciudad castellana y Barcelona una sensual ciudad mediterránea?
El clima es un factor determinante para las ciudades. Desde luego, lo ha sido a lo largo de la historia y en la actualidad, a pesar de que la tecnología parece poder con casi todo, sigue siéndolo (y debe serlo si queremos conseguir ciudades sostenibles).
Madrid, situada en el centro de la Meseta peninsular, cuenta con un clima contrastado. Prácticamente hay dos estaciones (verano e invierno) porque los periodos templados son de corta duración. En cambio, Barcelona, como ciudad marítima, es más estable, está sometida a un régimen de humedad alto y a las brisas costeras, lo cual suele dulcificar al menos los periodos fríos, ya que los calores pueden ser también muy fuertes.
Que el clima imprime carácter a las sociedades humanas es algo defendido por los historiadores de las civilizaciones. Las sociedades enfrentadas a climas extremos suelen expresarse de una forma mucho más contenida y privada que las que disfrutan de temperaturas más acogedoras para el ser humano. Estas comunidades muestran tendencia hacia las expresiones colectivas y las celebraciones callejeras.
Hay quienes defienden que la rudeza o la sensualidad tienen que ver con la cantidad de ropa que los ciudadanos se ven obligados a vestir para reaccionar ante el clima. Abrigos frente a bañadores representan dos tendencias sobre la cultura del cuerpo. Y a partir de eso se puede caracterizar comunidades más sensuales y otras más espirituales (y ¿rudas?).
Pero hay más, la situación abierta al mar o encerrada entre montañas también puede llevarnos a cuestiones que tienen que ver con la permisividad y la intolerancia. Históricamente, la existencia del mar abría una puerta enorme a culturas diferentes que eran aportadas por marineros, comerciantes y navegantes en general. El choque cultural abría mentes y relativizaba las posiciones intelectuales. En cambio, las situaciones alejadas de las grandes rutas comerciales, contaban con un aislamiento que fomentaba un cierto retraimiento a la vez que reforzaba  creencias intolerantes al no ser sufrir el contraste con el pensamiento de ciudadanos de otros lares. El tópico indica tendencias fundamentalistas en los lugares aislados y por el contrario, permisividad en los sitios transitados.
Claro que esto es lo que podemos extraer de tiempos históricos. En la actualidad los canales de comunicación son numerosos y es difícil encontrar comunidades aisladas. Y paradójicamente, con los movimientos migratorios que caracterizan nuestro tiempo, los lugares tan frecuentados puede originar posturas de cerrazón y sentimientos nacionalistas alejados de la permisividad comentada.

¿Es Madrid generalista y Barcelona detallista?
Esta pregunta suscita uno de los debates más tópicos sobre Madrid y Barcelona. Dentro de las divagaciones habituales, suele asignarse a Madrid una visión generalista sobre las cosas frente a la concesión de un carácter detallista para Barcelona. Estos “encasillamientos” vienen de lejos y se apoyan en argumentos de lo más variado. Repasemos algunos de los que tiene que ver con la construcción de las ciudades.
Hay un primer grupo de tópicos que hace referencia a los materiales de la ciudad y se fija en que Madrid es una ciudad de granito frente a Barcelona, que es una ciudad de piedra arenisca. Respecto a la cuestión del material que identifica mayoritariamente a cada ciudad, en este blog ya analizamos la peculiaridad de la construcción de sus centros históricos. Allí se refirió como la Barcelona antigua construyó sus edificios principales con la piedra arenisca de Montjuïc, mientras que Madrid hizo lo propio con el granito de la Sierra de Guadarrama. (Barcelona y Madrid, arenisca frente a granito. Los materiales de las ciudades).
El granito, una piedra con grandes virtudes constructivas es, en cambio, poco versátil para ser trabajada de una forma escultórica y preciosista, razón por la que suele ofrecer formas generales y de poco detalle. En cambio, la arenisca sí permite un trabajo muy detallado, admitiendo repujados y arabescos imposibles con el granito. Por esa razón, el detalle se asocia como algo típico del supuesto carácter práctico y promenorizado del barcelonés frente a la generalidad “granítica” de los madrileños.
Un segundo argumento, vuelve sus ojos hacia cuestiones estilísticas y cataloga a Madrid como ciudad Barroca frente a una Barcelona gótica. Los principales edificios históricos de Madrid se construyeron durante el Barroco, cuando la ciudad fue designada capital del país, mientras que en Barcelona, fueron realizados durante el gótico, ya que la capital catalana recibió mucho antes esa responsabilidad de gran ciudad. El barroco, escenográfico, teatral y muy proclive a grandes gestos, se enfrentaba al gótico, un estilo constructivo donde casi todo lo que aparece tiene una función estructural y presta mucha más atención a las pequeñas cosas. Hay quien relaciona esta razón práctica con la burguesía económica mientras que las escenografías barrocas de fachadas o interiores casi irreales son identificadas con la nobleza y corte, mucho más fantasiosas. En aquellos tiempos, el material que predominaba en cada territorio era el que servía de base constructiva, y eso nos plantea otro tipo de cuestiones, como la duda sobre si es el material el que condiciona el carácter y el estilo o es el carácter el que condiciona el uso del material. Es decir ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿El material determina el estilo o viceversa?
Finalmente, y en la misma línea tópica, es reseñable el debate sobre el carácter de los proyectos arquitectónicos. Un debate que durante los años sesenta y setenta del pasado siglo llevó a hablar de una “Escuela de Madrid” y otra “Escuela de Barcelona”, ambas con rasgos propios y contrapuestos. Durante esas décadas, cuando las escuelas de Arquitectura de Madrid y Barcelona dominaban el panorama nacional, se asentó la creencia de que en los proyectos surgidos en Madrid predominaban las ideas, frente a los producidos en Barcelona, que contaban con una mayor atención al detalle.
Las denominaciones “Escuela de Barcelona” (propuesta por Oriol Bohigas) y la de “Escuela de Madrid” (planteada por Juan Daniel Fullaondo) aparecieron en sendos artículos publicados en la revista Arquitectura (nº 118 de agosto de 1968) y consolidaron la percepción de que había dos formas diferentes de hacer arquitectura.
Cada etiqueta pretendía englobar el trabajo de una serie de jóvenes profesionales que buscaban renovar la arquitectura, pero en ninguno de los dos casos fueron un grupo formalizado y homogéneo sino más bien un movimiento de tendencia en el que los arquitectos reclamaban la modernidad que se había perdido en España y buscaban conexiones con los movimientos renovadores del racionalismo europeo. Pero cada uno con un punto de vista distinto.
En Barcelona, con miembros destacados como el propio Bohigas, Correa o Milá, que ejercían su magisterio desde la Escuela y desde sus despachos, el lenguaje de las obras prestaba mucha atención al detalle, a las características intrínsecas de cada material, y se fijaban con atención en el diseño interior de los espacios con el mobiliario como parte muy importante, y todo ello con una ironía muy catalana.
En Madrid, la “escuela” se identificaba con figuras como Sáenz de Oiza, Carvajal o Fernández Alba, por citar algunos, y presentaba planteamientos mucho más idealistas y poéticos, donde los trazados orgánicos de gran plasticidad ofrecían proyectos muy rotundos que se fijaban menos en los detalles.
Hubo mucho debate y fuego cruzado entre ambos frentes. Se achacaba, por ejemplo, la existencia de grandes encargos públicos en Madrid frente a la promoción privada más habitual en Barcelona, y en consecuencia un predomino de la arquitectura residencial en Barcelona frente a la más institucional madrileña. También se señalaban distinciones en los materiales porque se asignaba un protagonismo al hormigón visto en Madrid (material continuo, generalista) frente al habitual ladrillo catalán (pieza individual cuyo valor reside en el conjunto)
Esta bicefalia arquitectónica española fue cuestionada por unos y defendida por otros. Pero sin pretender llegar a una conclusión, siempre sobrevuela la misma pregunta ¿Es Madrid generalista y Barcelona detallista?

¿Es Madrid rancia e inmovilista mientras que Barcelona es moderna e innovadora, o es a la inversa?
Esta apreciación es delicada porque compara etiquetas positivas y muy deseadas con otras negativas y rechazadas por todos. Además cada ciudad se adjudica la buena y asigna la mala a la otra.
Madrid tuvo en los primeros años de la década de 1980 una explosión de alegría y libertad (la celebrada “movida madrileña”) que la colocó en la vanguardia de una nueva forma de entender el mundo. Pero ese aluvión de creatividad quedó abortado y la ciudad se sumió en un discurso muy gris. Entonces Barcelona, aprovechando la repercusión de la futura Olimpiada de 1992, se mostró al mundo como el centro del nuevo diseño, del glamour urbano y de la sofisticación (que ya había mostrado décadas atrás en la época de la elitista “gauche divine”).
La disputa sobre cuál de las dos ciudades encarna la modernidad es continua. Por ejemplo, cuando en los inicios del siglo XX las dos ciudades miraron hacia las vanguardias europeas y lo hicieron fijándose en modelos distintos. Mientras Madrid miraba hacia Centroeuropa, Barcelona lo hacía hacia Francia. Madrid apostó por una vanguardia tranquila y Barcelona por otra más radical. También este tema fue tratado en este blog (Barcelona con Francia, Madrid con Alemania: Actitudes de Vanguardia)
No obstante, contando con la opinión internacional como árbitro, es cierto que Barcelona ha logrado transmitir unos valores que la posicionan en un puesto más avanzado que Madrid. Ciertamente, desde las instancias políticas barcelonesas suelen potenciar esa visión y apuestan por el apoyo a una creatividad (que ha tenido momentos mejores que los actuales) mientras que en Madrid, lamentablemente y poniendo a salvo algunas honrosas excepciones, hay demasiados casos que dejan un retrogusto rancio.
Hay quien asocia todo esto al “motor urbano”, diciendo que Barcelona es lanzada por la burguesía y por un sector industrial y comercial mientras que Madrid es impulsada por el estamento político, “nobiliario y cortesano”. Estos tópicos enfrentan una ciudad de comerciantes con una ciudad de funcionarios. O una comunidad consciente de sí misma que potencia su valor de grupo y aspira a marcar su rumbo frente a otra en la que los ciudadanos se dejan llevar por una “élite” que toma las decisiones.
Pero también hay voces que, desde posiciones actuales, defienden el potencial de futuro madrileño para que surjan ideas innovadoras motivadas por su gran capacidad de hibridación, de “polinización cruzada”, frente a una Barcelona ensimismada que estaría estancada en derivas nacionalistas, perdiendo el paso de los tiempos que vienen.
En cualquier caso, y más en los tiempos de crisis que nos ha tocado padecer, las dos ciudades luchan en un escenario internacional para conseguir un posicionamiento entre las urbes más avanzadas del planeta.


Insistimos, los tópicos no explican la realidad, pero, al menos invitan a la reflexión y permiten un acercamiento, a veces divertido, a cuestiones que pueden formar parte de un sustrato identitario de las ciudades y sus gentes. Los tópicos suelen ser respuestas, que pueden estar desenfocadas, pero, desde luego, nos animan a meditar sobre las preguntas que las suscitaron, y quien sabe, quizá descubramos algo al analizarlas.

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